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After Hours - Salir de la rutina parecía una buena idea

rodrigosegade1000
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After Hours arranca con algo bastante simple: Paul Hackett está aburrido. Está sentado frente a una computadora, atrapado en un trabajo mecánico, en una vida aparentemente ordenada donde no parece…

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After Hours arranca con algo bastante simple: Paul Hackett está aburrido. Está sentado frente a una computadora, atrapado en un trabajo mecánico, en una vida aparentemente ordenada donde no parece pasar demasiado. Entonces conoce a Marcy en un café y aparece una posibilidad. Una chica desconocida, una dirección en el SoHo y una noche que, por unas horas, puede sacarlo de todo aquello.

Paul quiere que le pase algo. Y Scorsese decide concederle el deseo.

El problema es que después no consigue hacer que dejen de pasarle cosas.

Eso es lo que más me gusta de After Hours. Paul sale buscando una pequeña aventura y termina atravesando una especie de pesadilla urbana donde cada intento por solucionar un problema genera otro todavía más absurdo. Pierde plata, no puede volver a su casa, conoce gente cada vez más extraña, queda involucrado en situaciones que no comprende y llega un momento en que parece que todo Nueva York se hubiera organizado específicamente para evitar que este tipo pueda acostarse a dormir.

Y es muy graciosa.

Pero Scorsese encuentra un humor bastante particular. No necesita construir grandes chistes porque la gracia aparece de la acumulación y la desesperación. Nosotros vemos cómo la situación se vuelve cada vez más ridícula mientras Paul sigue intentando encontrar una explicación racional. Y cuanto más intenta recuperar el control, menos control tiene.

Hay algo casi matemático en la película.

  • Paul toma una decisión.

  • Sale mal.

  • Intenta corregirla.

  • Sale peor.

  • Intenta corregir la corrección.

  • Ahora alguien quiere matarlo.

  • Y vuelta a empezar.

Por eso siento que After Hours funciona casi como una película sobre la imposibilidad de volver atrás. Hay un momento bastante temprano donde Paul ya quiere regresar a Manhattan y, en cualquier otra historia, simplemente tomaría un taxi y se terminaría la película. Acá no. Scorsese convierte una distancia relativamente pequeña dentro de Nueva York en un viaje prácticamente imposible.

Y ahí entra algo fundamental: Cómo está filmada.

Scorsese no filma el SoHo como un lugar realista que Paul simplemente recorre. Lo transforma progresivamente en un laberinto. Las calles nocturnas parecen repetirse, los departamentos tienen algo claustrofóbico y cada puerta que Paul atraviesa parece llevarlo hacia una situación todavía más extraña. Nueva York sigue siendo Nueva York, pero después de cierta hora empieza a funcionar con sus propias reglas.

La cámara acompaña perfectamente esa sensación. Scorsese está inquieto durante toda la película. Hay movimientos rápidos, acercamientos violentos, objetos que reciben una importancia absurda y una puesta en escena que convierte pequeñas acciones en acontecimientos enormes. Incluso algo tan sencillo como unas llaves siendo arrojadas desde una ventana es filmado con una intensidad completamente desproporcionada.

Y justamente por eso funciona.

Scorsese filma cosas insignificantes como si fueran cuestiones de vida o muerte porque, para Paul, a esa altura de la noche prácticamente lo son.

También me gusta muchísimo cómo trabaja el espacio. Al principio Paul parece un hombre perfectamente normal entrando voluntariamente en un mundo extraño. Pero progresivamente deja de entender dónde está, con quién está hablando y qué espera cada persona de él. Cada lugar promete refugio y termina convirtiéndose en otra trampa.

Marcy es el comienzo de todo eso.

Paul la conoce prácticamente de casualidad y proyecta inmediatamente sobre ese encuentro la posibilidad de que ocurra algo. No necesariamente amor ni una gran historia. Simplemente algo distinto. Ella representa durante unos minutos todo aquello que su vida cotidiana no tiene: espontaneidad, misterio, deseo, imprevisibilidad.

Y esto me pega particularmente porque conozco esa sensación. Conocer a alguien completamente imprevisible y pensar, aunque sea por un momento, que ahí puede haber una historia. Confundir intensidad con conexión simplemente porque rompe con todo aquello a lo que uno estaba acostumbrado.

Pero After Hours lleva esa fantasía hasta el absurdo. Paul quería imprevisibilidad, bueno, ahí tiene. Toda la que quiera.

Y creo que por eso hay una frase que encaja muy bien con la película: No todo encuentro es una promesa. Algunas personas aparecen, modifican durante unas horas el recorrido que creíamos tener y después desaparecen. No necesariamente estaban destinadas a quedarse. A veces simplemente fueron el desvío.

Marcy es el primero, pero después prácticamente todos los personajes que aparecen durante la noche funcionan así. Kiki, Julie, Gail, Tom… Paul va pasando de una persona a otra creyendo que quizás esta vez encontró a alguien capaz de ayudarlo y cada nuevo encuentro termina agregando otra capa al desastre.

