Una vez que la llama recupera suficiente fuerza, una nueva ventana aparece frente a mí.
[Protección de la ciudad estabilizada.]
[Tiempo restante estimado: 133 horas y 32 minutos.]
Más de cinco días.
Y todo lo que necesitaban era compartir una pequeña parte de sus recuerdos.
Algunos entregaron momentos importantes. Otros apenas cedieron el sabor de una comida, el rostro de un desconocido o una tarde sin valor. Aun así, la duración de la llama se multiplicó de forma absurda.
Los habitantes la comprendieron mal durante generaciones.
El fuego no necesitaba devorar por completo a una persona.
Necesitaba recuerdos entregados voluntariamente.
El problema nunca fue la llama.
Fue la soledad.
Salgo del campanario y subo hasta lo alto de la muralla. Desde allí puedo observar gran parte de la ciudad.
Poco a poco, las puertas comienzan a abrirse. Los habitantes abandonan sus refugios con cautela. Algunos llevan armas improvisadas; otros caminan tomados de las manos.
Nadie se aleja demasiado.
En las calles permanecen inmóviles cientos de espectros.
Quizá miles.
Algunos están de pie frente a las casas donde vivieron. Otros conservan restos de armaduras, herramientas o prendas desgarradas. Con la mirada desenfocada y los cuerpos paralizados por la llama, parecen estatuas.
Pero no lo son.
En cuanto la protección vuelva a debilitarse, empezarán a moverse.
Y matarán a cualquier ser vivo que encuentren.
Tengo que encargarme de ellos.
Aunque a los habitantes no les agrade mi solución.
Bajo de la muralla. Eldric me espera cerca de la escalera junto a otros hombres.
—La llama durará más de cinco días —dice, todavía sorprendido—. Nunca había permanecido encendida tanto tiempo.
—Eso nos da margen.
—¿Margen para qué?
Miro hacia la calle.
Uno de los espectros está detenido a pocos metros de nosotros. Es una mujer de cabello largo, cubierta con un vestido antiguo. Una niña la observa desde la puerta de una casa.
—Para limpiar la ciudad.
Eldric sigue mi mirada y su expresión cambia.
—¿Qué significa «limpiar»?
Me acerco al espectro. La criatura no reacciona cuando me detengo frente a ella.
—Matarlos.
El anciano queda inmóvil. Los hombres que lo acompañan comienzan a murmurar.
—No puede hacer eso —dice uno.
Lo miro.
—Puedo.
—Algunos son nuestras familias.
—Ya no lo son.
Una mujer aparece entre los habitantes.
—¡Mi esposo está ahí afuera!
Señala a un espectro detenido junto a un pozo. El cuerpo conserva la forma de un hombre, aunque sus brazos son demasiado largos y tiene la piel cubierta de manchas negras.
—Todavía dice mi nombre cuando la llama se debilita —continúa—. Todavía me recuerda.
—Recordar una palabra no lo convierte en la persona que conoció.
—Usted no puede saberlo.
—Lo vi intentar devorar a cualquiera que se acercara.
La mujer aprieta los puños.
—Quizá exista una forma de curarlos.
—¿La encontraron durante todos estos años?
No responde.
—Ahora sabemos que la llama funciona de una manera distinta —interviene Eldric—. Tal vez también nos equivocamos respecto a ellos.
Es posible.
La Torre adora las reglas incompletas y las verdades escondidas. Sin embargo, esperar una cura sin ninguna evidencia solo porque desean que exista sería una estupidez.
—Entonces probaremos con algunos.
La mujer levanta la mirada.
—¿Cómo?
—Reduciremos temporalmente la protección en una zona pequeña.
Eldric palidece.
—Eso es demasiado peligroso.
—No si estoy presente.
—¿Y qué pretende comprobar?
—Si todavía queda alguien dentro.
La mujer intenta correr hacia su esposo. La sujeto antes de que pueda alcanzarlo.
—No lo toque.
—¡Está inmóvil!
—Por ahora.
Intenta soltarse.
—¡Déjeme hablarle!
—Primero prepararemos el lugar.
Necesitamos una zona cerrada, con calles estrechas y suficientes puntos altos para controlar cualquier movimiento.
Señalo un antiguo patio cercado por muros de piedra.
—Allí.
Elegimos tres espectros: el supuesto esposo de la mujer, un antiguo soldado al que Eldric reconoce y una joven a la que varios habitantes aseguran haber escuchado llorar durante los periodos de oscuridad.
