Al día siguiente, no esperé a que el presidente me llamara.
Lo llamé yo.
Jang Seongho estaba presente, junto a dos agentes de seguridad y un médico que insistía en que yo no debería estar de pie. Lo ignoré.
La llamada se conectó en una sala cerrada de la Asociación Coreana de Despertados.
—Señor Kim —dijo el presidente—. Me informaron del ataque al orfanato.
—Entonces sabe lo que voy a pedir.
Hubo un silencio breve.
—Quiere protección adicional.
—No. Quiero un nuevo hogar.
Jang levantó apenas la mirada.
El presidente tardó en responder.
—¿Para usted?
—Para el orfanato. Para los niños. Para Seolhwa. Para mi grupo.
—Eso no es algo sencillo de mover sin llamar la atención.
—Anoche seis cultistas entraron en una casa con niños y pidieron llevarse a una niña de seis años para "corregir" un sacrificio fallido.
Mi voz salió más fría de lo que esperaba.
—La atención ya llegó.
Del otro lado de la llamada no hubo respuesta.
Continué:
—Necesito una propiedad grande. Aislada. Sin registro público real. Con espacio para entrenar, dormir, tratar heridos y evacuar en caso de emergencia. Nada de bases militares obvias. Nada de edificios oficiales. Nada que un periodista, un gobierno extranjero o una secta pueda rastrear con una búsqueda.
—Está pidiendo una instalación negra.
—Estoy pidiendo una casa donde los niños no vuelvan a cenar con cuchillos apuntándoles al cuello.
Jang bajó la vista.
El presidente exhaló con lentitud.
—¿Y quiere llevar a los niños con usted?
—Sí.
—Eso podría convertirlos en objetivos aún más importantes.
—Ya son objetivos. La diferencia es que, cerca de nosotros, podemos defenderlos.
—También podría decirse que estarán más cerca del peligro.
—El peligro ya entró por la puerta principal.
Esa frase terminó la discusión.
El presidente no habló durante varios segundos.
—Hay una residencia fuera de Seúl. Oficialmente pertenece a una empresa fantasma vinculada al Ministerio de Cultura. Antes fue utilizada para alojar delegaciones extranjeras de bajo perfil. Tiene dormitorios, comedor, sótano amplio, terreno privado y acceso subterráneo a una ruta secundaria.
—¿Personal?
—Mínimo. Podemos asignar seguridad rotativa.
—No.
—¿No?
—Nada de rotación amplia. Cada persona nueva es una filtración posible. Quiero un equipo fijo, investigado, sin contacto con prensa y sin información completa de quién vive allí.
Jang intervino:
—Puedo organizarlo. Tres anillos de seguridad. El primero visible, con función civil. El segundo oculto. El tercero solo para emergencias.
—Y transporte escalonado —añadí—. No muevan a todos juntos. Los niños salen en grupos pequeños, con rutas distintas. Seolhwa va conmigo.
—¿Es necesario tanto? —preguntó el presidente.
Recordé la máscara blanca del cultista.
La forma en que señaló a Eunji.
La palabra "corregir".
—No. Es poco.
Otra pausa.
—Concedido —dijo finalmente el presidente—. Tendrá la residencia.
—Hoy.
—Eso es—
—Hoy.
Esta vez no discutió.
—Jang coordinará el traslado.
—También quiero que los cultistas capturados sean interrogados por separado. Sin cámaras públicas. Sin ejecuciones. Quiero saber quién filtró la ubicación del orfanato.
—¿Cree que fue alguien del gobierno?
—Creo que la estupidez humana no respeta instituciones.
Jang cerró los ojos un segundo.
El presidente tampoco respondió.
Bien.
Ya empezaban a entender.
El traslado comenzó antes del mediodía.
Seolhwa no lloró cuando cerró la puerta del orfanato.
Eso me preocupó más que si lo hubiera hecho.
Los niños cargaban mochilas pequeñas, juguetes viejos, mantas y bolsas con ropa. Algunos estaban emocionados porque les dijeron que iban a una casa más grande. Otros entendían demasiado para su edad y caminaban en silencio.
Eunji no soltó la mano de Seolhwa.
Minjun, en cambio, intentaba actuar como si fuera parte del operativo.
—Yo puedo vigilar la retaguardia —dijo, inflando el pecho.
—Tu trabajo es subir al auto —respondí.
—Eso no suena importante.
—Si no subís, todos se retrasan.
Lo pensó un segundo.
—Entonces sí es importante.
—Mucho.
Subió de inmediato.
Seolhwa me miró.
