Al tercer día en la nueva residencia, reuní a todos en el patio.
Kwon Taesung.
Kang Mujin.
Han Jiwon.
Seo Doyun.
Lee Hejin.
Kim Eunbyeol.
Seolhwa.
Los siete estaban frente a mí.
Algunos todavía tenían vendajes. Otros caminaban con dolor disimulado. Seolhwa era la única que no había entrado nunca a la Torre, pero sus ojos ya no tenían la misma duda de antes.
Detrás de las ventanas, los niños espiaban.
Minjun pegaba la cara contra el vidrio.
Eunji estaba más atrás, abrazando su muñeco.
—Ellos no vienen —dijo Seolhwa antes de que yo hablara.
—Nunca estuvieron incluidos.
Ella asintió.
—Bien.
Saqué el orbe del inventario.
La esfera dorada apareció sobre mi mano, brillando con una luz cálida. Dentro de ella giraba un pequeño amanecer, atrapado entre líneas rojas, como si el sol estuviera intentando nacer en mitad de una herida.
Todos lo miraron en silencio.
Kwon fue el primero en hablar.
—Esa cosa sigue dándome mala espina.
—Es una recompensa SSS —dijo Hejin—. Debería darte mala espina.
—Por una vez, coincido con ella —añadió Doyun.
Eunbyeol no apartaba la vista del orbe.
—Uso único.
—Sí —respondí—. Una sola oportunidad.
Mujin sonrió apenas.
—Entonces elegiremos la más difícil.
Jiwon lo miró como si acabara de decir una estupidez.
—¿Podrías fingir preocupación al menos una vez?
—Estoy preocupado.
—No se nota.
—Me preocupo con entusiasmo.
Kwon soltó una risa.
—Eso explica muchas cosas.
Levanté el orbe.
La ventana apareció frente a todos.
[Orbe del amanecer — SSS]
[Objeto dimensional de uso único.]
[Permite abrir una puerta hacia un campo de entrenamiento especial.]
[Relación temporal: 1 día exterior = 365 días interiores.]
[No es posible morir dentro del campo.]
[El dolor, la fatiga y el miedo no serán reducidos.]
[En caso de fallo, el orbe será destruido y no se otorgarán recompensas.]
[En caso de éxito, el orbe será consumido.]
[Seleccione dificultad.]
[Fácil]
[Intermedio]
[Difícil]
[Infierno]
El último nombre brillaba con un tono rojo oscuro.
No hacía falta ser experto para entender la advertencia.
Seolhwa tragó saliva.
—No podemos morir, pero podemos fallar.
—Exacto.
—¿Y qué significa fallar?
—Que el entrenamiento nos quiebre antes de completarlo.
Nadie habló.
Era importante que entendieran eso.
No morir no significaba estar a salvo.
La Torre podía romper a una persona sin tocarle el corazón.
Podía hacerlo con cansancio.
Con culpa.
Con repetición.
Con recuerdos.
Con enemigos que nunca dejaban de venir.
—El modo Infierno no será un entrenamiento normal —continué—. No va a enseñarles con paciencia. Va a arrancarles los errores hasta que dejen de cometerlos o hasta que no puedan levantarse más.
Jiwon bajó la mirada.
Doyun apretó el arco.
Hejin exhaló lentamente.
Kwon dejó de sonreír.
Eunbyeol cerró su libreta.
Ese gesto fue suficiente para decirme que había entendido.
—Una vez adentro —dije—, no sé si estaremos juntos.
—¿Qué significa eso? —preguntó Seolhwa.
—Que el orbe puede crear pruebas individuales.
—Entonces podríamos quedar solos.
—Sí.
Mujin golpeó su puño contra la palma.
—Mejor.
—No —dije.
Él me miró.
—Pelear solo no es mejor. Es más honesto. Te muestra lo que sos cuando nadie puede cubrir tus errores.
Mujin no respondió.
—Por eso es peligroso.
Kwon levantó una mano.
—Capitán, pregunta: si entro, me separan, sufro durante un año, y salgo con trauma nuevo... ¿igual hay recompensa?
—Si completás la prueba.
—Qué sistema tan poco amigable.
Hejin murmuró:
—Voy a necesitar terapia antes de entrar y después de salir.
Jiwon la miró.
—Primero sobrevivimos al entrenamiento.
—Eso no contradice lo que dije.
Eunbyeol dio un paso al frente.
—Acepto.
No dudó.
Eso me preocupó más que si hubiera dudado.
—Eunbyeol.
—Ya sé. No debo cargar con todo. No debo intentar resolverlo perfecto. No debo romperme intentando demostrar que soy útil.
