No ha vuelto el gato amarillo.
Quizás olvidó
el camino de regreso,
o quizás encontró
un lugar mejor.
Odiaba sus maullidos,
sus ronroneos,
aquellos sonidos
que ahuyentaban
las voces de mi cabeza.
Me quitó
el derecho a estar solo.
Abrumado por su presencia,
un día le grité:
Ojalá te fueras
y nunca más volvieras.
Sé que no me entendió.
Pero no ha vuelto
el gato amarillo.