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Capítulo 26: piso 2 (3)

NicolasPeanl
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Apoyé nuevamente la mano sobre la puerta.

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Apoyé nuevamente la mano sobre la puerta.

Esta vez no toqué las cadenas.

Concentré la fuerza en los dedos y busqué las uniones del marco, los puntos donde el metal se encontraba con la piedra.

La energía reaccionó de inmediato.

Un dolor agudo atravesó mi brazo.

Durante un instante, olvidé por qué estaba allí.

La imagen del túnel desapareció.

Luego regresó.

Retiré la mano.

—No intente forzarla —advirtió el anciano—. La puerta toma aquello que considera más valioso.

—Ya lo noté.

Observé las cadenas.

No estaban diseñadas para impedir que alguien entrara.

Estaban hechas para impedir que quien se encontraba dentro pudiera salir.

—¿Existe alguna llave?

El anciano guardó silencio.

—Anciano.

—La lleva mi hijo.

—Entonces dígale que abra.

Volvió a golpear.

—¡Seong! ¡Soy yo!

Esta vez escuchamos algo.

Un arrastre lento.

Pasos.

Después, una voz débil al otro lado.

—Padre...

El anciano apoyó ambas manos sobre la puerta.

—¡Seong! Abrí. Traje a alguien que puede ayudarnos.

Hubo un silencio prolongado.

—No debiste venir.

—La llama volvió a apagarse.

—Lo sé.

—Entonces abrí.

—No puedo.

Me acerqué a las cadenas.

—¿Por qué no?

La voz tardó en responder.

—Porque ya no recuerdo cómo.

El rostro del anciano perdió color.

—¿Qué querés decir?

—La puerta...

Seong respiró con dificultad.

—La puerta necesita reconocer al guardián. Creo que olvidé la palabra.

El anciano golpeó el hierro.

—¡Tu nombre es Seong! ¡Sos mi hijo!

—Lo sé porque usted lo dice.

La forma en que habló fue tranquila.

Eso lo hacía peor.

No estaba llorando.

No parecía asustado.

Era la voz de alguien que ya había perdido demasiadas cosas como para comprender la gravedad de perder una más.

—Apártese —le dije al anciano.

Desenvainé la espada.

No podía cortar directamente las cadenas sin arriesgarme a perder otros recuerdos, pero tal vez pudiera destruir el muro que las sostenía.

Clavé la hoja entre dos bloques de piedra.

La energía de la puerta reaccionó.

Las paredes del túnel comenzaron a vibrar.

Una presión invisible intentó penetrar en mi mente.

Apreté los dientes.

El rostro de Kwon desapareció de mi memoria durante un segundo.

Luego el de Mujin.

Después el de Eunji.

Retiré la espada.

La presión cesó.

—No es solo la puerta —murmuré.

Todo el campanario estaba protegido por el mismo mecanismo.

Romperlo por la fuerza podía hacerme olvidar por qué intentaba entrar.

El anciano se arrodilló frente a la puerta.

—Hijo, decime qué necesitás.

—Nada.

—¿Cómo que nada?

—La llama está encendida.

Una luz azul se filtró con mayor intensidad por debajo del hierro.

Al mismo tiempo, Seong dejó escapar un gemido ahogado.

El anciano golpeó la puerta.

—¡Detenete!

—No puedo.

—¡Ya diste demasiado!

—Todavía queda algo.

La voz del joven tembló por primera vez.

—No sé qué es, pero la llama todavía lo encuentra.

Cerré los ojos.

Sentí el flujo de energía.

La llama extraía algo de él y lo extendía sobre la ciudad como una barrera.

Mientras más brillante ardía, más débil se volvía la presencia al otro lado.

Seong no la estaba controlando.

Solo servía de alimento.

—¿Cuánto tiempo llevás ahí dentro? —pregunté.

—No lo sé.

—¿Días?

—Tal vez.

—¿Años?

No respondió.

El anciano bajó la cabeza.

—Entró cuando era un niño.

Lo miré.

—¿Qué edad tenía?

—Doce años.

—¿Y ahora?

—Debería tener treinta y cuatro.

Veintidós años.

Veintidós años alimentando una llama con su vida, sus recuerdos y cualquier otra cosa que pudiera arrebatarle.

