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Capítulo 8: La humanidad en el Apocalipsis (parte 1)

NicolasPeanl
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La luz roja del cielo lo cubría todo.

Debajo de mí solo había cadáveres.

Arriba, monstruos voladores giraban en círculos.

No se acercaban.

Esperaban.

Carroñeros.

Bajé la mirada.

En mis brazos había una niña.

Su cuerpo era pequeño.

Demasiado pequeño para estar en un lugar como ese.

—Tengo miedo... —susurró.

La abracé con cuidado, como si apretarla demasiado pudiera romperla.

—No tengas miedo, mi vida.

Mi voz salió más tranquila de lo que me sentía.

—Papá...

Me miró a los ojos.

Sus pupilas temblaban.

—¿Existe el cielo?

Un nudo se formó en mi garganta.

Durante un instante, no pude responder.

El cielo sobre nosotros era rojo.

El suelo estaba cubierto de sangre.

El aire olía a muerte.

Y aun así, sonreí.

Porque ella necesitaba que sonriera.

—Sí, mi vida. Existe.

Apreté su cuerpo contra mi pecho.

—Este es el infierno. Solo una prueba.

Tragué saliva.

—Vos ya la superaste.

Dije lo que quería creer.

Lo que necesitaba creer.

—Papá...

Su voz era cada vez más baja.

—Decime, preciosa.

Puse mi palma sobre su mejilla y aparté un mechón de pelo manchado de sangre.

Sus ojos ya estaban desenfocados.

Pero seguía intentando mirarme.

—Perdón...

Negué con la cabeza.

—No pasa nada, mi cielo. No hay nada que perdonar.

Las lágrimas cayeron por mi rostro.

Una.

Después otra.

No podía detenerlas.

—Perdón... por dejarte solo en este lugar, papá...

Su voz se quebró.

La sangre empezó a brotar de su boca a borbotones.

—No, no, no...

La abracé más fuerte.

Como si todavía pudiera sostenerla en este mundo.

Como si mis brazos pudieran ganarle a la muerte.

—Te am...

No llegó a terminar.

Su cuerpo perdió toda fuerza.

La luz desapareció de sus ojos.

Y así, un pequeño pedazo de mi alma se hizo añicos.

***

Miro el cielo azul.

Y, por alguna razón, me siento nostálgico.

Ya no soy el mismo de antes.

Mi cuerpo es distinto.

Mi nombre también.

Pero hay cosas que ni mil quinientos años de guerra pudieron borrar.

Rostros.

Voces.

Promesas.

Y una pregunta que no deja de golpearme el pecho.

¿Existe en este mundo?

Tenía que saberlo.

Lo más pronto posible.

No podía quedarme quieto.

Con el nuevo cuerpo, salté de edificio en edificio. Las piernas de Kim Cheonro todavía no eran perfectas, pero después de las recompensas del primer piso ya no eran las de un civil común.

A los ojos de cualquiera que me grabara, parecería un chico haciendo parkour a un nivel absurdo.

Pero para mí, cada salto era torpe.

Cada apoyo, lento.

Cada respiración, demasiado pesada.

Aun así, avancé.

Todavía conservaba en la memoria la dirección aproximada de mi antigua casa.

Quedaba a unos quince minutos del centro.

Esos quince minutos pasaron enseguida.

Cuando llegué, estaba algo agitado por haber corrido tanto, pero no importaba.

Me detuve sobre el techo de un edificio vecino.

Desde allí podía verla.

Mi antigua casa.

Me quedé inmóvil.

No bajé.

No llamé a la puerta.

No grité ningún nombre.

Solo esperé.

Una hora.

Luego dos.

Hasta que finalmente vi movimiento.

La puerta se abrió.

Una chica de unos veinte años caminó hacia la casa.

En ese instante, mi corazón empezó a latir como loco.

La sangre golpeó mis oídos.

Mis dedos temblaron.

Quería saltar del edificio.

Quería correr hacia ella.

Quería abrazarla.

Quería decirle que estaba viva, que el cielo seguía siendo azul, que esta vez no iba a dejar que el infierno la tocara.

Pero no podía.

No en este estado.

Ella no conocía este cuerpo.

Para ella, Kim Cheonro no era nadie.

Un extraño.

Un desconocido en el techo de un edificio.

Y todavía había demasiadas cosas que no entendía.

Si yo estaba aquí...

Si mi alma había despertado en el cuerpo de Kim Cheonro...

Entonces, ¿qué había pasado con mi cuerpo original?

Miré la casa en silencio.

Giré el cuerpo hacia otro lado.

