A la joven que temblaba cada vez que alguien hacía ruido con una cadena o una camilla metálica.
Después miré a mi grupo.
A Kwon, que seguía acostado en el suelo como si el techo le debiera una disculpa.
A Mujin, que intentaba levantarse pese a que Jiwon ya le había dicho tres veces que tenía costillas fisuradas.
A Doyun, que sostenía el arco incluso cuando los médicos querían quitárselo para revisarle el hombro.
A Hejin, que no hablaba, pero miraba sus propias manos como si todavía pudiera ver líneas de mana negro alrededor de sus dedos.
A Eunbyeol, que escribía en su libreta con una calma demasiado seria para alguien de su edad.
Y a Jiwon.
Jiwon no estaba mirando nuestras heridas.
Estaba mirando a los rescatados.
A los que volvieron, pero no del todo.
—Dígale al presidente —le dije a Jang— que la victoria de Corea no es una medalla.
Jang esperó.
—Es una advertencia escrita con los cadáveres de todos los que no volvieron.
No respondió.
Solo asintió.
Esta vez, con más lentitud.
Como alguien que por fin empezaba a entender.
---
Nos trasladaron al departamento unas horas después.
No fue una decisión mía.
Al principio quisieron mantenernos dentro de una instalación militar, aislados, vigilados por médicos, soldados y funcionarios que no paraban de entrar y salir.
Pero eso era justamente el problema.
Demasiadas personas.
Demasiadas miradas.
Demasiadas preguntas.
Los rescatados quedaron en un ala médica protegida, bajo supervisión psicológica y con seguridad directa de la Asociación. Jiwon discutió durante casi diez minutos con los médicos antes de aceptar alejarse de ellos.
No porque quisiera descansar.
Sino porque se estaba quedando sin magia y sin fuerzas.
La sacaron prácticamente a la fuerza.
Kwon dijo que fue la primera vez que vio a Jiwon dar más miedo que una criatura de la Torre.
Nadie se rió demasiado.
El departamento de Cheonro ya no parecía un departamento.
Parecía un centro de mando disfrazado de hogar.
Había soldados en la entrada del edificio, agentes vestidos de civil en la calle y dos vehículos negros estacionados frente a la puerta. En el pasillo instalaron sensores. Las ventanas tenían protección reforzada. Jang había enviado un equipo entero para revisar si había micrófonos, cámaras o cualquier cosa que no perteneciera allí.
Aun así, cuando entramos, el lugar se sintió más seguro que cualquier sala blanca del gobierno.
Quizá porque tenía paredes normales.
Quizá porque olía a comida recalentada y no a desinfectante.
O quizá porque, después de la Torre, cualquier habitación sin sangre en el suelo parecía un lujo.
Kwon fue el primero en tirarse sobre el sillón.
—Reclamo este territorio en nombre de mis heridas.
Jiwon lo miró desde la puerta.
—Tenés dos cortes superficiales y agotamiento.
—Y un trauma espiritual.
—Eso no se venda.
—Pero se respeta.
Mujin se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. Tenía el torso vendado y una expresión molesta, como si sus costillas lo hubieran traicionado personalmente.
Doyun dejó el arco junto a la mesa, pero no se alejó de él.
Hejin se acostó directamente sobre la alfombra.
—Me despiertan cuando el mundo deje de terminarse.
Eunbyeol no se sentó.
Fue hacia la mesa, abrió su libreta y empezó a ordenar páginas.
—Tenés que dormir —le dije.
—Estoy organizando los eventos antes de que se mezclen.
—No se van a mezclar en una hora.
—Algunos detalles sí.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Me acerqué y cerré la libreta con una mano.
Eunbyeol levantó la vista.
—Señor Kim.
—Dormí.
—Todavía hay decisiones—
—Dormí.
La palabra salió más dura de lo que pretendía.
Ella se quedó quieta.
Durante un segundo, vi a la otra Eunbyeol.
La del cielo rojo.
La que también intentaba mantenerse útil cuando apenas podía sostenerse.
Aflojé la voz.
