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Capítulo 29: piso 2 (6)

NicolasPeanl
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Al salir de la cueva con los supervivientes, el primer problema se volvió evidente de inmediato.

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Al salir de la cueva con los supervivientes, el primer problema se volvió evidente de inmediato.

Estaban demasiado débiles.

No se trataba solamente de cansancio.

La magia de los nigromantes había extraído algo más profundo de sus cuerpos. Sus movimientos eran lentos, sus piernas temblaban y algunos apenas conseguían mantenerse conscientes.

De los doce supervivientes, solo cinco podían correr.

Tres caminaban con dificultad.

Los otros cuatro necesitaban ayuda para avanzar.

La mujer de cabello ensangrentado no sentía las piernas. El hombre de barba corta tenía el hombro dislocado y dos costillas rotas. Otro joven respiraba con un silbido húmedo, probablemente porque uno de sus pulmones había sido perforado.

Miré la llanura.

Los esqueletos que antes custodiaban el santuario seguían inmóviles alrededor de la montaña.

Pero ya no permanecerían así durante mucho tiempo.

El nigromante había muerto.

El nodo que transmitía sus órdenes había desaparecido.

Eso no significaba que su ejército se hubiera desactivado.

Solo que había perdido el control.

Y un cadáver sin órdenes podía ser más peligroso que uno obediente.

—Los que puedan caminar, ayuden a los que no —ordené—. Nadie se separa.

El hombre de barba corta se agachó junto a la mujer.

—Subí.

—No podés cargarme con ese hombro —respondió ella.

—Entonces apoyate sobre el otro.

Dos participantes improvisaron una camilla utilizando lanzas y restos de tela recuperados del santuario. Colocaron sobre ella al joven con el pulmón dañado.

Los demás se organizaron como pudieron.

Era una formación miserable.

Demasiado lenta.

Pero no tenía otra opción.

—Cuando empiece a luchar, continúen avanzando —advertí—. No se detengan aunque escuchen gritos.

La mujer me miró.

—¿Gritos de quién?

No respondí.

Empezamos a correr.

O, al menos, yo lo llamaría correr por respeto a su esfuerzo.

Para ellos era prácticamente una marcha forzada.

Apenas avanzamos unos cientos de metros, escuché el primer crujido.

Un esqueleto giró la cabeza.

La luz roja dentro de su cráneo se encendió de forma irregular.

Después otro.

Y otro.

En cuestión de segundos, decenas de puntos rojizos aparecieron detrás de nosotros.

—No miren atrás —dije.

Naturalmente, todos miraron.

La primera fila de esqueletos comenzó a caminar.

Sin un nigromante que regulara sus movimientos, lo hacían de manera desordenada. Algunos tropezaban. Otros chocaban entre sí.

Pero seguían siendo más rápidos que los heridos.

—¡Aceleren! —gritó el hombre de barba.

—¡No podemos! —respondió alguien desde la camilla.

El joven herido tosió.

Una mezcla de sangre y espuma escapó de su boca.

—Déjenme...

—Cerrá la boca —dijo uno de los que lo cargaban—. Vas a salir.

La distancia comenzó a reducirse.

Doscientos metros.

Ciento cincuenta.

Una flecha cayó delante de nosotros.

Luego otra.

Los arqueros muertos estaban despertando.

—¡Agáchense!

La primera lluvia oscureció el cielo.

Me giré y moví la espada.

La presión del corte desvió la mayoría de las flechas, pero no podía cubrir un área tan amplia sin arriesgarme a golpear a los supervivientes.

Una flecha pasó por debajo de mi defensa.

Escuché un golpe seco.

El hombre que sostenía la parte trasera de la camilla se detuvo.

Una punta oxidada sobresalía de su garganta.

Abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Solo sangre.

Sus dedos soltaron la lanza.

La camilla cayó de un lado y el joven herido rodó sobre el suelo, gritando cuando las costillas golpearon la tierra.

El hombre intentó sujetarse el cuello.

La sangre escapaba entre sus dedos con cada latido.

Di un paso hacia él.

Lo observé durante una fracción de segundo.

La flecha había atravesado la arteria.

No podía salvarlo.

—¡Continúen!

