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Extra-1: Entrenamiento de Seolhwa

NicolasPeanl
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Esta historia no será relevante para el futuro desarrollo de la historia principal, pero me pareció interesante narrar lo que vivió Seolhwa en el orbe, empezaré desde su punto de vista, si les gustó…

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Esta historia no será relevante para el futuro desarrollo de la historia principal, pero me pareció interesante narrar lo que vivió Seolhwa en el orbe, empezaré desde su punto de vista, si les gustó este tipo de extras puedo hacer más, comenten 

Cuando cruzo la puerta del Orbe del amanecer, espero oscuridad.

Espero dolor.

Espero una arena de entrenamiento, monstruos, gritos, tal vez una batalla.

Pero lo primero que siento es lluvia.

Abro los ojos.

Estoy parada en medio de una avenida destruida.

El cielo está cubierto por nubes grises. Los edificios se levantan a ambos lados como cadáveres de concreto. Hay autos volcados, vidrios rotos, ropa abandonada en el asfalto y manchas oscuras que la lluvia no consigue borrar.

No escucho motores.

No escucho pájaros.

No escucho voces.

Solo la lluvia cayendo sobre metal oxidado.

Entonces aparece una ventana frente a mí.

[Prueba individual: Seolhwa.]

[Escenario: Apocalipsis de los muertos hambrientos.]

[Objetivo principal: sobreviva durante 365 días.]

[Objetivo secundario: proteja al grupo de civiles asignado.]

[Condición especial: los civiles incluirán niños, ancianos y heridos.]

[Condición especial adicional: cada pérdida civil reducirá la estabilidad mental de la participante.]

[Advertencia: no es posible morir dentro del campo de entrenamiento.]

[Advertencia: el dolor, el miedo y la fatiga se mantendrán al 100 %.]

Leo la ventana una vez.

Después otra.

Niños.

Ancianos.

Heridos.

Siento que el aire se me queda atrapado en la garganta.

—No...

El sistema no me trae a una guerra.

Me trae a un lugar donde proteger es más difícil que pelear.

Un golpe seco suena entre dos autos.

Giro la cabeza.

Una figura camina hacia mí.

Al principio parece una persona.

Después veo la pierna torcida, el cuello abierto, la mandíbula colgando y los ojos sin foco.

Un muerto.

Camina despacio, arrastrando un pie contra el asfalto. La lluvia cae sobre su rostro pálido, pero él no parpadea. Solo abre la boca.

Un gemido húmedo sale de su garganta.

Desde otra calle, alguien responde con otro gemido.

Después otro.

Y otro.

El sonido se multiplica.

La ciudad despierta.

La ventana cambia.

[Día 1.]

[Civiles asignados: 12.]

[Encuéntrelos antes del anochecer.]

Doce.

Tengo que encontrar doce personas antes de que caiga la noche.

Y no tengo arma.

El muerto se lanza hacia mí.

Mi cuerpo no responde.

Ese es mi primer error.

Quiero moverme. Quiero correr. Quiero levantar las manos, empujar, gritar.

Pero me quedo quieta.

El cadáver choca contra mí y caemos al suelo.

El asfalto mojado me golpea la espalda. Sus manos buscan mi cara. Sus uñas se parten contra el suelo mientras intenta acercar los dientes a mi cuello.

Huele a carne podrida.

A saliva espesa.

A sangre vieja.

Grito.

No de rabia.

De miedo.

Meto el antebrazo entre sus dientes antes de que alcance mi garganta. La presión de la mandíbula me atraviesa el brazo. No consigue morder profundo, pero siento la fuerza. Siento el hambre.

Busco algo con la mano libre.

Una piedra.

Un vidrio.

Lo que sea.

Mis dedos encuentran una barra metálica junto a un auto roto.

La agarro.

Golpeo.

Una vez.

El muerto no se detiene.

Dos veces.

Su cráneo se hunde.

Tres veces.

El cuerpo pierde fuerza.

Lo empujo lejos y me arrastro hacia atrás, respirando como si acabara de salir del agua.

Mis manos tiemblan.

La barra está manchada.

La cabeza del muerto ya no tiene forma humana.

—No puedo...

Mi voz suena pequeña.

—No puedo hacer esto.

Entonces escucho el llanto de un niño.

Viene de una tienda al otro lado de la calle.

Miro al cadáver en el suelo.

Miro la barra en mi mano.

Y me levanto.

No porque deje de tener miedo.

