***
La luz roja del cielo lo cubría todo.
A mis pies solo había cadáveres. Sobre mi cabeza, monstruos alados giraban en círculos.
No descendían.
Esperaban.
Carroñeros.
Bajé la mirada.
En mis brazos sostenía a una niña. Su cuerpo era pequeño, demasiado pequeño para estar en un lugar como ese.
—Tengo miedo... —susurró.
La abracé con cuidado, como si apretarla demasiado pudiera romper lo poco que la muerte aún no me había arrebatado.
—No tengas miedo, mi vida. Estoy acá.
—Papá...
Me miró a los ojos. Sus pupilas temblaban y cada respiración parecía costarle más que la anterior.
—¿Existe el cielo?
Un nudo se formó en mi garganta.
Durante un instante, no encontré una mentira lo bastante amable.
El cielo sobre nosotros era rojo. El suelo estaba cubierto de sangre y el aire olía a muerte.
Aun así, sonreí.
Ella necesitaba que lo hiciera.
—Sí, mi vida. Existe —le aseguré mientras la estrechaba contra mi pecho—. Este lugar es el infierno. Nada más que una prueba.
Tragué saliva.
—Y vos ya la superaste.
Dije lo que quería creer. Lo que necesitaba que fuera cierto.
—Papá... —murmuró, cada vez más bajo.
—Decime, preciosa.
Apoyé una mano sobre su mejilla y aparté un mechón de cabello manchado de sangre. Sus ojos ya estaban desenfocados, pero todavía se esforzaba por mirarme.
—Perdón...
Negué con la cabeza.
—No tenés nada que perdonar.
Las lágrimas empezaron a caer por mi rostro. Primero una. Después otra.
No podía detenerlas.
—Perdón... por dejarte solo en este lugar, papá...
Su voz se quebró. La sangre le brotó de la boca y su respiración se convirtió en un estertor débil.
—No. No vas a dejarme —mentí mientras la aferraba con más fuerza—. Estoy acá. Papá está acá.
Como si mis brazos todavía pudieran retenerla en este mundo.
Como si pudiera ganarle a la muerte con solo negarme a soltarla.
—Te am...
No llegó a terminar.
Su cuerpo perdió toda fuerza. Su pecho dejó de moverse y la luz desapareció de sus ojos.
Algo se quebró dentro de mí con ella.
Nunca volvió a recomponerse.
***
Miro el cielo azul y, por un instante, me cuesta respirar.
Ya no soy el mismo hombre. Mi cuerpo es distinto. Mi nombre también.
Sin embargo, hay cosas que ni mil quinientos años de guerra pudieron borrar.
Rostros. Voces. Promesas.
Y una pregunta que no deja de golpearme el pecho.
¿Ella también existe en esta línea temporal?
Tengo que saberlo cuanto antes.
Echo a correr.
Avanzo de edificio en edificio, aprovechando azoteas, escaleras de emergencia y cualquier desnivel que me permita evitar las calles abarrotadas. Las piernas de Kim Cheonro ya no son las de un civil común, pero todavía están lejos de ser perfectas.
Para cualquiera que alcance a verme, debo de parecer un joven llevando el parkour más allá de lo razonable.
Para mí, cada salto sigue siendo torpe. Cada apoyo, lento. Cada respiración, demasiado pesada.
Aun así, avanzo.
Todavía conservo en la memoria la dirección aproximada de mi antigua casa. Puedo olvidar miles de rostros, pero no el camino hacia el lugar al que alguna vez llamé hogar.
Quince minutos después, alcanzo el barrio.
La respiración se me ha acelerado apenas, más por la ineficiencia de este cuerpo que por verdadero agotamiento. No importa.
Me detengo sobre la azotea de un edificio vecino.
Desde allí puedo verla.
Mi antigua casa.
Me quedo inmóvil.
No bajo. No llamo a la puerta. No pronuncio ningún nombre.
Solo espero.
Una hora.
Después otra.
Al cabo de dos horas, una joven de unos veinte años aparece al final de la calle y camina hacia la casa.
En cuanto la veo, mi corazón se descontrola.
La sangre golpea mis oídos. Los dedos me tiemblan sobre el borde de la azotea.
No necesito acercarme para reconocerla.
Quiero saltar.
Quiero correr hacia ella, abrazarla y decirle que está viva. Que el cielo todavía es azul. Que esta vez no permitiré que el infierno la toque.
Pero no puedo.
No todavía.
Ella no conoce este cuerpo. Para ella, Kim Cheonro no es más que un extraño observándola desde el techo de un edificio.
Y hay algo más que todavía no comprendo.
Si mi conciencia despertó dentro de Kim Cheonro, ¿qué ocurrió con el cuerpo que me pertenecía en esta época?
¿Sigue existiendo?
¿Desapareció?
¿Hay otro yo viviendo la vida que recuerdo a medias?
Hasta conocer la respuesta, acercarme sería una imprudencia. Podría asustarla, confundirla o ponerla en peligro.
La observo sacar una llave, abrir la puerta y desaparecer dentro de la casa. Solo entonces libero el aire que llevaba conteniendo.
Está viva.
Por ahora, eso tiene que bastar.
Me alejo cuando la calle vuelve a quedar en silencio.
La ciudad continúa sumida en el caos. Ni siquiera ha pasado un día desde el anuncio mundial y miles de creyentes ya ocupan las calles.