Los arrastramos hasta el patio mientras siguen paralizados. Los habitantes observan desde los tejados y detrás de las barricadas.
Nadie habla.
Seong permanece en el campanario junto a varias personas, controlando la llama. Descubrimos que puede debilitar la protección en sectores concretos si concentra su voluntad.
Es arriesgado.
Pero es mejor que apagarla por completo.
Me sitúo en el centro del patio. Los tres espectros están separados por varios metros.
—Cuando empiecen a moverse, nadie debe acercarse, aunque los llamen por su nombre.
La mujer abraza sus propios brazos.
—Se llama Tomas.
—Entendido.
Miro hacia el campanario y levanto una mano.
La llama titila.
La presión sobre el patio disminuye.
Al principio no ocurre nada. Después, los dedos de los espectros comienzan a moverse. La joven deja escapar un gemido y el soldado gira el cuello.
Tomas levanta lentamente la cabeza. Sus ojos pálidos buscan a su alrededor.
Entonces ve a su esposa.
—Mara...
La mujer da un paso.
—¡Tomas!
Me interpongo.
—Quédese atrás.
El espectro abre la boca.
—Mara...
Su voz parece humana.
Dolorosa.
Casi suplicante.
La mujer empieza a llorar.
—Soy yo. Estoy acá.
Tomas levanta una mano y, durante un instante, parece que quiere tocarla.
Después, sus dedos se convierten en garras.
Se lanza hacia ella.
Lo detengo sujetándolo por el cuello. El espectro ruge e intenta morderme.
Mara grita.
—¡No lo lastime!
Tomas continúa forcejeando mientras repite el nombre de la mujer entre gruñidos.
—Mara...
—¿Tomas? —pregunto.
La criatura gira hacia mí.
—¿Quién es Mara?
No responde. Solo intenta alcanzarla otra vez.
—¿Dónde vivías?
Nada.
—¿Qué edad tenías?
Ruge.
—¿Cómo murió tu hijo?
Mara deja de respirar.
El espectro queda quieto durante una fracción de segundo.
Después vuelve a atacar.
No hay reconocimiento.
Solo una reacción ante sonidos que alguna vez tuvieron significado, como un animal entrenado para responder a una palabra.
Le golpeo la nuca y lo derribo.
Todavía no lo mato.
El antiguo soldado empieza a moverse.
Eldric lo llama desde la barricada.
—¡Gareth!
El espectro gira.
—Capitán...
Eldric abre los ojos.
—Me reconoce.
—Tal vez.
Me acerco al soldado.
—¿Cuál era tu rango?
—Capitán...
—¿Qué unidad comandabas?
—Capitán...
—¿Quién era tu rey?
—Capitán...
Repite la misma palabra una y otra vez.
Un fragmento aislado.
No una persona.
La joven reacciona de otra forma. Se sienta en el suelo y empieza a llorar sin atacar. Durante varios segundos, permanece abrazada a sus rodillas.
Los habitantes murmuran.
—Ella sigue ahí.
—Puede sentir.
—Tal vez puedan salvarse.
Me acerco con cuidado.
—¿Cómo te llamás?
No responde.
—¿Podés entenderme?
Levanta el rostro. Sus ojos están llenos de lágrimas negras.
—Tengo... frío...
Son palabras coherentes.
Me agacho frente a ella.
—¿Recordás quién sos?
—Frío...
—¿Recordás esta ciudad?
—No quiero...
Su cuerpo empieza a temblar.
—¿Qué no querés?
La joven mira hacia el campanario.
—No quiero volver.
Una presión oscura surge de su piel. La llama azul tiembla y las cadenas invisibles de la protección parecen tensarse a su alrededor.
—¿Volver adónde?
Su expresión se retuerce.
—A la luz.
Entonces comprendo.
No está asustada de la oscuridad.
Está aterrada por la llama.
La joven grita y su cuerpo empieza a transformarse. Los brazos se le alargan, los huesos rompen la piel y una masa negra emerge de su espalda.
Me aparto justo antes de que sus garras alcancen mi rostro.
La criatura se arroja contra el muro.
No intenta atacar a los habitantes.
Intenta escapar de la protección.
La sujeto por una pierna y la estrello contra el suelo. El impacto abre una grieta, pero sigue moviéndose.
