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Jojo Rabbit — Cuando el odio aprendido empieza a chocar con la realidad

rodrigosegade1000
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Jojo Rabbit es rarísima y se anima a contar el nazismo desde la lógica infantil. No para banalizarlo, sino para mostrar lo más aterrador de todo: Que el odio se aprende como un juego.

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Jojo Rabbit es rarísima y se anima a contar el nazismo desde la lógica infantil. No para banalizarlo, sino para mostrar lo más aterrador de todo: Que el odio se aprende como un juego.

  • Como un chiste repetido.

  • Como una canción pegadiza.

Jojo es un nene que quiere pertenecer. Quiere ser “alguien”. Y el régimen le ofrece exactamente eso: Identidad.

  • Uniforme.

  • Un grupo.

  • Una causa.

  • Un enemigo.

Por eso el Hitler imaginario funciona tan bien: No es un monstruo histórico, es la voz interna de un chico inseguro que necesita que le digan que está haciendo todo bien.

Ahí está una de las cosas que más me gustan de la película. Jojo no nació odiando a nadie. Aprendió a hacerlo. Para él, al principio, el nazismo casi parece un juego: Ponerse un uniforme, ir a un campamento, repetir consignas, demostrar que es valiente. Todavía no comprende realmente qué existe detrás de todo eso.

Y la película se vuelve mucho más fuerte cuando aparece Elsa, escondida en la casa. Porque ahí se rompe la fantasía. Jojo no puede odiar una idea si tiene un rostro, una mirada, una historia. Esa convivencia lo obliga a hacer algo mucho más difícil: dejar de pensar en consignas y empezar a observar a su alrededor.

Hasta ese momento, Jojo podía creer cualquier barbaridad sobre los judíos porque nunca había conocido a uno. Incluso cuando conoce a Elsa sigue intentando entenderla a través de todo lo que le enseñaron. Le hace preguntas absurdas, intenta comprobar sus teorías y busca convertirla en ese monstruo imaginario que construyó en su cabeza.

Pero Elsa existe.

Habla con él, se ríe de él, tiene miedo, lo provoca, siente. Y cuanto más la conoce, más difícil se vuelve sostener el personaje que le habían enseñado a odiar. No hace falta que alguien le dé una clase sobre por qué el nazismo está mal. La realidad empieza a contradecir por sí sola todo aquello que le dijeron.

Y en el medio de todo eso aparece una escena que parece menor, casi un intercambio gracioso, pero que para mí contiene el corazón de la película. Jojo le dice a su madre: “No es tiempo de romance, es tiempo de guerra”.

Él está repitiendo lo que el mundo le enseñó: Que sentir es un lujo, que amar es una distracción, que en tiempos difíciles hay que negarse a sentir.

Y es una frase que, sin que nos demos cuenta, se repite mucho más de lo que parece. A veces no la decimos así, pero la actuamos de esa manera. Cuando estamos cansados, cuando venimos rotos, cuando sentimos algo real y en vez de acercarnos a quien nos lo genera… nos aislamos. Como si la ternura fuera un riesgo. Como si el cariño fuera algo que se gana recién cuando uno está “bien”.

La madre le responde algo que lo desarma: “siempre es tiempo de romance”.

Y ahí está la clave. No como frase cursi, sino como resistencia. Porque en una guerra el romance no es solo enamorarse: es recordar que todavía existe la ternura. Que todavía hay algo que vale la pena cuidar. Que todavía se puede mirar a alguien sin convertirlo en una amenaza.

Por eso Rosie es tan importante. Mientras todo el mundo intenta enseñarle a Jojo cómo odiar, ella intenta conservar en su hijo la capacidad de sentir. Baila, juega, se ríe, habla del amor. Y después entendemos que su resistencia no era solamente emocional: estaba enfrentándose realmente al régimen.

Pero creo que su verdadero acto de resistencia está también en algo mucho más cotidiano:

  • Amar.

  • Proteger.

  • Criar a un hijo para que no se convierta en lo que el mundo quiere que sea.

Y cuando descubrimos qué ocurrió con ella, la película cambia completamente.

No necesita un gran discurso ni una escena exageradamente dramática. Alcanzan unos zapatos. Los mismos zapatos que habíamos visto durante toda la película asociados a una madre que bailaba, caminaba y parecía estar siempre en movimiento. Jojo los reconoce y nosotros también.

Ahí la guerra deja definitivamente de ser un juego.

Visualmente, todo está filmado como un cuento torcido: colores cálidos, música pop, un tono de fábula. Pero mientras más linda se ve la película, más incómodo resulta lo que está pasando. Y cuando la guerra entra de verdad, cuando deja de existir solamente dentro de la imaginación de Jojo, ese contraste duele todavía más.

También cambia su relación con Elsa. Jojo ya no puede verla como aquello que le dijeron que debía odiar. Pero aparece otro problema profundamente humano: ahora tiene miedo de perderla. Cuando Alemania finalmente cae, Elsa puede irse. Y Jojo, después de haber perdido a su madre, no quiere quedarse completamente solo.

Por eso le miente. Le dice que Alemania ganó.

Y me gusta que la película permita que Jojo siga siendo imperfecto. No pasa de nazi fanatizado a persona completamente madura en dos horas. Sigue siendo un chico asustado que está aprendiendo. La diferencia es que ahora puede reconocer aquello que está haciendo y finalmente decirle la verdad.

Lo mismo ocurre con Hitler. Al comienzo era una figura enorme dentro de su cabeza porque representaba todo aquello que Jojo necesitaba: aprobación, seguridad, pertenencia. Al final ya no necesita esa voz diciéndole quién debe ser, qué debe pensar o a quién tiene que odiar.

Y lo manda por la ventana.

Porque Jojo Rabbit también es una historia sobre desprogramarse. Sobre crecer. Sobre entender que la libertad no consiste simplemente en cambiar de bando, sino en animarse a pensar por uno mismo. Cuando ya no queda ideología que lo sostenga, lo único que queda es lo humano: el duelo, el miedo… y ese baile torpe, hermoso, como diciendo “bueno, seguimos”.

Ese baile final me parece perfecto justamente por Rosie. Ella había asociado durante toda la película el baile con estar vivo, con disfrutar, con amar incluso cuando alrededor todo parece decirte que no deberías hacerlo.

Jojo y Elsa salen de la casa y el mundo que encuentran está destruido. Perdieron personas, perdieron una parte enorme de su infancia y nada de lo sucedido puede deshacerse.

Pero bailan, no porque todo esté bien.

Bailan porque todavía están ahí.

Y quizás por eso Jojo Rabbit logra algo bastante difícil. Te hace reír con algo que sabemos monstruoso y lentamente te va sacando esa comodidad hasta mostrarte lo que había debajo. Primero vemos la guerra como la ve Jojo; después, junto con él, empezamos a entenderla.

Es una película que te hace reír y, cuando te das cuenta, ya te dejó roto. Pero también te deja algo más: la idea de que incluso en guerra, incluso con miedo, incluso con el impulso de cerrarse… seguir eligiendo lo humano no es debilidad. Es valor.

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