—¿Quién decidió encerrarlo?

El anciano apretó los puños.

—Yo.

La respuesta salió rota.

—El guardián anterior murió. La ciudad quedó sin protección y los oscuros entraron por las murallas. Perdimos a cientos de personas aquella noche.

Miró la puerta.

—Seong era el único compatible con la llama.

—¿Compatible según quién?

—Los sacerdotes.

—¿Dónde están?

—Muertos.

Conveniente.

—¿Y nunca intentaron buscar otra forma de mantenerla encendida?

El anciano levantó la vista.

—Todas las formas exigen un guardián.

—Eso no responde la pregunta.

—No tenemos magia. No tenemos recursos. No tenemos nada.

Su voz comenzó a elevarse.

—Solo tenemos la llama.

—No.

Señalé la puerta.

—Tienen a una persona siendo devorada por ella.

El anciano cerró los ojos.

No discutió.

Desde el otro lado, Seong volvió a hablar.

—Padre...

—Estoy acá.

—¿Cómo era mamá?

El anciano se quedó inmóvil.

Sus labios temblaron.

—Tenía el cabello negro.

—¿Era amable?

—Sí.

—¿Yo la quería?

El anciano apoyó la frente contra la puerta.

—Más que a nadie.

—No la recuerdo.

La llama se intensificó.

Seong comenzó a gritar.

No fue un grito fuerte.

Su voz ya no tenía fuerzas para eso.

La luz azul atravesó las grietas del metal y llenó todo el túnel.

Por encima de nosotros, las campanas dejaron de sonar.

La barrera había sido restaurada.

Pero el precio era evidente.

—Seong —lo llamé—. Respondeme.

No hubo respuesta.

—Seong.

Silencio.

El anciano golpeó la puerta con desesperación.

—¡Hijo!

Finalmente escuchamos una respiración débil.

—¿Quién... es Seong?

El anciano se desplomó.

No dijo nada.

No pudo.

Yo permanecí mirando la puerta.

Había enfrentado monstruos que devoraban cuerpos.

Demonios que consumían almas.

Pero aquello era diferente.

La llama no lo mataba.

Lo vaciaba.

Poco a poco.

Hasta dejar un cuerpo sin nombre, sin recuerdos y sin razón para seguir existiendo.

Busqué una solución.

Podía ofrecer parte de mi energía.

Pero la puerta no absorbía mana.

Podía sacrificar estadísticas, quizá niveles.

No sabía si el sistema lo permitiría.

Podía intentar destruir el campanario.

Pero si la llama desaparecía, los espectros invadirían la ciudad antes de que encontrara otra forma de protegerla.

Podía matar a Seong.

Liberarlo.

Y condenar a todos los habitantes.

Ninguna opción servía.

Por primera vez desde que había entrado al piso, no tenía una respuesta.

Observé la luz azul filtrándose por la puerta.

Aquella llama estaba mal.

No por lo que hacía.

Sino por la forma en que lo conseguía.

Un sistema de protección que necesitaba destruir a quien protegía no podía ser la solución correcta.

La Torre no daba misiones imposibles.

Crueles, sí.

Pero no imposibles.

Entonces apareció una ventana azul frente a mí.

[Misión secundaria actualizada]

[El último guardián de la llama.]

[La llama permanecerá encendida mientras aún exista algo que pueda ser entregado.]

[Condición de éxito: impida que el guardián pierda aquello que todavía lo convierte en una persona.]

[Información adicional:]

[Una llama alimentada por una sola existencia siempre termina consumiendo su nombre.]

[Las primeras hogueras no fueron creadas para arder en soledad.]

Leí la última frase dos veces.

Las primeras hogueras no fueron creadas para arder en soledad.

—¿Qué significa? —preguntó el anciano.

No respondí.

Todavía no lo sabía.

Podía ser una referencia a varios guardianes.

A compartir el precio.

A utilizar los recuerdos de toda la ciudad.

O quizá la llama nunca había necesitado sacrificios y los sacerdotes habían deformado su verdadero propósito con el paso de las generaciones.

La respuesta estaba allí.

Oculta dentro de una frase lo bastante ambigua como para ser inútil hasta comprenderla.