Me levanto porque alguien más tiene más miedo que yo.

Dentro de la tienda encuentro a los primeros tres.

Una niña de siete años abraza una mochila rosa contra el pecho. Tiene dos colitas deshechas y los ojos hinchados de llorar.

Un niño más pequeño está debajo del mostrador, sujetando un autito de juguete.

Y una adolescente de unos dieciséis años sostiene un cuchillo de cocina con ambas manos.

Me apunta.

—No te acerques.

Levanto las manos.

—No voy a lastimarlos.

—Eso dicen todos.

La niña de las colitas me mira.

—¿Sos policía?

—No.

—¿Sos doctora?

—No.

—Entonces, ¿qué sos?

No sé qué responder.

En la Tierra soy alguien que cuida niños.

En este lugar, eso no alcanza.

—Soy alguien que va a sacarlos de acá.

La adolescente aprieta el cuchillo.

—¿A dónde?

Miro por la ventana rota.

Los muertos empiezan a reunirse en la calle.

—A cualquier lugar que tenga una puerta más fuerte que esta.

La niña abraza más fuerte su mochila.

—Me llamo Mina.

El niño bajo el mostrador susurra:

—Jae.

La adolescente tarda más.

—Yura.

Recuerdo sus nombres.

No sé todavía cuánto me va a doler recordarlos.

Antes de que anochezca, encuentro a los demás.

La señora Ok, una anciana con artritis en las manos, escondida en la cocina de un restaurante. No corre, pero entiende la comida mejor que nadie.

El señor Sangil, conductor de autobús retirado, con una pierna herida y una voz áspera que intenta sonar tranquila.

El doctor Choi, que ya no tiene hospital, ni medicamentos suficientes, ni pacientes que pueda salvar de verdad.

Hana, una mujer embarazada de seis meses, silenciosa, con la mirada de alguien que ya está demasiado cansada.

Dos hermanos: Dabin, de diez años, y Sora, de ocho. Se pelean incluso mientras tienen miedo.

Geon, un hombre de unos treinta años, antiguo guardia de seguridad. Es fuerte, pero mira demasiado seguido las mochilas de comida.

Y Bomi, un niño de cuatro años que no habla. Solo abraza un muñeco sin cabeza.

Doce civiles.

Doce vidas.

Doce formas distintas de fallar.

Esa noche nos escondemos en una guardería abandonada.

El lugar tiene dibujos pegados en las paredes.

Soles amarillos.

Casas.

Animales con sonrisas torcidas.

Una canción infantil escrita en una pizarra.

Los niños duermen juntos sobre colchonetas viejas.

Yo me siento frente a la puerta con la barra metálica sobre las rodillas.

No duermo.

Afuera, los muertos golpean ventanas lejanas.

Uno de ellos gime con una voz que parece decir "mamá".

Mina despierta a medianoche y se acerca a mí con su mochila.

—¿Vas a quedarte?

—Sí.

—¿Toda la noche?

—Toda la noche.

Se sienta a mi lado.

—Mi mamá dice que los adultos mienten para que los niños no lloren.

—A veces.

—¿Vos estás mintiendo?

La miro.

Tiene la nariz roja por el frío.

—No esta vez.

Mina apoya la cabeza contra mi brazo.

—Entonces voy a dormir.

Y duerme.

Yo miro la puerta hasta que amanece.

No por valentía.

Por terror a que se abra.

El primer mes me enseña que el fin del mundo no empieza con gritos.

Empieza con hambre.

Al principio tenemos comida suficiente.

Latas.

Arroz.

Galletas.

Botellas de agua.

La señora Ok administra todo como si estuviera defendiendo una fortaleza.

—Un puñado más hoy es una boca vacía mañana —dice.

Los niños la odian cuando reparte porciones pequeñas.

Después la quieren cuando, días más tarde, todavía queda algo para comer.

Yura sale conmigo a buscar comida.

Al principio no confía en mí.

Tal vez hace bien.

—No podés dejarme con los viejos y los nenes —me dice.

—Podés quedarte y protegerlos.

—No soy niñera.

—Yo tampoco.

Eso la calla.

Aprendemos a movernos.

Los muertos son lentos cuando no nos ven.

Rápidos cuando huelen sangre.

No sienten dolor.

No dudan.

No se cansan.

La primera vez que Yura mata a uno, vomita durante diez minutos.

—Tenía uniforme escolar —dice, limpiándose la boca—. Era como yo.

