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Capítulo X: Trazo fino y hojas en blanco

AEJOVENICH
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Apenas habían pasado veinte días.

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Apenas habían pasado veinte días.

​Veinte días desde que la puerta del departamento se cerró por última vez con un eco seco que todavía retumbaba en las esquinas del comedor. Veinte días que para el mundo exterior eran solo un par de semanas en el calendario, pero que para Jano se sentían como un siglo entero caminando a través de la niebla.

​A sus casi cuarenta y seis años, el cuerpo también se encargaba de recordarle que el tiempo no perdonaba. Durante casi toda su vida, el fútbol había sido su válvula de escape; noventa minutos en la cancha bastaban para vaciarle la mente de cualquier fantasma. Pero las constantes lesiones en las rodillas y el desgaste en los cartílagos le terminaron quitando ese refugio. Sin la pelota, sin el sudor y sin el cansancio físico de la cancha, a Jano no le quedó más remedio que aprender a convivir con su propia cabeza.

​Encontró un consuelo distinto frente a la pantalla de su computadora, en el silencio de las madrugadas. La edición de videos musicales para redes sociales se convirtió en su nueva forma de meditación. Hacer imágenes, recortar fotogramas en el segundo exacto, buscar el ritmo perfecto entre la imagen y la música... en ese montaje meticuloso Jano encontraba el orden que le faltaba a su propia vida.

Sus días tomaron una rutina trazada con la firmeza de quien intenta no desbarrancarse:

Los fines de semana viajaba un par de horas para ver a su padre, asegurándose de que la soledad no lo apagara a él también. Pasaba tiempo con Fabi para escucharlo hablar de sus proyectos, y en el camino hacia la casa paterna nunca faltaba la parada en el cementerio.

​Pero la verdadera condena abría sus puertas cada noche, al regresar a casa.

​Sobre el velador descansaba el cuaderno cuadriculado, listo para comenzar a ser utilizado cuando fuera necesario. Por su parte, el segundo cuaderno esperaba en silencio guardado dentro del armario.

​Sin embargo, a diferencia de cualquier otro dibujo, Jano jamás usaba lápices de colores. Dejaba las sombras apenas marcadas con la mina gris y mantenía el fondo en un blanco impoluto. Apoyaba el grafito contra la hoja, sintiendo cómo cada cuadrado de la página parecía exigirle una precisión que él no tenía en el alma. Deslizaba el dedo por el relieve del papel, limpiando el hollín gris de las sombras, pero se detenía antes de abrir la caja de madera donde descansaban los lápices de madera.

​No los pintaba. Se negaba rotundamente a hacerlo. Tener el lapicero al alcance de la mano y no usarlo era su propia forma de disciplina; un castigo y un homenaje al mismo tiempo.

​Había una superstición tozuda y un resto de esperanza infantil en aquel hábito: se prometió a sí mismo que solo dejaría el trazo en tinta. El color le pertenecía a ella. Guardaría los lápices en el cajón y mantendría las hojas en blanco con la secreta ilusión de que, algún día, Alejandra volviera a cruzar esa puerta, tomara los colores y fuera ella quien les devolviera la vida a sus dibujos.

​Quizás pasaran meses. Quizás años. O quizás el cuaderno terminaría amontonando polvo en un estante sin que ella supiera jamás de su existencia. Pero mientras tanto, cada hoja sin pintar continuaba siendo su única carta de amor en silencio.

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Dejé cada trazo en el blanco puro de la noche, sabiendo que solo con ella volvería la luz a vestirme de colores.

#aejovenich #unmalditointentandocambiar #culpabilidad #historiasdevida

Thoughts

  • Fijado por quien publicó

    AEJOVENICH
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  • Ovid

    El segundo cuaderno guardado en el armario me tiene intrigado desde que aparecio el cuadriculado. Apuesto a que ese es el que importa de verdad, el que Jano no se atreve ni a abrir, y que el dia que lo saque la historia cambia de tono. Mientras tanto, dibujar solo en gris me parece la forma mas honesta de esperar a alguien.

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