Con la regla de que nadie muere pero cada derrota reinicia desde cero, el miedo se mueve de sitio: lo que me preocupa de Cheonro es lo que va a tener que oír cada vez que vuelva a empezar. El guardabosques asusta menos que el devorador usando la voz de Eunbyeol. Mi apuesta es que el río se cruza en dos o tres intentos y ese bicho lo sigue esperando en cada vuelta, y la tercera forma, la de apagarse, se le va a ir gastando.
Capítulo 37: Entrenamiento (2)
Pensamiento
Con la regla de que nadie muere pero cada derrota reinicia desde cero, el miedo se mueve de sitio: lo que me preocupa de Cheonro es lo que va a tener que oír cada vez que vuelva a empezar. El guardabosques asusta menos que el devorador usando la voz de Eu
Contenido de la publicación
Al tercer día en la nueva residencia, reúno a todos en el patio: Kwon Taesung, Kang Mujin, Han Jiwon, Seo Doyun, Lee Haejin, Kim Eunbyeol y Seolhwa. Los siete esperan frente a mí. Algunos todavía llevan vendajes; otros disimulan el dolor al caminar. Durante estos días nos hemos limitado a corregir posturas y practicar movimientos suaves.
Seolhwa es la única que nunca ha entrado a la Torre, pero ya no evita mirar el orbe. Detrás de las ventanas, los niños espían. Minjun pega la cara contra el vidrio y Eunji permanece un poco más atrás, abrazada a su muñeco. Antes de reunirnos, Seolhwa ha repasado con el personal que se quedará a cargo los horarios, las comidas y las necesidades de cada uno. Jang supervisará la seguridad durante nuestra ausencia.
Saco el orbe del inventario. La esfera dorada ilumina mis dedos; en su interior gira un pequeño amanecer atravesado por líneas rojas, como si el sol intentara nacer en mitad de una herida.
—Sigue dándome mala espina —murmura Kwon.
—Es una recompensa SSS —responde Haejin—. Yo desconfiaría más si pareciera inofensiva.
Eunbyeol observa la esfera sin acercarse.
—Uso único.
—Una sola oportunidad —confirmo.
Mujin sonríe apenas.
—Entonces habrá que aprovecharla.
Jiwon lo mira y ajusta la venda que asoma bajo su camiseta.
—Podés empezar dejando de inflar el pecho. Todavía tenés costillas rotas.
La sonrisa desaparece cuando ella aprieta el nudo. Kwon se tapa la boca para disimular una risa. Levanto el orbe y despliego su ventana para todos.
[Orbe del amanecer — SSS]
[Objeto dimensional de uso único.]
[Permite abrir una puerta hacia un campo de entrenamiento especial.]
[Relación temporal: 1 día exterior = 365 días interiores.]
[No es posible morir de forma permanente dentro del campo.]
[El dolor, la fatiga y el miedo no serán reducidos.]
[Las derrotas podrán reiniciar el escenario; no devolverán el tiempo consumido.]
[Si una prueba queda incompleta al vencer el plazo, no se otorgará su recompensa.]
[El orbe será consumido al finalizar el entrenamiento, independientemente del resultado.]
[Seleccione dificultad: Fácil / Intermedio / Difícil / Infierno.]
El último nombre brilla con un tono rojo oscuro. No hace falta ser experto para entender la advertencia. Seolhwa lee las condiciones dos veces.
—Podemos volver de una derrota, pero el año sigue corriendo.
—Exacto. Si el entrenamiento nos quiebra antes de completarlo, habremos gastado nuestra oportunidad.
Nadie habla. Necesito que entiendan esto antes de elegir. La Torre puede romper a una persona sin detenerle el corazón. Le bastan el cansancio, la culpa y una situación que se repite hasta que deja de creer que existe una salida.
—El modo Infierno va a buscar sus errores —continúo—. Y va a obligarlos a vivir con las consecuencias. Tampoco sé si estaremos juntos. Puede separarnos y crear una prueba para cada uno.
Mujin deja de mirar la puerta y se concentra en mí.
—¿Conservaremos las habilidades?
—Las restricciones aparecerán al entrar. No cuenten con que una habilidad les resuelva todo.
Kwon levanta una mano.
—Capitán, si paso un año sufriendo y salgo con un trauma nuevo, espero que los puntos valgan la pena.
—Primero tendrás que ganarlos.
—Qué atención al cliente de mierda.