—Manipula niños con demasiada facilidad.
—También adultos.
—Eso no me tranquiliza.
—No era mi intención.
Por primera vez desde la noche anterior, soltó una risa breve.
Pequeña.
Casi rota.
Pero real.
El nuevo lugar estaba a las afueras, oculto entre colinas bajas y caminos secundarios. Desde afuera parecía una residencia antigua de descanso, con muros altos, jardines amplios y un portón de hierro sin ningún símbolo oficial.
Por dentro era otra cosa.
Pasillos anchos.
Habitaciones suficientes.
Un comedor enorme.
Una sala médica improvisable.
Un sótano reforzado.
Un patio trasero lo bastante grande para entrenar sin destruir la casa en el primer día.
No era perfecto.
Pero era defendible.
Y eso bastaba.
Los niños entraron con cautela.
Después vieron el comedor.
Luego los dormitorios.
Después el patio.
La cautela duró poco.
Minjun corrió hacia una ventana.
—¡Se ve el jardín!
Otro niño gritó desde el pasillo:
—¡Hay camas de verdad!
Eunji se quedó cerca de Seolhwa.
—¿Esta es nuestra casa?
Seolhwa tardó un momento en responder.
Miró las paredes, las puertas, los guardias discretos afuera y luego a mí.
—Por ahora, sí.
Eunji asintió con solemnidad.
—Entonces hay que poner dibujos.
—Después —dijo Seolhwa.
—Hoy.
Seolhwa suspiró.
—Después de acomodar las cosas.
Era una discusión normal.
En una casa normal.
Eso era bueno.
Aunque la normalidad fuera prestada.
Por la tarde reuní a todos en el patio trasero.
Mi grupo estaba allí.
Kwon, con cara de no haber dormido lo suficiente.
Mujin, de pie como si las costillas no le dolieran.
Doyun, revisando el viento con la mirada.
Hejin, sentada sobre una caja, envuelta en una manta.
Jiwon, con ojeras profundas, pero alerta.
Eunbyeol, con la libreta abierta.
Y Seolhwa.
Ella estaba un paso atrás de los demás.
No por duda.
Por costumbre.
Todavía no se veía a sí misma como parte del grupo.
Eso iba a cambiar.
—Desde hoy, esta residencia será nuestra base —dije—. Los niños viven aquí. Eso significa que este lugar no es solo un refugio. Es una posición que debemos poder defender.
Kwon levantó la mano.
—¿Eso significa que podemos poner trampas en el jardín?
—No donde juegan los niños.
—Qué cantidad de reglas aburridas tiene la defensa de una casa.
—Las suficientes para que no mates a Minjun por accidente.
—Entendido. Trampas solo en lugares donde Minjun no pueda llegar.
Desde una ventana se escuchó:
—¡Yo puedo llegar a todos lados!
Kwon señaló hacia la casa.
—Eso complica el diseño.
Seolhwa cerró los ojos con cansancio.
—Recuérdenme por qué acepté esto.
—Porque anoche entraron cultistas a su comedor —respondió Eunbyeol sin levantar la vista.
Seolhwa no dijo nada más.
—Primero —continué—, reglas. Los niños no entran a la Torre. No participan en combate. No entrenan con armas reales.
Minjun, todavía desde la ventana, gritó:
—¡Eso es injusto!
—También escuchan desde las ventanas —añadí—, así que alguien cierre eso.
Jiwon fue hacia la casa y cerró la ventana con una sonrisa cansada.
—Los niños aprenderán evacuación, esconderse, reconocer alarmas y pedir ayuda —seguí—. Nada más.
Seolhwa me miró.
—Gracias.
—No lo hago por amabilidad. Un niño con un arma suele ser un peligro para sí mismo y para todos.
—Aceptaré esa versión.
Después miré al grupo.
—Ustedes, en cambio, van a entrenar hasta dejar de cometer errores básicos.
Kwon frunció el ceño.
—Yo no cometí errores básicos.
Eunbyeol pasó una página.
—Saltaste fuera de una muralla durante un asedio.
—Fue un error avanzado.
—Fue idiota.
Mujin soltó una risa.
—Vos casi perseguiste al gigante después de que te dije que retrocedieras —le recordé.
Su risa murió.
Doyun miró hacia otro lado.
—Vos dejaste que un fallo te afectara el siguiente disparo.
Doyun asintió lentamente.
Hejin levantó la mano.
—Yo ya sé. Usé demasiada magia.
—Y lo vas a corregir.
Jiwon volvió al grupo.
—¿Y yo?
La miré.