Hay algo que me encanta de cómo Scorsese construye a Paul en medio de todo esto: no es un héroe. Ni siquiera parece particularmente preparado para protagonizar una película. Es un tipo bastante común intentando sobrevivir socialmente a una noche que se salió completamente de escala.

Y Griffin Dunne entiende perfectamente el tono. Hay momentos donde Paul todavía intenta ser educado cuando nosotros ya estamos pensando: hermano, corré.

Esa normalidad es fundamental porque todo lo absurdo ocurre alrededor suyo. Si Paul estuviera tan loco como las personas que encuentra, After Hours perdería gran parte de su gracia. Necesitamos a alguien que siga reaccionando como reaccionaríamos nosotros mientras el universo se vuelve progresivamente más ridículo.

Aunque llega un punto donde incluso él se rompe.

Hay un momento en el que Paul mira al cielo y básicamente pregunta qué hizo para merecer todo esto. Y me parece una escena perfecta porque resume la lógica de la película: no hizo nada que justifique semejante castigo. Simplemente salió una noche.

Pero After Hours funciona como una pesadilla y las pesadillas no necesitan justicia.

Por eso también me parece una película rarísima dentro de Scorsese. Estamos acostumbrados a relacionarlo inmediatamente con gangsters, violencia, culpa, religión o personajes enormes consumidos por sus obsesiones. Acá agarra a un oficinista y convierte la imposibilidad de volver a casa en una odisea.

Y quizás justamente por eso se siente tan Scorsese.

Porque debajo de la comedia siguen estando muchas de sus obsesiones: personajes atrapados en ambientes que no controlan, culpa, deseo, paranoia, Nueva York como organismo vivo y hombres que creen que pueden manejar una situación hasta descubrir que la situación los está manejando a ellos.

Solo que acá todo está llevado hacia el absurdo, Paul no tiene que escapar de la mafia.

Tiene que sobrevivir al SoHo hasta que salga el sol.

Y cuanto más avanza la película, más parece que estamos dentro de su cabeza. Las coincidencias empiezan a ser demasiado perfectas, los personajes reaparecen, pequeñas acciones del principio regresan para perseguirlo y la ciudad entera parece haber desarrollado memoria. Todo aquello que Paul hizo durante la noche vuelve de alguna manera.

Eso hace que After Hours tenga algo casi circular, como si Paul estuviera condenado a seguir dando vueltas hasta completar un recorrido que ni siquiera sabía que había empezado.

Y entonces llegamos al final. Que para mí es perfecto.

Después de pasar toda la película intentando volver a casa, Paul termina convertido literalmente en un objeto. June lo cubre de yeso para esconderlo y los ladrones se lo llevan pensando que están robando una escultura. Después de tantas decisiones, tantas conversaciones y tantos intentos desesperados por recuperar el control, Paul ya ni siquiera puede moverse.

Y entonces la camioneta pasa por un bache. La escultura cae, se rompe y Paul aparece prácticamente en la puerta de su trabajo... Es extraordinario.

Scorsese podría haberlo mandado finalmente a su departamento, hacerlo acostarse y terminar la película con Paul agradeciendo haber sobrevivido.

Pero no.

Lo devuelve exactamente al lugar donde empezó. Entra a la oficina, se sienta frente a la computadora y comienza otro día. Y ahí está el chiste final de After Hours.

Al principio de la película, ese escritorio representaba todo aquello de lo que Paul quería escapar: la monotonía, la repetición, una vida donde nunca ocurre nada.

Después de la noche que acaba de pasar, volver al mismo escritorio parece casi un final feliz.

Por eso no creo que la película esté diciendo simplemente que hay que conformarse con la rutina. Sería demasiado sencillo. Para mí habla más bien de esa fantasía que tenemos a veces de que cualquier cosa diferente necesariamente tiene que ser mejor. De imaginar que salir del recorrido habitual va a producir automáticamente una experiencia extraordinaria.

Paul efectivamente consigue una experiencia extraordinaria.

El problema es que resulta extraordinariamente horrible.

Y ahí está también la ironía del título. After Hours es literalmente lo que existe después del horario normal, pero también parece describir un mundo que solamente puede existir cuando termina la rutina. Durante el día están las oficinas, las reglas, los horarios y cierta lógica reconocible. Cuando cae la noche, Paul entra en otro Nueva York.

Y cuando finalmente vuelve a amanecer, el hechizo se termina.

Todo vuelve a empezar, Paul vuelve al trabajo, la computadora sigue ahí y probablemente nadie tenga la menor idea de lo que acaba de vivir. Y quizás él tampoco consiga explicarlo.

Scorsese convierte algo tan sencillo como salir una noche porque estás aburrido en una pequeña odisea urbana sobre el deseo, la casualidad, la paranoia y esa maravillosa capacidad que tiene la vida para hacernos extrañar exactamente aquello de lo que cinco horas antes queríamos escapar.

Paul quería salir de la rutina.

Scorsese lo dejó.

Y necesitó toda una película para conseguir volver a ella.

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