—¡Pero él...! —gritó una mujer.

—Está muerto.

El hombre todavía seguía de pie cuando lo dije.

Sus ojos se clavaron en mí.

Tal vez comprendió.

Tal vez no.

Un segundo después cayó de rodillas.

Los esqueletos lo alcanzaron antes de que su rostro tocara el suelo.

Uno le clavó una espada entre los omóplatos.

Otro lo sujetó por el cabello y tiró de su cabeza hacia atrás. La herida de la garganta se abrió todavía más y una corriente oscura descendió sobre su pecho.

No gritó.

Ya no podía.

Un tercer esqueleto hundió los dedos entre sus costillas y comenzó a separar la carne como si intentara abrir una bolsa.

Los demás supervivientes se quedaron inmóviles.

—¡DIJE QUE CORRAN!

Mi voz los hizo reaccionar.

Levantaron nuevamente la camilla.

El cuerpo del hombre desapareció bajo una masa de huesos.

No había tiempo para recuperarlo.

Corrimos.

Los esqueletos ya no intentaban mantener una formación.

Avanzaban como una manada hambrienta.

Me quedé atrás durante unos segundos y ataqué.

La espada atravesó cráneos, columnas y costillas.

Cada movimiento derribaba varios cadáveres.

Pero por cada diez que destruía, otros veinte aparecían desde los costados.

El ejército de la llanura había comenzado a cerrar el círculo.

—¡Hacia las rocas! —ordené.

A nuestra izquierda había una formación baja de piedra. Si conseguíamos alcanzarla, limitaríamos las rutas por las que podían rodearnos.

El grupo cambió de dirección.

Fue un error necesario.

El terreno era irregular.

La mujer que ayudaba al hombre de barba tropezó con un hueso enterrado y cayó.

Su compañero intentó levantarla.

—¡Dame la mano!

Ella estiró el brazo.

Una lanza salió desde la oscuridad y atravesó su palma.

La punta continuó hasta hundirse en su mejilla.

La mujer quedó clavada al suelo.

Durante un instante no gritó.

La sorpresa fue demasiado grande.

Después intentó arrancarse la mano.

El movimiento hizo que el filo desgarrara todavía más la carne de su rostro.

—¡Ayudame! —gritó.

El hombre de barba sujetó la lanza.

Un esqueleto tiraba del otro extremo.

Él intentó romper el asta, pero su hombro lesionado no respondió.

Corrí hacia ellos.

Antes de que llegara, otro esqueleto apareció junto a la mujer.

Levantó un hacha.

—¡NO!

El hombre se arrojó sobre ella.

El golpe descendió.

La hoja no alcanzó su cabeza.

Se hundió en su vientre.

La armadura ligera apenas redujo el impacto.

El hacha abrió su abdomen y quedó trabada en la pelvis.

La mujer expulsó el aire.

Sus ojos se abrieron por completo.

Miró hacia abajo.

Parte de sus intestinos comenzó a deslizarse entre la herida y la madera del arma.

El hombre de barba intentó sujetarlos con una mano.

—No mires. No mires.

Ella sí miró.

Y empezó a gritar.

El esqueleto tiró del hacha.

La hoja salió con un ruido húmedo, arrastrando tejido y una sección de intestino que quedó enganchada al filo.

Llegué.

Corté al esqueleto por la cintura.

Después al de la lanza.

El hombre de barba seguía presionando la herida.

—Podemos cargarla.

Miré el abdomen abierto.

La sangre ya había empapado la tierra.

No sobreviviría ni diez minutos.

—No.

—¡Podemos intentarlo!

—No llegaría.

La mujer me observó.

Su respiración era rápida y superficial.

—No... quiero que me coman...

Su voz apenas se escuchaba.

Detrás de nosotros, los esqueletos continuaban acercándose.

Levanté la espada.

El hombre de barba comprendió.

—Esperá.

Se agachó junto a ella y apoyó la frente contra la suya.

—¿Cómo te llamabas?

La pregunta lo sorprendió incluso a él.

Habían estado encerrados juntos y ni siquiera conocían sus nombres.

—Sujin...

—Yo soy Minho.

Ella intentó sonreír.

—Mucho gusto...

