Una vez que la llama recuperó suficiente fuerza, una nueva ventana apareció frente a mí.
[Protección de la ciudad estabilizada.]
[Tiempo restante estimado: 133 horas, 32 minutos.]
Más de cinco días.
Y todo lo que habían necesitado era compartir una pequeña parte de sus recuerdos.
Algunos entregaron momentos importantes.
Otros apenas cedieron el sabor de una comida, el rostro de un desconocido o una tarde sin valor.
Aun así, la llama había multiplicado su duración de forma absurda.
Los habitantes habían comprendido mal el fuego durante generaciones.
No necesitaba devorar por completo a una persona.
Necesitaba recuerdos entregados voluntariamente.
El problema nunca había sido la llama.
Había sido la soledad.
Salí del campanario y subí hasta la parte superior de la muralla.
Desde allí podía observar gran parte de la ciudad.
Poco a poco, las puertas comenzaron a abrirse.
Los habitantes abandonaban sus refugios con cautela. Algunos llevaban armas improvisadas. Otros caminaban tomados de las manos.
Nadie se alejaba demasiado.
En las calles, los espectros permanecían inmóviles.
Había cientos.
Quizá miles.
Algunos estaban de pie frente a las casas donde habían vivido. Otros conservaban restos de armaduras, herramientas o prendas desgarradas.
Con la mirada desenfocada y los cuerpos paralizados por la llama, parecían simples estatuas.
Pero no lo eran.
En cuanto la protección volviera a debilitarse, comenzarían a moverse.
Y matarían a todos los que encontraran.
Tenía que encargarme de ellos.
Aunque a los habitantes no les gustaría demasiado mi solución.
Bajé de la muralla.
Eldric me esperaba cerca de la escalera junto a otros hombres.
—La llama durará más de cinco días —dijo, todavía sorprendido—. Nunca había permanecido encendida tanto tiempo.
—Eso nos da margen.
—¿Margen para qué?
Miré hacia la calle.
Uno de los espectros estaba detenido a pocos metros de nosotros. Era una mujer de cabello largo, cubierta con un vestido antiguo.
Una niña la observaba desde la puerta de una casa.
—Para limpiar la ciudad.
Eldric siguió mi mirada.
Su expresión cambió.
—¿Qué significa limpiar?
Me acerqué al espectro.
La criatura no reaccionó cuando me detuve frente a ella.
—Matarlos.
El anciano quedó inmóvil.
Los hombres que lo acompañaban comenzaron a murmurar.
—No puede hacer eso —dijo uno de ellos.
Lo miré.
—Puedo.
—Algunos son nuestras familias.
—Ya no lo son.
Una mujer salió de entre los habitantes.
—¡Mi esposo está ahí afuera!
Señaló a un espectro detenido junto a un pozo.
El cuerpo conservaba la forma de un hombre, aunque sus brazos eran demasiado largos y la piel estaba cubierta por manchas negras.
—Todavía dice mi nombre cuando la llama se debilita —continuó ella—. Todavía me recuerda.
—Recordar una palabra no lo convierte en la persona que conoció.
—Usted no puede saberlo.
—Lo vi intentar devorar a cualquiera que se acercara.
La mujer apretó los puños.
—Quizá exista una forma de curarlos.
—¿La encontraron durante todos estos años?
No respondió.
—Ahora sabemos que la llama funciona de una manera distinta —intervino Eldric—. Tal vez también nos equivocamos respecto a ellos.
Era posible.
No podía negarlo.
La Torre adoraba las reglas incompletas y las verdades escondidas.
Sin embargo, esperar una cura sin ninguna evidencia solo porque deseaban que existiera sería estupidez.
—Entonces probaremos uno —dije.
La mujer levantó la mirada.
—¿Cómo?
—Reduciremos temporalmente la protección sobre una zona pequeña.
Eldric palideció.
—Eso es demasiado peligroso.
—No si estoy presente.
—¿Y qué pretende comprobar?
—Si todavía queda alguien dentro.
La mujer corrió hacia el espectro de su esposo.