No sé qué decirle.

Así que digo la verdad.

—Ya no.

Ella me mira con rabia.

—Eso no ayuda.

—Lo sé.

—Entonces no digas nada.

No digo nada.

Al día siguiente vuelve a salir conmigo.

En el segundo mes perdemos la guardería.

Por mi culpa.

Encuentro una farmacia a seis cuadras.

Necesitamos vendas, alcohol, antibióticos, cualquier cosa que el doctor Choi pueda usar. Sangil dice que es peligroso. La señora Ok dice que la comida importa más. Hana tiene fiebre.

Yo tomo la decisión.

Salgo con Yura y Geon.

Volvemos con dos mochilas llenas.

Y una horda detrás.

Al principio son diez.

Después quince.

Después doblamos una esquina y aparecen más.

Geon cae.

Un muerto le muerde el hombro.

Logro partirle el cráneo al cadáver, pero la herida de Geon queda negra en los bordes.

Él grita.

Yura quiere dejarlo.

Yo no puedo.

Lo cargamos entre las dos.

Llegamos a la guardería con los muertos golpeando la calle detrás.

—¡Abran!

Sangil quita las trabas.

Entramos.

Cerramos.

Los muertos golpean la puerta segundos después.

Primero una vez.

Después diez.

Después tantas que la madera empieza a crujir.

Los niños lloran.

Bomi se tapa los oídos con su muñeco.

Mina me mira sin entender por qué traigo el peligro hasta casa.

Geon está en el suelo, sudando, con los ojos rojos.

El doctor Choi revisa la mordida.

Su rostro me dice la verdad antes que su boca.

—No hay nada que hacer.

Geon escucha.

—Mentira.

Nadie responde.

—¡Mentira!

Intenta levantarse, pero Sangil lo sostiene.

—Tranquilo.

Geon empieza a llorar.

—No quiero convertirme en eso.

Yo tampoco quiero verlo convertirse.

Pero todavía habla.

Todavía respira.

Todavía es Geon.

A la madrugada, la fiebre lo vuelve incoherente.

Al amanecer, muere.

Cinco minutos después, vuelve a moverse.

El doctor Choi está demasiado cerca.

Geon abre los ojos, ya vacíos, y le arranca un pedazo del antebrazo antes de que nadie pueda reaccionar.

El grito del doctor despierta a todos.

Corro.

Golpeo a Geon con la barra.

Una vez.

Dos.

Tres.

No alcanza.

Sangil me ayuda con una silla.

Yura grita.

Los niños gritan.

La señora Ok reza.

Geon sigue intentando morder.

Finalmente le rompo el cráneo contra el suelo.

El silencio posterior es peor que los gritos.

El doctor Choi sobrevive.

No fue mordido por los dientes.

Solo desgarrado por la fuerza de Geon.

Pero la guardería ya no es segura.

Y los niños ya no me miran igual.

Esa tarde huimos.

Mientras salimos por una ventana trasera, Mina camina a mi lado.

No me toma la mano.

Solo camina.

—Dijiste que ibas a quedarte toda la noche.

Siento que algo se rompe dentro de mí.

—Me equivoqué.

Ella no llora.

Eso es peor.

En el cuarto mes llega el frío.

No debería llegar tan rápido, pero este mundo no respeta estaciones. La lluvia se vuelve nieve sucia. El viento entra por cada grieta. El frío empieza a matar casi tanto como los muertos.

Nos refugiamos en una estación de metro.

Hay mantas, máquinas expendedoras rotas y túneles que podemos bloquear.

También hay otros sobrevivientes.

Veintidós.

Tienen comida, armas caseras y un líder llamado Park. Es un hombre de rostro amable, de esos que sonríen sin mostrar los dientes.

—Los niños pueden quedarse —dice—. Pero los adultos tienen que trabajar.

—Todos trabajamos —respondo.

—No hablo de limpiar o cocinar.

Su mirada va hacia Yura.

Después hacia Hana.

Mi mano se cierra alrededor de la barra.

—No.

La sonrisa de Park no cambia.

—Entonces no pueden quedarse.

Afuera nieva.

Sangil apenas camina.

Hana tiene fiebre.

El doctor Choi todavía no recupera bien el brazo.

Abajo, en los túneles, escuchamos muertos arrastrándose entre las vías.

No podemos irnos.

No esa noche.

Acepto una condición temporal.

Un sector separado.

Comida a cambio de guardias.