—No necesito que seas útil todo el tiempo.
Eunbyeol bajó la mirada hacia la libreta cerrada.
—Entendido.
No estaba seguro de que lo entendiera.
Pero al menos se sentó.
Kwon encendió la televisión.
—A ver qué tan mal está el mundo.
—No hace falta verlo ahora —dijo Jiwon.
—Claro que hace falta. Si vamos a ser odiados internacionalmente, quiero enterarme en alta definición.
La pantalla se encendió.
Y el caos entró al departamento.
Imágenes de Seúl.
Multitudes reunidas frente a pantallas gigantes.
Algunos celebraban.
Otros lloraban.
Familiares de cazadores que no habían vuelto golpeaban las puertas de edificios gubernamentales. Periodistas hablaban encima de otros periodistas. Analistas militares señalaban mapas de grietas. Líneas rojas marcaban países con intentos fallidos.
El texto inferior no dejaba de repetirse.
COREA DEL SUR, ÚNICO PAÍS EN COMPLETAR EL PISO 2.
OTROS EQUIPOS INTERNACIONALES NO REGRESARON.
KIM CHEONRO OBTIENE DESPEJE SSS.
Kwon subió el volumen.
En la pantalla apareció una presentadora con el rostro pálido.
—Fuentes del gobierno confirman que al menos siete países enviaron equipos de cazadores al segundo piso en las últimas horas. Hasta el momento, solo el equipo surcoreano ha regresado con vida. Estados Unidos, Japón y varios países europeos han solicitado cooperación inmediata al gobierno de Corea del Sur...
La imagen cambió.
Washington.
Un vocero estadounidense frente a decenas de cámaras.
—La prioridad es proteger vidas humanas. Esperamos que la República de Corea comparta información operativa esencial para que otros países puedan preparar a sus cazadores.
Kwon inclinó la cabeza.
—Traducción: dennos el manual porque mandamos gente sin leer las instrucciones.
Doyun, sentado junto a la ventana, habló sin mirar la pantalla.
—No sabían qué había dentro.
—Nadie lo sabía —respondió Jiwon.
—Nosotros tampoco.
—Nosotros teníamos al capitán.
El silencio posterior fue incómodo.
Porque era cierto.
Y porque eso significaba que los demás entraron casi ciegos.
La transmisión cambió otra vez.
Tokio.
Un ministro japonés hablaba con un tono cuidadosamente controlado.
—La amenaza de las grietas no reconoce fronteras. Japón solicita una cooperación regional transparente y urgente. La seguridad de Asia oriental depende de una respuesta conjunta.
Kwon hizo una mueca.
—Qué rápido aparece la palabra "regional" cuando otro tiene la información.
Eunbyeol, desde la mesa, abrió de nuevo la libreta pese a mi orden anterior.
—Japón va a intentar presentar esto como un problema compartido para presionar por acceso igualitario.
—¿Y no lo es? —preguntó Jiwon.
—Sí —respondió Eunbyeol—. Pero no significa que debamos entregar todo sin condiciones.
Jiwon frunció el ceño.
—Están muriendo personas.
—También morirán más si los gobiernos usan información incompleta para tomar decisiones políticas.
La respuesta fue fría.
Pero correcta.
Hejin abrió un ojo desde la alfombra.
—Odio admitirlo, pero la chica tiene razón.
La televisión cambió a Pekín.
La frase en pantalla era más dura.
CHINA PIDE MECANISMO MULTILATERAL PARA INFORMACIÓN DE GRIETAS.
Un funcionario chino habló de "responsabilidad internacional", "estabilidad continental" y "evitar monopolios de información".
Kwon soltó una risa.
—Monopolio de información. Qué elegante forma de decir "no nos gusta que Corea vaya primera".
Mujin levantó la cabeza.
—¿Van a amenazarnos?
—No al principio —dije.
Todos me miraron.
—Primero pedirán cooperación. Después insinuarán consecuencias. Después ofrecerán intercambios. Y si eso falla, algunos intentarán conseguir la información por otros medios.
Jiwon se tensó.
—¿Espionaje?