La sujeté antes de que pudiera alcanzarlo.
—No lo toque.
—¡Está inmóvil!
—Por ahora.
Ella intentó soltarse.
—¡Déjeme hablarle!
—Primero prepararemos el lugar.
La conduje hacia atrás y observé las calles.
Necesitábamos una zona cerrada.
Una plaza pequeña, varias calles estrechas y suficientes puntos altos para controlar cualquier movimiento.
Señalé un antiguo patio cercado por muros de piedra.
—Allí.
Elegimos tres espectros.
El supuesto esposo de la mujer.
Un antiguo soldado que Eldric reconoció.
Y una joven a la que varios habitantes aseguraban haber escuchado llorar durante los periodos de oscuridad.
Los arrastramos hasta el patio mientras seguían paralizados.
Los habitantes observaban desde los tejados y detrás de las barricadas.
Nadie hablaba.
Seong permanecía en el campanario, controlando la llama junto a varias personas.
Habíamos descubierto que podía debilitar la protección en sectores concretos si concentraba su voluntad.
Era arriesgado.
Pero mejor que apagarla por completo.
Me situé en el centro del patio.
Los tres espectros estaban separados por varios metros.
—Cuando comiencen a moverse, nadie debe acercarse —advertí—. Aunque los llamen por su nombre.
La mujer abrazó sus propios brazos.
—Se llama Tomas.
—Entendido.
Miré hacia el campanario y levanté una mano.
La llama titiló.
La presión sobre el patio disminuyó.
Al principio no ocurrió nada.
Después, los dedos de los espectros comenzaron a moverse.
La joven dejó escapar un gemido.
El soldado giró el cuello.
Tomas levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos pálidos buscaron alrededor.
Entonces vio a su esposa.
—Mara...
La mujer dio un paso.
—¡Tomas!
Me interpuse.
—Quédese atrás.
El espectro abrió la boca.
—Mara...
Su voz parecía humana.
Dolorosa.
Casi suplicante.
La mujer comenzó a llorar.
—Soy yo. Estoy acá.
Tomas levantó una mano.
Durante un instante pareció que quería tocarla.
Después sus dedos se convirtieron en garras.
Se lanzó hacia ella.
Lo detuve sujetándolo del cuello.
El espectro rugió y trató de morderme.
Mara gritó.
—¡No lo lastime!
Tomas continuó forcejeando.
Su rostro se deformó mientras repetía el nombre de la mujer entre gruñidos.
—Mara...
—¿Tomas? —pregunté.
La criatura giró hacia mí.
—¿Quién es Mara?
No respondió.
Solo intentó alcanzarla otra vez.
—¿Dónde vivías?
Nada.
—¿Qué edad tenías?
Rugió.
—¿Cómo murió tu hijo?
La mujer dejó de respirar.
El espectro se quedó quieto durante una fracción de segundo.
Luego volvió a atacar.
No había reconocimiento.
Solo una reacción ante sonidos que alguna vez tuvieron significado.
Como un animal entrenado para responder a una palabra.
Le golpeé la nuca y lo derribé.
No lo maté.
Todavía.
El antiguo soldado comenzó a moverse.
Eldric lo llamó desde la barricada.
—¡Gareth!
El espectro giró.
—Capitán...
Eldric abrió los ojos.
—Me reconoce.
—Tal vez.
Me acerqué al soldado.
—¿Cuál era tu rango?
—Capitán...
—¿Qué unidad comandabas?
—Capitán...
—¿Quién era tu rey?
—Capitán...
La misma palabra.
Una y otra vez.
Un fragmento aislado.
No una persona.
La joven fue diferente.
Se sentó en el suelo y comenzó a llorar.
No atacó.
Durante varios segundos, permaneció abrazando sus rodillas.
Algunos habitantes empezaron a murmurar.
—Ella sigue ahí.
—Puede sentir.
—Tal vez puedan salvarse.
Me acerqué con cuidado.
—¿Cómo te llamás?
La joven no respondió.
—¿Podés entenderme?