Haejin suelta aire por la nariz, pero la broma no consigue aflojarle los dedos. Los mantiene cerrados sobre el borde de su manga. Eunbyeol da un paso al frente.
—Acepto.
La rapidez de su respuesta me preocupa.
—Eunbyeol...
—Sé lo que me va a decir. Que no intente resolverlo todo sola ni busque una solución perfecta para demostrar que soy útil. Lo escuché durante el entrenamiento.
Me sostiene la mirada.
—Quiero aprender a hacerlo, no seguir escuchándolo desde afuera.
Durante un instante vuelve el cielo rojo. Su mano pequeña pierde fuerza entre mis dedos. Parpadeo y la imagen desaparece; delante de mí sigue estando una mujer que acaba de tomar una decisión.
—Bien.
Mujin acepta después. Doyun lo hace con un movimiento de cabeza y Haejin levanta la mano, como si todavía quisiera dejar constancia de alguna queja. Jiwon respira hondo antes de dar su respuesta.
—Voy a entrar.
Kwon mira al grupo y guarda los cuchillos.
—Acepto. Pero cuando salgamos me deben una semana sin discursos sobre superación personal.
Solo falta Seolhwa. Ella se vuelve hacia la ventana; Eunji apoya una mano contra el vidrio y Seolhwa levanta la suya en respuesta. Se queda así unos segundos antes de mirarme.
—Acepto.
El orbe reacciona. La luz dorada se expande y dibuja una puerta circular sobre el patio. Las grietas de la Torre parecen heridas abiertas; este umbral conserva el brillo de un amanecer, aunque el aire que sale de él me oprime el pecho.
[Participantes registrados: 8.]
[Kim Cheonro.]
[Kwon Taesung.]
[Kang Mujin.]
[Han Jiwon.]
[Seo Doyun.]
[Lee Haejin.]
[Kim Eunbyeol.]
[Seolhwa.]
[Dificultad seleccionada: Infierno.]
[¿Confirmar ingreso?]
[Sí / No]
Miro al grupo una última vez.
—Cuando entren, no intenten ser héroes.
Kwon arquea una ceja.
—¿Eso también va por vos?
—Especialmente por mí.
Toco la opción afirmativa. La puerta se abre y la luz nos traga. Por un instante siento los cuerpos de los demás cerca del mío. Después algo tira de mí hacia abajo y sus voces se cortan. El patio desaparece.
[Campo de entrenamiento iniciado.]
[Modo: Infierno.]
[Separación individual aplicada.]
[Cada participante enfrentará una prueba diseñada según su rol, debilidades, potencial y memoria de combate.]
[Tiempo interior restante: 365 días.]
Abro los ojos bajo un cielo gris oscuro. La tierra está húmeda, cubierta de barro negro y raíces retorcidas. A mi alrededor se levantan árboles tan altos que sus copas ahogan casi toda la luz. En los troncos distingo cicatrices profundas, quemaduras antiguas y restos de sangre seca.
El aire huele a lluvia, hierro y monstruos. Me quedo inmóvil. Conozco este bosque. Lo odié, sobreviví a él y lo enterré en una parte de mi memoria que no tenía ninguna intención de visitar.
[Prueba individual: Kim Cheonro.]
[Escenario: Bosque de Garam.]
[Recreación de un campo de batalla de la memoria del participante.]
[Registro original: usuario de nivel 50.]
[Objetivo: sobreviva hasta alcanzar el punto de extracción.]
[Distancia restante: 18 kilómetros.]
[Nivel y equipo actuales mantenidos.]
[No se permite asistencia externa.]
[Cada derrota reiniciará el escenario desde el inicio, sin restituir el tiempo transcurrido.]
[Dolor y fatiga: 100 %.]
[Las eliminaciones de esta simulación no otorgan EXP, oro ni botín.]
[Recompensa del entrenamiento: pendiente del cumplimiento del objetivo.]
Leo la ventana y dejo escapar una risa baja.
—Hijos de puta...
En mi antigua vida entré a Garam con una unidad de más de treinta cazadores veteranos. Salimos cuatro. Yo tenía nivel cincuenta, habilidades mucho más desarrolladas y un cuerpo varias veces más fuerte que este. Aun así, sobrevivir había sido una pesadilla.
Ahora estoy aquí con nivel nueve. Algo respira entre la niebla. Desenvaino la Espada de Clemen. El daño que sufrió en el segundo piso sigue ahí; la luz débil se quiebra sobre el borde incompleto. El sistema ha conservado mi equipo con demasiada fidelidad.
