Cargando…

Capítulo 35: Sociedad del nuevo mundo (3)

NicolasPeanl
Pública 0 conversaciones 0 pensamientos 9 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Me quedé observando la ventana del sistema.

En series

In groups

Contenido de la publicación

Me quedé observando la ventana del sistema.

[Tiempo hasta que se abra el piso 3: 3 meses, 29 días.]

Al ver el tiempo restante, sentí una tranquilidad parcial.

No era mucho.

Pero tampoco era poco.

Casi cuatro meses para preparar al grupo, ordenar la información del piso 2, controlar el caos político y decidir cuándo usar el Orbe del amanecer.

Entonces apareció otra ventana.

[Ranking mundial]

[1. Corea del Sur: 20 puntos.]

[2. Estados Unidos: 5 puntos.]

[3. Japón: 3 puntos.]

[4. China: 3 puntos.]

[...]

El resto no valía demasiado la pena mencionarlo.

La diferencia era demasiado grande.

Corea del Sur había completado el piso 2 con despeje SSS. Los demás apenas habían conseguido puntos menores por intentos, exploraciones parciales o despejes del primer piso.

Eso iba a dolerles.

Y cuando los países sienten que están perdiendo una carrera que no entienden, suelen hacer estupideces.

Cerré la ventana.

En el departamento, los demás dormían o intentaban hacerlo.

Kwon estaba tirado en el sillón como si lo hubieran arrojado desde un edificio. Mujin dormía sentado contra la pared, con los brazos cruzados y la espada al alcance de la mano. Doyun había dejado el arco junto a la cama, pero sus dedos todavía se movían de vez en cuando, como si estuviera disparando en sueños.

Hejin dormía con una manta sobre la cabeza.

Jiwon no dormía.

Estaba sentada en silencio, mirando sus propias manos.

Eunbyeol escribía.

Siempre escribía.

No dije nada.

A veces, después de sobrevivir, las personas necesitaban silencio más que consuelo.

Abrí la ventana y salí.

El aire nocturno de Seúl me golpeó el rostro.

La ciudad estaba viva, pero no tranquila.

Helicópteros cruzaban el cielo. Pantallas gigantes repetían los anuncios mundiales. En las calles se formaban grupos de personas frente a televisores, celulares y ventanas del sistema. Algunos celebraban. Otros lloraban. Otros discutían con la desesperación de quien acaba de descubrir que el mundo cambió sin pedir permiso.

No me detuve.

Salté al techo del edificio vecino.

Luego al siguiente.

Y después al siguiente.

El cuerpo todavía me dolía, pero podía moverme.

Eso era suficiente.

Corrí entre los techos de los edificios, cruzando la ciudad por encima de los autos, las sirenas y el miedo.

No tardé mucho en llegar al orfanato.

Era un edificio viejo, de paredes claras y ventanas pequeñas. Nada especial. Nada que llamara la atención en medio de Seúl.

Y, aun así, en esta vida, aquel lugar pesaba más que muchas fortalezas.

Apenas aterricé frente a la entrada, una voz infantil gritó desde adentro:

—¡Seolhwaaaa! ¡Llegó el hombre de nuevooo!

La puerta se abrió casi de inmediato.

Esta vez no fue Seolhwa.

Fue un niño de unos ocho años, con el cabello despeinado y una sonrisa enorme, como si abrirle la puerta a alguien que entraba por los techos fuera algo completamente normal.

—¡Holaa, señor! —me saludó con energía.

Lo miré unos segundos.

Después incliné un poco la cabeza.

—Hola, niño. ¿Cómo estás?

—Bien. Comimos sopa con carne.

Lo dijo con una felicidad demasiado grande para una frase tan simple.

Eso me molestó más de lo que esperaba.

—Me alegra.

El niño miró hacia arriba, intentando ver detrás de mí.

—¿Hoy vino volando?

—Corriendo.

—¿Por las paredes?

—Por los techos.

Sus ojos brillaron.

—Eso es casi volar.

—Casi.

Desde el interior se escucharon pasos apresurados.