Levantó el rostro.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas negras.
—Tengo... frío...
Eran palabras coherentes.
Me agaché frente a ella.
—¿Recordás quién sos?
—Frío...
—¿Recordás esta ciudad?
—No quiero...
Su cuerpo comenzó a temblar.
—¿Qué no querés?
La joven miró hacia el campanario.
—No quiero volver.
Una presión oscura surgió de su piel.
La llama azul tembló.
Las cadenas invisibles de la protección parecieron tensarse a su alrededor.
—¿Volver adónde?
Su expresión se retorció.
—A la luz.
Entonces comprendí.
No estaba asustada de la oscuridad.
Estaba asustada de la llama.
La joven gritó y su cuerpo comenzó a transformarse. Sus brazos se alargaron, sus huesos rompieron la piel y una masa negra salió de su espalda.
Me alejé justo antes de que sus garras alcanzaran mi rostro.
La criatura se lanzó contra el muro.
No intentaba atacar a los habitantes.
Intentaba escapar de la protección.
La sujeté por una pierna y la estrellé contra el suelo.
El impacto abrió una grieta.
Aun así, siguió moviéndose.
—¡Basta! —gritó alguien desde las barricadas.
La criatura giró hacia el sonido.
Abrió la boca.
De su garganta salieron varias voces al mismo tiempo.
—Ayuda.
—Tengo frío.
—No quiero arder.
—Mamá.
—Matame.
La última palabra fue diferente.
Clara.
Consciente.
La criatura volvió la mirada hacia mí.
Durante un instante, sus ojos recuperaron un tono humano.
—Matame...
Levanté la espada.
Un solo corte.
Su cabeza cayó.
El cuerpo dejó de moverse.
El patio quedó en silencio.
Mara se tapó la boca.
Eldric bajó la mirada.
El soldado y Tomas seguían luchando contra la restricción, intentando alcanzar a los vivos.
No necesitábamos más pruebas.
Algunos fragmentos permanecían.
Palabras.
Emociones.
Recuerdos rotos.
Pero las personas que habían sido ya no podían controlar sus cuerpos.
Y, en los pocos momentos en que recuperaban conciencia, sufrían.
—No están vivos —dije.
Nadie respondió.
—Pero tampoco están completamente muertos.
Mara abrazó sus hombros.
—Entonces existe esperanza.
—No.
La miré.
—Existe sufrimiento.
Sus ojos se llenaron de rabia.
—¡No puede decidirlo por nosotros!
—No lo estoy decidiendo por ustedes.
Señalé los dos espectros restantes.
—Lo decido por quienes llevan años atrapados dentro de esos cuerpos.
—¡Tomas dijo mi nombre!
—Y después intentó arrancarle la garganta.
—Porque está enfermo.
—Porque ya no puede elegir.
La mujer comenzó a llorar.
No podía ofrecerle una respuesta amable.
No existía.
—¿Qué piensa hacer? —preguntó Eldric.
Miré las calles llenas de criaturas inmóviles.
—Matarlos a todos mientras la llama los mantenga quietos.
Un murmullo de horror recorrió a los habitantes.
—Eso sería una masacre —dijo uno de los hombres.
—Sí.
—Muchos fueron nuestros padres, hijos y hermanos.
—Por eso ustedes no tendrán que hacerlo.
Guardé la espada.
—Yo me encargaré.
Mara me miró con odio.
—¿Y después espera que le demos las gracias?
—No.
No necesitaba gratitud.
Solo necesitaba que no interfirieran.
—Pueden despedirse antes —continué—. Identifiquen a quienes reconozcan. Díganles lo que necesiten decir.
—No pueden escucharnos —dijo Eldric.
—Quizá no.
Miré el cuerpo de la joven.
—Pero algunos todavía aparecen durante unos segundos.
Nadie habló.
—Les daré hasta que la llama marque ciento veinte horas restantes.
Eldric abrió los ojos.
—Eso son más de trece horas.
—Es suficiente.
—¿Y después?
Desenvainé nuevamente la espada.
