REPARTO:
ELENA (EL ESPECTRO): La sombra de la madre, condenada a vagar sin paz entre las ruinas.
JULIÁN (ANCIANO Y CIEGO): El segundo marido, deshecho por el remordimiento y devorado por los años.
MATEO (DECRÉPITO): El primer marido, anciano vagabundo reducid a la nada por el peso de su propia soberbia.
LAS TRES SOMBRAS: Gabriel (el bebé), Lucas (el niño del río) y Sofía (la joven de la peste).
ACTO I: EL REGRESO DE LOS CULPABLES
(Escenario cubierto por una niebla densa, cenicienta. Las ruinas de la casa de Elena están reducidas a piedras húmedas y maleza negra. En el centro, los tres montículos de tierra casi borrados por el tiempo. Es una noche de eclipse; una luna roja cuelga sobre el paisaje. Entra Julián, muy anciano, ciego, apoyándose en un bastón de madera nudosa y tanteando las piedras con manos temblorosas).
JULIÁN: (Con voz cavernosa, ahogada por una tos seca) ¿Es aquí? El olor a fango y a flores muertas no se borra ni en medio siglo... Huele a la piel de Elena. Huele a la leche amarga que goteaba de sus pechos cuando la tierra se tragó a nuestro primer niño. (Tropieza con una cruz de madera podrida y cae al suelo) ¡Elena! Elena, si tu sombra sigue pegada a este fango, escúchame... Volví. Recorrí miles de leguas huyendo de tu mirada, pero tus ojos ciegos me siguieron en cada esquina, en cada cama que compartí, en cada vaso de vino que apuré.
(De la oscuridad del fondo surge una figura decrépita, cubierta de trapos sucios. Es Mateo, hecho un harapo humano, arrastrando una pierna tullida).
MATEO: (Con carcajada amarga y ronca) No le hables a la tierra, viejo idiota. La tierra no responde. Yo llevo diez años durmiendo bajo este techo hundido, comiendo raíces y bebiendo el agua de la lluvia que cae sobre sus tumbas.
JULIÁN: (Sobresaltado, alzando el bastón hacia el sonido) ¿Quién anda ahí? ¿Un ladrón de tumbas? ¡Aquí no hay nada! Solo hay huesos secos y la maldición de una mujer que destrozamos entre todos.
MATEO: (Avanzando hacia la luz roja del eclipse) Soy Mateo... el que la dejó primero. El hombre que tuvo el valor de darle la espalda cuando el bebé se le congeló en los brazos. Mírame, Julián. Mírame bien. Creí que salvaba mi vida al huir de su luto, y lo único que hice fue llevarme un pedazo de su tumba dentro de mi vientre. Desde el día en que la abandoné, la carne me huele a podrido. Ningún hijo me nació vivo después. Ninguna mujer quiso quedarse a mi lado. Tuve que volver a morir aquí, donde la dejé desangrarse de dolor.
JULIÁN: (Llorando sin lágrimas por sus cuencas ciegas) ¿Tú también volviste, Mateo? ¡Malditos seamos los dos! Huimos como perros cobardes porque no pudimos sostener el peso de sus lágrimas. La dejamos sola mientras el río le robaba a Lucas y la peste le deshacía las entrañas a Sofía.
ACTO II: LA SOMBRA QUE NO PERDONA
(Un viento helado cruza la escena. Las tres cruces de madera comienzan a sangrar un hilo espeso y oscuro. Entre la niebla, surge la figura de Elena. No es una anciana; es una aparición espectral, vestida con mantos de ceniza y con el rostro pálido, surcado por surcos negros por donde corren lágrimas eternas. Trae entre sus manos un cuenco hecho de piedra).
ELENA: (Su voz retumba como si saliera del fondo de un pozo seco) ¿Quién busca descanso en mi matadero? ¿Quién osa hollar la tierra donde se pudrieron las sonrisas de mis hijos?
MATEO: (Cayendo de rodillas, temblando con horror) ¡Elena! ¡Dios piadoso, es su sombra!
JULIÁN: (Arrastrándose hacia la voz) Elena... no te veo, pero siento el hielo de tu presencia. Vine a pedirte perdón... Vine para que me des la muerte aquí, al lado del montículo de Lucas...
ELENA: (Con lentitud aterradora, acercándose a ellos sin tocar el suelo) ¿Perdón? ¿Qué palabra es esa? Esa palabra no existe en la lengua de las madres que enterraron a sus propios frutos. Ustedes huyeron para salvar sus vidas cobardes. Dejaron que mis manos se desollaran escarbando la tierra. Dejaron que mi mente se secara en la soledad más hedionda. Mateo... dijiste que mi pecho olía a tumba.