Muy propio del sistema.

Me acerqué nuevamente a la puerta.

—Seong.

No respondió.

Golpeé el hierro.

—No sé cuánto recordás, pero escuchame.

Del otro lado solo llegó una respiración débil.

—No vuelvas a entregar nada hasta que regrese.

—La llama... se apagará...

—Entonces dejá que se debilite.

El anciano levantó la cabeza.

—¡Los oscuros atacarán!

—La protección todavía está activa.

—¿Y cuando falle?

Lo miré.

—Estaré aquí antes de que ocurra.

—No puede prometer eso.

—Ya lo hice.

Volví a dirigir la mirada hacia la puerta.

—Seong, necesitás conservar al menos una cosa.

—¿Qué cosa?

La pregunta sonó débil.

Confundida.

Pensé durante un momento.

No sabía qué recuerdos le quedaban.

Tal vez ninguno.

—Tu nombre.

El joven permaneció callado.

—Seong —repetí—. Ese es tu nombre. No importa lo que la llama intente quitarte. Repetilo.

—Seong...

—Otra vez.

—Seong.

—No lo olvides.

—Seong.

Su voz temblaba.

—Seong...

El anciano comenzó a llorar en silencio.

Me giré hacia el túnel.

—¿Adónde va? —preguntó.

—A hablar con los habitantes de la ciudad.

—¿Para qué?

Recordé el mensaje.

Las primeras hogueras no fueron creadas para arder en soledad.

—Para descubrir cuántas personas están dispuestas a mantener viva esa llama cuando el precio deje de recaer únicamente sobre su hijo.

El anciano se puso de pie.

—No puede obligarlos.

—No voy a hacerlo.

—Entonces se negarán.

—Tal vez.

Comencé a caminar.

—Pero si todos quieren vivir gracias a esa luz, al menos tendrán que saber quién está desapareciendo para producirla.

Detrás de la puerta, la voz de Seong continuó repitiéndose.

—Seong...

Más baja cada vez.

—Mi nombre es Seong...

La misión principal seguía sin cambiar.

La luz todavía debía volver a aquella ciudad.

Pero antes de pensar en el amanecer, tenía que evitar que la única llama que les quedaba devorara por completo al hombre que la sostenía.

Regresé por el túnel con el anciano siguiéndome varios pasos atrás.

Durante todo el camino, la voz de Seong permaneció en mi cabeza.

Mi nombre es Seong.

No sabía cuánto tiempo podría conservarlo.

La llama había dejado de consumirlo por el momento, pero solo porque acababa de alimentarse. Cuando comenzara a debilitarse, volvería a buscar algo dentro de él.

Y quizá, la próxima vez, ya no quedara nadie capaz de recordar su nombre.

Al llegar a la iglesia, escuché golpes sobre la losa.

Los oscuros seguían al otro lado.

El anciano levantó la lámpara.

—No podemos salir por aquí.

—Sí podemos.

Empujé la losa.

Varias manos negras intentaron entrar por la abertura.

Sujeté la primera muñeca, tiré de ella y arranqué a la criatura de su posición. Su cuerpo cayó dentro del túnel y, antes de que pudiera levantarse, aplasté su cabeza contra el suelo.

Después empujé con más fuerza.

La piedra salió despedida junto con tres espectros.

Salté al interior de la iglesia.

La llama continuaba encendida, así que las criaturas se movían con lentitud. Algunas apenas conseguían arrastrar los pies.

Aun así, había demasiadas.

Desenvainé la espada.

Un corte.

Dos.

Tres.

Las cabezas cayeron antes de que los cuerpos comprendieran que estaban muertos.

El anciano salió detrás de mí, cubriéndose el rostro para evitar la sangre oscura.

—¿Dónde están los demás refugios? —pregunté.

—Hay siete en este sector.

—Lléveme al más grande.

—¿Qué piensa hacer?

Corté a otro espectro que intentaba acercarse.

—Obligarlos a escuchar.

El refugio principal se encontraba debajo de lo que alguna vez había sido un mercado.

Más de cien personas se ocultaban allí.

Cuando entramos, varios hombres apuntaron sus lanzas improvisadas hacia mí.

—¡Es un extraño! —gritó uno—. ¡No debería estar aquí!