—Vos intentaste salvar a personas en un orden emocional, no médico.
Su expresión se endureció.
—Eso es cruel.
—Sí.
—Pero cierto.
—También.
No apartó la mirada.
Bien.
Por último, miré a Seolhwa.
—Y usted.
Ella se enderezó.
—Yo no tengo habilidades.
—Todavía.
—No tengo experiencia.
—Por eso está aquí.
—No sé si podré matar.
—No empezaremos por matar.
Kwon abrió la boca.
—Sorprendentemente razonable.
—Empezaremos por no morir.
—Menos glamoroso, pero aceptable.
Seolhwa respiró hondo.
—¿Qué espera de mí?
La pregunta parecía simple.
No lo era.
Recordaba a la Seolhwa de mi otra vida.
La mujer que caminaba bajo lluvia roja.
La que sostenía un arma con manos temblorosas, pero aun así protegía a otros.
La que lloraba después de cada batalla y seguía peleando al día siguiente.
Pero esta Seolhwa todavía no era ella.
Y no tenía derecho a exigirle que lo fuera.
—Espero que aprenda a proteger sin destruirse —respondí—. Y a destruir cuando proteger lo exija.
Su rostro cambió.
No fue miedo.
Fue comprensión.
—Entendido.
Una ventana apareció frente a nosotros.
[Nuevo miembro asociado al grupo.]
[Nombre: Seolhwa.]
[Estado: no ha ingresado a la Torre.]
[Rol potencial: defensa, apoyo, protección civil.]
[Evaluación inicial: pendiente.]
Kwon se inclinó para leer.
—Rol potencial: protección civil. Eso suena más respetable que "niñera con cuchillo".
Seolhwa lo miró.
—Vuelva a decir eso y va a necesitar protección civil.
Kwon sonrió.
—Me agrada.
—No era mi intención.
Mujin cruzó los brazos.
—¿Empezamos ya?
—Sí.
Caminé hasta el centro del patio.
—Formación básica. Mujin al frente. Kwon al flanco izquierdo. Doyun atrás. Hejin y Jiwon al centro. Eunbyeol observa y corrige. Seolhwa, conmigo.
Ella parpadeó.
—¿Con usted?
—Necesito ver cómo se mueve.
—No sé moverme.
—Entonces veremos cómo cae.
—Eso no suena mejor.
—No lo es.
El primer ejercicio fue simple.
Cruzar el patio mientras yo intentaba tocarles el hombro.
No golpear.
No cortar.
Solo tocar.
Kwon fue el primero en avanzar.
Duró cuatro segundos.
Se movió rápido, demasiado rápido, intentando rodearme por la izquierda. Le toqué el hombro antes de que completara el paso.
—Predecible.
—¿Cómo mierda es predecible esto?
—Siempre atacás desde el lugar que te parece más inteligente.
—Eso debería ser bueno.
—No cuando todos saben que te creés inteligente.
Mujin duró más.
Doce segundos.
Intentó bloquear mi avance con el cuerpo, pero cargó demasiado peso hacia adelante. Le toqué el hombro y después la frente.
—Una pared no se inclina.
—Otra vez.
—Después.
Doyun intentó mantener distancia.
Buena decisión.
Mala ejecución.
Retrocedió en línea recta.
Le toqué el hombro antes de que sacara la segunda flecha.
—Nunca regales tu ruta.
Hejin no intentó huir.
Analizó mis pasos.
Sus ojos siguieron mis hombros, mis pies, mi centro de gravedad.
Duró nueve segundos.
Mejor de lo que esperaba.
Pero cuando creyó encontrar mi patrón, lo cambié.
—No te enamores de tu análisis.
Jiwon se movió hacia donde estaban los demás.
Instintivamente buscó cubrirlos.
No era un error.
Pero en una prueba individual, la hizo vulnerable.
Le toqué el hombro.
—Primero seguí viva.
—Suena egoísta.
—Los muertos no curan.
Eunbyeol observó todo sin participar.
Cuando la llamé, cerró la libreta.
—Ya sé cuál es mi error.
—Decilo.
—Intento calcular el resultado antes de moverme.
—¿Y?
—En una situación real, eso me hace tardar.
Asentí.
—Ahora movete sin escribir.
Duró seis segundos.
No estaba mal.
Pero se odió por eso.
Lo vi en su cara.
Después llegó Seolhwa.
Se colocó frente a mí con las manos vacías.
Su postura era mala.
Sus hombros tensos.
Sus pies demasiado juntos.
Su respiración irregular.
Pero sus ojos no estaban perdidos.
