No me prometas eso.
No sabes.
Nadie sabe.
Y quizás lo dices con buena intención. Puede ser que solamente quieras tranquilizarme.
Quizás no soportas verme asustado y necesitas encontrar una frase que arregle aunque sea por unos segundos lo que está pasando.
Entonces dices:
“Todo estará bien.”
Pero no sabes.
Quizás mañana sea peor.
Quizás la llamada que estamos esperando traiga malas noticias.
Quizás esa persona no vuelva.
Quizás el dinero no alcance.
Quizás el diagnóstico no cambie.
Quizás el teléfono nunca vuelva a sonar.
Quizás aquello que estamos esperando nunca ocurra.
Quizás no termine como queremos.
Y no necesito que me prometas un final feliz que tú tampoco puedes conocer. Porque hay algo extraño en esa necesidad que tenemos de convertir cada incertidumbre en una certeza.
Como si decir “todo estará bien” pudiera protegernos de aquello que podría salir mal.
Pero las palabras no cambian los resultados.
Una frase bonita no modifica una noticia.
No hace volver a quien decidió irse.
No hace aparecer el dinero.
No cambia una enfermedad.
No borra una pérdida.
Entonces, ¿qué hacemos cuando no podemos arreglar nada?
Quizás aprendimos demasiado pronto que ayudar significa solucionar.
Si alguien llora, buscamos una respuesta.
Si alguien tiene miedo, buscamos tranquilizarlo.
Si alguien está perdido, le decimos qué camino tomar.
Y cuando no encontramos ninguna solución, nos sentimos inútiles.
Pero quizás estar al lado de alguien no siempre significa saber qué hacer. A veces lo único que podemos hacer es quedarnos.
Eso sí puedes hacerlo. Puedes sentarte conmigo. Puedes hacer café. Puedes escucharme sin buscar una solución. Puedes dejar que diga las mismas cosas una y otra vez.
Puedes aceptar que hoy no quiero consejos. Puedes soportar mi silencio sin intentar llenarlo. Puedes tomarme la mano sin decirme que mañana será mejor.
Puedes decir: “No sé qué va a pasar. Pero no vas a pasar por esto solo.”
Y eso vale más que cualquier “todo estará bien”.
Porque hay momentos en los que no necesitamos esperanza prestada. Simplemente necesitamos compañía.
No necesito que me digas que no tengo nada que temer. Necesito saber que si tengo miedo, no vas a irte.
No necesito que me asegures que voy a ganar. Necesito saber que si pierdo, no voy a quedarme solo.
Porque quizás el verdadero consuelo no consiste en prometernos que el futuro será bueno. Quizás consiste en saber que podremos enfrentarlo aunque no lo sea.
Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas.
Una promete un resultado y la otra ofrece presencia.
Una dice:
“Tranquilo, nada malo va a pasar.”
La otra dice:
“Si algo malo pasa, estaré aquí.”
Y quizás esa segunda frase sea mucho más difícil de decir, porque requiere menos optimismo y más compromiso.
Requiere aceptar que no podemos controlar el futuro y aun así decidir no abandonar a alguien cuando el futuro se vuelve incierto.
Tal vez eso sea querer a alguien.
No prometerle que nunca va a sufrir.
No jurarle que todo saldrá bien.
Sino quedarse cuando la vida demuestra que no tenemos ninguna garantía.
Porque nadie puede prometerte que mañana será un buen día.
Nadie puede asegurarte que las cosas terminarán como esperas.
Nadie sabe qué llamada llegará.
Qué puerta se cerrará.
Qué persona se quedará.
Qué persona se irá.
Qué noticia cambiará todo.
No lo sabemos.
Y quizás aceptar eso sea una de las formas más honestas de acompañarnos.
Así que no.
No me digas:
“Todo estará bien.”
Dime:
“No sé qué va a pasar.”
Y después quédate.
Porque a veces el amor no es prometer que la tormenta no llegará.
Es decir:
“Si llega, no tendrás que atravesarla solo.”
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