Jano estaba sentado sobre su cama, apoyado contra uno de los muros de su habitación, con su notebook, un cuaderno y un lápiz grafito entre los dedos. El silencio del departamento solo se interrumpía por el rasgar rítmico en la puerta de Luna, una de las gatitas de la casa.
Dibujaba un par de Pokémones, el tipo de dibujos que Alejandra solía coleccionar en un videojuego. Ella era feliz cazando e intercambiándolos con Jano, al menos hasta el día en que dejaron de jugar juntos.
A sus cuarenta y cinco años, un hombre hecho y derecho dibujando Pokémones en un cuaderno viejo podía parecer una imagen patética, pero a Jano le daba igual. Dibujar era lo único que lograba acallar la tormenta en su cabeza.
* * *
La puerta de la entrada del departamento se abrió y se escuchó el choque de unas llaves sobre la mesa. Fabi entró a la cocina por un vaso de agua, quitándose la chaqueta y quejándose del calor. Ya no era un niño; con veintiún años, Fabi era un joven alto, de hombros anchos, que llevaba en la mirada la misma mezcla de observación y firmeza que su padre.
Fabi vio a Jano en la cama, echó un vistazo al dibujo y soltó un leve suspiro. Se acercó, dejó dos latas de bebida sobre el velador y se sentó a los pies de la cama, al lado de su padre.
—Pensé que habías dejado de dibujar —dijo Fabi, abriendo una de las latas y pasándosela.
—Sólo cuando no puedo dormir —respondió Jano sin levantar la vista del cuaderno, difuminando una sombra con la yema del pulgar—. A ella le gustaban estos dibujos.
Fabi dio un trago a su bebida y miró detenidamente el dibujo. No había reproche en sus ojos, solo un profundo entendimiento.
—Eran sus monos favoritos —asintió Fabi suavemente— Te quedó bien, papá.
Se quedó un momento en silencio, observando a su padre. Fabi había crecido viendo a Jano ser un gigante: el hombre que le enseñó a amarrarse los zapatos, el que no faltó a un solo compromiso de su infancia, el padre que se desvivía por él y que siempre tuvo una solución para todo. Salvo para él mismo.
—Sabes, papá... eres un loco bacán —dijo Fabi de pronto, rompiendo el aire tenso— Eres el mejor papá que pude haber tenido. Leal, trabajador, siempre al pie del cañón con el tata, con mi tío, conmigo e incluso con mi mamá. Si cualquiera de nosotros necesita ayuda, tú eres el primero en dejar lo que estés haciendo para auxiliarnos.
Jano se detuvo. Bajó el lápiz y miró a su hijo, sorprendido por el tono conversacional pero de adulto a adulto.
—Pero te da mucho miedo que te quieran de verdad, ¿no? —continuó Fabi, mirándolo directamente a los ojos— Conmigo es fácil, soy tu sangre, nunca me voy a ir. Con mi tata es igual. Pero con una mujer... parece que sintieras que tienes que autodestruirte antes de que ella descubra que no eres perfecto. La Alejandra te amaba, papá. Y tú la amabas a ella. Te vi reírte con ella como no me acuerdo haberte visto reír en años, incluso ahora la nombras en cada cosa que hacemos y tu cara se ilumina.
Jano apretó los labios. Que su propio hijo, a quien vio nacer y criar, le pusiera un espejo tan claro frente a la cara era un golpe que le calaba hasta los huesos.
—No es tan simple, hijo... —murmuró Jano, intentando poner su típica barrera.
—Sí lo es —lo interrumpió el joven con una serenidad pasmosa— Lo es porque yo te vi arruinarlo. No porque seas un mal hombre, sino porque te asusta tanto la idea de no ser suficiente, que terminas rompiendo todo para tener el control del desastre.
Jano se quedó mirando los dibujos en el cuaderno. Las palabras de Fabi no venían con rabia, sino con la triste comprensión de un hijo adulto que ama a su padre y le duele verlo preso de su propio laberinto.
—No quiero terminar como un viejo solitario, hijo —confesó Jano en un susurro, revelando por primera vez ante su hijo su mayor temor.
Fabi le dio una palmadita firme en el hombro, un gesto de hombre a hombre.
—Entonces deja de dibujar sus Pokémones y empieza a arreglar lo que llevas por dentro. Ya tengo veintiuno, papá. Ya no tienes que fingir que lo sabes todo. Puedes equivocarte, pero no te quedes tirado en esta cama para siempre.
Fabi se levantó, le dio un último trago a su bebida y caminó hacia su habitación, dejando a Jano a solas en la penumbra de su habitación.
Jano miró el dibujo a medio terminar. Pasó los dedos sobre los trazos, manchándose la piel de negro. Por primera vez en mucho tiempo, las palabras que lo sacudieron no venían de su voz interna ni de una discusión a gritos, sino de los ojos de su hijo, que ya lo veían no como un superhéroe invulnerable, sino como un hombre imperfecto que necesitaba sanar.
Firmó el dibujo en la esquina inferior. No para mandárselo a Alejandra. Sino para recordarse a sí mismo el día en que su hijo le enseñó a madurar.
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Comprendí por fin que no tenía que ser un superhéroe invulnerable, sino simplemente un hombre dispuesto a sanar sus propias sombras.
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