—Cuando quiera —dijo.
Avancé despacio.
No usé velocidad.
No usé presión.
Solo di un paso hacia ella.
Seolhwa retrocedió.
Tarde.
Le toqué el hombro.
—Otra vez.
Su mandíbula se tensó.
Volvió a colocarse.
Avancé.
Esta vez intentó girar.
Tropezó con su propio pie y cayó sentada.
Kwon abrió la boca.
Mujin le puso una mano en el hombro antes de que dijera algo.
Buena decisión.
Seolhwa se levantó.
—Otra vez.
—Descanse.
—Otra vez.
Sus manos temblaban.
No por cansancio.
Por rabia.
No hacia mí.
Hacia la imagen de sí misma cayendo mientras los niños estaban detrás de una puerta.
Comprendí ese tipo de rabia.
Pero no podía dejar que la consumiera.
—Seolhwa.
—Dije otra vez.
—Y yo dije descanse.
Me miró con furia.
—Anoche no pude hacer nada.
El patio quedó en silencio.
—Tenía un cuchillo en el cuello y los niños estaban mirando. Si usted no hubiera estado ahí...
No terminó.
No hacía falta.
—Quiero poder moverme —dijo—. Quiero poder reaccionar. Quiero que la próxima vez mi cuerpo no se quede esperando a que otro me salve.
La observé.
Después asentí.
—Bien.
Me acerqué y corregí la posición de sus pies.
—Entonces empiece por esto. Si sus pies están mal, su voluntad no importa.
Ella bajó la mirada.
—Así.
—Las rodillas no se bloquean. El peso no va atrás. Respire antes de moverse, no después.
Volví a colocarme frente a ella.
—Ahora.
Avancé.
Seolhwa no esquivó bien.
Pero esta vez no cayó.
Mi mano se detuvo a un centímetro de su hombro.
—Mejor.
Su respiración tembló.
—Otra vez.
—Ahora sí.
El entrenamiento siguió hasta que el sol empezó a bajar.
Nadie salió ileso de su orgullo.
Kwon aprendió que velocidad sin disciplina era ruido.
Mujin, que resistir no significaba avanzar siempre.
Doyun, que la distancia también podía ser una trampa.
Hejin, que el análisis debía servir al movimiento y no reemplazarlo.
Jiwon, que salvar a otros exigía proteger su propia posición.
Eunbyeol, que una orden imperfecta a tiempo valía más que una perfecta demasiado tarde.
Y Seolhwa...
Seolhwa cayó muchas veces.
Pero cada vez tardó menos en levantarse.
Cuando finalmente terminé la sesión, todos estaban tirados en el patio.
Kwon respiraba contra el suelo.
—Confirmo... prefiero pelear contra esqueletos.
Mujin estaba sentado, sudando.
—Yo no.
—Porque estás enfermo.
Hejin levantó apenas una mano.
—Necesito comida.
Jiwon, acostada boca arriba, murmuró:
—Necesito que nadie se rompa durante diez minutos.
Doyun no dijo nada. Solo miraba el cielo, agotado.
Eunbyeol escribía de nuevo.
Claro que escribía.
Seolhwa seguía de pie.
Apenas.
Pero de pie.
Me acerqué.
—Suficiente por hoy.
Ella negó.
—Puedo seguir.
—Lo sé.
—Entonces—
—Justamente por eso es suficiente. El entrenamiento no sirve si mañana no puede moverse.
Miró sus manos.
Tenía los nudillos rojos, las rodillas manchadas de tierra y el rostro cubierto de sudor.
Pero sus ojos estaban distintos.
No más tranquilos.
Más despiertos.
Desde una ventana, Minjun gritó:
—¡Seolhwa ganó?
Ella levantó la cabeza.
Durante un segundo no supo qué decir.
Después respondió:
—Todavía no.
Eunji apareció junto a él.
—¿Pero va a ganar?
Seolhwa miró hacia mí.
Luego hacia sus propias manos.
—Sí.
La respuesta fue baja.
Pero firme.
—Algún día.
Me quedé observando al grupo.
Todavía eran torpes.
Inexpertos.
Frágiles en lugares que ni ellos mismos conocían.
Pero estaban reunidos.
Tenían una base.
Tenían un motivo.
Y ahora tenían tiempo.
Tres meses y veintinueve días.
Más un orbe de uso único que podía convertir un día en un año.
El mundo afuera seguía gritando.
Pero en ese patio, bajo el cielo de Corea, empezó algo más importante que un entrenamiento.
Empezó la preparación para sobrevivir a lo que venía.