Es una película sobre la velocidad como forma de escape. No habla solamente de autos ni de competencia, sino de lo que pasa cuando alguien construye una vida entera alrededor de seguir avanzando para no tener que quedarse quieto frente a lo que siente.
Bobby vive desde el control. Es preciso, metódico, eficiente. Necesita entender por qué ocurrió un accidente, necesita conocer cada detalle del auto, necesita reducir el riesgo todo lo posible. Incluso siendo piloto de Fórmula 1, parece intentar eliminar de su vida cualquier cosa que no pueda calcular. Corre a velocidades absurdas, pero emocionalmente vive con el freno puesto.
Y creo que ahí está una de las contradicciones más interesantes del personaje. Uno pensaría que alguien que se juega la vida arriba de un auto estaría acostumbrado a la incertidumbre. Bobby es exactamente lo contrario. Puede tolerar el peligro cuando existen reglas, datos y una máquina que puede estudiar. Lo que no sabe manejar es aquello para lo que no existe ninguna explicación.
Entonces aparece Lillian.
Y Lillian es prácticamente todo lo que Bobby no sabe procesar.
El encuentro entre ellos no funciona como el típico romance en el que una mujer excéntrica aparece para enseñarle a un hombre serio a disfrutar de la vida. Hay algo bastante más triste debajo. Lillian también está protegiéndose. Su forma imprevisible de comportarse, sus cambios de humor, sus juegos y esa necesidad constante de romper cualquier momento demasiado solemne pueden parecer espontaneidad, pero también funcionan como un mecanismo de defensa.
Bobby se esconde detrás del control. Lillian se esconde detrás de la imprevisibilidad.
Y quizá por eso se reconocen.
Los dos tienen problemas para mostrarse completamente. Los dos construyeron personajes que les permiten relacionarse con el mundo sin quedar demasiado expuestos. La diferencia es que Bobby intenta controlar lo que viene y Lillian, sabiendo que hay cosas que ya no puede controlar, decide vivirlas.
Eso vuelve muy particular el romance. No siento que Lillian venga a "salvar" a Bobby. Más bien lo obliga a entrar en un terreno donde sus herramientas habituales dejan de servir. Con ella no puede estudiar el circuito antes de correrlo. No puede anticipar qué va a decir, cuánto va a durar lo que tienen ni hacia dónde va la relación. Por primera vez tiene que estar con alguien sin saber exactamente qué viene después.
Y para Bobby eso es aterrador.
También me gusta que la película se tome muchísimo tiempo para mostrar simplemente a dos personas estando juntas. Caminan, hablan, discuten, viajan, se molestan. Hay escenas donde aparentemente no sucede demasiado, pero justamente ahí se construye la relación. No necesitamos una gran declaración para entender que Bobby está cambiando. Lo vemos en algo mucho más sencillo: empieza a quedarse.
Porque al principio su respuesta frente a cualquier incertidumbre es moverse. Investigar. Resolver. Volver al auto. Seguir adelante.
Con Lillian empieza a descubrir el valor de perder el tiempo. Y eso, para alguien como él, es enorme.
Pacino además hace algo muy distinto a esa imagen explosiva con la que muchas veces lo asociamos. Acá está contenido, distante, incluso incómodo. Bobby parece estar permanentemente observando antes de reaccionar. Y cuanto más intenta acercarse a Lillian, más evidente se vuelve que debajo de esa seguridad hay un tipo que simplemente no sabe demasiado bien qué hacer cuando quiere a alguien.
Hay algo todavía más fuerte en la relación porque Bobby lentamente comprende que Lillian está enferma. Y ahí aparece aquello contra lo que lleva toda la película peleando: Algo que no puede arreglar.
Puede revisar un auto.
Puede investigar un accidente.
Puede prepararse para una carrera.
Puede intentar reducir cada posibilidad de que algo salga mal.
Pero no puede negociar con el tiempo.
Y me parece que ahí la película finalmente revela por qué necesitaba contar una historia de amor alrededor de un piloto de carreras. Bobby vive en un mundo obsesionado con ganarle al tiempo. Cada vuelta se mide. Cada segundo importa. Siempre hay que llegar antes, ser más rápido, superar una marca.
Lillian vive exactamente en la situación contraria: para ella el tiempo no es algo que haya que vencer, sino algo que se está terminando.
Entonces la relación entre ellos también es una relación entre dos maneras completamente distintas de entender el tiempo.
Bobby corre.
Lillian sabe que no importa cuánto corras.
Y eso termina destruyendo la ilusión de control que él había construido.
Por eso su muerte no funciona solamente como el momento triste de la película. Es el instante en que Bobby tiene que enfrentarse a algo que llevaba toda su vida evitando: Hay pérdidas que no tienen explicación útil, problemas que no tienen solución y personas que uno puede amar muchísimo sin conseguir que se queden.
Y después tiene que volver.
Tiene que volver a correr.
Ahí está, para mí, lo más interesante de Bobby Deerfield. La película podría haber terminado diciendo que Bobby aprendió que correr era vacío y que debía abandonar esa vida. Pero sería demasiado sencillo. El problema nunca fueron los autos.
El problema era para qué los utilizaba.
Al principio Bobby corre para escapar de todo aquello que no puede controlar. Al final puede volver al auto después de haber aceptado justamente lo contrario: que no puede controlar todo.
Por eso siento que la película habla menos sobre aprender a amar que sobre aprender a aceptar la pérdida sin cerrarse nuevamente. Lillian no llega para completar la vida de Bobby ni para quedarse en ella. Llega, permanece durante un tiempo y desaparece. Pero ese tiempo alcanza para modificar la manera en que él habita su propia vida.
Quizá por eso Bobby Deerfield es una película bastante más triste de lo que parece. Porque entiende algo que cuesta aceptar: algunas personas no llegan a nuestra vida para formar parte de todo lo que viene después.
A veces llegan solamente durante un tramo. Y eso no hace que hayan importado menos.
Bobby pasó su vida creyendo que sobrevivir significaba mantenerse en movimiento. Lillian le demuestra algo mucho más difícil: que también hay que saber detenerse, querer a alguien aun sabiendo que puede perderse y después encontrar la manera de seguir.
Porque quizás vivir no sea llegar primero.
Quizás sea entender por quién vale la pena frenar.