El calendario de la cocina seguía marcando el mismo mes, pero para Jano el tiempo había dejado de medirse en días. Se medía en horas aguantadas, en impulsos reprimidos y en suspiros acumulados frente a la pantalla encendida del teléfono.
Treinta días.
Para cualquiera en la calle, esos días eran un parpadeo insignificante. Un periodo corto en el que apenas da tiempo de cambiar de rutina. Sin embargo, en el universo privado de Jano, esos treinta días se habían sentido como caminar descalzo sobre una franja infinita de sal.
La parte más difícil no eran las mañanas agitadas ni las tardes de trabajo. Lo verdaderamente feroz era la abstinencia del hábito. Ocho años juntos crean una cartografía mental difícil de borrar: la mano que busca instintivamente el celular a las dos de la tarde para avisar que ya salió a almorzar, el impulso de mandarle la foto de un perro gracioso en la calle, o la costumbre de decirle que se cuidara mucho camino a casa.
En más de una ocasión, los dedos de Jano rozaron la pantalla para enviarle un mensaje corto, uno solo: «Hola, solo quería saber cómo estás».
Pero se detenía en el último segundo. Apretaba los dientes, bloqueaba el teléfono y lo dejaba boca abajo sobre la mesa. Sabía que escribirle no sería un gesto de amor, sino un acto de egoísmo. Un intento cobarde de aliviar su propia angustia a costa de la tranquilidad de ella. Alejandra merecía paz, no los restos de un hombre que recién empezaba a juntar sus pedazos.
* * *
Esa noche, el silencio del departamento pesaba un poco más de lo normal.
Jano abrió el cuaderno cuadriculado y buscó la página que había dejado a medio terminar el día anterior. En ella descansaba el trazo a lápiz de un diminuto dibujo. Las líneas eran limpias, pero el dibujo se veía despojado, desnudo sin el color.
Cerca del cuaderno, dentro del primer cajón del velador, descansaban un par de lápices de madera, los cuales acumulaban polvo por no haber sido utilizados. Jano abrió el cajón, miró los lápices y acarició la madera barnizada.
Estuvo tentado de tomar alguno de ellos. Sería fácil. Cubriría el vacío de la hoja y le daría un aspecto terminado al dibujo.
Sin embargo, volvió a cerrar el cajón con suavidad.
Dejar el dibujo en gris era su forma secreta de mantener encendida una vela en la oscuridad. El trazo incompleto era la prueba de su fe y de su castigo: no habría color en sus días hasta que fuera ella quien decidiera traerlo de vuelta. Y si ese día no llegaba nunca, las páginas se quedarían así para siempre, como el testimonio de un hombre que prefirió guardar la esperanza en blanco antes que pintar una mentira.
Miró el dibujo una última vez, deslizó la yema del pulgar sobre el borde de la hoja y cerró el cuaderno.
Había sobrevivido al día número treinta. Mañana le tocaría empezar la batalla por el treinta y uno.
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Cerré el cajón sabiendo que prefiero la espera gris de tus ausencias, antes que pintar una mentira sin las manos que le dan sentido a mi vida.
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