—Dieciocho kilómetros...
Correr en línea recta sería una buena forma de terminar el primer intento. Lo peor de Garam es la paciencia de sus monstruos. Hay cazadores de calor, parásitos de sombra, bestias que imitan voces e insectos que dejan huevos bajo la piel. Y, por encima de todos ellos, están los Alguaciles del Bosque.
Nunca necesité verlos para saber que estaban cerca. Un paso mal dado, una respiración demasiado fuerte o una gota de sangre bastaban para atraerlos. Una línea de frío me cruza la nuca. Me inclino justo cuando una garra pasa sobre mi cabeza y corta varios mechones. Giro la espada; el filo choca contra una placa de hueso y la criatura retrocede de un salto.
Es baja y delgada, con cuatro brazos, piel del color de la corteza y una mandíbula dividida en tres secciones. Un acechador de raíz. En mi antigua vida los estimábamos en torno al nivel treinta y ocho. El monstruo ladea la cabeza y emite un chasquido. Otros responden desde distintos puntos de la niebla.
—Claro.
Echo a correr hacia una zona de raíces gruesas. Los monstruos grandes dominan los claros y los pequeños se mueven con facilidad por las copas, pero a ras del suelo puedo limitar los ángulos desde los que me atacan. El acechador me sigue. Dos más saltan entre los árboles, casi sin hacer ruido.
Mi bota se hunde en un charco de barro blando. Dejo que la pierna ceda, giro sobre el apoyo libre y saco el pie de costado antes de que una raíz dentada se cierre en el hueco. Sus puntas chocan con un golpe seco.
El bosque también sigue igual. El primer acechador cae desde arriba. Interpongo la parte sana de la hoja y desvío el golpe, pero el impacto me hunde una rodilla en el barro. El brazo empieza a temblarme antes de que consiga apartarlo.
El segundo llega por la derecha. Le arrojo barro a la cara con la mano libre. Una de sus garras pierde la línea del cuello y me perfora el hombro; siento las puntas separarme la carne antes de que tire del brazo para arrancarlas.
Aprieto los dientes y giro bajo el primer monstruo. Le abro el abdomen con un corte corto. La herida deja escapar sangre y una porción pálida de intestino, pero no basta para matarlo. Retrocede sujetándose las vísceras con dos de sus manos.
El tercero ya está detrás de mí. Me vuelco hacia la izquierda. La garra resbala sobre el cuero de Clemen y lo abre; tres surcos calientes me atraviesan la espalda. No puedo sostener un intercambio así. Masacre exige más de cien oponentes. Enemigo de la oscuridad no sirve contra estas criaturas, y ninguna dirige una tropa que active Corte del comandante. Invencible podría darme diez segundos, pero una vez gastada tendría que esperar veinticuatro horas. Todavía no he recorrido ni un kilómetro.
Respiro y busco sus apoyos. Primer estilo: Pasos que fluyen como el río. Los acechadores atacan en triángulo: uno fuerza el bloqueo, otro busca la espalda y el último corta la retirada. Vi morir a dos cazadores por ese mismo patrón hace siglos.
Esta vez avanzo hacia el ataque principal. La garra pasa por detrás de mi hombro. Trabo su antebrazo con el mío y giro fuera de su apoyo, aprovechando el impulso con que se ha lanzado. No podría levantarlo por la fuerza; me basta con desequilibrarlo y dirigirlo contra su compañero.
Los dos chocan. Bajo la espada hacia el tobillo del más cercano y corto por detrás de la articulación. El tendón cede; el pie se dobla bajo su peso y el monstruo cae entre chillidos. El tercero salta hacia mi espalda. Me agacho y su cuerpo roza una rama baja.
La rama se cierra sobre su cabeza. Mala suerte para él. La boca de madera hunde los dientes en el cráneo. Oigo el hueso partirse y veo un ojo saltar entre astillas húmedas antes de que la corteza lo engulla. Yo ya estoy corriendo.
El bosque se llena de chasquidos y hojas que se mueven sin viento. A lo lejos, una voz atraviesa la niebla.
—¡Byeolha!
Mis piernas vacilan una fracción de segundo. Es una reacción antigua, anterior incluso a muchos de los recuerdos que conservo.
—¡Byeolha, ayudame!
Sigo avanzando. Garam usa las voces de los muertos; no necesita engañarte por completo si consigue hacerte dudar lo suficiente para que otra cosa te alcance. La voz cambia.