—¡Basta! —grita alguien desde las barricadas.
La criatura gira hacia el sonido y abre la boca. De su garganta surgen varias voces al mismo tiempo.
—Ayuda.
—Tengo frío.
—No quiero arder.
—Mamá.
—Matame.
La última palabra es diferente.
Clara.
Consciente.
La criatura vuelve la mirada hacia mí. Durante un instante, sus ojos recuperan un tono humano.
—Matame...
Levanto la espada.
Un solo corte.
Su cabeza cae.
El cuerpo deja de moverse.
El patio queda en silencio.
Mara se cubre la boca. Eldric baja la mirada.
El soldado y Tomas continúan luchando contra la restricción, intentando alcanzar a los vivos.
No necesitamos más pruebas.
Quedan fragmentos.
Palabras.
Emociones.
Recuerdos rotos.
Pero las personas que alguna vez habitaron esos cuerpos ya no pueden controlarlos y, durante los breves instantes en que recuperan la conciencia, sufren.
—No están vivos.
Nadie responde.
—Pero tampoco están completamente muertos.
Mara se abraza los hombros.
—Entonces existe esperanza.
—No.
La miro.
—Existe sufrimiento.
Sus ojos se llenan de rabia.
—¡No puede decidirlo por nosotros!
—No lo decido por ustedes.
Señalo a los dos espectros restantes.
—Lo decido por quienes llevan años atrapados dentro de esos cuerpos.
—¡Tomas dijo mi nombre!
—Y después intentó arrancarle la garganta.
—Porque está enfermo.
—Porque ya no puede elegir.
La mujer empieza a llorar.
No puedo ofrecerle una respuesta amable.
No existe.
—¿Qué piensa hacer? —pregunta Eldric.
Miro las calles llenas de criaturas inmóviles.
—Matarlos a todos mientras la llama los mantenga quietos.
Un murmullo de horror recorre a los habitantes.
—Eso sería una masacre —dice uno de los hombres.
—Sí.
—Muchos fueron nuestros padres, hijos y hermanos.
—Por eso ustedes no tendrán que hacerlo.
Guardo la espada.
—Yo me encargaré.
Mara me mira con odio.
—¿Y después espera que le demos las gracias?
—No.
No necesito gratitud.
Solo que no interfieran.
—Pueden despedirse antes. Identifiquen a quienes reconozcan y díganles lo que necesiten decir.
—No pueden escucharnos —dice Eldric.
—Quizá no.
Miro el cuerpo de la joven.
—Pero algunos todavía aparecen durante unos segundos.
Nadie habla.
—Les daré hasta que la llama marque ciento veinte horas restantes.
Eldric abre los ojos.
—Eso es más de medio día.
—Trece horas y treinta y dos minutos.
—¿Y después?
Desenvaino nuevamente la espada.
—Después, esta ciudad dejará de estar llena de cadáveres que esperan una oportunidad para matar a los vivos.
Durante las horas siguientes, las calles cambian.
Los habitantes salen de sus refugios.
No para celebrar.
Para despedirse.
Una madre se sienta frente a un niño oscuro y le cuenta cómo aprendió a caminar. Dos hermanos llevan una silla hasta donde permanece inmóvil una anciana y hablan sobre su infancia.
Mara se queda frente a Tomas. No intenta tocarlo. Solo mantiene su mano a unos centímetros de la suya.
Algunos insultan a los espectros.
Otros piden perdón.
Muchos se limitan a llorar.
Yo observo desde la muralla.
No interfiero.
Cuando el contador alcanza el límite establecido, aparece ante mí.
[Tiempo restante estimado: 120 horas.]
Me pongo de pie.
Eldric está a mi lado.
—Van a odiarlo.
—Lo sé.
—Algunos intentarán detenerlo.
—También lo sé.
—¿Y aun así lo hará?
Miro las calles.
Miles de cuerpos inmóviles.
Miles de personas atrapadas entre recuerdos rotos, hambre y dolor.
—Sí.
Bajo de la muralla.
Los habitantes empiezan a retirarse hacia sus casas. Otros se quedan para mirar, quizá para asegurarse de que no haya sufrimiento.
O para tener a alguien a quien culpar después.
Camino hasta el primer espectro. Es un anciano con parte del rostro destruido.
No sé quién fue.
Tampoco importa.
Levanto la espada.
—Descansá.
La hoja desciende.