—Espionaje, sobornos, presión económica, ataques políticos, secuestros si son lo bastante estúpidos.
Kwon levantó la mano.
—Voto por que sean estúpidos. Necesito descargar estrés.
—Bajá la mano.
La bajó.
En la pantalla apareció una imagen de Europa.
Varios líderes reunidos en una conferencia improvisada.
Después Rusia, con un comunicado seco y sin cifras.
Luego Corea del Norte.
El canal no tenía imágenes internas, solo una lectura de declaraciones oficiales.
—El régimen del Norte acusa al Sur de "ocultar el poder de las grietas bajo órdenes extranjeras" y exige que cualquier información relacionada con la seguridad de la península sea compartida "con todo el pueblo coreano".
Mujin apretó la mandíbula.
—Van a usarlo como excusa.
—Por supuesto —dije.
La península siempre fue una línea de pólvora esperando una chispa.
Y la Torre acababa de arrojar una antorcha.
La pantalla volvió a Corea.
Esta vez mostraron hospitales.
Familiares.
Cazadores llorando.
Un hombre gritaba frente a un edificio militar.
—¡Mi hijo entró porque dijeron que Corea lo logró! ¡Díganme dónde está!
Nadie habló en el departamento.
Jiwon bajó la mirada.
Sus manos temblaban.
—No fue culpa nuestra —dijo Doyun.
Jiwon no respondió.
Doyun insistió, más bajo:
—No fue culpa nuestra.
—Eso no hace que estén vivos.
El comentario cayó pesado.
Kwon apagó la televisión por un segundo.
Nadie protestó.
El departamento quedó en silencio.
Un silencio distinto al de la ciudad sin amanecer.
Más real.
Más humano.
Entonces sonó el teléfono seguro que Jang había dejado sobre la mesa.
Lo miré.
Eunbyeol también.
El aparato vibró tres veces.
Atendí.
—Kim Cheonro.
La voz del presidente apareció del otro lado.
—Señor Kim. Lamento interrumpir su descanso.
Kwon murmuró desde el sillón:
—No descansábamos. Nos deprimíamos con la tele.
Lo ignoré.
—Hable.
—Los gobiernos están presionando. Estados Unidos quiere una sesión estratégica en menos de doce horas. Japón pide un marco de cooperación regional. China exige que la información se maneje en una mesa multilateral. La Unión Europea solicita un protocolo común. Rusia no está pidiendo. Está observando.
—Rusia siempre observa antes de moverse.
Hubo un silencio breve.
—Necesitamos definir nuestra postura.
—Ya la definimos.
—Necesito escucharla con claridad.
Me apoyé contra la pared.
El cuerpo todavía dolía, pero el dolor era útil. Me mantenía despierto.
—Información básica para todos. Información táctica bajo condiciones. Información estratégica solo para quienes acepten compromisos firmes.
—¿Qué tipo de compromisos?
Miré a Eunbyeol.
Ella ya estaba escribiendo.
—Estados Unidos —dije— recibirá datos tácticos a cambio de apoyo médico, tecnología de contención, satélites y una garantía formal de no intervenir unilateralmente en grietas dentro de territorio coreano.
El presidente respiró hondo.
—Son nuestro aliado principal.
—Justamente por eso hay que dejar límites claros antes de que la urgencia los borre.
—Entendido.
—Japón recibirá cooperación regional limitada. Para información avanzada, deberán aceptar que la crisis de las grietas no se use para presionar sobre disputas territoriales ni para limpiar conflictos históricos.
El presidente no habló de inmediato.
Todos en la sala entendieron a qué me refería.
Dokdo.
La ocupación japonesa.
Las heridas que seguían abiertas incluso cuando los políticos intentaban envolverlas en palabras diplomáticas.
—Eso puede encender una discusión pública —dijo el presidente.
—Entonces no lo diga como amenaza. Dígalo como condición de confianza. Si quieren compartir una crisis existencial, primero deben demostrar que no van a usarla para reescribir la memoria ni negociar territorio.
Eunbyeol levantó la vista.