—Después esta ciudad dejará de estar llena de cadáveres que esperan una oportunidad para matar a los vivos.
Durante las horas siguientes, las calles cambiaron.
Los habitantes salieron de sus refugios.
No para celebrar.
Para despedirse.
Una madre se sentó frente a un niño oscuro y le contó cómo había aprendido a caminar.
Dos hermanos llevaron una silla hasta donde permanecía inmóvil una anciana y hablaron sobre su infancia.
Mara se quedó frente a Tomas.
No intentó tocarlo.
Solo sostuvo su mano a unos centímetros de la suya.
Algunos insultaron a los espectros.
Otros pidieron perdón.
Muchos simplemente lloraron.
Yo observé desde la muralla.
No interferí.
Cuando el contador finalmente descendió hasta el límite establecido, apareció frente a mí.
[Tiempo restante estimado: 120 horas.]
Me levanté.
Eldric estaba a mi lado.
—Van a odiarlo —dijo.
—Lo sé.
—Algunos intentarán detenerlo.
—También lo sé.
—¿Y aun así lo hará?
Miré las calles.
Miles de cuerpos inmóviles.
Miles de personas atrapadas entre recuerdos rotos, hambre y dolor.
—Sí.
Bajé de la muralla.
Los habitantes comenzaron a retirarse hacia sus casas.
Otros se quedaron.
Querían mirar.
Quizá para asegurarse de que no hubiera sufrimiento.
Tal vez para tener a alguien a quien culpar después.
Caminé hasta el primer espectro.
Era un anciano con parte del rostro destruido.
No sabía quién había sido.
Tampoco importaba.
Levanté la espada.
—Descansá.
La hoja descendió.
Y así comenzó la limpieza de la ciudad.
Cuando terminé, los ciudadanos comenzaron a enterrar a sus familiares.
No había suficiente espacio dentro de la ciudad, así que improvisaron un cementerio al otro lado de las murallas. Cavaron largas filas de tumbas en la tierra seca y marcaron cada una con piedras, pedazos de madera o armas rotas.
No todos los espectros pudieron ser identificados.
A muchos los enterraron juntos.
A otros, sus familias los reconocieron por una prenda, un collar o una deformación en la armadura que todavía llevaban puesta.
Yo no participé.
Ya había hecho mi parte.
Mientras caminaba por las calles, las miradas de los habitantes se clavaban sobre mí.
Algunas contenían miedo.
Otras, cierto respeto.
Pero también había odio.
Mucho.
—¡Asesino! —gritó alguien desde una ventana.
No me detuve.
—¡Andate de nuestra ciudad! —llegó desde un callejón.
Un pedazo de piedra cayó cerca de mis pies.
Seguí caminando.
No esperaba que me agradecieran.
Para ellos, yo no había liberado a miles de personas de una existencia miserable.
Había llegado desde afuera y decapitado los cuerpos de sus familiares.
Quizá, con el tiempo, algunos comprenderían mi decisión.
Otros jamás lo harían.
No importaba.
El resultado seguía siendo el mismo.
Los espectros ya no llenarían las calles cuando la llama se debilitara.
Mientras pensaba cuál debía ser mi siguiente paso, levanté la cabeza.
El cielo continuaba completamente oscuro.
Las nubes se habían separado un poco y dejaban ver una parte de la luna.
O aquello que ocupaba su lugar.
Un resplandor rojizo rodeaba su silueta, como si la luz intentara atravesar una capa de sangre.
Me detuve.
Había visto un paisaje parecido en mi antigua vida.
Fue en el piso treinta.
Allí la luna era de un rojo intenso y un miasma infernal cubría toda la región. Los cadáveres se levantaban pocos minutos después de morir y hasta las sombras intentaban aferrarse a los vivos.
Todo había sido obra de magia negra.
Nigromancia.
Este fenómeno era mucho más débil, pero el principio parecía el mismo.
Los espectros.
Los soldados muertos.
La luz rojiza detrás de las nubes.
Todo apuntaba en una misma dirección.
—Nigromantes... —susurré.