Me miró directo.
—Pero sigo aceptando.
Durante un instante, vi otra vez el cielo rojo.
La sangre.
Su mano pequeña perdiendo fuerza entre mis dedos.
Parpadeé.
La imagen desapareció.
—Bien.
Mujin avanzó también.
—Acepto.
Doyun asintió.
—Acepto.
Hejin levantó una mano cansada.
—Acepto, aunque quiero dejar constancia de que el nombre Infierno es una pésima señal.
Jiwon respiró hondo.
—Acepto.
Kwon suspiró.
—Bueno, si todos van a arruinarse psicológicamente, no me voy a quedar afuera. Acepto.
Por último, Seolhwa.
Ella miró hacia la ventana donde estaban los niños.
Eunji apoyó una mano contra el vidrio.
Seolhwa levantó la suya en respuesta.
Después se giró hacia mí.
—Acepto.
El orbe reaccionó.
La luz dorada se expandió en el aire y formó una puerta circular frente a nosotros.
No era como las grietas de la Torre.
Aquellas parecían heridas abiertas.
Esta parecía un amanecer atrapado en forma de umbral.
Pero la sensación que salía de ella no era cálida.
Era pesada.
Densa.
Como una promesa de dolor.
[Participantes registrados: 8.]
[Kim Cheonro.]
[Kwon Taesung.]
[Kang Mujin.]
[Han Jiwon.]
[Seo Doyun.]
[Lee Hejin.]
[Kim Eunbyeol.]
[Seolhwa.]
[Dificultad seleccionada: Infierno.]
[Confirmar ingreso.]
[Y/N]
Miré al grupo una última vez.
—Cuando entren, no intenten ser héroes.
Kwon parpadeó.
—¿Eso también va por vos?
—Especialmente por mí.
Eunbyeol bajó la mirada apenas, como si hubiera entendido algo que no dije.
Seleccioné.
[Y]
La puerta se abrió.
La luz nos tragó.
Durante un instante sentí que todos estábamos juntos.
Luego, algo tiró de mi cuerpo hacia abajo.
Las voces desaparecieron.
El patio desapareció.
El mundo desapareció.
Y el sistema habló.
[Campo de entrenamiento iniciado.]
[Modo: Infierno.]
[Separación individual aplicada.]
[Cada participante enfrentará una prueba diseñada según su rol, debilidades, potencial y memoria de combate.]
[Tiempo interior restante: 365 días.]
Abrí los ojos.
Ya no estaba con ellos.
Estaba solo.
El cielo sobre mí era gris oscuro.
La tierra bajo mis pies estaba húmeda, cubierta de barro negro y raíces retorcidas. Árboles enormes se levantaban alrededor, tan altos que sus copas tapaban casi toda la luz. Sus troncos estaban marcados con cicatrices profundas, quemaduras antiguas y restos de sangre seca.
El aire olía a lluvia, hierro y monstruos.
Me quedé inmóvil.
No por sorpresa.
Por reconocimiento.
Conocía este bosque.
Lo había odiado.
Lo había sobrevivido.
Y lo había enterrado en una parte de mi memoria que no tenía intención de visitar.
Una ventana apareció frente a mí.
[Prueba individual: Kim Cheonro.]
[Recreación de campo de batalla antiguo detectado.]
[Escenario: Bosque de Garam.]
[Registro original: usuario nivel 50.]
[Condición de la prueba:]
[Sobreviva hasta alcanzar el punto de extracción.]
[Distancia restante: 18 kilómetros.]
[Restricciones:]
[Nivel actual mantenido.]
[Equipo actual mantenido.]
[No se permite asistencia externa.]
[La muerte no será aplicada, pero cada derrota reiniciará la prueba desde el inicio.]
[Dolor y fatiga: 100 %.]
Leí la ventana en silencio.
Después solté una risa baja.
—Hijos de puta...
El sistema no me había enviado a una simple simulación.
Me había devuelto a una masacre.
En mi antigua vida, cuando tenía nivel 50, entré en este bosque con una unidad de cazadores veteranos. Éramos más de treinta.
Salimos cuatro.
Yo fui uno de ellos.
Y aun con aquel nivel, aun con habilidades mucho más desarrolladas, aun con un cuerpo varias veces más fuerte que el actual, sobrevivir a Garam había sido una pesadilla.
Ahora estaba aquí con nivel 9.
El bosque crujió.
No un árbol.
No una rama.
Algo respiró entre la niebla.
Desenvainé la Espada de Clemen.
La hoja brilló débilmente en la oscuridad.
—Dieciocho kilómetros...
El punto de extracción estaba lejos.