Seolhwa apareció en el pasillo con un delantal puesto y el cabello recogido de manera descuidada. Tenía harina en una mejilla y una expresión de cansancio que intentaba ocultar.

Cuando me vio, se detuvo.

Su mirada recorrió mi ropa.

Las heridas.

El vendaje mal cerrado en el costado.

La forma en que apoyaba más peso sobre una pierna.

—Kim Cheonro.

—Seolhwa.

El niño levantó la mano.

—Yo le abrí. No entró sin permiso.

—Ya veo.

Seolhwa suspiró.

—Minjun, andá con los demás.

—Pero—

—Ahora.

El niño hizo una mueca, pero obedeció.

Antes de irse, se giró hacia mí.

—Después me cuenta cómo correr por techos.

—Después.

Sonrió y desapareció por el pasillo.

El silencio quedó entre nosotros.

Seolhwa cerró la puerta lentamente.

—Vi los anuncios.

—Todos los vieron.

—También vi las noticias.

No respondí.

—Dijeron que muchos cazadores de otros países no volvieron.

—Es verdad.

Su expresión se endureció.

—Y usted sí.

—No todos.

Seolhwa bajó la mirada hacia mi costado.

—Eso también se nota.

Pasé al interior del orfanato.

El lugar olía a sopa, madera vieja y ropa recién lavada. Había mantas apiladas junto a una pared, juguetes reparados sobre una mesa y varios pares de zapatos pequeños cerca de la entrada.

Desde una habitación cercana, algunos niños espiaban.

Cuando notaron que los miré, se escondieron enseguida.

Excepto una.

Eunji.

La niña estaba detrás del marco de una puerta, abrazando un muñeco viejo contra el pecho. Sus ojos se abrieron apenas al verme.

No corrió.

No sonrió de inmediato.

Primero me observó, como si necesitara comprobar que era real.

Después salió.

—Kim...

Su voz fue pequeña.

Demasiado cuidadosa.

Me agaché un poco.

—Hola, Eunji.

Ella dio dos pasos.

Luego otros dos.

Finalmente corrió y se aferró a mi abrigo.

Sentí sus manos temblar.

—Pensé que no ibas a volver.

Me quedé quieto.

No estaba preparado para eso.

De todos los golpes que recibí en el segundo piso, ninguno me dolió en el mismo lugar que esa frase.

Apoyé una mano sobre su cabeza.

—Volví.

—En la tele decían que algunos no volvieron.

—Sí.

—¿Te dolió?

Miré a Seolhwa.

Ella apartó la vista.

—Un poco —respondí.

Eunji levantó la cabeza.

—Mentira.

—Mucho.

Eso pareció satisfacerla un poco más.

—¿Ganaste?

Tardé un segundo en responder.

—Sí.

—Entonces está bien.

No.

No estaba bien.

Pero para una niña de seis años, tal vez ganar significaba volver vivo.

Y quizá, por ahora, era suficiente.

Seolhwa se cruzó de brazos.

—Los niños llevan horas escuchando anuncios, sirenas y adultos asustados. Intenté apagar todo, pero las ventanas del sistema aparecieron igual.

—No pueden bloquearse.

—Lo imaginé.

Entramos en una pequeña sala.

Había dibujos pegados en las paredes. Algunos eran soles amarillos, casas torcidas y personas tomadas de la mano. Otros tenían manchas oscuras, monstruos y figuras con ojos rojos.

Los niños dibujaban lo que no sabían decir.

Me senté con cuidado.

Eunji no soltó mi manga.

Seolhwa lo notó, pero no dijo nada.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó.

—El piso 3 se abrirá en casi cuatro meses.

—Eso suena como descanso.

—No lo es.

—Claro. Con usted nunca lo es.

Había ironía en su voz, pero también preocupación.

—El mundo va a moverse rápido —dije—. Gobiernos, asociaciones, militares, cazadores independientes. Todos van a querer respuestas.

—¿Y van a venir a buscarlo?

—Sí.

—¿También a ellos?

Miró hacia donde estaban los niños.

Comprendí la pregunta real.

Eunji.

El orfanato.

La gente relacionada conmigo.

—Ya pedí seguridad.