La llama mantenía inmóviles a los muertos dentro de la ciudad, pero no era la causa de su existencia.
Alguien los había creado.
O algo.
Antes de que pudiera decidir dónde empezar a buscar, escuché una conmoción cerca de la entrada principal.
Pasos apresurados.
Voces.
El sonido de lanzas golpeando escudos.
Los habitantes habían organizado una guardia improvisada después de la limpieza. Algunos recogieron las armaduras y armas de los soldados muertos; otros solo llevaban herramientas de trabajo.
Cuando llegué a la muralla, encontré a varios apuntando sus lanzas hacia la llanura.
—¡No se acerquen! —gritó uno de ellos—. ¡Identifíquense!
Entrecerré los ojos.
Varias figuras avanzaban desde la oscuridad.
Al principio solo pude distinguir siluetas.
Después reconocí sus movimientos.
Mujin caminaba al frente, cargando la espada sobre un hombro.
Doyun mantenía el arco preparado.
Hejin avanzaba en el centro junto a Jiwon.
Eunbyeol llevaba su libreta contra el pecho.
Y Kwon se movía unos pasos por delante del grupo, revisando constantemente los alrededores.
Todos estaban cubiertos de tierra.
Sus ropas tenían cortes y manchas de sangre.
Las ojeras bajo sus ojos dejaban claro que apenas habían dormido.
Pero estaban vivos.
Mi mirada se detuvo un instante más en Eunbyeol.
No parecía herida.
Bien.
—Son conocidos míos —les dije a los guardias—. Bajen las armas.
Los hombres dudaron.
—Pero vienen desde la pradera.
—Ya lo veo.
—Podrían estar infectados.
Giré la cabeza hacia él.
El guardia bajó lentamente la lanza.
Los portones se abrieron lo suficiente para permitirles pasar.
Apenas Kwon cruzó, levantó ambos brazos.
—¡Puta madre, capitán!
Suspiré.
—Ah...
Había pasado por una misión desconocida, atravesado una llanura cubierta de muertos y llegado hasta una ciudad maldita.
Pero su educación seguía exactamente igual.
—Me alegra ver que la Torre no consiguió corregirte —dije.
—Casi nos mata cinco veces y eso es lo primero que decís.
—Entonces no se esforzó lo suficiente.
Kwon parecía dispuesto a responder, pero Mujin lo apartó con el hombro.
—Jefe.
Inclinó la cabeza a modo de saludo.
Doyun hizo lo mismo.
Hejin apenas levantó una mano. Parecía demasiado cansada para hablar.
Jiwon llegó hasta mí y dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
—Finalmente...
Eunbyeol permaneció unos pasos detrás de ella.
Nuestros ojos se encontraron.
—Nos encontramos —dijo.
—Sí.
Quise preguntarle si estaba herida.
Revisar sus brazos.
Asegurarme de que la sangre sobre su ropa no fuera suya.
Pero no podía mostrar una preocupación distinta frente a los demás.
—Informe de estado —ordené—. Heridas, recursos y situación de la misión.
La expresión de Eunbyeol se volvió seria inmediatamente.
Abrió la libreta.
—Ninguna herida crítica. Doyun tiene una lesión leve en el hombro derecho. Mujin recibió varios cortes superficiales. Hejin agotó casi toda su reserva mágica y Kwon...
Miró hacia él.
—Kwon sigue siendo Kwon.
—Eso no es una condición médica —protestó.
—Todavía no está confirmado.
Jiwon se secó los ojos con una manga.
Recién entonces noté que había estado llorando.
—¿Qué ocurrió? —pregunté.
Ella respiró hondo.
—Aparecimos en medio de una llanura.
Su voz tembló ligeramente.
—Había miles de esqueletos en la distancia.
—¿Miles? —preguntó uno de los guardias.
Jiwon asintió.
—Al principio creíamos que estaban inmóviles. Después apareció una ventana.
Eunbyeol pasó una página y me mostró el registro que había copiado.
[Misión secundaria]
[Los últimos caminantes.]