El primer esqueleto llegó a menos de diez metros.

—Minho —dije.

Él cerró los ojos.

Después se apartó.

Sujin volvió a mirarme.

—Rápido.

La espada descendió sobre su cuello.

Su cabeza se separó limpiamente.

No hubo dolor adicional.

Solo un último movimiento de sus labios.

Minho se quedó mirando el cuerpo.

Lo sujeté del brazo sano y lo obligué a levantarse.

—No desperdicies lo que acaba de darte.

Continuamos.

Ahora quedaban diez.

La formación rocosa estaba cerca.

Cincuenta metros.

Entonces escuché un sonido grave debajo del suelo.

No pasos.

Algo excavando.

—¡Sepárense!

La tierra explotó.

Una criatura formada por huesos de animales surgió bajo la camilla. Tenía seis patas y una mandíbula compuesta por varias mandíbulas humanas encajadas unas dentro de otras.

La camilla salió despedida.

El joven del pulmón perforado cayó directamente frente a la criatura.

Intentó arrastrarse.

La bestia le mordió una pierna.

Los dientes atravesaron el muslo.

Él gritó mientras sus compañeros tiraban de sus brazos.

La criatura tiró en dirección contraria.

La pierna se estiró de manera antinatural.

El hueso del fémur rompió la piel cerca de la cadera.

—¡SÁQUENME! —gritó el joven—. ¡SÁQUENME DE ACÁ!

Los dos supervivientes tiraron con toda su fuerza.

La bestia sacudió la cabeza.

La pierna se separó.

No se cortó limpiamente.

La carne se desgarró poco a poco, dejando fibras musculares colgando entre el cuerpo y el miembro atrapado hasta que finalmente se rompieron.

El joven quedó libre.

La sangre salió de la arteria en pulsaciones violentas.

Me lancé sobre la bestia y atravesé su cráneo.

La criatura se desplomó con la pierna todavía atrapada en la mandíbula.

—¡Presión en la herida! —ordené.

Uno de los supervivientes se quitó el cinturón y lo ajustó sobre el muñón.

El joven lloraba.

—No siento... no siento la pierna...

—Eso es porque ya no está —respondió Minho.

No era la mejor forma de explicarlo.

Pero tampoco había tiempo para delicadeza.

Lo cargaron entre dos.

Su rostro comenzaba a perder color.

Incluso con el torniquete, había perdido demasiada sangre.

—No me dejen —repetía—. No me dejen.

—No vamos a dejarte —dijo uno de los hombres.

Mentía.

Yo podía escucharlo en su voz.

Sabía que el joven no llegaría.

Aun así, siguieron cargándolo.

Alcanzamos las rocas.

El paso entre ellas apenas permitía que avanzaran tres personas al mismo tiempo.

Me coloqué en la entrada.

—Crucen. No se detengan hasta que lleguen al otro lado.

Los supervivientes comenzaron a pasar.

Los esqueletos chocaron contra el estrechamiento.

Ataqué.

Una cabeza.

Dos.

Cinco.

La espada se movía sin descanso.

El paso se llenó rápidamente de cuerpos y huesos partidos.

Eso limitaba su avance.

Pero los muertos comenzaron a trepar por las rocas.

Uno cayó dentro del grupo.

Aterrizó sobre una mujer y le clavó los dedos en los ojos.

Ella gritó.

Las falanges atravesaron los párpados y entraron hasta el fondo de las cuencas.

La mujer golpeó al esqueleto a ciegas.

Otro superviviente le rompió el cráneo con una piedra.

Cuando el cadáver cayó, los dedos continuaron hundidos en su rostro.

Intentaron retirarlos.

La mujer volvió a gritar.

Uno de los dedos se había enganchado detrás del globo ocular.

—¡No tires! —ordené.

Pero el hombre ya lo había hecho.

El ojo salió parcialmente de la cuenca, unido todavía por nervios y tejido.

La mujer lo sintió colgando sobre la mejilla.

Sus manos buscaron su rostro.

—¿Qué... qué me pasó?

—No lo toques —dijo Minho.

—¡NO VEO!

—El otro ojo está bien.

Ella comenzó a hiperventilar.

No podía caminar.