—Pedir no siempre alcanza.

—Entonces haré que alcance.

Seolhwa me sostuvo la mirada.

—Eso sonó más amenazante de lo necesario.

—Era la idea.

Por primera vez, sonrió apenas.

Pero la sonrisa desapareció rápido.

—Los chicos rescatados... los cazadores que volvieron con usted. Los mostraron un segundo en una transmisión filtrada.

Mi rostro se endureció.

—¿Filtrada?

—Sí. Uno estaba llorando en el suelo. Una chica gritaba que apagaran la luna.

Apreté la mandíbula.

Ya había filtraciones.

Demasiado rápido.

—No deberían haber visto eso.

—Nadie debería haber vivido eso.

No discutí.

Eunji tiró suavemente de mi manga.

—¿Había monstruos?

—Sí.

—¿Como los del lugar donde me encontraste?

El aire de la sala pareció volverse más pesado.

Seolhwa cerró los ojos un instante.

—Parecidos —dije.

—¿Había niños?

No respondí de inmediato.

Eunji lo entendió igual.

Bajó la mirada.

—Odio los monstruos.

—Yo también.

—Pero vos los matás.

—Sí.

La niña apretó el muñeco.

—Entonces está bien que hayas vuelto.

No sabía qué contestar.

Seolhwa se acercó y puso una taza de agua frente a mí.

—Tome.

—No necesito—

—Tome.

La miré.

Ella no retrocedió.

Tomé la taza.

El agua estaba tibia.

Probablemente porque alguien la había preparado para los niños, no para mí.

Aun así, bebí.

—Seolhwa.

—¿Sí?

—Puede que pronto necesite que el orfanato sea trasladado a un lugar más seguro.

Su expresión se tensó.

—¿Por qué?

—Porque la gente va a investigar todo lo relacionado conmigo.

—¿Incluidos niños?

—Especialmente niños, si creen que pueden usarlos para presionarme.

Eunji levantó la cabeza.

Seolhwa se quedó en silencio.

—No voy a abandonar este lugar —dijo.

—No hablo de abandonarlo. Hablo de protegerlo.

—Para los niños, perder su casa también es una herida.

—Morir es peor.

La frase salió más fría de lo que pretendía.

Eunji apretó mi manga.

Seolhwa no respondió enseguida.

Cuando lo hizo, su voz fue más baja.

—Usted habla como alguien que ya tuvo que elegir entre heridas distintas.

La presión del sistema no apareció.

Porque no era una pregunta directa.

Pero aun así, sentí el límite.

—Todos los que sobreviven lo hacen tarde o temprano.

Ella me observó unos segundos.

—No me gusta esa respuesta.

—A mí tampoco.

Desde el pasillo, Minjun volvió a asomar la cabeza.

—Seolhwa, la sopa se está enfriando.

—Ya voy.

El niño me miró.

—¿El señor come?

Eunji respondió antes que yo:

—Sí.

—No dije que—

—Sí come —repitió ella.

Seolhwa levantó una ceja.

—Parece que ya decidieron por usted.

Miré hacia la ventana.

Afueran seguían oyéndose sirenas lejanas.

El mundo estaba alborotado.

Los gobiernos se movían.

Los cazadores muertos de otros países ya se estaban convirtiendo en titulares, cifras, excusas y discursos.

Mi grupo dormía con heridas que todavía no cerraban.

Los supervivientes del santuario seguían atrapados en recuerdos que no iban a desaparecer solo porque hubieran vuelto a la Tierra.

Y yo tenía en mi inventario una puerta de uso único hacia un año de entrenamiento.

Todo eso esperaba afuera.

Pero dentro del orfanato había una mesa vieja, sopa caliente y una niña que seguía agarrada a mi manga como si eso bastara para confirmar que el mundo no se había roto del todo.

Suspiré.

—Está bien. Como.

Eunji sonrió.

Pequeño.

Cansado.

Pero real.

Seolhwa giró hacia la cocina.

—Entonces lávese las manos. Y trate de no sangrar sobre la mesa.

Kwon habría dicho algo estúpido en ese momento.