[Alcance la Ciudad de la Llama antes de que los muertos despierten por completo.]
[Condición adicional: conserve con vida al menos a un integrante del grupo.]
[Recompensa variable según el número de supervivientes.]
—Una condición bastante generosa —murmuré.
Kwon soltó una risa seca.
—Eso mismo pensé hasta que comenzaron a levantarse.
—¿Cuánto tiempo tuvieron?
—Diez minutos —respondió Eunbyeol—. La ciudad se encontraba a veintisiete kilómetros.
Miré el estado en el que se encontraban.
—No tardaron solamente diez minutos en llegar.
—La misión no exigía que llegáramos antes de que todos despertaran —explicó—. Solo antes de que el proceso se completara.
Hejin dejó caer su mochila contra una pared.
—Despertaban por etapas.
—Primero los más cercanos —continuó Eunbyeol—. Después grupos mayores. Cuanto más avanzábamos, más fuertes eran.
—¿Intentaron rodearlos?
—Al principio —respondió Doyun—. Pero los esqueletos podían sentirnos aunque no nos vieran.
Señaló la luna rojiza.
—Cada vez que esa luz aumentaba, todos giraban hacia nosotros al mismo tiempo.
Así que la luna funcionaba como una conexión.
Quizá una fuente de órdenes.
—¿Qué ocurrió después? —pregunté.
Mujin apoyó la punta de la espada en el suelo.
—Abrimos camino.
—Eso es una descripción bastante limitada —dijo Kwon—. Él cargó de frente y casi consiguió que lo rodearan durante los primeros cinco minutos.
—La formación necesitaba espacio.
—La formación necesitaba que no te murieras.
Mujin dio un paso hacia él.
—¿Querés comprobar quién estuvo más cerca de morir?
—Los dos —intervino Jiwon con firmeza—. Ambos estuvieron a segundos de morir.
Los dos guardaron silencio.
Al menos habían aprendido a obedecerla en asuntos médicos.
—Mujin creó una abertura —continuó Eunbyeol—. Kwon marcó una ruta entre los grupos más débiles. Doyun eliminó a los esqueletos que parecían dirigir al resto.
—¿Cómo los reconociste? —pregunté.
El arquero levantó la vista hacia el cielo.
—Tenían una luz roja dentro del cráneo.
—Núcleos de control —deduje.
—Cuando destruía uno, los muertos cercanos quedaban inmóviles durante unos segundos.
Eso confirmaba la nigromancia.
Un ejército tan numeroso necesitaba nodos para transmitir órdenes.
—Hejin encontró una forma de romper varios al mismo tiempo —añadió Eunbyeol.
La maga levantó débilmente la cabeza.
—Los núcleos compartían una frecuencia.
—¿Una frecuencia?
—Una pulsación de mana —explicó—. Cuando Doyun destruyó el tercero, noté que los demás reaccionaban con el mismo retraso. Utilicé magia de resonancia.
—Casi se desmaya —dijo Jiwon.
—Pero funcionó.
—Te desmayaste durante cuatro minutos.
—Después funcionó.
Jiwon la miró con una expresión que anunciaba una discusión futura.
—¿Y vos? —le pregunté a Jiwon.
Su rostro perdió parte del color.
—Intenté mantenerlos vivos.
No era toda la respuesta.
—¿Qué viste?
Ella bajó la mirada.
—No todos los esqueletos eran soldados.
El resto del grupo quedó en silencio.
—Había niños —continuó—. Ancianos. Personas con cadenas en las muñecas.
Sus dedos se cerraron.
—Algunos todavía tenían carne sobre los huesos. Se movían y gritaban, pero no podían controlar sus cuerpos.
Era parecido a los espectros de la ciudad.
Solo que aquellos aún conservaban suficiente conciencia para sentir lo que hacían.
—Uno de ellos agarró mi pierna —dijo Jiwon—. Pensé que quería atacarme, pero solo repetía que lo curara.
Las lágrimas regresaron a sus ojos.
—Intenté usar mi habilidad.
Comprendí antes de que terminara.
