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On the Rocks — Cuando la duda empieza a escribir su propia historia

rodrigosegade1000
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No busca un gran conflicto ni un drama explosivo. Sofia Coppola parte de algo muchísimo más cotidiano y, justamente por eso, bastante reconocible: lo fácil que es empezar a dudar cuando uno empieza…

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No busca un gran conflicto ni un drama explosivo. Sofia Coppola parte de algo muchísimo más cotidiano y, justamente por eso, bastante reconocible: lo fácil que es empezar a dudar cuando uno empieza a pensar demasiado.

Laura está casada, tiene hijos y una vida que, vista desde afuera, parece funcionar. Pero empieza a sentir que algo cambió. Su marido, Dean, trabaja constantemente, viaja, está distraído y parece cada vez más lejos. No existe inicialmente una prueba concreta de que la esté engañando. Hay pequeños detalles, silencios, comportamientos que podrían significar algo... o absolutamente nada.

Y ese espacio entre lo que sabemos y lo que imaginamos es donde Coppola construye prácticamente toda la película.

Porque cuando uno empieza a sospechar, cualquier cosa puede convertirse en una señal. Una respuesta distinta, llegar tarde, mirar el teléfono, un viaje de trabajo. El problema es que, una vez instalada la duda, ya no observamos para entender qué está pasando: empezamos a observar buscando confirmar aquello que tememos.

Y entonces aparece Felix.

Bill Murray está perfecto porque Felix es encantador, divertido, exagerado y probablemente la peor persona posible para tranquilizar a alguien que sospecha de una infidelidad.

Es el padre de Laura, pero pertenece a otra generación y tiene una concepción completamente diferente del amor. Para él, los hombres son prácticamente criaturas predecibles gobernadas por determinados impulsos. Tiene una teoría para todo. Mira un comportamiento y enseguida encuentra una explicación sexual detrás.

Lo divertido es que Felix parece entender perfectamente a los hombres.

Lo triste es que buena parte de esa supuesta sabiduría proviene de haber sido él mismo el hombre del que Laura ahora tiene miedo.

Porque Felix fue infiel.

Y eso cambia muchísimo la relación entre padre e hija. Cuando Laura le cuenta sus sospechas, él no solamente analiza a Dean: proyecta sobre Dean su propia manera de haber vivido las relaciones.

Ahí la película empieza a ser mucho más interesante que una simple historia sobre descubrir una infidelidad.

Laura no está investigando únicamente a su marido. Está mirando su matrimonio a través de los ojos de su padre.

Y esos ojos están contaminados por su propia historia.

Por eso Felix convierte rápidamente una inseguridad bastante pequeña en una película de detectives. Seguir autos, investigar viajes, vigilar restaurantes. Hay algo casi infantil y muy divertido en verlos recorrer Nueva York intentando descubrir una conspiración amorosa, pero debajo de la comedia existe una idea bastante triste: Laura empieza a dejar que otra persona le diga cómo interpretar su propia relación.

Y cuanto más busca pruebas, menos confía.

No solamente en Dean.

También en ella misma.

Creo que ahí aparece el verdadero tema de On the Rocks: la confianza no consiste solamente en creer que otra persona nunca va a lastimarte. También implica confiar en tu propia capacidad para distinguir entre aquello que realmente está ocurriendo y aquello que nace de tus inseguridades.

Porque el sobrepensamiento tiene algo bastante perverso: puede convertir posibilidades en certezas.

Uno empieza con un “¿y si...?”.

Después encuentra una coincidencia.

Después conecta dos situaciones que quizá no estaban relacionadas.

Después interpreta un silencio.

Y en algún momento ya no estás reaccionando frente a lo que pasó. Estás reaccionando frente a una historia que construiste vos mismo.

Pero Coppola tampoco se burla de Laura por eso.

Porque su inseguridad no aparece de la nada.

Su matrimonio efectivamente cambió. Hay trabajo, hijos, cansancio, responsabilidades. Dean está menos presente y Laura también atraviesa una especie de bloqueo personal. Ya no están en esa etapa donde todo gira alrededor del otro. La vida empezó a ocupar espacio entre ellos.

Y eso puede dar miedo.

No necesariamente porque el amor haya desaparecido, sino porque el amor adulto muchas veces deja de sentirse como al principio.

Creo que la película entiende bastante bien eso: la rutina puede parecer distancia cuando uno todavía espera sentir permanentemente la intensidad del comienzo.

Y mientras Laura intenta entender su matrimonio, también empieza a entender algo sobre su padre.

Porque Felix es divertidísimo para pasar una noche recorriendo Manhattan. Tiene dinero, historias, conoce gente en todas partes, consigue mesas, maneja un Alfa Romeo antiguo y parece vivir como si Nueva York fuera un enorme escenario construido especialmente para él.

Pero ser fascinante no necesariamente significa haber sido un buen marido.

Ni siquiera un buen padre.

Y me gusta mucho que Coppola nunca destruya al personaje. Laura lo quiere. Disfruta estar con él. Existe una complicidad real entre ambos. Pero también empieza a ver las consecuencias de la forma en la que Felix entiende el amor.

El hombre que la está ayudando a descubrir una posible infidelidad es también quien le enseñó, indirectamente, a tener miedo de que una infidelidad ocurra.

Entonces la investigación termina siendo casi una excusa para que padre e hija hablen de algo que probablemente llevaban años sin terminar de hablar.

Y ahí aparece una idea que me interesa mucho: heredamos maneras de mirar las relaciones.

No solamente aprendemos del amor que recibimos. También aprendemos de las traiciones que vimos, de cómo se relacionaban nuestros padres, de aquello que funcionó y especialmente de aquello que salió mal.

A veces creemos estar reaccionando frente a nuestra pareja cuando, en realidad, estamos reaccionando frente a historias mucho más viejas.

Visualmente, Coppola filma todo con una tranquilidad hermosa. Nueva York de noche, restaurantes, autos, calles casi vacías. La ciudad no funciona como un espacio amenazante, sino como el escenario de una aventura bastante absurda entre un padre y una hija.

Y eso también explica por qué la película puede sentirse liviana aunque esté hablando de algo doloroso.

Porque en el fondo On the Rocks no trata realmente sobre descubrir si Dean engaña a Laura.

La respuesta a esa pregunta importa mucho menos que todo lo que Laura descubre mientras intenta responderla.

  • Descubre cuánto espacio había permitido que ocupara la duda.

  • Descubre cuánto de su miedo pertenecía realmente a su matrimonio y cuánto venía de otro lado.

  • Y descubre que quizá confiar no significa tener garantías.

Significa aceptar que nunca vamos a poder controlar completamente al otro sin destruir aquello mismo que estamos intentando proteger.

Por eso me gusta que la película no termine castigando a nadie ni revelando una enorme conspiración. La crisis estaba en otro lugar.

  • Estaba en la distancia.

  • En la inseguridad.

  • En las cosas que no estaban diciendo.

Y sobre todo, en todo lo que Laura había empezado a decirse a sí misma para llenar esos silencios.

On the Rocks termina siendo menos una película sobre la infidelidad que una película sobre el miedo a ella.

Sobre cómo una sospecha puede crecer cuando encuentra suficiente espacio.

Y sobre algo todavía más incómodo:

a veces el mayor peligro para una relación no es aquello que está pasando.

Es todo lo que podemos llegar a imaginar cuando dejamos de hablar.