Nada más.

Park acepta.

Esa noche, dos hombres intentan llevarse a Yura.

Ella muerde a uno en la mano y grita.

Me despierto antes de entender.

Corro.

Uno de los hombres sostiene un cuchillo.

Yura está contra la pared.

No tiene miedo en la cara.

Tiene resignación.

Como si el mundo le confirmara algo que ya sospecha.

Algo dentro de mí se enciende.

No es valentía.

No es rabia normal.

Es una puerta que se abre en un lugar oscuro.

Golpeo la rodilla del primero con la barra.

Cae.

El segundo levanta el cuchillo.

Le golpeo la muñeca.

El cuchillo cae.

Después le golpeo la cara.

Una vez.

Dos.

Tres.

Yura grita mi nombre.

No la escucho.

El hombre deja de moverse.

Igual levanto la barra otra vez.

Entonces Mina aparece detrás de Yura.

—Seolhwa...

Su voz me detiene.

La barra queda en el aire.

El hombre respira.

Apenas.

Pero respira.

Bajo el arma.

Park nos expulsa antes del amanecer.

Yura camina a mi lado durante horas sin hablar.

Cuando finalmente lo hace, su voz suena pequeña.

—Pensé que ibas a matarlo.

—Yo también.

—¿Por qué no lo hiciste?

Miro a Mina, que camina delante con Bomi de la mano.

—Porque ella me llamó.

Yura baja la mirada.

—Gracias.

No sé si me agradece por salvarla.

O por detenerme.

En el sexto mes nace Sumi.

No nace en un hospital.

No nace en una cama.

Nace en el depósito de una biblioteca, sobre mantas húmedas, mientras los muertos golpean las puertas.

La señora Ok sostiene una linterna.

Yura mantiene a los niños en otra sala.

Sangil empuja un armario contra la entrada cada vez que los golpes lo mueven.

El doctor Choi, con manos temblorosas, ayuda a Hana a respirar.

Yo sostengo su mano.

Ella me aprieta tan fuerte que siento que va a romperme los dedos.

—No puedo —llora—. No puedo.

—Sí puede.

—No quiero que nazca acá.

No tengo respuesta.

Porque nadie debería nacer en un mundo así.

La bebé llora al amanecer.

Pequeña.

Roja.

Viva.

Hana la abraza contra su pecho.

—Sumi —dice—. Se llama Sumi.

Recuerdo el nombre.

Sumi.

Una vida nueva en un mundo muerto.

Su llanto atrae a todos los cadáveres de la calle.

La puerta cae veinte minutos después.

Huimos por una salida trasera.

El doctor Choi se queda atrás.

Dice que va a retrasarlos.

Dice que su brazo ya no responde.

Dice que no es triste.

Dice que es útil.

Miente.

Todos lo sabemos.

—No —digo.

Él sonríe.

Tiene ojeras profundas y una venda vieja en el brazo.

—Usted tiene que sacar a los niños.

—Usted viene con nosotros.

—No.

Me pone una bolsa de medicinas contra el pecho.

—Durante seis meses intento seguir siendo doctor en un mundo que ya no quiere pacientes. Déjeme terminar haciendo algo correcto.

No puedo moverme.

Yura tira de mí.

—Seolhwa.

Los muertos entran por el pasillo.

El doctor Choi cierra la puerta entre nosotros.

Lo último que veo es su espalda delgada bloqueando el corredor con un bisturí en la mano.

Horas después, cuando encontramos refugio, aparece una ventana.

[Civil asignado perdido.]

[Doctor Choi: fallecido.]

[Estabilidad mental reducida.]

Caigo de rodillas.

No lloro.

Quiero llorar.

No sale nada.

Mina se sienta a mi lado.

Esta vez sí me toma la mano.

—Él salvó a Sumi.

Asiento.

—Sí.

—Entonces no se fue solo.

La miro.

Tiene siete años.

Y ya habla como alguien que aprendió a consolar adultos.

La abrazo.

Ella llora contra mi pecho.

Yo recién entonces consigo llorar.

En el octavo mes, Dabin queda atrapado.

Sale a buscar agua dentro de una escuela abandonada.

Nadie debe ir solo.

Esa es mi regla.

Pero estamos cansados.

Todos.

Él quiere ayudar.

Lo encontramos en el gimnasio.

No está muerto.

Eso es lo cruel.

Está atrapado bajo una estructura metálica caída. Su pierna está aplastada. A pocos metros, varios muertos se arrastran hacia él.