—No funcionó.
Negó con la cabeza.
—No estaba herido. Estaba muerto.
Mujin apartó la mirada.
Kwon dejó de sonreír.
—No podíamos llevarlo con nosotros —continuó Jiwon—. Los demás se acercaban.
—Lo maté yo —dijo Kwon.
Ella cerró los ojos.
—Lo sé.
—Me lo pidió.
—También lo sé.
La futura clériga todavía no había aprendido que algunas personas no podían ser salvadas.
Y quizá nunca terminaría de aceptarlo.
Eso era parte de lo que la hacía valiosa.
También podía destruirla.
—Tomaste la decisión correcta —le dije.
Jiwon levantó la mirada.
—No se sintió correcta.
—Las decisiones correctas rara vez se sienten bien en un lugar como este.
Eunbyeol cerró la libreta un instante.
—Después de varias horas encontramos una zona elevada donde pudimos descansar.
—¿Horas? —pregunté.
—Trece —respondió Doyun—. No podíamos dormir. Cada vez que la luna se hacía visible, los esqueletos se volvían más rápidos.
—Y más inteligentes —agregó Kwon—. Al final ya utilizaban formaciones.
Eso no era comportamiento residual.
Alguien los estaba adaptando a su resistencia.
Observándolos.
—¿Vieron al responsable?
Todos negaron.
Hejin fue la única que dudó.
—No vi a nadie, pero sentí algo.
—¿Dónde?
Señaló hacia la montaña lejana.
La misma que yo había observado al llegar.
—Cada vez que destruía un núcleo, una onda mágica regresaba hacia allí.
Miré por encima de la muralla.
La montaña se alzaba a varios kilómetros, apenas visible detrás de la llanura.
Así que no era solo parte del paisaje.
—Al amanecer... —comenzó Kwon.
Lo miré.
—No amaneció —se corrigió—. Después de unas veinte horas, apareció otra ventana y la misión marcó una ruta hacia esta ciudad.
Eunbyeol volvió a abrir la libreta.
[Los caminantes han demostrado que desean vivir.]
[La llama todavía arde.]
[Avancen hacia ella.]
[Los muertos no cruzarán la última frontera mientras la ciudad conserve su nombre.]
La ciudad conserve su nombre.
Otra pista del sistema.
Tan ambigua como todas.
—Al acercarnos a las murallas, los esqueletos dejaron de perseguirnos —explicó Eunbyeol—. Se detuvieron a unos dos kilómetros.
—El límite de la llama —dije.
Eldric, que escuchaba desde cerca, se acercó.
—La llama nunca protegió más allá de los muros.
—Ahora es más fuerte que antes.
La voluntad compartida de los habitantes había ampliado su alcance.
Eso explicaba por qué el ejército no se acercaba.
Por ahora.
—¿Dónde están esos esqueletos? —preguntó uno de los guardias.
Kwon señaló hacia la llanura.
—Esperando.
El hombre palideció.
—¿Cuántos sobrevivieron? —pregunté.
Eunbyeol tardó un instante en comprender.
—Todos.
Una ventana apareció frente a los seis.
[Misión secundaria completada.]
[Los últimos caminantes.]
[Integrantes iniciales: 6.]
[Supervivientes: 6.]
[Evaluación: S.]
[Recompensas pendientes hasta la finalización del segundo piso.]
Kwon observó la ventana.
—Otra S.
Mujin sonrió.
—Esta vez no podés decir que la tuya fue mejor.
—Yo abrí la ruta.
—Yo impedí que nos aplastaran.
—Yo destruí los núcleos —dijo Doyun.
—Yo rompí la red mágica —añadió Hejin.
Jiwon los miró con incredulidad.
—¿Realmente van a discutir ahora?
Eunbyeol ignoró la conversación y se acercó a mí.
—¿Qué ocurrió en la ciudad?
Miró las manchas oscuras sobre mi ropa.
Después las tumbas que se extendían fuera de las murallas.
Era demasiado observadora para aceptar una respuesta superficial.
