Habían pasado trescientos noventa y dos días desde que el pulso de su madre se apagó en esa fría habitación de hospital, y Jano todavía se despertaba cada día a las cuatro de la mañana. Quizás esa era la hora en que su madre dejaba de visitarlo en sus sueños.
A esa hora, el silencio de su departamento era sordo y acusador.
Todavía recordaba el día anterior a ese maldito momento, planificaban junto a Alejandra la celebración atrasada del cumpleaños número sesenta y nueve de su madre. Aún lograba ver en los ojos de Alejandra, a su madre riéndose mientras decía mañana celebramos, hoy estoy muy cansada.
* * *
Jano se levantó de la cama, caminó hacia la cocina sin encender las luces, bebió un vaso de agua y regresó a su habitación, tomó su celular para ver lo poco que le quedaba de su madre: un par de fotos y una conversación de WhatsApp que atesoraba.
Abrió los mensajes y respiró hondo. El recuerdo lo golpeó de lleno en el estómago.
—Perdóname, mamá —murmuró al aire, cerrando los ojos.
Ahí estaba el verdadero fantasma de Jano. La culpa de no haber podido cuidarla de una mejor manera, sumada a la angustia de saber que la vida te puede cambiar en un segundo, desató en Jano una ansiedad feroz y un mal humor constante, mucho peor que lo habitual. Dejó de escuchar. Se volvió un tipo reactivo, más a la defensiva, arrastrando una amargura que respiraba en la misma mesa donde cenaban. Convertía cualquier conversación en un terreno minado.
A pesar de eso, Alejandra siempre estuvo ahí con Jano. Se quedó un año más junto a él. Aguantó sus desvelos, sus silencios castigadores y sus arranques de rabia injustificada. Trató de ser el ancla de un hombre que decidió ahogarse.
Esa era la grieta secreta de Jano. Se sentía un fraude. Todos lo elogiaban por haber sido un "hijo ejemplar", pero en el fondo de su alma, él se juzgaba como un negligente. Para Jano, el hecho de que su madre sufriera y él no hubiera podido salvarla era una condena implícita.
Recordaba con crueldad quirúrgica la última conversación que tuvo con su madre en esa cama de hospital. Aquellas horas previas a su partida y el no haber podido hacer nada más por ella.
Ahora daría la vida entera por un solo "mañana".
El remordimiento lo carcomía en los detalles:
¿Por qué no insistí para que fuera al médico dos meses antes?
¿Por qué no me di cuenta de que comía menos?
¿Por qué gasté tanto tiempo enojado con el mundo cuando debí haber estado sentado a su lado?
"Si no fuiste capaz de cuidar a la mujer que más te amó en este mundo, ¿con qué derecho vas a hacer feliz a otra?", le repetía su voz interna cada vez que el amor llamaba a su puerta.
Jano sentía que no tenía derecho a la dicha. Castigarse a sí mismo arruinando su propia felicidad era la única forma en que su culpa encontraba expiación.
—Traté, mamá —susurró con la voz entrecortada por un sollozo ahogado que llevaba meses tragándose— Te juro que traté.
Pero las paredes no respondieron. Solo el tictac del reloj en el velador continuó marcando el paso de un tiempo en el que ella ya no estaba, y en el que él seguía atrapado en la habitación de ese hospital, pidiendo un perdón que jamás escucharía.
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Creí que no merecía ser feliz si no pude salvarte, y convertí mi vida en un castigo para honrar tu ausencia.
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