No estaba muy seguro de qué hacer ahora.

Así que, por el momento, hice lo único razonable.

Observar.

La ciudad seguía sumida en el caos.

Miles de religiosos militaban en las calles. 

Al principio, de forma pacífica. 

Rezaban, cantaban, levantaban pancartas, lloraban de rodillas frente a las pantallas que todavía repetían fragmentos del anuncio mundial.

Pero entre ellos había algunos distintos.

No rezaban.

No lloraban.

No parecían asustados.

Sus ojos estaban demasiado tranquilos.

Demasiado preparados.

Y entonces vi una señal que recordaba de hacía mucho tiempo.

Una marca.

Un símbolo que había visto muchas veces en el futuro, grabado en cuerpos, banderas y altares hechos con huesos.

Ellos...

Así que ya desde estos años habían empezado a moverse.

Entrecerré los ojos.

A lo lejos, uno de ellos repartía armas entre varias personas. 

No eran armas de gran calidad: cuchillos, tubos de metal, pistolas viejas, cadenas.

Pero en una ciudad asustada, incluso eso podía iniciar una masacre.

Lo observé en silencio.

Cuando terminó su negocio, guardó algo bajo su abrigo y caminó hacia la entrada del metro.

Bajé del edificio sin hacer ruido y lo seguí.

Mantuve la distancia.

No demasiado cerca.

No demasiado lejos.

La presencia debe ser como una sombra.

Si se nota, ya no sirve.

Lo vi detenerse en el andén.

Esperó algunos minutos.

Cuando el tren llegó, subió.

Yo subí detrás de él.

No lo miré directamente. 

No hice movimientos innecesarios.

 Solo me quedé entre la gente, mezclado con el ruido, las respiraciones tensas y los murmullos nerviosos de los pasajeros.

Pronto, el hombre bajó.

Yo también.

Lo seguí hasta la salida.

A lo lejos, vi un auto esperándolo junto a la calle.

Chasqueé la lengua.

Aunque mi físico había mejorado, todavía no era suficiente para seguir un auto en movimiento durante mucho tiempo.

No tenía otra opción.

El hombre abrió la puerta trasera y se metió dentro.

Antes de que pudiera cerrarla, puse la mano sobre el borde y la detuve.

Luego entré también.

—¿QUÉ MIERDA HACÉS?

El grito vino del asiento delantero.

Un hombre calvo giró hacia mí. Tenía un tatuaje de una cruz invertida en la frente y una vena marcada en el cuello.

Había otros dos dentro del auto.

Todos intentaron reaccionar al mismo tiempo.

Demasiado lento.

Antes de que pudieran sacar sus armas, golpeé al calvo con la palma abierta.

No fue una cachetada común.

Fue un golpe preciso en la mandíbula, con la fuerza justa para sacudir el cerebro sin romperle el cráneo.

Su cabeza chocó contra la ventanilla.

Quedó inconsciente al instante.

El hombre que había seguido abrió los ojos de par en par.

El otro intentó llevar la mano a la cintura.

Le atrapé la muñeca.

La torcí.

El hueso crujió.

—Ghh...

Antes de que pudiera gritar, le hundí el codo en el estómago y lo dejé sin aire.

El conductor intentó abrir la puerta.

Apoyé la punta de mi espada contra su nuca.

—No te muevas.

El auto quedó en silencio.

Afuera, la ciudad seguía gritando.

Adentro, solo se escuchaban respiraciones contenidas.

Miré al hombre que había seguido desde la calle.

—Ahora vas a responder mis preguntas.

Su rostro estaba pálido.

Bien.

El miedo afloja lenguas más rápido que la cortesía.

—¿Quién les dio esa marca?

El hombre no respondió.

Apreté un poco más la muñeca rota de su compañero.

El gemido llenó el auto.

—No voy a repetirlo.

Sus labios temblaron.

—N-no sé de qué hablás...

Lo miré en silencio.

Después levanté lentamente la mano y señalé el símbolo tatuado en la frente del calvo.

—Esa cruz invertida no es religión.

Mis ojos se enfriaron.

—Es una contraseña.

El hombre dejó de respirar por un instante.

Ahí estaba.

Lo sabía.

Me acerqué un poco más.

—Dime dónde está el culto.

La ciudad había recibido el anuncio mundial hacía apenas unas horas.

Pero estos hombres ya estaban repartiendo armas.

Eso significaba una sola cosa.

No eran creyentes improvisados.

Eran semillas plantadas antes del apocalipsis.

Y si mi memoria no estaba equivocada... 

esas semillas, con el tiempo, se convertirían en una plaga


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