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EL CUARTO DE LAS PUERTAS

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En un día en el que todo transcurría con normalidad en esta ciudad, donde todos terminamos enterándonos hasta de lo más pequeño porque es un lugar relativamente chico, serían aproximadamente las…

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En un día en el que todo transcurría con normalidad en esta ciudad, donde todos terminamos enterándonos hasta de lo más pequeño porque es un lugar relativamente chico, serían aproximadamente las doce del mediodía. Todo indicaba que sería un día como cualquier otro: las personas en sus trabajos, en las escuelas, en sus casas, siguiendo con sus actividades cotidianas.

Pero las cosas pueden cambiar en cuestión de segundos. Tal vez nunca nos detenemos a pensar que algo así puede sucedernos, porque creemos que esas cosas les pasan a los demás, pero no a nosotros.

Esta vez me sucedió a mí.

Era demasiado para poder entender lo que estaba ocurriendo en aquella ciudad donde nací, crecí y donde ahora tenía una familia que dependía de mí: mi esposa y mis dos hijos.

· · ·

Al llegar al cruce de dos calles, hice el alto correspondiente. No había ningún vehículo a mi lado ni tampoco en la otra calle. Todo estaba tranquilo. Yo escuchaba una canción de U2 que me gusta mucho: One.

El semáforo cambió a verde y comencé a avanzar.

Todo ocurrió muy rápido.

Un camión escolar apareció de repente. No sé a qué velocidad venía. Solo recuerdo haber volteado y haber visto el frente del camión acercándose hacia mí.

Me quedé helado.

No pude reaccionar.

Entonces todo se volvió oscuro.

Escrita por Ernesto Román Astorga

No había ruido, ni gritos, ni motores. La música también había desaparecido. Era como si de pronto todo sonido hubiera quedado muy lejos.

· · ·

Después, a lo lejos, apareció una puerta.

Era gris y tenía un poco de polvo.

Me acerqué. Al estar frente a ella, pasé mi mano derecha sobre su superficie y sentí el polvo bajo mis dedos. Después la abrí.

Del otro lado había un cuarto que parecía de hotel.

Las paredes eran de un color café claro, parecido al café de la mañana cuando le agregamos un poco de leche. Los marcos de las puertas tenían molduras blancas y las orillas del techo también. El piso estaba cubierto por una alfombra un poco más clara que las paredes.

Pero hubo algo que llamó especialmente mi atención: una lámpara de macramé.

La reconocí inmediatamente.

Era la misma que mi tío Genaro, de Guaymas, le había regalado a mi mamá en un intercambio de regalos durante una Navidad.

Me dio gusto verla. Mi mamá tenía años sin prenderla y, en aquella ocasión, estaba encendida.

Junto a la lámpara había un sillón. Me senté.

No sé cuánto tiempo permanecí ahí.

· · ·

De pronto, la puerta por la que había entrado se abrió y comenzaron a entrar varios niños, de unos siete u ocho años. Al igual que yo, parecían desorientados.

Sin que nadie les dijera nada, comenzaron a acercarse a distintos objetos que había en el cuarto. Cada uno tomaba uno y se sentaba con él, como si de alguna manera lo reconociera.

Escrita por Ernesto Román Astorga

Uno comenzó a llorar.

—Mi mami...

Otro tomó una muñeca y sonrió.

—Esta muñeca era de mi mamá.

Los demás también hablaban de los objetos que habían elegido. Eran cosas que parecían tener un significado especial para ellos.

Después comenzaron a jugar.

· · ·

Al poco tiempo se abrió nuevamente la puerta.

Esta vez entró un hombre alto, delgado y moreno.

Su aspecto me produjo una sensación difícil de explicar. No era simplemente que estuviera delgado; parecía que su cuerpo hubiera sido consumido por algo. Sus brazos y sus manos eran extremadamente delgados, casi sin carne, como si algo se hubiera alimentado de ellos. Su rostro tenía el mismo aspecto: la piel pegada a los huesos, las facciones hundidas y una expresión seria, casi de mal humor.

A pesar de su apariencia, no parecía estar herido ni sentir dolor. Simplemente permaneció de pie en un rincón del cuarto, mirando hacia todos lados con la mirada perdida, como alguien que acababa de llegar a un lugar que tampoco reconocía.

No tomó ningún objeto.

No dijo nada.

Lo extraño era que, a diferencia de los demás, él no parecía tener nada que lo relacionara con aquel lugar. Los niños habían encontrado objetos que reconocían y yo tenía la lámpara de mi mamá. Él, en cambio, estaba completamente solo.

Eso me produjo una extraña tristeza.

Escrita por Ernesto Román Astorga

En algún momento, sin que mediara ninguna razón, nuestras miradas se cruzaron. Fue apenas un instante. Él no sonrió ni dijo nada, pero algo en su gesto cambió, como si me reconociera de algún lugar que yo no lograba recordar. Después volvió a mirar hacia la puerta gris, la que yo mismo había cruzado, con una fijeza que no tenía sentido para mí en ese momento, pero que después no pude dejar de recordar.