Y así comienza la limpieza de la ciudad.
Cuando termino, los habitantes empiezan a enterrar a sus familiares. Como no hay suficiente espacio dentro de las murallas, improvisan un cementerio al otro lado. Cavan largas filas de tumbas en la tierra seca y marcan cada una con piedras, pedazos de madera o armas rotas.
No todos los espectros pueden ser identificados.
A muchos los entierran juntos. A otros, sus familias los reconocen por una prenda, un collar o una deformación en la armadura que aún conservan.
Yo no participo.
Ya hice mi parte.
Mientras camino por las calles, las miradas de los habitantes se clavan en mí. Algunas contienen miedo. Otras, cierta forma de respeto.
Pero también hay odio.
Mucho.
—¡Asesino! —grita alguien desde una ventana.
No me detengo.
—¡Andate de nuestra ciudad! —llega desde un callejón.
Una piedra cae cerca de mis pies.
Sigo caminando.
No espero que me agradezcan.
Para ellos, no liberé a miles de personas de una existencia miserable. Llegué desde afuera y decapité los cuerpos de sus familiares.
Quizá, con el tiempo, algunos comprendan mi decisión.
Otros jamás lo harán.
No importa.
El resultado es el mismo.
Los espectros ya no llenarán las calles cuando la llama se debilite.
Mientras considero cuál debe ser mi siguiente paso, levanto la cabeza.
El cielo continúa completamente oscuro. Las nubes se separan un poco y dejan ver parte de la luna.
O de aquello que ocupa su lugar.
Un resplandor rojizo rodea su silueta, como si la luz intentara atravesar una capa de sangre.
Me detengo.
Vi un paisaje parecido en mi antigua vida, en el piso treinta. Allí la luna era de un rojo intenso y un miasma infernal cubría toda la región. Los cadáveres se levantaban pocos minutos después de morir y hasta las sombras intentaban aferrarse a los vivos.
Todo era obra de magia negra.
Nigromancia.
El fenómeno de este piso es mucho más débil, pero el principio parece el mismo.
Los espectros.
Los soldados muertos.
La luz rojiza detrás de las nubes.
Todo apunta en una dirección.
—Nigromantes...
La llama mantiene inmóviles a los muertos dentro de la ciudad, pero no es la causa de su existencia.
Alguien los creó.
O algo.
Antes de decidir dónde empezar a buscar, escucho una conmoción cerca de la entrada principal.
Pasos apresurados.
Voces.
El sonido de lanzas golpeando escudos.
Los habitantes organizaron una guardia improvisada después de la limpieza. Algunos recogieron armaduras y armas de los soldados muertos; otros solo llevan herramientas.
Cuando llego a la muralla, encuentro a varios apuntando sus lanzas hacia la llanura.
—¡No se acerquen! —grita uno—. ¡Identifíquense!
Entrecierro los ojos.
Varias figuras avanzan desde la oscuridad. Al principio solo distingo siluetas.
Después reconozco sus movimientos.
Mujin camina al frente con la espada sobre un hombro. Doyun mantiene el arco preparado. Haejin avanza en el centro junto a Jiwon. Eunbyeol lleva la libreta contra el pecho y Kwon se mueve unos pasos por delante, comprobando constantemente los alrededores.
Todos están cubiertos de tierra. Sus ropas tienen cortes y manchas de sangre, y las ojeras bajo sus ojos dejan claro que apenas durmieron.
Pero están vivos.
Mi mirada se detiene un instante más en Eunbyeol.
No parece herida.
Bien.
—Son conocidos míos —les digo a los guardias—. Bajen las armas.
Los hombres dudan.
—Pero vienen de la pradera.
—Ya lo veo.
—Podrían estar infectados.
Vuelvo la cabeza hacia él.
El guardia baja lentamente la lanza.
Los portones se abren lo suficiente para dejarlos pasar.
Apenas cruza, Kwon levanta ambos brazos.
—¡Puta madre, capitán!
Suspiro.
Atravesó una llanura cubierta de muertos y llegó hasta una ciudad maldita.
Pero su educación continúa exactamente igual.
—Me alegra ver que la Torre no consiguió corregirte.
—Casi nos mata cinco veces y eso es lo primero que decís.
—Entonces no se esforzó lo suficiente.
Kwon parece dispuesto a responder, pero Mujin lo aparta con el hombro.
—Jefe.