Por suerte, Kwon no estaba ahí.

Me levanté despacio.

El dolor del costado volvió a recordarme que seguía vivo.

Mientras seguía a Eunji hacia la cocina, miré una vez más la ventana del sistema que permanecía en mi visión.

[Tiempo hasta que se abra el piso 3: 3 meses, 29 días.]

Casi cuatro meses.

La cena fue más ruidosa de lo que esperaba.

Los niños hablaban todos al mismo tiempo, peleándose por contarme cosas sin importancia: quién había ayudado a cortar verduras, quién había escondido una cuchara, quién había ganado una carrera en el patio.

Eunji estaba sentada a mi lado, comiendo despacio, pero sin soltar del todo mi manga.

Minjun, el niño que me había abierto la puerta, me observaba con una seriedad exagerada.

—Entonces... ¿usted puede correr por los techos?

—Sí.

—¿Y puede saltar de un edificio a otro?

—Sí.

—¿Y si se cae?

—No me caigo.

Minjun abrió mucho los ojos.

—Eso es trampa.

—Un poco.

Los demás niños se rieron.

Seolhwa sirvió más sopa en silencio, aunque noté que la comisura de sus labios se elevaba apenas. Por primera vez desde que la conocía, el orfanato no parecía un refugio al borde de romperse.

Parecía una casa.

Una casa pequeña.

Pobre.

Cansada.

Pero viva.

Eunji levantó su cuchara.

—Kim, comé más.

—Ya comí.

—Seolhwa dice que los adultos mienten cuando dicen eso.

Miré a Seolhwa.

Ella no negó nada.

—Tiene razón —dijo.

Suspiré y tomé otra cucharada.

Los niños volvieron a reír.

Durante un momento, el mundo exterior pareció quedar lejos.

Los anuncios.

Los países muertos de miedo.

Los cazadores que no regresaron.

Los gobiernos buscando culpables.

Todo quedó afuera, detrás de las paredes del orfanato.

Entonces la luz parpadeó.

Una vez.

Dos.

Los niños dejaron de hablar.

Mi mano se movió hacia la espada antes de que mi mente terminara de procesar el sonido.

No fue un golpe fuerte.

Fue peor.

Tres toques suaves en la puerta.

Ordenados.

Lentos.

Como si quien estuviera afuera supiera que ya había sido escuchado.

Seolhwa me miró.

No tuve que decir nada.

Me puse de pie.

—Todos detrás de mí.

Minjun bajó la cuchara.

—¿Qué pasa?

—Nada todavía.

Eunji se aferró más fuerte a mi manga.

La solté con cuidado y la puse detrás de Seolhwa.

—Llévalos al pasillo.

—Cheonro...

—Ahora.

Seolhwa no discutió.

Eso fue bueno.

Reunió a los niños con una calma forzada, pero antes de que pudiera alejarlos, la puerta principal se abrió.

No la rompieron.

La cerradura simplemente cedió con un chasquido negro.

Entraron seis personas.

Ropas comunes.

Rostros parcialmente cubiertos con máscaras blancas.

En el centro de cada máscara había un símbolo pintado con sangre seca: un círculo incompleto, atravesado por una línea vertical.

No eran cazadores.

No eran ladrones.

Cultistas.

El primero inclinó la cabeza al verme.

—Kim Cheonro.

La temperatura de la habitación pareció bajar.

Los niños se quedaron completamente quietos.

Uno de los más pequeños empezó a llorar, pero Seolhwa le tapó la boca con suavidad y lo abrazó contra su pecho.

—Llegaron rápido —dije.

—El mundo entero acaba de pronunciar tu nombre —respondió el cultista—. Eso facilita encontrarte.

Sus ojos se movieron hacia Eunji.

Ella se escondió detrás de Seolhwa.

Mi pulgar rozó la empuñadura de la espada.

Podía matarlos.

A los seis.

Antes de que el segundo respirara.

Un corte para el primero.

Una patada para romperle el cuello al de la derecha.

La mesa como distracción.

La cuchara clavada en la tráquea del tercero.

La espada para los otros tres.

Tres segundos.