—Puede formularse como "separación absoluta entre cooperación de grietas y disputas históricas o territoriales".
Asentí.
—Eso.
Al otro lado, escuché a alguien tomar nota.
—China —dijo el presidente.
—No acepte una mesa donde Corea pierda control sobre la información que consiguió con sus propios muertos.
—China dirá que esto afecta a toda Asia.
—Y tendrá razón. Pero cooperación no significa subordinación. Exijan garantías de no represalias económicas, intercambio de datos sobre grietas cercanas al Mar Amarillo y compromiso de no presionar a empresas coreanas vinculadas al desarrollo de tecnología de cazadores.
—Eso será difícil.
—Todo lo importante lo es.
Kwon levantó un pulgar desde el sillón.
—Frase de póster.
Jiwon le tiró una almohada.
El presidente continuó:
—¿Corea del Norte?
La temperatura del departamento pareció bajar.
Incluso Kwon dejó de bromear.
—Nada directo —respondí—. Información humanitaria mínima a través de canales indirectos. Suficiente para evitar un colapso de grietas que afecte la península. Nada que puedan usar para militarizar cazadores contra el Sur.
—El Norte puede acusarnos de traición nacional.
—Lo hará de todos modos.
—También puede intentar entrar a una grieta sin preparación.
—Probablemente ya lo esté considerando.
El presidente guardó silencio.
No necesitaba decir más.
La frontera entre las dos Coreas no era una línea.
Era una herida armada.
Y ahora esa herida podía llenarse de monstruos.
—Rusia —dijo finalmente.
—Intercambio mínimo y vigilancia máxima. Si no declara bajas, es porque está ocultando algo. No entregue información sensible hasta saber qué perdieron y qué trajeron de vuelta, si es que trajeron algo.
Hejin se incorporó apenas.
—Eso me preocupa.
—¿Qué cosa?
—Que un país no diga nada después de perder cazadores. Puede ser orgullo, pero también puede ser que algo haya salido mal y no quieran admitirlo.
Buena observación.
—Incluya eso en el informe —le dije a Eunbyeol.
Ella ya lo estaba escribiendo.
El presidente escuchó toda la conversación sin interrumpir.
Luego habló más bajo.
—Señor Kim, muchos de esos países perdieron personas hace pocas horas. Si Corea exige demasiado, nos acusarán de lucrar con sus muertos.
—Si Corea entrega todo sin condiciones, más personas morirán por decisiones apresuradas.
—¿Cuál es la diferencia moral?
Miré a Jiwon.
Ella estaba sentada en el suelo, con las manos juntas, mirando una mancha invisible en sus dedos.
Probablemente recordaba sangre.
Probablemente recordaba a los rescatados.
Probablemente estaba preguntándose si compartir más información salvaría a alguien que todavía estaba a tiempo.
—La diferencia —dije— es que no estamos vendiendo salvación. Estamos obligando a que quienes la pidan también asuman responsabilidad.
El presidente no respondió.
—No les dé mapas para que manden novatos a morir. No les dé estrategias para que compitan por rankings. Deles advertencias, estructura y límites. Si quieren más, que acepten reglas.
—¿Y si no aceptan?
—Entonces no estaban buscando salvar cazadores. Estaban buscando ventaja.
Eunbyeol dejó de escribir.
Doyun levantó la mirada.
Mujin asintió lentamente.
Jiwon cerró los ojos.
No le gustaba.
Pero entendía.
El presidente soltó un suspiro largo.
—Hay otra cuestión.
Esperé.
—Los cazadores rescatados.
Jiwon levantó la cabeza de inmediato.
—¿Qué pasa con ellos?
El presidente escuchó su voz por el altavoz.
—Señorita Han.
—¿Qué pasa con ellos? —repitió.
Hubo una pausa.
—Algunos gobiernos extranjeros ya preguntaron por sus testimonios. Quieren saber si vieron cazadores de otros países dentro del piso.
Jiwon se puso de pie.
—No.
—No he dicho que vayamos a permitirlo.
—No.
Su voz temblaba, pero no de miedo.