Dabin no grita.

Tiene una mano sobre la boca, intentando no hacer ruido.

Cuando nos ve, empieza a llorar.

—Perdón... perdón, perdón...

Corro hacia él.

Yura y la señora Ok intentan levantar la estructura.

No se mueve.

Los muertos se acercan.

Sora aparece en la puerta.

—¡Dabin!

Él gira la cabeza.

—No mires.

—¡Dabin!

Los muertos escuchan.

Aceleran.

Yo empujo el metal hasta sentir los brazos arder.

No cede.

Dabin me mira.

Es un niño de diez años intentando ser valiente porque su hermana lo está mirando.

—Seolhwa —dice—. Sacala.

—No.

—Sacala.

—No voy a dejarte.

Los muertos están cerca.

Demasiado cerca.

Yura mata al primero.

La señora Ok golpea al segundo con una silla.

Vienen más.

Dabin sonríe.

Una sonrisa pequeña.

Horrible.

Forzada.

—No quiero que Sora me vea así.

Aparece una ventana.

[Advertencia.]

[Peligro crítico para civil protegido.]

No leo más.

Algo se rompe dentro de mí.

El miedo desaparece.

El cansancio desaparece.

El dolor desaparece.

Todo lo que acumulo durante meses —hambre, culpa, noches sin dormir, nombres perdidos— se convierte en una sola cosa.

Movimiento.

Corro hacia los muertos.

La barra parte el primer cráneo.

Después el segundo.

El tercero me muerde el hombro.

No siento nada.

Lo agarro del cuello y lo golpeo contra el suelo hasta que deja de moverse.

Yura grita mi nombre.

No la escucho.

Un muerto me araña la cara.

Le meto los dedos en la boca y tiro hasta romperle la mandíbula.

Otro me empuja contra la pared.

Lo golpeo con la frente.

Una vez.

Dos.

Hasta que su cráneo cede.

Cuando ya no quedan muertos cerca, vuelvo a la estructura.

La levanto.

No sé cómo.

No debería poder.

Siento algo desgarrarse en mi espalda.

No importa.

Yura tira de Dabin.

Sora llora.

La señora Ok reza.

La estructura se mantiene arriba un segundo.

Dos.

Tres.

Dabin sale.

Caigo al suelo.

La barra rueda lejos.

El mundo vuelve de golpe.

Dolor.

Tanto dolor que vomito.

Dabin está vivo.

Su pierna no.

Pero está vivo.

El sistema aparece frente a mí mientras tiemblo en el suelo.

[Condición alcanzada.]

[Rasgo desbloqueado.]

[Berserker latente — A]

[Cuando un aliado bajo protección directa se encuentra en peligro crítico, el miedo, dolor y fatiga pueden convertirse temporalmente en impulso de combate.]

[El efecto se intensifica si el objetivo protegido es un civil o menor de edad.]

Yura lee la ventana por encima de mi hombro.

—Berserker...

Miro mis manos.

Están cubiertas de sangre.

Mía.

De muertos.

No sé.

Mina me mira desde la puerta.

Y veo miedo en sus ojos.

No mucho.

Pero está ahí.

Eso casi me destruye.

—Mina...

Ella retrocede medio paso.

Solo medio.

Pero lo hace.

Ese día entiendo algo.

Proteger también puede asustar a quienes protegés.

El último mes es una marcha.

El sistema revela la condición final.

[Día 335.]

[Punto de extracción disponible.]

[Distancia: 42 kilómetros.]

[Llegue con al menos 1 civil asignado con vida.]

Al menos uno.

Odio al sistema por escribir eso.

Como si los demás fueran margen.

Como si Mina, Jae, Yura, Hana, Sumi, Dabin, Sora, Bomi y la señora Ok fueran números descartables.

No.

Voy a llevarlos a todos.

De los doce iniciales quedan nueve.

Geon.

Doctor Choi.

Sangil.

Tres nombres pesan sobre mi espalda.

Avanzamos por carreteras llenas de autos abandonados.

Dormimos en techos.

Cruzamos túneles donde los muertos se arrastran en la oscuridad.

Perdemos comida.

Perdemos zapatos.

Perdemos sangre.

Pero no perdemos a nadie más.

El día 364 vemos la columna de luz.

Está al otro lado de un puente.

El puente está lleno de muertos.

Miles.

Algunos caminan.

Otros se arrastran entre autos.