· · ·

Pasaron varios minutos, aunque no podría decir cuántos.

Mientras observaba a los niños, volteé hacia mi derecha y descubrí otra puerta.

—¿Otra puerta? —pensé.

Miré hacia el otro lado, donde estaba la puerta por la que había entrado.

—Qué raro.

Me acerqué.

A medida que lo hacía, aquella puerta comenzó a cambiar de color hasta volverse completamente negra. Por las orillas empezó a salir algo parecido a vapor y, mientras más cerca estaba, más calor sentía.

Tomé la chapa e intenté abrirla.

No pude.

Estaba dura, como si algo la sujetara desde el otro lado.

Entonces escuché una risa.

Volteé hacia el hombre.

Parecía burlarse de mí, pero fue una burla extraña, sin maldad, casi como la de alguien que ha visto ese mismo intento fallido muchas veces antes.

—¿Usted puede abrirla? —le pregunté.

Escrita por Ernesto Román Astorga

El hombre volvió a reír, esta vez más suave.

—Claro.

Se acercó. Los niños dejaron de jugar y comenzaron a observarnos.

Yo me hice a un lado.

El hombre tomó la chapa y abrió la puerta sin dificultad.

Ya abierta, él sonrió al mirar hacia adentro de esa puerta.

—Ya voy, espérame.

Dijo aquel hombre delgado sin voltear, solo con la mirada fija hacia dentro de ese lugar.

Yo, asombrado, no sabía a quién le estaba hablando.

Del otro lado había un lugar gris, lleno de sombras. El hombre estiró la mano hacia el interior, como si intentara alcanzar a alguien.

Entonces escuchamos el grito de una mujer.

La puerta se cerró violentamente y, frente a nosotros, comenzó a desaparecer hasta que no quedó absolutamente nada.

Los niños guardaron silencio.

· · ·

Yo me acerqué a ellos.

—Acérquense. Vamos a estar juntos, ¿ok? Todo estará bien.

Intentaba tranquilizarlos, aunque por dentro sentía miedo.

Lo último que recordaba era haber salido de mi casa rumbo al trabajo.

Nada más.

Pasó un tiempo que no puedo precisar hasta que uno de los niños señaló hacia otro lado.

Escrita por Ernesto Román Astorga

—¡Miren! Hay otra puerta.

Era blanca.

—¡Vamos! —dijo otro.

Todos corrieron hacia ella.

La puerta se abrió y detrás había un espacio completamente lleno de luz.

Los niños comenzaron a entrar y decían con alegría

—¡Mamá!

—¡Papá!

—¡Abuelo o Abuela!

Yo no veía a nadie pero ellos si podían ver con esa luz.

Entonces una brisa suave llegó hasta mí. Traía un aroma dulce, parecido al de los caramelos. Era un olor sutil que transmitía una sensación de tranquilidad y paz.

Quise entrar.

Di un paso, pero no pude.

Mi mente decía vamos, pero mi cuerpo permanecía inmóvil.

Cuando reaccioné, estaba nuevamente en el cuarto.

Los niños habían desaparecido.

Solo quedaban la lámpara encendida y el sillón.

Me senté.

Esperé.

No sabía qué esperaba.

· · ·

Escrita por Ernesto Román Astorga

Entonces comenzó el dolor.

Primero en el brazo derecho, después en la pierna. Luego llegó un fuerte dolor de cabeza y sentí el pecho como si alguien lo estuviera presionando con fuerza.

Miré la lámpara.

Su luz comenzó a apagarse lentamente.

Cada vez era más tenue.

Hasta que desapareció.

Abrí los ojos.

Estaba en una cama de hospital.

Me asusté e intenté levantarme, pero mi esposa me detuvo.

—Está bien, todo está bien. Aquí estoy y estás bien.

Miré a mi alrededor. Tenía una vía en el brazo, el brazo derecho estaba enyesado y la pierna vendada.

Tardé unos momentos en ubicarme.

Entonces pregunté:

—¿Los niños?

Mi esposa me miró extrañada.

—¿Cuáles?

—Los niños... eran como cuatro o cinco. También estaba un señor.

Su rostro cambió.

—No hay nadie. Solo estamos nosotros.

Escrita por Ernesto Román Astorga

Antes de poder responder, la enfermera me administró medicamento por la vía y poco después me quedé dormido.

· · ·

Cuando desperté, pensé que era de noche porque todas las luces del hospital estaban encendidas.

Mi esposa seguía a mi lado.

—¿Estás bien?

—Sí, un poco mejor.

Entonces le conté todo.

La puerta gris, el cuarto, la lámpara, los niños, el hombre, la puerta negra, el grito de la mujer, la puerta blanca y aquella luz.