De furia.
—Esas personas ni siquiera pueden mirar una lámpara sin pensar que es la luna. Una de ellas cree que todavía tiene cadenas en el cuerpo. Otra no puede hablar sin pedir permiso a monstruos que ya murieron. Nadie va a usarlas como prueba diplomática.
El departamento quedó quieto.
Jiwon respiraba rápido.
Kwon la miraba con una seriedad inusual.
Mujin no dijo nada.
Hejin bajó la vista.
El presidente habló con cuidado.
—Estoy de acuerdo.
Jiwon pareció desarmarse un poco.
—Los testimonios serán médicos, protegidos y voluntarios —continuó él—. No políticos.
—Bien —dijo ella.
Después se sentó otra vez, como si las piernas hubieran dejado de sostenerla.
Me quedé mirándola.
Jiwon había aprendido algo en el segundo piso.
No solo a sanar.
A defender a los heridos incluso cuando el enemigo no llevaba espada.
—Presidente —dije—, añada otra condición a cualquier acuerdo.
—Lo escucho.
—Protocolos de salud mental obligatorios para cazadores que regresen de pisos compartidos. Ningún gobierno podrá interrogar a supervivientes antes de evaluación médica independiente.
—Eso será complicado de imponer internacionalmente.
—Entonces Corea lo impone para compartir información avanzada.
El presidente tardó en responder.
—De acuerdo.
Kwon encendió otra vez la televisión, pero sin volumen.
En pantalla apareció una multitud frente a la embajada coreana en algún país extranjero. Algunas personas sostenían carteles de agradecimiento. Otras exigían respuestas. Una mujer lloraba con una foto contra el pecho.
La imagen cambió a Seúl.
Personas celebrando con banderas.
Luego a un grupo de manifestantes gritando que el gobierno había ocultado peligros.
Después a un panel de expertos discutiendo si Kim Cheonro era un héroe, una amenaza o un recurso nacional.
Kwon leyó los subtítulos.
—"¿Debe Corea compartir a Kim Cheonro con el mundo?" —soltó una risa seca—. Qué lindo. Ya sos objeto exportable.
—Apagá eso —dijo Eunbyeol.
Kwon la miró.
Ella no levantó la voz.
—Apagalo.
Esta vez obedeció.
La pantalla quedó negra.
El presidente continuaba en línea.
—Señor Kim.
—Sí.
—Necesito preguntarle algo de manera directa.
—Pregunte.
—¿Puede entrenar a más cazadores?
Todos en el departamento se quedaron inmóviles.
El Orbe del amanecer pesó dentro de mi inventario aunque no estuviera en mi mano.
Una sola oportunidad.
Un año dentro de un día.
Un campo donde no se podía morir, pero sí fallar.
Sí sufrir.
Sí quebrarse.
—Puedo entrenar a algunos —respondí.
—¿Cuántos?
—No muchos.
—¿Por qué?
—Porque entrenar no es llenar una sala con personas y gritarles que sobrevivan. Necesito talento, voluntad, compatibilidad y obediencia.
Kwon levantó la mano.
—Yo tengo dos de esas.
—Tenés una y media.
—Acepto.
El presidente no se rió.
—Corea necesitará más equipos.
—Corea necesitará buenos equipos. No más cadáveres.
—¿Puede formar instructores?
Pensé en Mujin.
En Kwon.
En Jiwon.
En Doyun.
En Hejin.
En Eunbyeol.
Todavía estaban rotos.
Todavía eran novatos.
Pero habían visto el segundo piso.
Habían sobrevivido.
Eso valía más que cien manuales.
—Con tiempo —dije.
—No tenemos mucho.
—Entonces no lo desperdicie enviando gente para tranquilizar a la prensa.
El presidente se quedó en silencio.
—Hoy anunciaremos cooperación internacional limitada —dijo finalmente—. También anunciaremos que Corea comenzará un programa nacional de entrenamiento de cazadores bajo supervisión directa de la Asociación.
—No use mi nombre.
—Ya está en todos lados.
—No lo use más de lo necesario.