—Bajen las armas —ordenó el anciano.

—¿Por qué lo trajo, Eldric?

Así que ese era su nombre.

Eldric se colocó frente a ellos.

—Porque vino para ayudarnos.

Un murmullo recorrió el refugio.

—Nadie viene a ayudarnos —respondió una mujer—. La última vez que alguien dijo eso, se llevó a tres niños al campanario.

La tensión aumentó.

Algunas personas retrocedieron.

Otras sujetaron a sus hijos.

Comprendí enseguida qué clase de historia cargaba aquel lugar.

—No vine a llevarme a nadie —dije.

—Entonces váyase.

El hombre de la lanza avanzó.

—La llama sigue encendida. No lo necesitamos.

Lo miré.

—La llama sigue encendida porque está devorando a una persona.

—Eso siempre fue así.

—No.

Mi voz resonó en el sótano.

—Ustedes decidieron acostumbrarse.

El hombre apretó la lanza.

—No sabe nada de nosotros.

—Sé que viven escondidos mientras un hombre pierde sus recuerdos para mantenerlos a salvo.

—Es el guardián.

—Se llama Seong.

Nadie respondió.

Algunos ni siquiera parecían conocer el nombre.

—¿Cuántos de ustedes sabían cómo se llamaba? —pregunté.

Silencio.

Eldric bajó la cabeza.

—Eso pensé.

Caminé hacia el centro del refugio.

Las personas se apartaron.

—La llama no debería depender de una sola existencia. El sistema me dio una pista: las primeras hogueras no fueron creadas para arder en soledad.

—¿Qué es un sistema? —preguntó alguien.

Ignoré la pregunta.

—No sé exactamente cómo funciona su llama. Pero sí sé que está mal alimentada.

Una anciana soltó una risa amarga.

—¿Y qué propone? ¿Que todos entreguemos nuestros recuerdos?

—Sí.

El refugio estalló en protestas.

—¡Está loco!

—¡No voy a olvidar a mis hijos!

—¡Ya perdimos demasiado!

—¡Que el guardián cumpla con su deber!

Me giré hacia el hombre que había dicho lo último.

—Repítalo.

Su rostro se endureció.

—Fue elegido para eso.

Caminé hacia él.

—¿Y quién lo eligió?

—Los sacerdotes.

—Están muertos.

—Las leyes continúan aunque quienes las crearon mueran.

—Las leyes estúpidas también.

El hombre levantó la lanza.

—No tiene derecho a juzgarnos.

Agarré el asta y la partí con una mano.

El ruido acabó con las discusiones.

—Tienen razón —dije—. No puedo obligarlos a sacrificar sus recuerdos.

Arrojé los pedazos al suelo.

—Pero tampoco voy a permitir que continúen llamando deber al sacrificio de alguien que ya olvidó por qué está sufriendo.

Nadie respondió.

Una niña pequeña salió de detrás de su madre.

—¿El guardián está solo?

Miré hacia ella.

—Sí.

—¿Tiene miedo?

Pensé en la voz vacía detrás de la puerta.

—Probablemente ya olvidó cómo se siente el miedo.

La niña tomó la mano de su madre.

—Eso es peor.

Algunos adultos desviaron la mirada.

Me agaché frente a ella.

—¿Cómo te llamás?

—Lena.

—¿Qué es lo que más recordás?

La niña pensó.

—Una canción que cantaba mi hermana.

Su madre se tensó.

—Lena, no.

—¿Tu hermana está aquí?

La niña negó con la cabeza.

—Se volvió oscura.

El refugio quedó en silencio.

—¿Entregarías esa canción? —pregunté.

Lena bajó la mirada.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No quiero olvidarla.

—Entonces no lo hagas.

La madre me observó con sorpresa.

Me puse de pie.

—No sé si la llama necesita recuerdos completos. Tal vez solo necesite una parte de aquello que las personas deciden compartir.

—Eso es una suposición —dijo la anciana.

—Sí.

—Podríamos perderlo todo.

—También.

No iba a mentirles.

—Pero ahora mismo Seong perderá todo con absoluta seguridad.

Eldric avanzó hacia el centro.

—Yo lo haré.

Las miradas se dirigieron hacia él.

