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Lost in Translation - Hay personas que no llegan para quedarse

rodrigosegade1000
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Lost in Translation es una película sobre el cansancio emocional. No el agotamiento físico, sino ese estado mucho más difícil de explicar en el que uno está presente, pero ya no del todo. Seguís…

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Lost in Translation es una película sobre el cansancio emocional. No el agotamiento físico, sino ese estado mucho más difícil de explicar en el que uno está presente, pero ya no del todo. Seguís haciendo cosas, hablando con gente, acompañando a alguien, levantándote todos los días, pero hay una parte de vos que parece haberse quedado en otro lado.

Y Sofia Coppola encuentra una manera hermosa de filmar justamente eso.

Todo ocurre en tránsito: Habitaciones de hotel, ascensores, bares, taxis, casinos, aeropuertos, calles ajenas. Lugares donde nadie parece quedarse demasiado tiempo, como los sentimientos que Bob y Charlotte tampoco saben muy bien cómo nombrar. Están en Tokio, pero de alguna manera los dos parecen estar esperando volver a algún lugar que ni siquiera saben cuál es.

Bob está atravesando una crisis bastante evidente. Tiene una carrera, una esposa, hijos y una vida construida, pero parece observar todo eso desde afuera. Llegó a Tokio para hacer una publicidad de whisky y cobrar una cantidad absurda de plata por unos días de trabajo. Sonríe cuando tiene que sonreír, posa cuando tiene que posar y después vuelve al hotel. Hay algo de él que parece haberse apagado mucho antes de llegar a Japón.

Charlotte está en el extremo contrario de la vida, pero emocionalmente parece encontrarse exactamente en el mismo lugar. Es joven, acaba de casarse y supuestamente debería estar empezando una etapa llena de posibilidades. Sin embargo, no sabe muy bien qué quiere hacer, quién quiere ser ni qué lugar ocupa dentro de su propio matrimonio. Su marido está permanentemente trabajando, fotografiando y relacionándose con otras personas mientras ella queda dando vueltas por Tokio tratando de encontrar algo que ni siquiera sabe cómo buscar.

Y eso me parece fundamental: Bob y Charlotte están perdidos por razones completamente distintas. Él construyó una vida y no sabe muy bien cómo terminó ahí. Ella todavía está empezando la suya y no sabe hacia dónde llevarla. Uno mira hacia atrás. La otra mira hacia adelante. Y ninguno parece encontrar demasiado.

Por eso se reconocen.

No porque tengan la misma edad, los mismos problemas o la misma historia, sino porque reconocen en el otro una sensación que conocen perfectamente: estar rodeado de personas y aun así sentirse completamente solo.

Bob y Charlotte no se encuentran para salvarse, sino para acompañarse mientras están perdidos en una gran ciudad. Y creo que esa es una de las cosas más lindas de la película. Ninguno tiene una respuesta para el otro. Bob no aparece para explicarle a Charlotte qué hacer con su vida y Charlotte tampoco rejuvenece mágicamente a Bob. Simplemente se acompañan mientras ninguno de los dos sabe demasiado bien qué hacer consigo mismo.

No hay grandes declaraciones ni promesas. Hay miradas largas, silencios compartidos, conversaciones a cualquier hora, tragos en el bar, caminatas, karaoke y momentos aparentemente insignificantes que empiezan a importar porque los están viviendo juntos. La intimidad nace ahí: En sentirse menos solo sin necesidad de explicarse demasiado.

Y me gusta muchísimo que Coppola no tenga miedo de dejar a sus personajes en silencio. No necesita que Bob y Charlotte expliquen permanentemente lo que sienten para que nosotros podamos entenderlos. Muchas veces alcanza con verlos. Charlotte mirando Tokio desde la ventana. Bob sentado en el bar. Los dos acostados hablando sin siquiera mirarse.

La película entiende que el silencio entre dos personas también puede ser una conversación.

Bill Murray es perfecto para ese tono porque puede ser gracioso y profundamente triste prácticamente con la misma expresión. Bob tiene algo derrotado, pero la película nunca lo convierte en un personaje miserable. Sigue teniendo humor, ironía y cierta capacidad para observar lo absurdo de todo lo que lo rodea. Murray puede hacerte reír con una mirada y, segundos después, conseguir que esa misma cara transmita a un tipo completamente cansado de su propia vida.

Scarlett Johansson hace algo distinto con Charlotte. Ella observa muchísimo más de lo que habla. Coppola se queda con ella mirando por ventanas, caminando sola, escuchando conversaciones o simplemente existiendo dentro de espacios enormes donde parece cada vez más pequeña. No parece estar esperando que ocurra algo concreto. Parece estar intentando entender por qué, teniendo aparentemente toda una vida por delante, ya se siente perdida dentro de ella.

Y ahí Tokio deja de ser solamente el escenario.

