Otra frase para hacer más soportable una despedida.
Una especie de promesa disfrazada de consuelo.
Como si irse no fuera realmente irse. O si toda despedida tuviera una segunda parte.
Como si el destino tuviera la obligación de devolvernos lo que perdimos.
Pero no.
Las personas no son boomerangs.
No todo lo que perdemos regresa. Y quizás eso sea precisamente lo que más nos cuesta aceptar.
Porque mientras alguien nos diga “si es para ti, volverá”, todavía queda una puerta abierta.
Todavía podemos esperar. Todavía podemos revisar el teléfono. Todavía podemos imaginar que algún día aparecerá un mensaje. Que habrá una llamada. Que llegará una disculpa. Que las circunstancias cambiarán. Que finalmente entenderá.
Y podemos pasar meses, incluso años, esperando a alguien que ya decidió seguir adelante.
A veces una frase que pretende consolarnos termina enseñándonos a esperar.
Y esperar también puede convertirse en una forma de no soltar.
Porque quizás necesitamos creer que si dejamos de esperar, estamos aceptando que terminó.
Y aceptar que terminó duele.
Pero a veces alguien se va para siempre.
Y eso no significa que no fuera para ti.
Significa que estuvo.
Que te quiso durante un tiempo.
Que compartieron una parte de la vida.
Que hubo conversaciones que solo existieron entre ustedes.
Que hubo días que nadie más podría contar de la misma manera.
Que durante un momento sus caminos coincidieron.
Y después la vida cambió.
Eso también puede ser amor.
Nos han vendido una idea demasiado pequeña del amor.
Como si el amor verdadero tuviera que durar toda la vida.
Como si una relación que termina demostrara que nunca fue suficientemente real.
Como si el final pudiera borrar todo lo anterior.
Pero no funciona así.
Una canción no deja de ser hermosa porque termina.
Un verano no deja de haber sido verano porque llegó el invierno.
Y una historia de amor no necesariamente fue mentira porque tuvo un último capítulo.
No todo amor termina en una casa, dos hijos y un perro.
Algunos amores duran treinta años. Otros duran cinco. Otros un año. Otros unos meses. Y algunos aparecen cuando todavía no sabemos qué hacer con nosotros mismos.
Algunos llegan para quedarse.
Otros llegan y después se van.
Pero la duración no siempre determina el valor.
Y eso puede ser difícil de aceptar.
Porque queremos medir el amor con calendarios.
Queremos pensar:
“Si realmente me hubiera amado, se habría quedado.”
Pero quedarse también es una decisión.
Y nadie está obligado a quedarse para demostrar que lo que sintió fue verdadero.
A veces dos personas se quieren y aun así no pueden construir una vida juntas.
A veces se quieren pero quieren cosas diferentes.
A veces se quieren pero se hacen daño.
A veces se quieren y llegan demasiado temprano o demasiado tarde.
Y a veces, simplemente, dejan de quererse.
No siempre hay un villano.
No siempre hay una traición.
No siempre existe una explicación que haga que todo encaje.
A veces dos personas fueron correctas durante un tiempo y después dejaron de serlo.
Y eso también es vida.
Quizás por eso no deberíamos preguntar siempre:
“¿Era para mí?”
Quizás deberíamos preguntarnos:
“¿Qué fue para mí mientras estuvo?”
Porque alguien puede haber sido un amor enorme sin ser el amor definitivo.
Puede haberte enseñado cómo se siente que alguien te mire como si fueras el lugar correcto.
Puede haberte mostrado una versión de ti que no conocías.
Puede haberte dejado recuerdos que vas a conservar mucho después de que la relación termine.
Y después irse.
No porque todo haya sido mentira.
Sino porque incluso las cosas verdaderas pueden terminar.
Quizás madurar también consiste en aceptar eso.
Que no todo lo que amamos está destinado a quedarse.
Que algunas personas son parte de nuestra historia sin convertirse en el final de ella.
Y que dejar de esperar no significa que dejaste de amar.
A veces significa que finalmente aceptaste que el amor que existió no necesita repetirse para haber valido la pena.
Así que no.
No sé si era para mí.
No sé si volverá.
Y ya no quiero construir mi vida alrededor de esa posibilidad.
Si algún día vuelve, será otro día.
Con otras personas.
Otras circunstancias.
Otra versión de nosotros.
Pero hoy está su ausencia y también está mi vida.
Y no quiero poner mi vida en pausa esperando que alguien decida regresar.
Porque quizás algunas personas no vienen a quedarse.
Vienen a formar parte de nosotros durante un tiempo. Y después nos toca seguir.
No porque no haya sido amor.
Sino precisamente porque lo fue.
Porque hubo algo verdadero que mereció ser vivido, aunque no haya durado para siempre.
Y tal vez esa sea una de las verdades más difíciles de aceptar:
Que algo puede haber sido real y aun así haber terminado.
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