Demasiado lejos para correr en línea recta.
El Bosque de Garam no estaba lleno de monstruos fuertes.
Eso habría sido más fácil.
Estaba lleno de monstruos pacientes.
Cazadores de calor.
Parásitos de sombra.
Bestias que imitaban voces humanas.
Insectos que dejaban huevos bajo la piel.
Y algo peor.
Los Alguaciles del Bosque.
Criaturas que no perseguían cuerpos.
Perseguían errores.
Un paso mal dado.
Una respiración demasiado fuerte.
Una gota de sangre.
Un pensamiento de descanso.
Garam castigaba todo.
La primera criatura apareció a mi izquierda.
No la vi.
La sentí.
Una línea de frío cruzó mi nuca.
Me incliné.
Una garra larga pasó sobre mi cabeza y cortó varios mechones de cabello.
Giré la espada.
La hoja chocó contra hueso.
La criatura retrocedió de un salto.
Era baja, delgada, con cuatro brazos y una mandíbula partida en tres secciones. Su piel tenía el mismo color que la corteza de los árboles.
Un acechador de raíz.
Nivel estimado en mi antigua vida: 38.
Demasiado para mi cuerpo actual si lo enfrentaba de frente.
El acechador inclinó la cabeza.
Después emitió un sonido.
No un rugido.
Un chasquido.
Desde otros puntos del bosque, varios chasquidos respondieron.
—Claro.
No había venido solo.
Corrí.
No hacia el punto de extracción.
Hacia una zona más densa.
El error más común en Garam era buscar espacio abierto.
Los monstruos grandes dominaban los claros.
Los pequeños dominaban los árboles.
Pero entre raíces gruesas y terreno irregular, podía controlar los ángulos.
El acechador me siguió.
Dos más aparecieron entre la niebla.
Saltaron de árbol en árbol con movimientos rápidos, casi silenciosos.
Mi bota pisó barro blando.
El suelo cedió.
Trampa natural.
No luché contra la caída.
Dejé que el pie bajara, giré el cuerpo y usé la inercia para salir de costado. Una raíz con dientes se cerró en el lugar donde estaba mi pierna.
Bien.
El bosque también seguía igual.
El primer acechador atacó desde arriba.
Levanté la espada.
No para cortarlo.
Para bloquear su trayectoria.
El impacto me hundió la rodilla en el barro.
La diferencia de fuerza era absurda.
Sentí el brazo temblar.
El segundo llegó por la derecha.
Solté una mano de la espada, agarré un puñado de barro y se lo lancé a la cara.
No lo cegó por completo.
Pero tapó uno de sus ojos.
Su ataque perdió precisión.
La garra atravesó mi hombro en lugar de mi cuello.
Dolor.
Caliente.
Profundo.
Apreté los dientes y empujé hacia adelante.
La Espada de Clemen cortó el abdomen del primer acechador.
No lo mató.
Pero lo obligó a retroceder.
El tercero apareció detrás.
Demasiado tarde para esquivar.
Activé mi cuerpo hacia la izquierda, pero la garra me alcanzó la espalda. La armadura de Clemen redujo el daño, aunque no lo suficiente. Sentí la piel abrirse bajo el cuero.
Tres enemigos.
Todos más fuertes que yo en estadísticas puras.
Sin Masacre.
No eran más de cien.
Sin Enemigo de la oscuridad.
No eran nigromantes.
Sin Corte del comandante.
No eran líderes.
Solo yo.
Mi espada.
Y un bosque que recordaba cada error que cometí hacía siglos.
Respiré.
Primer estilo.
Pasos que fluyen como el río.
No intenté ganar velocidad.
Intenté desaparecer de sus ritmos.
Los acechadores atacaban con patrones triangulares: uno forzaba el bloqueo, otro apuntaba a la espalda, el tercero buscaba la pierna. Lo sabía porque ya había visto morir a dos cazadores por ese patrón.
Hace mucho tiempo.
Demasiado.
Esta vez no caería.
Di un paso hacia el ataque principal.
No lejos de él.
Dentro.
El primer acechador no esperaba que entrara en su alcance. Su garra pasó detrás de mi hombro. Usé el codo para trabar su brazo, giré y lo lancé contra el segundo.
Ambos chocaron.
Un segundo.
Nada más.
La espada bajó.
No al cuello.
Al tobillo.
La criatura perdió apoyo.
El tercer acechador saltó hacia mi espalda.
Me agaché.
Su cuerpo pasó por encima de mí y golpeó una rama baja.
La rama se movió.
Mala suerte para él.
No era una rama.
Una boca de madera se abrió y le atrapó la cabeza.
