The Devil’s Advocate es una película sobre la tentación disfrazada de éxito. No habla del mal como algo monstruoso, evidente o fácil de reconocer, sino como algo mucho más peligroso: Seductor, razonable e incluso deseable. El verdadero conflicto no pasa por elegir entre ser bueno o malo en términos abstractos, sino por descubrir cuánto estamos dispuestos a ceder cuando aquello que tenemos enfrente se parece exactamente a lo que siempre quisimos.
Kevin Lomax no vende su alma de golpe. La va entregando de a poco, y creo que ahí está una de las mejores ideas de la película. No existe un momento concreto en el que Kevin decida convertirse en una mala persona. Todo ocurre mediante pequeñas decisiones que, tomadas individualmente, parecen justificables.
Una concesión, después otra, un caso más, una noche más trabajando, una decisión que sabe que quizás no debería tomar pero que puede explicar perfectamente por qué tomó. El problema es que cuando juntas todas esas pequeñas decisiones, la persona que queda al final ya no es exactamente la misma que empezó.
Kevin tiene talento, muchísimo, y además está acostumbrado a ganar. Es joven, ambicioso y prácticamente invencible dentro de un tribunal. Entonces aparece una firma gigantesca de Nueva York que parece confirmarle todo aquello que siempre sospechó sobre sí mismo: que es especial. De repente llegan el dinero, el departamento, los casos importantes, el reconocimiento y el poder. Y todo aparece acompañado por una presión constante que le susurra que se lo merece, que llegó hasta ahí por algo y que detenerse ahora sería desperdiciar todo aquello para lo que trabajó.
Ahí aparece algo que me interesa mucho de la película: La presión.
Porque la presión puede cambiar nuestra manera de comportarnos, pero la pregunta es de dónde nace realmente.
¿Viene del entorno o también de nosotros mismos?
¿Nos transforma o simplemente nos empuja a mostrar partes nuestras que ya estaban ahí?
¿Hasta qué punto querer crecer sigue siendo ambición y en qué momento esa ambición empieza a convertirse en nuestra identidad?
Kevin podría justificar prácticamente todo lo que hace. Está construyendo su carrera. Tiene una oportunidad única. Está ganando dinero. Está aprovechando su talento. Cualquier persona en su posición probablemente querría hacer lo mismo. Y lo interesante es que muchas de esas razones son ciertas. Ese es justamente el problema.
The Devil’s Advocate entiende que las peores decisiones no siempre llegan acompañadas de una alarma avisándonos que estamos haciendo algo malo. Muchas veces vienen acompañadas de muy buenas razones para hacerlas.
Mientras Kevin asciende profesionalmente, Mary Ann empieza a derrumbarse, y ahí queda mucho más claro el precio que está pagando. Ella ve antes que él que algo está mal, pero Kevin está demasiado concentrado en continuar avanzando como para detenerse realmente a escucharla. Siempre aparece otro caso, otra oportunidad, otra reunión, otra razón para postergar aquello que importa. Kevin se convence de que está construyendo una vida mejor mientras lentamente deja de estar presente en la vida que ya tenía.
Por eso la película termina siendo bastante más interesante que una simple historia sobre un abogado que descubre que su jefe es literalmente Satanás. Mucho antes de que sepamos exactamente quién es John Milton, Kevin ya está tomando decisiones que lo alejan de la persona que era. El diablo solamente le construye el escenario; Kevin decide entrar.
Y ahí Al Pacino es perfecto. Su John Milton no necesita aparecer con cuernos, fuego y un tridente, ni necesita obligar a Kevin a hacer prácticamente nada. Todo lo contrario: sonríe, habla, seduce y espera. Entiende algo fundamental sobre las personas: La tentación funciona mucho mejor cuando creemos que la decisión fue nuestra.
Milton no necesita decirle a Kevin que abandone a su mujer. Le alcanza con poner enfrente suyo un caso que quiere ganar. No necesita decirle que se vuelva arrogante, porque simplemente puede recordarle constantemente lo talentoso que es. No necesita fabricar su ego porque el ego ya estaba ahí. Lo único que hace es alimentarlo y ofrecerle exactamente aquello que sabe que Kevin difícilmente pueda rechazar.
Y Pacino disfruta muchísimo el personaje. Milton se vuelve progresivamente más excesivo, más teatral y más descontrolado hasta llegar a ese enorme monólogo final donde parece que toda la película hubiera estado esperando que alguien finalmente le permitiera explotar. Pero detrás de todo ese espectáculo hay una idea bastante sencilla: El ego es el combustible perfecto para la tentación.
Eso también hace que la película tenga una mirada interesante sobre la ambición, porque ser ambicioso no tiene nada de malo por sí mismo. Querer crecer, mejorar, ganar más plata, conseguir reconocimiento o aprovechar una oportunidad puede ser completamente legítimo.
El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos qué estamos entregando a cambio. Para mí, la ambición deja de ser sana cuando ya no se mide por lo que construimos, sino por aquello que estamos dispuestos a abandonar para conseguirlo. Cuando el precio deja de ser esfuerzo y empieza a ser coherencia.
Kevin cree durante prácticamente toda la película que puede manejarlo. Puede acercarse un poco más sin terminar atrapado, aceptar una cosa y poner el límite en la siguiente, soportar un poco más de presión porque eventualmente todo va a valer la pena.
Y ahí aparece una pregunta bastante incómoda: ¿cuándo llega ese “después”? Porque siempre puede existir un próximo objetivo, otro ascenso, más reconocimiento o alguna nueva razón para seguir postergando aquello que supuestamente íbamos a recuperar cuando finalmente llegáramos.
Cuando Kevin comprende lo que ocurrió y decide rechazar a Milton, parece que finalmente consiguió romper el ciclo. Regresa al comienzo, toma otra decisión y evita el camino que lo había llevado hasta ahí. La película podría terminar en ese momento con Kevin habiendo aprendido la lección, pero sería demasiado fácil.
Porque inmediatamente aparece otra tentación. Esta vez no mediante un gran estudio de abogados, sino a través de un periodista que quiere convertirlo en noticia. Kevin escucha, duda y finalmente acepta. Entonces vemos cómo el rostro del periodista se transforma en el de Milton y entendemos que el diablo nunca necesitó utilizar la misma puerta dos veces.
Y ahí Pacino deja la frase que termina de cerrar toda la película: “Vanity. Definitely my favorite sin.”
Vanidad. Su pecado favorito.
Kevin consiguió rechazar una tentación gigantesca, pero inmediatamente cayó frente a otra mucho más pequeña porque seguía apelando exactamente al mismo lugar: Su necesidad de reconocimiento. Milton no necesita fuego, castigo ni siquiera ganar inmediatamente. Puede esperar, cambiar de estrategia y volver a intentarlo.
Por eso The Devil’s Advocate no termina diciendo simplemente que todos podemos caer en la tentación. Dice algo que me parece bastante más incómodo: muchas veces el momento en el que somos más vulnerables es justamente aquel en el que estamos convencidos de haber aprendido la lección.
Porque el verdadero peligro no es caer.
Es creer que estamos por encima de volver a hacerlo.