—Padre... —murmuró alguien.

—Ya entregué a mi hijo una vez —dijo—. Esta vez entregaré algo mío.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Eldric cerró los ojos.

—El día en que nació.

Una expresión de dolor atravesó su rostro.

—Es el recuerdo más feliz que tengo.

—También podría ser lo único que le permita recordarlo cuando la llama intente borrar su nombre.

Abrió los ojos.

—Entonces úselo.

No tenía idea de cómo hacerlo.

La frase del sistema no me había entregado un ritual, un hechizo ni una herramienta.

Solo una dirección.

Extendí la mano.

—Regresemos al campanario.

No fuimos solos.

Al principio solo nos siguieron Lena y su madre.

Después la anciana.

Luego varios hombres.

Cuando atravesamos los otros refugios y explicamos lo que ocurría, se unieron más.

No todos.

Algunos cerraron sus puertas.

Otros nos insultaron.

Pero cuando llegamos a la antigua iglesia, casi cincuenta personas caminaban detrás de nosotros.

Las criaturas oscuras comenzaron a moverse al sentir nuestra presencia.

—¡Manténganse juntos! —ordené.

Los pocos habitantes que conservaban armas formaron un círculo alrededor de los demás.

Era una formación miserable.

Incorrecta.

Fácil de romper.

Pero era la primera vez que los veía caminar fuera de sus escondites.

Corté a los espectros que se aproximaban demasiado mientras avanzábamos hacia la entrada del túnel.

—¡Rápido!

Una mujer cayó.

Dos hombres la levantaron antes de que una criatura pudiera alcanzarla.

Un espectro saltó desde un tejado.

Lancé la espada.

La hoja atravesó su cabeza y lo clavó contra una pared.

La recuperé sin detenerme.

Cuando todos descendieron, cerré la losa.

Los golpes comenzaron casi inmediatamente.

El grupo avanzó por el túnel.

Al ver los huesos apilados a los lados, varios comenzaron a llorar.

Reconocían aquel camino.

Quizá no porque lo hubieran recorrido, sino porque todos conocían a alguien que nunca había regresado.

Cuando alcanzamos la puerta de hierro, la luz azul era mucho más débil.

—Seong —llamó Eldric.

No hubo respuesta.

Apoyó ambas manos sobre el metal.

—Hijo, traje gente.

Una respiración llegó desde el otro lado.

—¿Gente...?

—Sí.

—¿Para alimentar la llama?

Eldric cerró los ojos.

—No. Para ayudarte a sostenerla.

Me acerqué a las cadenas.

La energía seguía allí.

Hambrienta.

Esperando.

—Todos deben tocar la puerta —dije.

—¿Es seguro? —preguntó la madre de Lena.

—No.

Kwon probablemente habría dicho que esa no era una forma adecuada de tranquilizar personas.

Pero no tenía una mejor respuesta.

Eldric fue el primero.

Apoyó la palma sobre el hierro.

Su cuerpo se estremeció.

La llama reaccionó.

Una luz azul descendió por las cadenas y envolvió su brazo.

—¡Padre! —gritó Seong.

Por primera vez, su voz mostró una emoción clara.

Reconocimiento.

Eldric comenzó a llorar.

—Recordás mi voz.

—Creo que sí.

—Entonces escuchame. Tu nombre es Seong. Sos mi hijo. Naciste durante la primera lluvia que cayó después de siete años de sequía.

La luz aumentó.

Una imagen apareció frente a nosotros.

No dentro de mi mente.

Sobre la puerta.

Un bebé envuelto en una manta.

Una mujer agotada sonriendo.

Un Eldric mucho más joven sosteniendo al niño con manos temblorosas.

El recuerdo comenzó a arder.

Los bordes de la imagen se volvieron azules.

—¡No! —gritó Seong.

Eldric apretó los dientes.

—Tomalo.

La imagen desapareció.

El anciano cayó de rodillas.

Lo sujeté antes de que golpeara el suelo.

—¿Qué recuerda? —pregunté.

Eldric respiraba con dificultad.

—Sé que es mi hijo.

—¿Recuerda su nacimiento?

Intentó responder.

Su rostro se deformó.

—No.

Había funcionado.

La llama aceptaba recuerdos ajenos.