La mayoría no causa problemas. Rezan, cantan, levantan pancartas o lloran de rodillas frente a las pantallas que aún repiten fragmentos del anuncio.
El miedo necesita una explicación. Para muchos, esa explicación es Dios.
Pero entre ellos hay personas distintas.
No rezan. No lloran. Tampoco parecen asustadas.
Usan el pánico como camuflaje.
Sus miradas están demasiado tranquilas. Sus movimientos, demasiado coordinados.
Entonces veo una señal que creía perdida en el pasado.
Una cruz invertida.
La misma marca que, muchos años después, encontraría grabada en cuerpos, banderas y altares construidos con huesos.
Así que ya se movían desde esta época.
Entrecierro los ojos.
A lo lejos, uno de ellos reparte armas entre varias personas: cuchillos, tubos de metal, pistolas viejas y cadenas.
No son armas de gran calidad. No hace falta que lo sean.
En una ciudad aterrada, incluso una piedra puede iniciar una masacre si cae en las manos correctas.
Observo al hombre hasta que termina la entrega. Luego guarda varios sobres bajo el abrigo y se dirige hacia la entrada del metro.
Ya confirmé lo que vine a comprobar. Acercarme a la joven en estas condiciones solo la expondría.
En cambio, esto es una amenaza que puedo cortar de raíz.
Desciendo del edificio sin hacer ruido y sigo al hombre.
Mantengo la distancia.
Ni demasiado cerca ni demasiado lejos.
La presencia debe ser como una sombra. Si alguien la nota, deja de cumplir su propósito.
El hombre se detiene en el andén. Contra toda lógica, parte de la red de metro todavía funciona, aunque los vagones van repletos de pasajeros nerviosos.
Cuando llega el tren, sube.
Yo entro detrás de él.
No lo miro directamente ni hago movimientos innecesarios. Me limito a mezclarme con el ruido, las respiraciones tensas y los murmullos de quienes todavía intentan comprender qué le está ocurriendo al mundo.
Varias estaciones después, el hombre baja.
Yo también.
Lo sigo hasta la salida y veo un automóvil oscuro esperándolo junto a la vereda.
Chasqueo la lengua.
Aunque mi cuerpo ha mejorado, seguir un vehículo a pie por toda la ciudad sería una estupidez. No tengo wones, teléfono ni otro medio de transporte.
Solo queda una opción.
Usar el suyo.
El hombre abre la puerta trasera y entra. Antes de que consiga cerrarla, apoyo una mano en el borde y la detengo.
Sus ojos se abren de par en par.
—¿Qué...?
—Corréte.
Lo empujo hacia el centro y entro junto a él.
Hay tres hombres más dentro del auto: el conductor, un calvo en el asiento del acompañante y otro sujeto sentado junto a la puerta trasera opuesta.
Los cuatro intentan reaccionar al mismo tiempo.
Demasiado lento.
—¡¿Qué mierda hacés?! —brama el calvo mientras se vuelve hacia mí.
Inclino el cuerpo entre los asientos y lo golpeo con la base de la palma bajo la mandíbula.
No es una simple cachetada. Es un impacto preciso, con la fuerza necesaria para sacudirle el cerebro sin partirle el cráneo.
Su cabeza choca contra la ventanilla y queda inconsciente al instante.
El hombre de la otra puerta lleva una mano hacia la cintura.
Le atrapo la muñeca y la tuerzo contra el respaldo.
El hueso cruje.
—Ghh...
Antes de que pueda gritar, le hundo el codo en el estómago y lo dejo sin aire.
El conductor intenta abrir su puerta.
La Espada de Clemen sale de la vaina con un siseo metálico. Deslizo la hoja entre los asientos delanteros y apoyo la punta contra su nuca.
—No te muevas.
El auto queda en silencio.
Afuera, la ciudad continúa gritando. Adentro, solo escucho respiraciones contenidas.
Miro al hombre al que seguí desde la calle. Está aplastado contra el asiento, pálido y rígido.
—Ahora vas a responder mis preguntas.
No dice nada.
—¿Quién les dio esa marca?
Sus labios tiemblan, pero permanece callado.
Aprieto un poco más la muñeca rota de su compañero. El gemido que sigue llena el interior del vehículo.
—No voy a repetirlo.
—N-no sé de qué hablás...
Levanto la mano libre y señalo la cruz invertida tatuada en la frente del calvo.
—Eso no es una declaración de fe. Es una señal de reconocimiento.
El hombre deja de respirar por un instante.
Ahí está.
Me inclino hacia él.
—Decime adónde llevaban las armas.
—No puedo...
—Podés.
La seguridad de mi voz termina de quebrarlo.
—A una fábrica... —susurra—. Una fábrica abandonada, en las afueras.
—¿Dónde?
Mira al conductor.
—Él sabe el camino.
Desvío los ojos hacia el frente sin apartar la espada de su nuca.
—Arrancá.
El conductor obedece. El motor cobra vida y el vehículo se incorpora lentamente al tránsito.
Ni siquiera ha pasado un día desde el anuncio, pero estos hombres ya tienen armas, una ruta establecida y un lugar de reunión.
No son creyentes nacidos del pánico.
Son semillas plantadas mucho antes del apocalipsis.
Mantengo la espada en su sitio y vuelvo a mirar al hombre sentado a mi lado.
—Ahora contame qué están preparando en esa fábrica.