La ciudad funciona como espejo. Tokio no es un exotismo, es un ruido constante que subraya la desconexión. Todo brilla, todo se mueve, pero ellos están quietos por dentro.

Coppola construye constantemente ese contraste. Las calles están llenas de personas, carteles, luces y sonidos, pero Bob y Charlotte parecen aislados dentro de todo eso. Los vemos dentro de taxis observando la ciudad a través del vidrio, en habitaciones enormes mirando hacia afuera o rodeados de gente con la que no terminan de poder comunicarse.

Y me parece que ahí también está el verdadero sentido del título. Están perdidos en la traducción de un idioma, obviamente, y la película encuentra bastante humor en Bob intentando comprender qué quieren de él durante la filmación de la publicidad. Pero también están perdidos intentando traducir lo que les pasa a ellos mismos.

  • ¿Cómo le explicás a alguien que construiste una vida aparentemente buena y aun así no sabés si sos feliz?

  • ¿Cómo explicás que querés a una persona pero ya no sabés si te sentís cerca?

  • ¿Cómo explicás que acabás de empezar tu vida adulta y ya tenés miedo de haber elegido mal?

  • ¿Cómo explicás esa sensación de estar acompañado y sentirte solo?

Bob y Charlotte tampoco tienen las respuestas. Pero se entienden y por un rato alcanza.

Dentro de una ciudad donde prácticamente no pueden comunicarse con nadie, encuentran a una persona con la que no necesitan traducirse.

Hay además otra cosa que me resulta imposible ignorar viendo Lost in Translation: su relación con Her.

Sofia Coppola y Spike Jonze estuvieron casados y se separaron en los años cercanos al estreno de esta película. Una década después, Jonze estrenaría Her. No creo que haya que reducir ninguna de las dos películas a una autobiografía ni afirmar que una es literalmente una respuesta a la otra, pero conociendo esa historia resulta muy difícil no sentir que las dos películas dialogan entre sí.

En Lost in Translation, Charlotte está casada con un fotógrafo completamente absorbido por su trabajo. Ella lo acompaña a Tokio, pero mientras él trabaja, sale y se relaciona con otras personas, Charlotte parece quedar cada vez más lejos. No hace falta intentar descubrir cuánto de ese matrimonio representa literalmente a Coppola y Jonze. Lo interesante es la sensación que Coppola decide filmar: estar al lado de alguien y empezar a sentir que esa persona está construyendo una vida en la que vos ya no sabes dónde encajas.

Y después aparece Her.

Jonze cuenta la historia de Theodore, un hombre atravesando el final de su matrimonio con Catherine y tratando de entender cómo una relación que alguna vez definió su vida terminó convirtiéndose en algo que ya no podía sostener. Si Lost in Translation parece mirar la distancia mientras todavía estás dentro de una relación, Her parece mirar esa misma distancia cuando la relación ya terminó y quedan los recuerdos, las preguntas y la necesidad de aprender a soltar.

Por eso me gusta pensar ambas películas juntas.

En Lost in Translation parece existir una pregunta: ¿Qué hago cuando me siento sola al lado de la persona con la que elegí estar?

En Her aparece otra: ¿Qué hago con todo lo que todavía siento cuando esa persona ya no está?

Y quizás lo más interesante es que ninguna necesita convertir todo eso en una búsqueda de culpables. Son películas sobre la distancia, la intimidad y esa dificultad enorme de aceptar que querer a alguien no necesariamente significa poder seguir construyendo una vida con esa persona.

Incluso Bob y Samantha, desde lugares completamente distintos, aparecen en momentos de desconexión. Charlotte encuentra en Bob a alguien con quien puede compartir una intimidad que ya no encuentra en su matrimonio. Theodore encuentra en Samantha una presencia con la que vuelve a sentirse escuchado y acompañado. Son relaciones completamente diferentes, pero ambas aparecen cuando sus protagonistas están suspendidos entre la vida que tenían y la vida que todavía no saben cómo construir.

Por eso, sin pensar que una película sea una carta directa hacia la otra, hay algo hermoso y bastante triste en ponerlas una al lado de la otra.

Lost in Translation mira el momento en que empezas a sentir que algo se está perdiendo.

Her mira lo que queda cuando ya lo perdiste.

Y entre ambas parece existir una misma pregunta: ¿Qué hacemos con el amor cuando ya no alcanza para mantener a dos personas juntas?

Pero justamente por eso tampoco siento la necesidad de reducir lo que ocurre entre Bob y Charlotte a preguntarme si están enamorados o no. Evidentemente existe atracción. Hay deseo, cariño y una intimidad enorme. Pero convertir rápidamente todo eso en una historia de amor me parece achicar una relación que funciona precisamente porque nunca termina de entrar cómodamente dentro de una categoría.

