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Cruising (A la caza) — Buscar a un asesino hasta dejar de saber quién sos

rodrigosegade1000
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Cruising es una película incómoda. Y no solamente por los lugares en los que se mete o por la violencia que muestra, sino porque William Friedkin construye toda la historia alrededor de una…

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Cruising es una película incómoda. Y no solamente por los lugares en los que se mete o por la violencia que muestra, sino porque William Friedkin construye toda la historia alrededor de una sensación bastante perturbadora: ¿qué pasa cuando para encontrar a alguien tenés que acercarte tanto a su mundo que empezás a perder la distancia con vos mismo?

Steve Burns es un policía joven al que eligen para infiltrarse en la escena leather gay de Nueva York porque físicamente se parece a las víctimas de una serie de asesinatos. En principio, su trabajo parece bastante claro: entrar en ese ambiente, aprender sus códigos, hacerse pasar por uno más y encontrar al responsable. Pero Cruising nunca termina funcionando como una investigación policial convencional. Cuanto más se mete Steve en ese mundo, más confusa se vuelve la película y más difícil resulta separar la investigación de lo que empieza a ocurrir dentro de él.

Friedkin podría haber construido un thriller clásico donde seguimos pistas, descartamos sospechosos y finalmente descubrimos quién está matando a esas personas. En cambio, hace algo bastante más extraño. Los rostros empiezan a confundirse, determinadas situaciones parecen repetirse y la identidad del asesino nunca adquiere la claridad que esperaríamos de una película policial. Incluso cuando creemos haber encontrado una respuesta, Friedkin vuelve a introducir una duda.

Y creo que justamente ahí está lo interesante: a Cruising empieza importándole quién es el asesino, pero termina interesándole mucho más quién se está convirtiendo Steve mientras intenta encontrarlo.

Al principio, Steve entra en esos bares como alguien completamente externo. No conoce los códigos, no sabe exactamente cómo comportarse y observa todo con cierta distancia. Pero para infiltrarse no alcanza con estar ahí. Tiene que vestirse de determinada manera, aprender cómo mirar, cómo moverse, qué señales interpretar y cómo responder cuando alguien se acerca. Tiene que construir un personaje y después vivir dentro de él durante suficiente tiempo como para resultar convincente.

Ahí Al Pacino hace algo que me gusta mucho. Steve nunca parece estar completamente cómodo. Está permanentemente observando, procesando y tratando de entender qué está ocurriendo alrededor. Pero lentamente esa incomodidad empieza a transformarse en algo mucho más difícil de definir. Ya no sabemos cuánto de lo que vemos pertenece al policía haciendo su trabajo y cuánto pertenece realmente a Steve.

Y eso también empieza a trasladarse a su relación con Nancy. Al comienzo parece existir una frontera bastante clara entre su vida personal y aquello que hace durante la investigación. Después esa frontera empieza a romperse. Steve vuelve diferente. Está más distante, más agresivo, más encerrado. Nancy lo nota, nosotros lo notamos, pero Friedkin nunca nos da la comodidad de explicarnos exactamente qué está ocurriendo.

Me parece importante que la película no reduzca todo eso simplemente a una cuestión sexual. Evidentemente juega con el deseo, la identidad y aquello que Steve empieza a descubrir o cuestionarse, pero creo que hay algo todavía más interesante debajo: Steve pasa demasiado tiempo siendo otra persona y empieza a descubrir que volver a ser exactamente quien era antes quizás no sea tan sencillo.

Porque para infiltrarse tiene que actuar, pero actuar durante suficiente tiempo también implica probar una versión diferente de uno mismo. Y ahí aparece una pregunta que me parece mucho más inquietante que descubrir simplemente quién cometió los asesinatos: ¿Cuánto de aquello que creemos estar interpretando realmente estaba ya dentro nuestro?