Pero todavía consumía demasiado.

La luz del campanario aumentó solo un poco.

Necesitaríamos muchas vidas para mantenerla de esa forma.

Lena se acercó.

—Ahora yo.

Su madre la sujetó.

—No.

—Mamá...

—No vas a olvidar a tu hermana.

La niña miró la puerta.

—No voy a darle la canción.

Colocó una mano sobre el hierro.

—Solo el último día que peleamos.

La energía la envolvió.

Su rostro se contrajo.

Una imagen apareció.

Dos niñas discutiendo por una muñeca rota.

Gritos.

Una puerta cerrándose.

Después, la mayor de las dos saliendo de la casa.

Ese había sido el último recuerdo de su hermana antes de convertirse en una criatura oscura.

La imagen ardió.

Lena comenzó a llorar.

—¿La olvidaste? —preguntó su madre.

La niña negó.

—Recuerdo su canción.

Me quedé observándola.

Así que no tenía que ser un recuerdo valioso.

Solo uno entregado de manera voluntaria.

Una parte pequeña.

Suficiente si muchas personas colaboraban.

—Todos los que estén dispuestos —dije—, elijan algo que puedan perder sin olvidar quiénes son.

Las personas se acercaron de una en una.

Un hombre entregó el sabor de una comida que ya no existía.

Una mujer, el recuerdo de una discusión con su esposo.

La anciana cedió el rostro de un vecino al que apenas conoció.

Otros entregaron caminos, palabras, olores, días sin importancia.

Pequeñas partes de sus vidas.

Cada una alimentó la llama.

Pero, en lugar de devorar una existencia completa, el peso se distribuyó entre todos.

La luz se volvió más intensa.

La puerta comenzó a calentarse.

Y detrás de ella, Seong volvió a hablar.

—Padre...

Eldric levantó la cabeza.

—Estoy acá.

—Recuerdo que me enseñaste a pescar.

El anciano sonrió entre lágrimas.

—Siempre eras terrible.

—Mentira.

—Nunca atrapaste nada.

La voz de Seong dejó escapar algo parecido a una risa.

Entonces apareció una ventana azul.

[Misión secundaria completada]

[El último guardián de la llama.]

[El guardián ha conservado su nombre.]

[La carga de la llama ha sido distribuida entre 47 habitantes.]

[La llama ya no consumirá automáticamente la existencia de un único portador.]

[Recompensa pendiente.]

[La intensidad de la llama depende ahora de la voluntad compartida de la ciudad.]

La puerta de hierro se abrió.

Las cadenas cayeron al suelo.

Detrás de ella había una sala circular.

En el centro, sentado sobre una plataforma de piedra, se encontraba un hombre extremadamente delgado.

Su cabello era blanco.

Su piel estaba cubierta de líneas azules y sus ojos apenas podían mantenerse abiertos.

Parecía mucho mayor que treinta y cuatro años.

Sobre su pecho ardía una pequeña llama.

Seong levantó la mirada.

—¿Usted es quien vino de afuera?

—Sí.

—¿Trajo la luz?

Miré la llama azul.

Más fuerte que antes.

Pero seguía sin ser la luz que exigía la misión principal.

—No.

Entré en la sala.

—Solo conseguí que esta dejara de comerte.

Seong sonrió débilmente.

—Eso ya es más de lo que esperaba.

Eldric corrió hacia él.

Lo abrazó con cuidado, como si su cuerpo pudiera romperse.

Seong tardó unos segundos en responder.

Después levantó los brazos y abrazó a su padre.

Las personas observaron desde el túnel.

Algunas lloraban.

Otras parecían avergonzadas.

La llama del campanario se expandió sobre nuestras cabezas.

La barrera de la ciudad fue restaurada.

A lo lejos, los gritos de los espectros comenzaron a apagarse.

Pero cuando levanté la vista, el cielo seguía igual.

Negro.

Cubierto de nubes.

Con aquel resplandor rojizo oculto detrás de ellas.

La misión secundaria había terminado.

La ciudad seguiría viva por más tiempo.

Pero todavía no había amanecido.

Y por la forma en que la oscuridad se movía sobre nosotros, algo me decía que la verdadera noche apenas estaba comenzando.


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