—Había espectros en las calles —dije—. La llama los mantenía inmóviles.
—¿Y ahora?
—Ya no existen.
Su mirada pasó del cementerio a las personas que todavía me observaban con odio.
Comprendió.
—Los mató.
—Sí.
—¿No había forma de salvarlos?
—No encontré ninguna.
No le diría que estaba completamente seguro.
La certeza absoluta era un lujo que casi nunca existía.
—Algunos habitantes creen que sí —añadí—. Por eso me odian.
Eunbyeol permaneció callada durante varios segundos.
—¿Usted cree que hizo lo correcto?
Miré hacia el cementerio improvisado.
—Creo que era necesario.
—No es lo mismo.
—No.
Su respuesta me recordó que todavía tenía mucho que aprender.
O quizá era yo quien había olvidado algo después de tantos años tomando decisiones de esa clase.
Un rugido lejano atravesó la llanura.
Todos levantaron la cabeza.
Las nubes volvieron a moverse.
La luna rojiza quedó un poco más expuesta.
A varios kilómetros, incontables puntos rojos comenzaron a encenderse entre la oscuridad.
El ejército de esqueletos seguía allí.
Esperando fuera del alcance de la llama.
Hejin miró hacia la montaña.
—La señal volvió a aparecer.
Sentí el cambio en el mana del ambiente.
Una corriente negra descendía desde la montaña y se extendía sobre la llanura como raíces invisibles.
Kwon desenvainó sus cuchillos.
—Supongo que no podremos descansar.
—Sí podrán —respondí.
Todos me miraron.
—Coman, duerman y recuperen energía. La llama tiene combustible para cinco días y los muertos todavía no pueden acercarse.
Mujin frunció el ceño.
—¿Y vos?
Volví la mirada hacia la montaña.
—Voy a averiguar quién está levantando cadáveres.
Eunbyeol dio un paso al frente.
—No debería ir solo.
—Todavía están agotados.
—Eso no responde lo que dije.
—No necesito compañía para observar.
Kwon soltó una risa.
—Cada vez que decís eso terminás peleando contra miles de cosas.
No estaba equivocado.
—Entonces intentaré observar con más cuidado.
Mujin levantó la espada.
—Voy con vos.
—No.
—Jefe—
—Tu trabajo es proteger la ciudad mientras no estoy.
Su expresión cambió.
Sabía que esa orden no era menos importante.
Miré a Eunbyeol.
—Organizá las defensas. Averiguá cuántas personas pueden luchar, qué recursos tienen y cuáles son los puntos débiles de la muralla.
Ella asintió, aunque claramente no estaba conforme.
—Jiwon, atendé a los heridos. Doyun, buscá posiciones de disparo. Hejin, estudiá el alcance de la llama. Kwon...
—¿Sí?
—No causes problemas.
—Eso no es una tarea.
—Para vos sí.
Me dirigí hacia la puerta.
Detrás de mí, Kwon volvió a gritar:
—¡Capitán!
Me detuve.
—¿Qué?
Su expresión ya no era burlona.
—Vimos algo más en la llanura.
—¿Qué cosa?
Eunbyeol respondió por él.
—Un símbolo.
Abrió la libreta y me mostró un dibujo.
Un círculo negro atravesado por seis líneas, con una luna roja en el centro.
Lo reconocí.
No porque lo hubiera visto en aquel piso.
Sino porque, siglos después, ese mismo símbolo apareció grabado sobre las puertas de una ciudad destruida en el piso treinta.
El emblema de una de las órdenes de nigromantes más antiguas de la Torre.
Los Hijos de la Luna Muerta.
Cerré la libreta.
—Quédense dentro de la protección.
—¿Los conoce? —preguntó Hejin.
La presión del sistema rozó el aire.
No podía explicar dónde los había visto.
—Conozco la clase de magia que utilizan —respondí.
Eso era suficiente.
Volví a observar la montaña.
La misión principal exigía devolver la luz a la ciudad.
Pero antes de crear un amanecer, tendría que enfrentarme a quienes llevaban siglos alimentando la noche.