Los clubes son fundamentales para generar esa sensación. Friedkin los filma casi como un universo separado del resto de Nueva York. La música, las luces, los cuerpos, el cuero, la oscuridad y el ruido construyen espacios donde Steve pierde muchas de las referencias que tiene afuera. Y nosotros entramos con él. Tampoco conocemos completamente los códigos ni sabemos siempre cómo interpretar aquello que estamos viendo.

Eso vuelve a Cruising deliberadamente incómoda. Friedkin no quiere que observemos todo desde la seguridad de una investigación policial. Quiere meternos dentro de la misma desorientación del protagonista. Muchas veces no sabemos quién está mirando a quién, qué pertenece al juego sexual, dónde empieza la amenaza o qué personaje debería despertar nuestra sospecha.

Y esa confusión también alcanza al asesino.

La película juega constantemente con su identidad y evita construir una figura completamente estable. Los asesinatos parecen apuntar hacia una persona, después hacia otra y finalmente la resolución tampoco termina de cerrar todo. Es como si el asesino empezara a importar menos como individuo y la violencia se convirtiera en algo que simplemente circula dentro de ese mundo.

Cuando Steve finalmente identifica a Stuart Richards y consigue detenerlo, parecería que llegamos al cierre. En cualquier thriller policial tradicional, ahí podríamos terminar: apareció el responsable, el policía resolvió el caso y puede volver a su vida.

Pero Friedkin no termina ahí. Después aparece Ted asesinado.

Y entonces volvemos a preguntarnos qué ocurrió realmente. Si Richards era el responsable, ¿Quién mató a Ted? ¿Había más de un asesino? ¿La investigación encontró solamente una parte de aquello que estaba ocurriendo? ¿O tenemos que empezar a mirar hacia otro lado?

Y ese “otro lado” inevitablemente nos devuelve a Steve.

No creo que la película quiera simplemente revelarnos que Steve es ahora el asesino. Sería una respuesta demasiado sencilla para una película que lleva todo el tiempo intentando escapar de las respuestas claras. Lo verdaderamente perturbador es que, llegado ese momento, ya no podemos descartar completamente ninguna posibilidad.

Steve vuelve con Nancy, pero nosotros ya no sabemos exactamente quién volvió.

Y ahí aparece el espejo.

Nancy encuentra la ropa que Steve utilizaba durante la infiltración y empieza a probársela mientras él se afeita. Friedkin se queda con Steve mirando su propio reflejo y me parece una imagen perfecta para terminar esta historia, porque durante toda la película estuvimos intentando reconocer al asesino entre diferentes caras y terminamos observando al protagonista intentando reconocerse a sí mismo.

La investigación puede haber terminado.

La crisis de identidad no.

Y para mí ahí está lo mejor de Cruising. La película empieza planteando una pregunta aparentemente sencilla —quién está matando a esos hombres— y termina dejándonos otra muchísimo más incómoda: qué le ocurrió a Steve durante todo ese tiempo.

Quizás descubrió algo sobre su sexualidad. Quizás la violencia que presenció empezó a modificarlo. Quizás simplemente pasar tanto tiempo sosteniendo una identidad diferente terminó rompiendo algunas de las certezas que tenía sobre sí mismo. Friedkin deliberadamente no nos permite elegir una única explicación.

Y eso también explica por qué Cruising puede resultar tan frustrante. Uno espera que la película ordene las piezas al final y ocurre exactamente lo contrario. Cuanto más cerca estamos de la respuesta, más dudas aparecen.

Pero creo que esa falta de certeza forma parte de lo que Friedkin quiere provocar.

Porque Steve entró en la investigación creyendo que existían dos personas perfectamente separadas: el policía que realmente era y el personaje que necesitaba interpretar.

Cuando sale, esa separación ya no parece tan clara.

Y quizás ese sea el verdadero terror de Cruising. No descubrir que existe un asesino escondido entre todas esas personas, sino descubrir que uno puede entrar a un lugar creyendo saber perfectamente quién es y salir preguntándose cuánto de esa identidad era realmente tan firme como pensaba.

Steve consigue salir de ese mundo.

Lo que Friedkin nunca nos permite saber es qué parte de ese mundo salió con él.

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