El acechador chilló mientras la corteza le trituraba el cráneo.
Yo no esperé.
Corrí.
El bosque se llenó de sonidos.
Chasquidos.
Susurros.
Hojas moviéndose sin viento.
A lo lejos, algo imitó una voz.
—¡Byeolha!
Me detuve durante una fracción mínima.
El nombre me atravesó como una flecha.
No por miedo.
Por costumbre antigua.
La voz volvió.
Esta vez más débil.
—¡Byeolha, ayuda!
No era real.
Lo sabía.
Garam usaba voces de los muertos.
Pero aun sabiéndolo, el cuerpo reaccionaba.
Esa era la crueldad de este lugar.
No necesitaba engañarte por completo.
Solo hacerte dudar medio segundo.
Seguí corriendo.
La voz cambió.
—Papá...
El pie casi se me hundió en el barro.
Cerré los dientes con tanta fuerza que sentí sabor a sangre.
—No uses esa voz.
La niebla frente a mí se abrió.
Una figura pequeña apareció entre los árboles.
Eunbyeol.
No la de ahora.
La de aquel futuro rojo.
Sucia.
Herida.
Con los ojos llenos de lágrimas.
—Papá...
La espada tembló en mi mano.
Sabía que no era ella.
Lo sabía.
Aun así, por un instante, mi cuerpo quiso acercarse.
El monstruo escondido detrás de la ilusión abrió la boca.
Un devorador de memoria.
Su cuerpo real era una masa alargada cubierta de ojos húmedos. La imagen de Eunbyeol colgaba frente a él como una piel transparente.
—Papá, no me dejes...
Sentí odio.
No rabia.
Odio limpio.
Frío.
Pero el odio también era una trampa.
Si atacaba de frente, sus ojos entrarían en mi mente.
Lo recordaba.
Un cazador llamado Raon murió así en mi antigua vida. Corrió hacia la voz de su esposa y terminó arrancándose su propia garganta para no escucharla más.
Bajé la espada.
Cerré los ojos.
La ilusión perdió fuerza.
Los devoradores necesitaban mirada.
Tercera forma.
Nada.
Apagué mi intención.
Ni ataque.
Ni defensa.
Ni recuerdo.
Solo respiración.
El monstruo dejó de imitar a Eunbyeol.
Ahora imitó a mi maestro.
Después a Seolhwa.
Después a una voz que no reconocí.
No importaba.
Di tres pasos con los ojos cerrados.
El barro bajo mi bota cambió.
La respiración del devorador estaba a dos metros.
Uno.
Abrí los ojos solo una fracción.
Lo suficiente para ver el núcleo bajo su garganta.
La espada atravesó hacia arriba.
El monstruo chilló.
No con una voz.
Con todas.
Retrocedí antes de que la sangre negra me tocara.
En Garam, incluso la sangre podía recordar tu olor.
El cuerpo del devorador se retorció y cayó entre las raíces.
La ilusión desapareció.
Quedó solo el bosque.
El contador apareció.
[Distancia restante: 16,7 kilómetros.]
Había avanzado poco más de un kilómetro.
Mi hombro sangraba.
La espalda ardía.
La pierna izquierda estaba cubierta de barro y cortes.
Y todavía no había encontrado a los monstruos realmente peligrosos.
Me apoyé contra un árbol.
El árbol respiró.
Me aparté justo cuando la corteza se abrió para morderme.
—Sí. Ya me acordé por qué odiaba este lugar.
Un rugido grave sacudió la niebla.
Los acechadores dejaron de chasquear.
El bosque entero quedó en silencio.
Eso era peor.
Mucho peor.
Una sombra enorme se movió entre los árboles.
Lenta.
Pesada.
Cada paso hundía la tierra.
No podía verla completa, pero no hacía falta.
Recordaba ese sonido.
Un guardabosques de Garam.
En mi antigua vida, se necesitaban al menos diez cazadores de nivel 45 para distraer a uno.
No para matarlo.
Para distraerlo.
La ventana del sistema apareció sin piedad.
[Amenaza de élite detectada.]
[Guardabosques mutilado de Garam.]
[Nivel estimado del registro original: 52.]
La criatura salió de la niebla.
Tenía el cuerpo de un ciervo gigante, pero sin piel. Sus músculos oscuros estaban cubiertos por placas de corteza. En lugar de cabeza, tenía un cráneo humano enorme incrustado entre astas negras. De su espalda colgaban brazos de cazadores muertos, moviéndose como ramas.
Sus ojos se encendieron.
Me había visto.
No había posibilidad de matarlo.
No con mi nivel actual.
No de forma normal.
El objetivo era sobrevivir.