—Papá...
Mi bota casi se hunde en el barro. Aprieto tanto la mandíbula que siento gusto a sangre.
—No uses esa voz.
La niebla se abre frente a mí y aparece Eunbyeol. La niña del cielo rojo. Está sucia, herida, con los ojos llenos de lágrimas.
—Papá, no me dejes...
La espada tiembla en mi mano. Sé que no es ella y, aun así, mi cuerpo quiere acercarse. Detrás de la figura alcanzo a distinguir una masa alargada, cubierta de ojos húmedos. La imagen de mi hija cuelga frente a esa carne como una piel transparente.
Un devorador de memoria. El odio me despeja la cabeza, pero también podría matarme. Si cargo de frente y fijo la mirada en sus ojos, el monstruo entrará en mi mente. Raon murió así en mi antigua vida. Corrió hacia la voz de su esposa y terminó arrancándose la garganta para dejar de escucharla.
Bajo la espada y cierro los ojos. Tercera forma: Nada. La voz sigue ahí, aunque pierde parte de su fuerza al romper el contacto visual. Vacío la respiración de intención y dejo de responder a lo que oigo. La criatura prueba con mi maestro, después con Seolhwa y, por último, con alguien a quien no reconozco.
Doy tres pasos. El barro cambia bajo mi bota y el olor ácido del devorador se vuelve más intenso. Su respiración está a dos metros. A uno. Entorno los ojos apuntando al suelo y localizo el bulto que palpita bajo su garganta. No miro más arriba.
La espada entra desde abajo. Atraviesa el núcleo y el monstruo chilla con todas sus voces a la vez. Retiro el filo y salto hacia atrás antes de que me alcance la sangre negra; en Garam, algunas criaturas pueden rastrear durante días a quien queda impregnado de ella.
El cuerpo se contrae, derrama una masa viscosa entre las raíces y deja de moverse. La imagen de Eunbyeol se deshilacha con él.
[Distancia restante: 16,7 kilómetros.]
Poco más de un kilómetro. El hombro sangra, la espalda me arde y todavía no he encontrado a los monstruos realmente peligrosos. Apoyo la mano en un tronco para recuperar el equilibrio. La corteza se hincha bajo mis dedos. La retiro antes de que se abra la boca.
—Sí. Ya me acuerdo de por qué odiaba este lugar.
Un rugido grave sacude la niebla. Los acechadores dejan de chasquear y hasta las hojas parecen quedarse quietas. Eso es peor. Una sombra enorme avanza entre los árboles. Cada paso hunde la tierra. No alcanzo a verla completa, pero reconozco el sonido.
En mi antigua vida necesitábamos al menos diez cazadores de nivel cuarenta y cinco para distraer a uno de esos monstruos. Matarlo era otro problema.
[Amenaza de élite detectada.]
[Guardabosques mutilado de Garam.]
[Nivel estimado del registro original: 52.]
La criatura sale de la niebla. Tiene el cuerpo de un ciervo gigante desollado. Entre las placas de corteza que lo recubren se contraen músculos oscuros, expuestos al aire. Un cráneo humano enorme ocupa el espacio entre sus astas negras; de su lomo cuelgan brazos arrancados a cazadores muertos. Las manos se balancean y golpean las costillas con cada paso.
Sus ojos se encienden. Me ha visto. Empiezo a correr con la espada baja. Mi objetivo es llegar a la extracción, y nada en esa condición exige matar al guardabosques. Su rugido levanta las raíces del suelo. Salto la primera y corto una ramificación de la segunda para abrirme paso. La tercera me golpea el costado antes de que pueda apartarme y me lanza contra un árbol.
El aire escapa de mis pulmones. Caigo al barro mientras la criatura carga. Ruedo bajo el arco de sus astas. Una pezuña golpea junto a mi cabeza y levanta piedras y tierra. El estallido me revienta el oído izquierdo; siento sangre caliente bajar por el cuello y el mundo se inclina.
Me levanto apoyándome en una rodilla. No puedo correr más rápido que él. Tengo que obligarlo a cambiar de dirección. A la derecha hay un grupo de árboles delgados. Me meto entre ellos y, cuando el crujido de las pezuñas vuelve a acercarse, uso Pasos que fluyen como el río para girar entre dos troncos.
El guardabosques intenta seguirme. Su cuerpo los rompe, pero las astas se enganchan un instante en las ramas. Medio segundo. Lo aprovecho entero.
[Distancia restante: 15,9 kilómetros.]