Lost in Translation no habla solamente de amor romántico.

Habla del encuentro.

Y ahí aparece para mí una de las ideas más lindas de la película: No todos los vínculos están hechos para durar y eso no significa que hayan sido menos importantes.

Estamos acostumbrados a medir las relaciones por cuánto duran. Parece que si una persona se queda durante años entonces fue importante, y si pasó poco tiempo por nuestra vida entonces aquello necesariamente significó menos. Pero no siempre funciona así.

Hay personas que aparecen durante un momento muy específico. Quizás llegan cuando estamos perdidos, cansados o simplemente necesitamos que alguien nos mire de una manera diferente. No vienen necesariamente para quedarse. A veces solamente acomodan algo interno, nos recuerdan una parte nuestra que habíamos perdido y después siguen su camino.

No todo encuentro es una promesa.

Y Bob y Charlotte son justamente eso.

La película tampoco cae en algo que hubiera sido bastante fácil: hacer que uno solucione la vida del otro. Bob no vuelve rejuvenecido y Charlotte no vuelve con todas las respuestas sobre qué quiere hacer. No solucionan sus matrimonios, no descubren el sentido de sus vidas ni salen de Tokio convertidos en personas completamente diferentes.

Vuelven apenas un poco más conscientes. Y a veces eso es lo único que uno necesita para saber dónde está.

Hay algo muy lindo también en que su relación solamente pueda existir de esa manera durante esos días. Tokio, el hotel, la distancia con sus vidas normales y hasta la diferencia de edad crean una especie de paréntesis. No sabemos si Bob y Charlotte funcionarían juntos en otro lugar. Probablemente ni siquiera importe.

  • Funcionaron ahí.

  • Funcionaron cuando se necesitaron.

  • Y eso fue suficiente.

Por eso me gusta que Coppola nunca intente convertir el vínculo en algo convencional. La película se queda en esa zona mucho más difícil de definir: necesitar a alguien sin necesariamente necesitar poseerlo, querer a una persona sin saber qué lugar debería ocupar en tu vida, reconocer que algo puede ser verdadero aunque sepamos que probablemente sea temporal.

Y entonces llega el final.

Bob se va de Tokio. Charlotte vuelve a convertirse en una persona más entre miles y parece que eso fue todo. Compartieron unos días, se acompañaron y ahora cada uno vuelve a su vida.

Pero Bob la ve desde el auto.

Se baja, la busca entre la gente y la encuentra.

Se abrazan.

Y le susurra algo que nosotros no podemos escuchar.

Yo siempre interpreté ese susurro más o menos como: “Tengo que irme, pero no voy a dejar que eso se interponga entre nosotros.” No porque crea que necesariamente esas sean las palabras exactas. Probablemente nunca sepamos qué dice Bob y justamente por eso funciona. Es simplemente mi manera de entender lo que significa ese momento.

Porque Coppola toma una decisión perfecta: Esa conversación no nos pertenece.

Pasamos toda la película observando cómo se construye la intimidad entre esas dos personas y, en el momento más íntimo de todos, finalmente nos deja afuera. No necesitamos saber qué dice Bob. Lo necesita Charlotte. Y él necesita decírselo.

Nada más.

Después se besan y se separan. No hay una promesa de reencontrarse. No aparece un cartel explicando qué ocurrió con ellos años después. No sabemos si vuelven a hablar, si vuelven a verse o si esos días en Tokio terminan convirtiéndose simplemente en un recuerdo que ambos guardarán durante el resto de sus vidas.

Y me parece mucho mejor así.

Porque si la película terminara diciéndonos que Bob y Charlotte van a estar juntos, todo lo anterior se convertiría en la preparación para un romance. Y Coppola está hablando de algo mucho más difícil de explicar: Hay vínculos que no necesitan convertirse en una historia para haber significado algo.

Algunas personas pasan años en nuestra vida y terminan sin dejarnos demasiado. Otras aparecen durante unos días y modifican algo que seguimos llevando mucho tiempo después.

Bob y Charlotte no cambian radicalmente sus vidas.

Cambian la manera en la que vuelven a ellas.

Y creo que ahí está todo lo que me gusta de Lost in Translation. Sofia Coppola hace una película sobre la soledad sin convertirla en desesperación, sobre el amor sin necesitar convertirlo en pareja y sobre estar perdido sin fingir que siempre existe una respuesta esperando al final.

  • A veces no aparece alguien para mostrarte el camino.

  • A veces aparece alguien que se sienta al lado tuyo mientras no sabes hacia dónde ir.

  • Y durante un rato alcanza.

Porque Lost in Translation no habla de encontrar necesariamente a la persona con la que vas a pasar el resto de tu vida.

Habla de algo quizás más pequeño, pero no menos importante:

Encontrar a alguien con quien, por un momento, dejas de sentirte perdido.

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