Otros cuelgan de las barandas, atrapados, pero moviendo las bocas.

Hana abraza a Sumi.

Dabin se apoya en su muleta.

La señora Ok apenas respira.

Yura se coloca a mi lado.

—No podemos cruzar peleando.

—No.

—No podemos rodear.

—No.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Miro el puente.

Miro los autos.

Miro un camión cisterna volcado cerca de la entrada.

Huele a combustible viejo.

Una idea horrible toma forma.

—Hacemos ruido.

Yura me mira.

—Eso va a traerlos a todos.

—Sí.

—¿Y después?

—Corren.

—¿Y vos?

No respondo.

Ella me agarra del brazo.

—No.

—No puedo morir.

—Eso no significa que no duela.

Aprendió demasiado bien.

Me suelto con cuidado.

—Llevá a los niños.

Yura me odia en ese instante.

Lo veo.

Igual obedece.

Subo al techo de un auto y golpeo la barra contra el metal.

Una vez.

Dos.

Tres.

El sonido se extiende por el puente.

Los muertos giran.

Todos.

—¡Vengan! —grito.

Mi voz se rompe.

—¡VENGAN!

Corren.

Yo también.

No hacia la extracción.

Hacia el camión.

Rompo la válvula.

El combustible se derrama sobre el asfalto.

Los muertos llegan en masa.

Uno me atrapa el brazo.

Le rompo el cráneo.

Otro me muerde la pierna.

Lo arrastro conmigo.

La ventana aparece.

[Berserker latente — A activado.]

El miedo se apaga.

Pero esta vez no dejo que me trague.

No soy una bestia.

Soy una puerta cerrándose.

Golpeo.

Empujo.

Grito.

Corro sobre autos aplastados mientras la horda me sigue.

Yura guía al grupo por el lateral izquierdo del puente.

Los niños corren.

Dabin cae y se levanta.

Sora lo empuja.

Mina lleva a Jae de la mano.

La señora Ok carga a Bomi, aunque no sé de dónde saca fuerza.

Hana protege a Sumi con todo el cuerpo.

Están cruzando.

El plan funciona.

Entonces un muerto cae desde un autobús volcado y atrapa a la señora Ok.

Bomi grita.

Veo la escena desde lejos.

La anciana cae.

El muerto muerde su hombro.

La señora Ok no grita.

Solo mira a Bomi.

Después mira hacia mí.

Saca un encendedor del bolsillo.

No es mío.

No sé cuándo lo toma.

Sonríe.

Vieja.

Cansada.

Hermosa.

—Corré, nene —le dice a Bomi.

Enciende la llama.

La arroja al combustible.

El puente se convierte en sol.

La explosión me lanza contra un auto.

No escucho nada durante varios segundos.

Cuando levanto la cabeza, media horda arde.

La señora Ok ya no está.

El camino queda abierto.

Camino.

Después corro.

Los muertos quemados todavía se arrastran.

Uno me agarra el tobillo.

Lo piso hasta romperlo.

Otro intenta morderme.

Le atravieso la cabeza con la barra torcida.

La luz está cerca.

Mina grita mi nombre.

Yura también.

No entiendo las palabras.

Solo veo la columna.

El sistema muestra el contador.

[Tiempo restante: 00:01:12]

Cruzo el puente.

Entro en la luz.

Todos están allí.

Yura.

Mina.

Jae.

Hana.

Sumi.

Dabin.

Sora.

Bomi.

Ocho.

La señora Ok no.

Caigo de rodillas.

Mina corre hacia mí y me abraza.

—Llegamos.

No puedo devolverle el abrazo al principio.

Mis manos están demasiado cansadas.

Después lo hago.

—Sí.

La luz empieza a envolverlos.

Yura me mira.

—¿Vamos a recordarnos al salir?

No sé.

Ese miedo me atraviesa.

Porque aunque sean creados por el sistema, yo los quiero.

De una forma absurda.

Dolorosa.

Real.

—Yo voy a recordarlos —digo.

Mina sonríe.

—Entonces existimos.

El sistema aparece.

[Prueba individual completada.]

[Civiles iniciales: 12.]

[Civiles supervivientes: 8.]

[Resultado: completado.]

La luz se vuelve más fuerte.

Mina empieza a desaparecer.

—Seolhwa.

—¿Sí?

—Cuando vuelvas a tu casa... cuidá a tus niños.

El mundo se quiebra.

No alcanzo a responder.


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