Inclina la cabeza a modo de saludo. Doyun hace lo mismo. Haejin apenas levanta una mano; parece demasiado agotada para hablar.
Jiwon llega hasta mí y suelta el aire que estaba conteniendo.
—Finalmente...
Eunbyeol permanece unos pasos detrás de ella.
Nuestras miradas se encuentran.
—Nos encontramos —dice.
—Sí.
Quiero preguntarle si está herida, revisar sus brazos y asegurarme de que la sangre de su ropa no sea suya.
Pero no puedo mostrar una preocupación distinta frente a los demás.
—Informe de estado —ordeno—. Heridas, recursos y situación de la misión.
La expresión de Eunbyeol se vuelve seria de inmediato. Abre la libreta.
—Ninguna herida crítica. Doyun tiene una lesión leve en el hombro derecho, Mujin recibió varios cortes superficiales, Haejin agotó casi toda su reserva mágica y Kwon...
Lo mira.
—Kwon sigue siendo Kwon.
—Eso no es una condición médica —protesta.
—Todavía no está confirmado.
Jiwon se seca los ojos con una manga.
Recién entonces noto que estuvo llorando.
—¿Qué ocurrió?
Respira hondo.
—Aparecimos en medio de una llanura. Había miles de esqueletos en la distancia.
—¿Miles? —pregunta uno de los guardias.
Jiwon asiente.
—Al principio creímos que estaban inmóviles. Después apareció una ventana.
Eunbyeol pasa una página y me muestra el registro que copió.
[Misión secundaria]
[Los últimos caminantes.]
[Alcance la Ciudad de la Llama antes de que los muertos despierten por completo.]
[Condición adicional: conserve con vida al menos a un integrante del grupo.]
[Recompensa variable según el número de supervivientes.]
—Una condición bastante generosa —murmuro.
Kwon suelta una risa seca.
—Eso mismo pensé hasta que empezaron a levantarse.
—¿Cuánto tiempo tuvieron?
—Diez minutos —responde Eunbyeol—. La ciudad estaba a veintisiete kilómetros.
Observo el estado en que se encuentran.
—No tardaron diez minutos en llegar.
—La misión no exigía que llegáramos antes de que todos despertaran —explica—. Solo antes de que el proceso se completara.
Haejin deja caer la mochila contra una pared.
—Despertaban por etapas.
—Primero, los más cercanos —continúa Eunbyeol—. Después, grupos mayores. Cuanto más avanzábamos, más fuertes eran.
—¿Intentaron rodearlos?
—Al principio —responde Doyun—, pero los esqueletos podían sentirnos aunque no nos vieran.
Señala la luna rojiza.
—Cada vez que esa luz aumentaba, todos giraban hacia nosotros al mismo tiempo.
Así que la luna funciona como una conexión.
Quizá como una fuente de órdenes.
—¿Qué ocurrió después?
Mujin apoya la punta de la espada en el suelo.
—Abrimos camino.
—Esa es una descripción bastante limitada —dice Kwon—. Cargó de frente y casi consiguió que lo rodearan durante los primeros cinco minutos.
—La formación necesitaba espacio.
—La formación necesitaba que no te murieras.
Mujin da un paso hacia él.
—¿Querés comprobar quién estuvo más cerca?
—Los dos —interviene Jiwon con firmeza—. Ambos estuvieron a segundos de morir.
Los dos guardan silencio.
Al menos aprendieron a obedecerla en asuntos médicos.
—Mujin creó una abertura —continúa Eunbyeol—. Kwon marcó una ruta entre los grupos más débiles. Doyun eliminó a los esqueletos que parecían dirigir al resto.
—¿Cómo los reconociste?
El arquero levanta la vista.
—Tenían una luz roja dentro del cráneo.
—Núcleos de control.
—Cuando destruía uno, los muertos cercanos quedaban inmóviles durante unos segundos.
Eso confirma la nigromancia.
Un ejército tan numeroso necesita nodos para transmitir órdenes.
—Haejin encontró una forma de romper varios al mismo tiempo —añade Eunbyeol.
La maga levanta débilmente la cabeza.
—Los núcleos compartían una frecuencia.
—¿Una frecuencia?
—Una pulsación de maná. Cuando Doyun destruyó el tercero, noté que los demás reaccionaban con el mismo retraso. Utilicé magia de resonancia.
—Casi se desmaya —dice Jiwon.
—Pero funcionó.