Tal vez dos.

Pero los niños estaban mirando.

Eunji estaba mirando.

Y si convertía aquella sala en un charco de sangre, la protegería del enemigo, pero le dejaría otra pesadilla grabada en los ojos.

No.

Hoy no.

—Salgan —dije.

El cultista sonrió debajo de la máscara.

—No vinimos por usted.

—Entonces eligieron peor.

Dos de ellos cerraron la puerta detrás.

Otro sacó un cuchillo curvo.

Seolhwa dio un paso hacia atrás con los niños.

—¿Qué quieren?

El cultista señaló a Eunji.

—La niña sobreviviente.

Eunji dejó de respirar.

—El sacrificio que falló debe ser corregido.

La mesa crujió bajo mi mano.

—Repita eso.

—El fin no acepta errores.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—La grieta se abrió. La Torre habló. Los países sangran. La humanidad ya empezó a caer. Pero algunos hilos quedaron sueltos.

Miró a Eunji otra vez.

—Ella es uno.

Seolhwa se colocó delante de la niña.

—No la van a tocar.

El cultista giró lentamente la cabeza hacia ella.

—Usted cuida niños condenados sin entender el privilegio de entregarlos al amanecer verdadero.

Vi el temblor en los dedos de Seolhwa.

No era miedo puro.

Era rabia.

—Al pasillo —le repetí, sin apartar la mirada de ellos.

—No voy a dejarlos solos.

—No me está dejando solo. Está sacando a los niños.

Esta vez entendió.

Empezó a moverlos hacia atrás.

El cultista de la izquierda se lanzó.

No hacia mí.

Hacia Minjun.

Mi cuerpo se movió antes de que el niño pudiera gritar.

Agarré la muñeca del atacante y la giré.

El hueso se quebró con un sonido seco.

El cuchillo cayó.

Antes de que el cultista abriera la boca, golpeé su mandíbula con la palma.

No lo maté.

Le corté el grito.

Su cuerpo cayó de rodillas.

Le di un golpe en la nuca con la empuñadura de la espada.

Inconsciente.

El segundo intentó sacar algo del abrigo.

Una aguja.

Veneno, probablemente.

Le lancé la cuchara.

El metal atravesó la manga y clavó su brazo contra la pared.

No profundo.

Suficiente.

Gritó.

Los niños también.

—¡No miren! —ordenó Seolhwa.

Los empujó hacia el pasillo, pero uno de los cultistas se movió más rápido.

Apareció detrás de ella y le rodeó el cuello con un brazo, apoyando una hoja negra cerca de su garganta.

Todo se detuvo.

Eunji abrió los ojos.

—Seolhwa...

El cultista respiraba agitado.

—Un paso más y la abro.

No me moví.

La hoja estaba demasiado cerca.

Podía matarlo.

Pero no sin riesgo.

Y no con los niños mirando desde el pasillo.

Seolhwa tragó saliva.

La hoja tocó su piel y una línea roja apareció en su cuello.

Su mirada se clavó en mí.

No pidió ayuda.

No lloró.

Solo sostuvo mi mirada como si entendiera que cualquier movimiento equivocado podía matar a todos.

El líder del grupo habló con suavidad.

—Ves, Kim Cheonro. Incluso vos tenés límites.

—Sí.

Bajé apenas la espada.

—Hoy no quiero ensuciar esta casa.

El cultista soltó una risa baja.

—Entonces arrodillate.

Seolhwa tensó la mandíbula.

—No lo hagas.

El brazo del cultista apretó más su cuello.

—Silencio.

Respiré despacio.

Uno.

Dos.

Tres.

El cuchillo contra el cuello.

La distancia entre nosotros.

El ángulo de su muñeca.

La posición de sus pies.

La tensión del hombro.

La respiración de Seolhwa.

El parpadeo de Eunji.

El error.

El cultista estaba mirando mi espada.

No mi mano vacía.

Solté la espada.

El sonido del metal al tocar el suelo hizo que todos los ojos bajaran durante una fracción de segundo.

Suficiente.

Pateé la pata de la mesa.