Ella escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, se quedó callada un momento, como si buscara las palabras. Tomó mi mano antes de hablar.

—Mira, lo que pasó fue que un camión escolar se quedó sin frenos. El chofer venía drogado y, en lugar de intentar frenar, aceleró.

La escuché en silencio.

—El camión te chocó en la parte de enfrente. Si te hubiera golpeado en la puerta, ya no estarías aquí conmigo.

—¿Y los niños? —pregunté.

Mi esposa bajó la mirada. Pasaron varios segundos antes de que volviera a hablar.

—Cuando chocó contigo, el camión se desvió y terminó metiéndose a una casa. El chofer y cinco menores fallecieron.

Escrita por Ernesto Román Astorga

Sentí un nudo en el pecho.

—Los demás niños están aquí, en este hospital. Solo hay uno grave.

No dije nada.

Cinco niños.

Volví a pensar en el cuarto.

En sus voces.

En el niño que lloraba por su mamá.

En la muñeca que otro decía que había pertenecido a su madre.

Después recordé al hombre.

El chofer.

Él no tenía ningún objeto porque no había ninguno esperándolo. Nadie guarda un recuerdo así de alguien que nunca conoció, de alguien que solo pasó, sin dejar nada detrás. Y sin embargo había abierto aquella puerta negra sin miedo, como quien ya conoce el camino.

Ya voy, espérame.

Entendí, entonces, que aquella mirada que me había dirigido en el cuarto no había sido casualidad.

Por primera vez, la imagen de aquel cuarto comenzó a tener otro significado.

Quizá los niños que había visto eran los mismos que viajaban en aquel camión.

Y entonces surgió una pregunta que hasta ese momento no me había atrevido a formular:

¿Por qué yo pude regresar?

No tenía respuesta.

Pero había algo que no podía olvidar.

Escrita por Ernesto Román Astorga

Aquella puerta blanca.

Y el hecho de que, aunque quise entrar, algo me lo impidió.

Han pasado varios meses desde aquel día. Mi brazo ya sanó y la pierna también. Por fuera, todo volvió a la normalidad: el trabajo, la casa, las mismas calles de siempre.

Pero hay cosas que no he podido explicarle a nadie, ni siquiera a mi esposa.

La primera vez que fui a casa de mi mamá después del accidente, busqué la lámpara de macramé con la mirada, casi sin pensarlo. Estaba exactamente donde siempre: guardada en una caja, en el clóset del pasillo, cubierta de polvo. Le pregunté cuánto tiempo llevaba sin usarla.

—Uy, hijo, años —me dijo—. Desde que tu tío Genaro murió no he vuelto a prenderla. Me da tristeza.

No le dije nada más. Pero desde entonces, cuando la visito, evito pasar cerca de ese clóset.

También hay algo con el silencio.

De vez en cuando, sobre todo en las noches, cuando la casa está completamente callada, me parece escuchar algo. No son palabras completas. A veces es una risa de niño, muy breve, como si viniera de otra habitación. Otras veces, justo antes de quedarme dormido, escucho con claridad una voz que no es la mía diciendo ya voy, espérame, tan cerca que por un instante siento el aire moverse junto a mi oído.

Mi esposa dice que son cosas del estrés postraumático. Puede ser. Quiero creer que es eso.

Cada vez que paso por aquel cruce, bajo la velocidad sin darme cuenta. Miro hacia los lados, aunque no haya ningún vehículo. Y por un segundo, solo un segundo, busco con la mirada una puerta gris que sé que no debería estar ahí.

El problema es que, hace dos semanas, por primera vez, creí verla.

Fue apenas un parpadeo, una sombra en la esquina donde no hay ninguna puerta, ningún edificio, nada. Cuando volví a mirar, ya no estaba.

Escrita por Ernesto Román Astorga

No se lo he contado a nadie.

Lo único que sé con certeza es que aquel día no debí regresar solo con vida. Y una parte de mí, la que todavía no logro entender del todo, sospecha que lo que quedó del otro lado de esa puerta gris no terminó de cerrarse conmigo.

A veces me pregunto si el hombre sigue ahí, en ese cuarto color café con leche, esperando junto a una lámpara que ya no es la mía.

Y me pregunto, sobre todo en esas noches de silencio, si la próxima vez que vea esa puerta gris, mi cuerpo va a quedarse quieto como la primera vez.

O si por fin va a cruzarla.

Thoughts

  • Ovid

    La lámpara de macramé del tío Genaro, encendida en ese cuarto cuando en casa de la mamá lleva años apagada en una caja, me hizo pensar en que a cada uno lo esperaría un objeto así, algo que nadie más reconocería. Apuesto a que más de uno que lea esto se va a quedar pensando cuál sería el suyo. Y el chofer, sin ninguno, es lo que más pesa.

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