—Te desmayaste durante cuatro minutos.
—Después funcionó.
Jiwon la mira con una expresión que anuncia una discusión futura.
—¿Y vos? —le pregunto a Jiwon.
Su rostro pierde parte del color.
—Intenté mantenerlos vivos.
No es toda la respuesta.
—¿Qué viste?
Baja la mirada.
—No todos los esqueletos eran soldados. Había niños, ancianos y personas con cadenas en las muñecas.
Sus dedos se cierran.
—Algunos todavía tenían carne sobre los huesos. Se movían y gritaban, pero no podían controlar sus cuerpos.
Es parecido a los espectros de la ciudad.
Solo que ellos aún conservan suficiente conciencia para sentir lo que hacen.
—Uno me agarró de la pierna —continúa Jiwon—. Pensé que quería atacarme, pero solo repetía que lo curara.
Las lágrimas regresan a sus ojos.
—Intenté usar mi habilidad.
Comprendo antes de que termine.
—No funcionó.
Niega con la cabeza.
—No estaba herido. Estaba muerto.
Mujin aparta la mirada.
Kwon deja de sonreír.
—No podíamos llevarlo con nosotros. Los demás se acercaban.
—Lo maté yo —dice Kwon.
Ella cierra los ojos.
—Lo sé.
—Me lo pidió.
—También lo sé.
La futura clériga todavía no aprendió que algunas personas no pueden ser salvadas.
Quizá nunca termine de aceptarlo.
Eso forma parte de lo que la vuelve valiosa.
También podría destruirla.
—Tomaste la decisión correcta.
Jiwon levanta la mirada.
—No se sintió correcta.
—Las decisiones correctas rara vez se sienten bien en un lugar como este.
Eunbyeol cierra la libreta un instante.
—Después de varias horas encontramos una zona elevada donde pudimos descansar.
—¿Horas?
—Trece —responde Doyun—. No podíamos dormir. Cada vez que la luna se hacía visible, los esqueletos se volvían más rápidos.
—Y más inteligentes —añade Kwon—. Al final ya utilizaban formaciones.
Eso no es comportamiento residual.
Alguien los adapta a su resistencia.
Los observa.
—¿Vieron al responsable?
Todos niegan.
Haejin es la única que duda.
—No vi a nadie, pero sentí algo.
—¿Dónde?
Señala hacia la montaña lejana.
La misma que observé al llegar.
—Cada vez que destruía un núcleo, una onda mágica regresaba hacia allí.
Miro por encima de la muralla. La montaña se alza a varios kilómetros, apenas visible detrás de la llanura.
Así que no es solo parte del paisaje.
—Al amanecer... —empieza Kwon.
Lo miro.
—No amaneció —se corrige—. Después de unas veinte horas, apareció otra ventana y la misión marcó una ruta hacia esta ciudad.
Eunbyeol vuelve a abrir la libreta.
[Los caminantes han demostrado que desean vivir.]
[La llama todavía arde.]
[Avancen hacia ella.]
[Los muertos no cruzarán la última frontera mientras la ciudad conserve su nombre.]
La ciudad conserve su nombre.
Otra pista del sistema.
Tan ambigua como todas.
—Al acercarnos a las murallas, los esqueletos dejaron de perseguirnos —explica Eunbyeol—. Se detuvieron a unos dos kilómetros.
—El límite de la llama.
Eldric, que escucha desde cerca, se aproxima.
—La llama nunca protegió más allá de los muros.
—Ahora es más fuerte que antes.
La voluntad compartida de los habitantes amplió su alcance.
Eso explica por qué el ejército no se acerca.
Por ahora.
—¿Dónde están esos esqueletos? —pregunta uno de los guardias.
Kwon señala hacia la llanura.
—Esperando.
El hombre palidece.
—¿Cuántos sobrevivieron? —pregunto.
Eunbyeol tarda un instante en comprender.
—Todos.
Una ventana aparece frente a los seis.
[Misión secundaria completada.]
[Los últimos caminantes.]
[Integrantes iniciales: 6.]
[Supervivientes: 6.]
[Evaluación: S.]
[Recompensas pendientes hasta la finalización del segundo piso.]
Kwon observa la ventana.
—Otra S.
Mujin sonríe.
—Esta vez no podés decir que la tuya fue mejor.
—Yo abrí la ruta.
—Yo impedí que nos aplastaran.