MATEO: (Gritando de pavor, cubriéndose la cara) ¡Estaba ciego de miedo, Elena! ¡El cuerpo del niño estaba duro como la piedra!
ELENA: (Avanzando hacia Mateo y tocándole la frente con un dedo negro) Era tu hijo. Tenía tu misma sangre. Pero preferiste dejarlo en mi regazo como se deja un desperdicio. Y tú, Julián... dijiste que yo era un cascarón que devoraba a los hombres. Me dejaste sola con la bota de Lucas llena de barro. Me dejaste esperando a que la corriente me devolviera un pedazo de sus carnes.
JULIÁN: (Golpeándose el pecho contra el suelo) ¡Mátame, Elena! ¡Sácame los ojos que me quedan, cómete mis entrañas, pero borra el sonido de tus lamentos de mi memoria!
ACTO III: LA ETERNA CONDENA DE LAS MADRES
(Aparecen a los lados de Elena las Sombras de los tres niños. No tienen rostros; son siluetas luminosas pero distorsionadas por el sufrimiento. Gabriel emite un llanto agudo de lactante; Lucas produce un sonido de agua borboteante en la garganta; Sofía tose con un estertor metálico).
LAS SOMBRAS: (A coro, con voces distorsionadas y tristes) Madre... tenemos frío... Madre... el agua nos ahoga... Madre... el fuego nos quema por dentro...
ELENA: (Abriendo los brazos para intentar abrazar a las sombras, pero estas se desvanecen al contacto, dejándola vacía una y otra vez) ¿Ven esto, hombres cobardes? ¡Miren mi condena! La muerte no me dio la paz. Ni siquiera en el infierno puedo abrazarlos. Cada noche vuelven a morir ante mis ojos. Gabriel vuelve a congelarse, Lucas vuelve a ahogarse y Sofía vuelve a escupir sangre en mis manos. Y ustedes... ustedes querían aliviar su culpa con una oración y un puñado de lágrimas viejas.
MATEO: (Suplicando con la voz rota) ¡Danos la paz, Elena! ¡Déjanos morir a tu lado para cerrar este círculo de sangre!
ELENA: (Alzando el cuenco de piedra, que se llena de un líquido espeso) No habrá paz. No hay perdón para los que abandonan la cuna vacía. Les traiga el castigo que me pertenecía a mí sola. Beberán de la memoria de mis hijos. Beberán la leche amarga, el agua del río y la sangre de la peste.
(Elena se acerca a Mateo y le fuerza la boca, vertiendo el contenido del cuenco. Mateo empieza a convulsionar, agarrándose la garganta, emitiendo los mismos sonidos de ahogo y fiebre de los niños).
MATEO: (Gritando de agonía) ¡Me quema! ¡Tengo el pecho lleno de hielo y de barro! ¡Los niños me están agarrando desde la tierra!
(Mateo cae hacia atrás, rígido, con los ojos abiertos de par en par, petrificado en un gesto de espanto infinito).
JULIÁN: (Aterrado, arrastrándose hacia la salida de las ruinas) ¡Misericordia, Elena! ¡Misericordia por el amor que alguna vez nos tuvimos!
ELENA: (Apareciendo instantáneamente frente a él, bloqueando su paso) El amor murió el día que me dejaste sola con los muertos, Julián. Tú no vas a morir hoy. Tú te quedarás ciego en estas ruinas, escuchando mi llanto y los gritos de Mateo durante el resto de tus días. Vagará tu cuerpo sin que la muerte te quiera recibir, porque hasta la tierra te rechazará por cobarde.
(Elena se disuelve en una nube de ceniza helada. Las tres sombras abrazan a Julián por el cuello. Se escucha el llanto rasgado de la madre resonando en todas direcciones, multiplicándose en un eco infinito).
JULIÁN: (Quedando completamente solo en medio del silencio espectral, abrazado a las ruinas, gritando hacia el cielo despejado) ¡Elena! ¡Regresa! ¡No me dejes solo con los muertos! ¡No me dejes solo con el aire!
(El eclipse se vuelve total. La oscuridad devora la escena. Solo se escucha el sonido constante de una cuna de madera meciéndose sola en la penumbra, rasgando el silencio con un crujido seco y sin fin).
TELÓN