La madera se partió y el tablero se inclinó, lanzando platos, sopa caliente y utensilios hacia delante.

El cultista que sujetaba a Seolhwa giró por reflejo.

Mi mano ya estaba en su cara.

Le hundí dos dedos bajo la mandíbula y presioné el nervio exacto.

Su cuerpo perdió fuerza.

Antes de que la hoja tocara más piel, sujeté su muñeca, la doblé hacia atrás y la rompí.

El cuchillo cayó.

Con la otra mano lo tomé del cuello y lo estrellé contra el suelo.

No con la fuerza suficiente para partirle el cráneo.

Solo para apagarlo.

El cuerpo quedó inmóvil.

Seolhwa cayó de rodillas, tosiendo.

Eunji intentó correr hacia ella, pero Minjun la sostuvo.

Bien.

Niño listo.

Los tres cultistas restantes atacaron al mismo tiempo.

Uno lanzó un polvo negro.

Contuve la respiración, tomé el mantel y lo arrojé sobre la nube. Después pateé una silla contra su pecho. Las costillas crujieron. Cayó hacia atrás, sin aire.

El segundo trató de activar una runa dibujada en la palma.

Le pisé la mano contra el suelo.

La runa se deformó.

El hechizo explotó hacia adentro.

Sus dedos se retorcieron de manera antinatural y el hombre gritó.

Le golpeé la sien.

Silencio.

El último retrocedió.

No intentó luchar.

Intentó morder algo escondido en su muela.

Veneno.

Me moví.

Le agarré la mandíbula antes de que pudiera cerrar los dientes y le di un golpe seco en el costado de la cara.

La muela salió junto con sangre.

El frasco diminuto cayó al suelo y se rompió, quemando la madera con un humo verdoso.

Lo sujeté del cuello y lo levanté.

Sus pies quedaron colgando.

—¿Quién los mandó?

El cultista sonrió con la boca ensangrentada.

—El fin ya entró a tu casa.

Apreté un poco más.

Sus ojos empezaron a perder foco.

Desde el pasillo escuché un sollozo.

No de miedo común.

De terror.

Eunji.

Aflojé la mano.

No.

No delante de ella.

Lo arrojé contra la pared y le golpeé el pecho con dos dedos en un punto preciso.

El cuerpo se desplomó.

Respiraba.

Pero no podría moverse durante horas.

La sala quedó en silencio.

Demasiado silencio.

La sopa estaba derramada en el suelo.

La mesa rota.

Los platos partidos.

Seis cultistas inconscientes o paralizados estaban distribuidos por la habitación como muñecos abandonados.

Y los niños seguían mirando desde el pasillo.

Algunos lloraban.

Otros no podían ni eso.

Guardé la espada lentamente.

—Seolhwa.

Ella seguía arrodillada, una mano en el cuello.

La herida era superficial.

Pero sus ojos no estaban en la sangre.

Estaban en los niños.

En Eunji.

En la puerta que había sido abierta sin esfuerzo.

En los cuerpos tirados en el suelo.

En su casa.

Su refugio.

Su mundo pequeño, invadido en menos de un minuto.

Me acerqué, pero no demasiado.

—¿Está bien?

Seolhwa soltó una risa seca.

No tenía nada de humor.

—No.

Respuesta honesta.

Se puso de pie con dificultad.

Eunji corrió hacia ella y la abrazó.

Después, para mi sorpresa, también me agarró a mí de la manga.

Como si necesitara sujetar a los dos para comprobar que seguíamos ahí.

Minjun apareció detrás.

—Señor...

Miró a los cultistas.

—¿Están muertos?

Todos los niños esperaron la respuesta.

Ahí estaba la razón por la que no los maté.

—No.

Minjun respiró con alivio.

—¿Van a despertar?

—No pronto.

—¿Y van a volver?

Miré a Seolhwa.

Ella también esperaba esa respuesta.

—Otros vendrán.

Ningún niño entendió del todo.

Seolhwa sí.

Su rostro cambió.

No fue miedo.

Fue aceptación.

La clase de aceptación que llega cuando una persona comprende que cerrar puertas no detiene al mundo.