—Eso será difícil.
—Hágalo difícil.
Al otro lado, el presidente dejó escapar una risa cansada.
No de humor.
De agotamiento.
—Señor Kim, usted tiene una forma muy particular de hablarle a un jefe de Estado.
—Los jefes de Estado también mueren si la Torre gana.
Nadie habló.
Porque esa era la verdad que todos intentaban evitar.
La política podía negociar fronteras, orgullo, memoria, comercio y alianzas.
Pero no podía negociar con un piso que tragaba cazadores y devolvía cadáveres.
—Descanse —dijo el presidente al final—. Mañana lo necesitaré en una reunión cerrada.
—No prometo estar de buen humor.
—No lo espero.
La llamada terminó.
El departamento quedó en silencio.
Durante varios segundos, nadie se movió.
Después Kwon se dejó caer más profundamente en el sillón.
—Bueno. El mundo se está incendiando, los gobiernos quieren comprarnos, China quiere una mesa, Japón quiere cooperación, Estados Unidos quiere manual, el Norte probablemente va a gritar, Rusia está sospechosamente callada y nosotros tenemos que entrenar para un Infierno que no nos mata pero nos puede romper.
Miró alrededor.
—¿Me perdí algo?
Hejin levantó una mano desde la alfombra.
—Comida.
Mujin asintió.
—Mucha.
Doyun habló bajo:
—Y dormir.
Jiwon se cubrió la cara con ambas manos.
—Y terapia. Para todos.
Kwon señaló a Cheonro.
—Él necesita más.
—Yo estoy bien —dije.
Todos me miraron.
Incluso Eunbyeol.
Especialmente Eunbyeo
—Eso fue ofensivo para la inteligencia del grupo
—dijo Kwon.
Jiwon se puso de pie.
—Se acuesta.
—No.
—Sí.
—Tengo que revisar el—
—No.
Mujin levantó la mano.
—Estoy con Jiwon.
—Vos no podés levantar ni el brazo sin que te duela.
—Pero puedo votar.
Doyun asintió.
Hejin, sin abrir los ojos, murmuró:
—Democracia médica.
Eunbyeol se acercó y dejó mi libreta de informes sobre la mesa, lejos de mi alcance.
—Puede descansar una hora. Yo organizo las notas.
La miré.
—Vos también tenés que descansar.
—Después.
—Eunbyeol.
Me sostuvo la mirada.
Por un segundo, no vi a la niña del futuro.
Vi a la persona que estaba delante de mí.
Cansada.
Herida.
Asustada, aunque no quisiera mostrarlo.
Pero viva.
—Una hora —dijo ella—. Los dos.
Jiwon señaló la habitación.
—Acepto ese acuerdo. Ahora muévanse antes de que empiece a usar vendas como sogas.
Kwon abrió la boca.
—Después de lo de las cadenas, pésima elección de palabras.
Jiwon se congeló.
Su rostro perdió color.
El comentario no había sido cruel.
Solo torpe.
Kwon se dio cuenta de inmediato.
—Perdón.
Jiwon bajó lentamente la mano.
—Está bien.
Pero no estaba bien.
Nada estaba bien.
Todavía no.
Afuera, el mundo gritaba frente a las grietas.
En hospitales protegidos, los rescatados intentaban recordar que ya no estaban colgados de una pared.
En oficinas gubernamentales, los líderes de ciento noventa y cinco países empezaban a medir cuánto valía la información de Corea.
Y en mi inventario, el Orbe del amanecer esperaba.
Uso restante: uno.
Una oportunidad para preparar a quienes tenía delante.
Los miré.
Kwon fingía despreocupación.
Mujin intentaba no mostrar dolor.
Jiwon temblaba por dentro.
Doyun guardaba silencio para no pensar.
Hejin estaba demasiado agotada para fingir.
Eunbyeol cargaba la libreta como si el mundo pudiera ordenarse si escribía lo suficiente.
No eran héroes.
Todavía no.
Eran sobrevivientes.
Y, por desgracia, eso era exactamente lo que la humanidad necesitaba aprender a ser.