Alcanzar la extracción.
No demostrar orgullo.
Guardé la espada un segundo.
Después corrí.
El guardabosques rugió.
Las raíces del suelo se levantaron como serpientes.
Salté la primera.
Corté la segunda.
La tercera me golpeó el costado y me lanzó contra un árbol.
El aire salió de mis pulmones.
Caí al barro.
El guardabosques cargó.
La distancia desapareció demasiado rápido.
Rodé bajo sus patas.
Una pezuña cayó junto a mi cabeza y abrió un cráter.
La onda me reventó el oído izquierdo.
El mundo se inclinó.
Me levanté igual.
No podía correr más rápido que él.
Tenía que correr mejor.
Vi una zona de árboles delgados a la derecha.
Trampa.
Para mí, una trampa.
Para él, un obstáculo.
Corrí hacia allí.
El guardabosques cargó de nuevo.
En el último instante, usé Pasos que fluyen como el río y cambié de dirección entre dos troncos.
La criatura intentó girar.
Su cuerpo enorme chocó contra los árboles.
No se detuvo.
Los rompió.
Pero perdió medio segundo.
Medio segundo era una vida.
Seguí avanzando.
[Distancia restante: 15,9 kilómetros.]
El bosque respondió.
Las ramas se cerraron.
Las raíces salieron.
Insectos negros cayeron desde las copas.
Sentí uno clavarse en mi cuello.
Lo arranqué antes de que enterrara el abdomen en mi piel.
Lo aplasté entre los dedos.
Demasiado tarde.
La zona empezó a arder.
Veneno paralizante.
No mortal.
Peor.
Reducía el movimiento.
—No me jodas...
El guardabosques venía detrás.
No podía permitir que el veneno subiera.
Saqué la daga secundaria y corté alrededor de la picadura.
Superficial, pero lo suficientemente profundo como para hacer sangrar.
La sangre oscura salió mezclada con el veneno.
El dolor despejó mi mente.
Seguí.
Un año.
El campo de entrenamiento duraría un año.
Pero esta prueba no parecía pensada para durar tanto.
Era un ciclo.
Morir, reiniciar, aprender.
Morir otra vez.
Repetir hasta que el cuerpo entendiera el bosque mejor que la mente.
El sistema no quería que entrenara fuerza.
Quería que recordara cómo sobreviví cuando todavía no era una leyenda.
Cuando cada error mataba a alguien.
Cuando correr también era una forma de pelear.
El guardabosques rugió otra vez.
Las raíces delante de mí formaron una pared.
No podía rodearla.
No podía romperla.
Podía atravesarla de una sola forma.
Segunda forma.
Absoluto.
Concentré todo en una línea.
No el árbol.
No la raíz.
La unión.
El punto donde la magia mantenía cerrado el muro.
La espada descendió.
El corte abrió una grieta apenas más ancha que mi cuerpo.
Me lancé a través.
Las raíces se cerraron detrás de mí y atraparon el brazo del guardabosques cuando intentó seguirme.
La criatura rugió.
No duraría mucho.
Pero me dio tiempo.
Corrí.
El bosque se hizo más oscuro.
Más húmedo.
Más vivo.
Y entonces lo escuché.
Agua.
Un río.
Recordé ese río.
En mi antigua vida, cruzarlo fue donde perdimos a doce cazadores.
Bajé la velocidad antes de verlo.
La niebla se abrió.
El río Garam fluía frente a mí, negro y silencioso, como una franja de noche moviéndose entre árboles.
No parecía profundo.
Ese era el engaño.
Debajo vivían peces sin ojos capaces de arrancar carne en segundos.
Sobre el agua flotaban flores blancas.
Las flores explotaban al sentir calor.
Y en la otra orilla, casi invisibles entre los troncos, había sombras esperando a quienes cruzaran con prisa.
Miré atrás.
El guardabosques ya estaba rompiendo la pared de raíces.
Miré el río.
No había puente.
Nunca lo hubo.
En mi antigua vida usamos cadáveres de monstruos para cruzar.
Ahora estaba solo.
Sonreí sin humor.
—Claro. Infierno.
El sistema mostró el contador.
[Distancia restante: 14,2 kilómetros.]
El rugido del guardabosques se acercó.
El río esperaba.
El bosque respiraba.
Y yo, con cuerpo de nivel 9, heridas abiertas y una espada de un feudo que ya no existía, tuve que volver a resolver una batalla que antes apenas sobreviví siendo nivel 50.
Apreté la empuñadura.
—Bien.
Di un paso hacia el agua negra.
—Vamos a morir unas cuantas veces antes de aprender esto.