—Yo destruí los núcleos —dice Doyun.
—Y yo rompí la red mágica —añade Haejin.
Jiwon los mira con incredulidad.
—¿Realmente van a discutir ahora?
Eunbyeol ignora la conversación y se acerca a mí.
—¿Qué ocurrió en la ciudad?
Mira las manchas oscuras de mi ropa y después las tumbas que se extienden fuera de las murallas.
Es demasiado observadora para aceptar una respuesta superficial.
—Había espectros en las calles. La llama los mantenía inmóviles.
—¿Y ahora?
—Ya no existen.
Su mirada pasa del cementerio a las personas que todavía me observan con odio.
Comprende.
—Los mató.
—Sí.
—¿No había forma de salvarlos?
—No encontré ninguna.
No le diré que estoy completamente seguro.
La certeza absoluta es un lujo que casi nunca existe.
—Algunos habitantes creen que sí —añado—. Por eso me odian.
Eunbyeol permanece callada varios segundos.
—¿Usted cree que hizo lo correcto?
Miro hacia el cementerio improvisado.
—Creo que era necesario.
—No es lo mismo.
—No.
Su respuesta me recuerda que todavía tiene mucho que aprender.
O quizá soy yo quien olvidó algo después de tantos años tomando decisiones de esa clase.
Un rugido lejano atraviesa la llanura.
Todos levantan la cabeza.
Las nubes vuelven a moverse y la luna rojiza queda un poco más expuesta. A varios kilómetros, incontables puntos rojos comienzan a encenderse entre la oscuridad.
El ejército de esqueletos sigue allí.
Esperando fuera del alcance de la llama.
Haejin mira hacia la montaña.
—La señal volvió a aparecer.
Siento el cambio en el maná del ambiente. Una corriente negra desciende desde la montaña y se extiende sobre la llanura como raíces invisibles.
Kwon desenvaina sus cuchillos.
—Supongo que no podremos descansar.
—Sí podrán.
Todos me miran.
—Coman, duerman y recuperen energía. La llama tiene combustible para cinco días y los muertos todavía no pueden acercarse.
Mujin frunce el ceño.
—¿Y vos?
Vuelvo la mirada hacia la montaña.
—Voy a averiguar quién está levantando cadáveres.
Eunbyeol da un paso al frente.
—No debería ir solo.
—Todavía están agotados.
—Eso no responde lo que dije.
—No necesito compañía para observar.
Kwon suelta una risa.
—Cada vez que decís eso terminás peleando contra miles de cosas.
No está equivocado.
—Entonces intentaré observar con más cuidado.
Mujin levanta la espada.
—Voy con vos.
—No.
—Jefe...
—Tu trabajo es proteger la ciudad mientras no estoy.
Su expresión cambia.
Sabe que esa orden no es menos importante.
Miro a Eunbyeol.
—Organizá las defensas. Averiguá cuántas personas pueden luchar, qué recursos tienen y cuáles son los puntos débiles de la muralla.
Asiente, aunque claramente no está conforme.
—Jiwon, atendé a los heridos. Doyun, buscá posiciones de disparo. Haejin, estudiá el alcance de la llama. Kwon...
—¿Sí?
—No causes problemas.
—Eso no es una tarea.
—Para vos sí.
Me dirijo hacia la puerta.
Detrás de mí, Kwon vuelve a gritar:
—¡Capitán!
Me detengo.
—¿Qué?
Su expresión ya no es burlona.
—Vimos algo más en la llanura.
—¿Qué cosa?
Eunbyeol responde por él. Abre la libreta y me muestra un dibujo: un círculo negro atravesado por seis líneas, con una luna roja en el centro.
Lo reconozco.
No porque lo haya visto en este piso.
Siglos después, ese mismo símbolo apareció grabado sobre las puertas de una ciudad destruida en el piso treinta.
Es el emblema de una de las órdenes de nigromantes más antiguas de la Torre.
Los Hijos de la Luna Muerta.
Cierro la libreta.
—Quédense dentro de la protección.
—¿Los conoce? —pregunta Haejin.
La presión del sistema roza el aire.
No puedo explicar dónde los vi.
—Conozco la clase de magia que utilizan.
Eso basta.
Vuelvo a observar la montaña.
La misión principal exige devolverle la luz a la ciudad.
Pero, antes de crear un amanecer, tendré que enfrentarme a quienes llevan siglos alimentando la noche.