—Niños —dijo con voz firme—. Todos a la habitación del fondo. Ahora.

—Pero—

—Ahora.

Esta vez nadie discutió.

Eunji tardó en soltarme.

—Kim...

Me agaché.

—Estoy acá.

—No te vayas.

La frase me atravesó más que cualquier cuchillo.

—No voy a irme todavía.

No era una promesa completa.

Pero era la única que podía hacer sin mentir.

Eunji asintió con dificultad y se fue con los demás.

Cuando quedaron fuera de la sala, Seolhwa caminó hasta la puerta rota.

La miró durante varios segundos.

Después miró los cuerpos en el suelo.

—Usted los dejó vivos por los niños.

—Sí.

—Quería matarlos.

—Sí.

No tenía sentido negarlo.

Seolhwa cerró los ojos.

—Yo también.

La miré.

Su voz no temblaba.

—Cuando ese hombre dijo que Eunji debía ser "corregida"... quise matarlo.

Apretó los puños.

—Y eso me asustó.

—No debería.

—Claro que debería.

—No. Lo que debería asustarle es no sentir nada.

Se quedó callada.

Afuera, a lo lejos, comenzaron a sonar sirenas.

Probablemente sensores de seguridad.

Demasiado tarde.

Siempre demasiado tarde.

Seolhwa se giró hacia mí.

—Usted me dijo que podía unirme a su grupo.

—Sí.

—También dijo que no iba a obligarme.

—Lo mantengo.

Observó el pasillo por donde se habían ido los niños.

—Creí que quedarme aquí era protegerlos.

Su voz bajó.

—Creí que si mantenía este lugar lejos de la Torre, lejos de los cazadores, lejos de la violencia... ellos podrían seguir siendo niños un poco más.

La madera quemada por el veneno soltó un hilo de humo.

Seolhwa lo pisó para apagarlo.

—Pero la violencia entró igual.

No dije nada.

Ella no necesitaba consuelo.

Necesitaba terminar de decirlo.

—No puedo protegerlos solo con cerraduras, sopa caliente y buenas intenciones.

Miró la herida en su cuello.

Luego a mí.

—Necesito poder.

No era ambición.

No era orgullo.

Era una conclusión terrible.

Y correcta.

—Entonces entrenará —dije.

—No.

Fruncí el ceño.

Seolhwa levantó la mirada.

—No solo entrenaré.

Respiró hondo.

—Entraré a la Torre con ustedes.

El silencio entre ambos cambió de forma.

—Seolhwa, no es una decisión que—

—No me trate como a una niña.

Sus ojos, por primera vez, tenían algo que no había visto en esta vida.

La sombra de la mujer que alguna vez caminó bajo lluvia de sangre y aun así siguió llorando por otros.

—Tengo miedo —dijo—. De la Torre. De morir. De convertirme en alguien que los niños no reconozcan.

Miró hacia el pasillo.

—Pero tengo más miedo de estar viva la próxima vez que entren por esa puerta y no poder hacer nada.

Esa frase no necesitaba respuesta.

Porque ya era una decisión.

Me acerqué a uno de los cultistas inconscientes y le até las muñecas con el mantel roto.

—Mañana empezamos.

—Hoy.

La miré.

Seolhwa seguía pálida, herida y con la ropa manchada de sopa y sangre.

Pero no retrocedía.

—Después de que los niños se duerman —dijo—. Hoy.

Por un instante, el orfanato volvió a quedar en silencio.

La mesa estaba rota.

La cena arruinada.

Los niños asustados.

El mundo afuera enloquecido.

Y Seolhwa, que hasta esa noche había intentado mantenerse al margen, acababa de cruzar la línea.

Asentí.

—Bien.

Afuera, las sirenas se acercaban.

Dentro, los cultistas seguían respirando.

Y en el pasillo, detrás de una puerta entreabierta, Eunji observaba con los ojos llenos de miedo.

No sonreía.

Pero tampoco apartaba la mirada.

Tal vez porque había entendido algo.

Los monstruos podían entrar incluso en las casas.

Pero esta vez, alguien los había detenido antes de que se llevaran a otro niño.