Las copas se agitan sobre mí y una lluvia de insectos negros cae entre las hojas. Siento uno clavarse en mi cuello. Lo arranco antes de que consiga enterrar el abdomen y lo aplasto entre los dedos, pero el aguijón queda prendido en la piel.
La zona empieza a arder. Después llega el entumecimiento. Conozco ese veneno. La dosis rara vez mata por sí sola; lo hacen los monstruos que alcanzan a su presa cuando deja de poder correr. Me arranco el aguijón y el saco blando que sigue bombeando bajo él. Un hilo de carne se desprende con ambos. La sangre me empapa los dedos, pero el cuello continúa endureciéndose. Lo que ya ha entrado no va a salir con ella.
—No me jodas...
El guardabosques vuelve a rugir a mis espaldas. Sigo, cada vez más torpe. El entrenamiento durará un año, pero esta carrera podría terminar en minutos. Si caigo, volveré al principio con el recuerdo de cada error y menos tiempo para corregirlo. Empiezo a entender qué quiere enseñarme el sistema: sobrevivir con un cuerpo que todavía puede quedarse atrás de mis decisiones.
Las raíces se entrelazan delante de mí y forman una pared. Busco una abertura, pero los huecos se cierran antes de que llegue. Segunda forma: Absoluto. Concentro el corte en una unión recién formada. La magia aún tira de dos raíces en direcciones opuestas; sigo esa tensión con la hoja y secciono la fibra más delgada.
El peso del entramado hace el resto. Se abre una grieta apenas suficiente para mis hombros y me arrojo a través de ella, dejando cuero y piel en los bordes. Las raíces se cierran cuando el guardabosques embiste. Sus astas quedan atrapadas al otro lado y el cráneo golpea la pared con un ruido hueco. El monstruo empieza a arrancarla a tirones.
No durará mucho. Corro hasta que el aire se vuelve más frío y oigo agua entre los árboles. Reduzco la marcha antes de ver la orilla. En mi antigua vida perdimos a doce cazadores al cruzar ese río. El Garam fluye frente a mí, negro y silencioso. Su superficie parece poco profunda, pero debajo viven peces sin ojos capaces de arrancar la carne de una pierna en segundos. Sobre el agua flotan flores blancas que estallan al sentir calor. Al otro lado, algunas sombras esperan inmóviles entre los troncos.
Miro hacia atrás. La pared de raíces está cediendo. No hay puente. Nunca lo hubo. La primera vez usamos cadáveres de monstruos para cruzar, y ni siquiera así llegamos todos a la orilla.
[Distancia restante: 14,2 kilómetros.]
Compruebo la disponibilidad de Invencible. Diez segundos. No me devolverá la sangre perdida ni la fuerza del brazo, pero quizá baste para atravesar el tramo donde se concentran las flores. Después tendré que sobrevivir a la otra orilla sin esa protección. El guardabosques rompe la última raíz.
Busco una línea de piedras bajo el agua negra, afirmo la Espada de Clemen en la mano que aún responde y doy el primer paso.
Thoughts
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PermalinkCon la regla de que nadie muere pero cada derrota reinicia desde cero, el miedo se mueve de sitio: lo que me preocupa de Cheonro es lo que va a tener que oír cada vez que vuelva a empezar. El guardabosques asusta menos que el devorador usando la voz de Eunbyeol. Mi apuesta es que el río se cruza en dos o tres intentos y ese bicho lo sigue esperando en cada vuelta, y la tercera forma, la de apagarse, se le va a ir gastando.
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PermalinkAcho, una duda práctica: si dentro pasa un año entero, ¿salen un año más viejos? Seolhwa se despide de Eunji por el vidrio y vuelve mañana con un año encima, y eso pesa más que cualquier bosque.
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PermalinkEunbyeol recitando todo lo que no debe hacer y aceptando igual me parecio lo mas duro del capitulo, mas que el bosque. Se nota que Cheonro ya se lo habia dicho antes y ella lo usa para entrar con los ojos abiertos. Me da que su prueba individual va a ir justo de eso, de cargar con todo sola, y que ahi la vamos a ver tambalearse antes que a nadie.
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PermalinkKwon levantando la mano para preguntar si igual hay recompensa después del trauma. El único con los pies en la tierra, che 😂
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A la joven que temblaba cada vez que alguien hacía ruido con una cadena o una camilla metálica.
Al tercer día en la nueva residencia, reuní a todos en el patio.