Minho la cargó sobre su espalda a pesar del hombro destrozado.

Su rostro se contrajo de dolor, pero no se quejó.

Seguimos avanzando.

Los esqueletos comenzaron a disparar desde ambos lados de las rocas.

Una flecha impactó en mi espalda.

Otra pasó junto a mi cuello.

La tercera alcanzó al hombre que cargaba al joven amputado.

Se clavó en su pantorrilla.

Cayó.

El joven rodó otra vez.

—¡Levántense!

El hombre intentó ponerse de pie.

La flecha se rompió dentro de la pierna.

El hueso no estaba dañado, pero cada movimiento desgarraba músculo.

Los esqueletos ya estaban descendiendo desde arriba.

No podía cargar con todos.

Tomé al joven amputado y lo coloqué sobre mi hombro.

Con la otra mano sujeté al hombre herido.

—Corré.

—No puedo.

—Entonces arrastrate más rápido.

Lo obligué a avanzar.

Detrás de nosotros, los muertos llenaron el paso.

Liberé una onda de presión.

Los esqueletos más cercanos se rompieron contra las paredes.

Las rocas temblaron.

Pedazos del acantilado comenzaron a caer.

Una sección entera se derrumbó sobre el paso y sepultó a decenas de muertos.

También bloqueó temporalmente la ruta.

Por primera vez tuvimos unos segundos.

Los supervivientes cayeron al suelo.

Jadeaban.

Lloraban.

Algunos miraban hacia atrás esperando ver regresar a quienes habíamos perdido.

No ocurriría.

Coloqué al joven amputado sobre la tierra.

Su piel estaba fría.

Los labios se habían vuelto azules.

—¿Ya llegamos? —preguntó.

Miré la muralla.

Todavía faltaban casi tres kilómetros.

—Casi.

—Mentís mal...

Tosió.

Sangre oscura salió de su boca.

El pulmón perforado.

La pérdida de la pierna.

No había nada que hacer.

—¿Cómo te llamás? —pregunté.

—Daniel.

—Daniel, escuchame.

Sus ojos intentaron enfocarme.

—No vas a llegar.

Los demás guardaron silencio.

—Capitán... —murmuró Minho.

—No le voy a mentir.

Daniel cerró los ojos.

Una lágrima descendió por su sien.

—Sabía que no...

Su mano buscó algo.

La sujeté.

—Mi hermana entró conmigo.

—¿Está en este piso?

—No sé...

Respiró con dificultad.

—Se llama Emily. Decile que... yo...

No terminó.

Su cuerpo se tensó una vez.

Después dejó de respirar.

Mantuve su mano unos segundos.

Luego la dejé sobre su pecho.

No podíamos enterrarlo allí.

Tampoco podíamos cargar un cadáver.

Minho entendió antes de que dijera nada.

Tomó una pequeña placa metálica del cuello de Daniel y la guardó.

—Para su hermana.

Asentí.

Quedábamos nueve.

La ciudad todavía estaba lejos.

Y detrás del derrumbe, los huesos ya comenzaban a moverse.

Los esqueletos estaban excavando.

Me puse de pie.

—Descansaron suficiente.

Una mujer me miró con desesperación.

—Fueron menos de dos minutos.

—Entonces aprovéchenlos.

Se escuchó un golpe bajo las rocas.

Después otro.

Una mano esquelética atravesó una grieta.

—Muévanse.

Reanudamos la marcha.

Esta vez nadie protestó.

Habían comprendido algo.

Yo podía abrirles un camino.

Podía matar cientos.

Incluso miles.

Pero no podía impedir que la muerte eligiera a alguno de ellos cuando avanzaban tan lento por un campo lleno de cadáveres.

Y mientras los cuatro nigromantes restantes continuaran vivos, aquella llanura seguiría produciendo nuevas formas de sufrimiento.

Miré hacia la muralla.

La llama azul brillaba a lo lejos.

Todavía teníamos tres kilómetros.

Seguimos avanzando hacia la ciudad.

La muralla estaba cada vez más cerca, pero nadie bajó la guardia.

Después de todo lo que habíamos sufrido en la llanura, el silencio resultaba más inquietante que los ataques.

No aparecieron criaturas excavando bajo nuestros pies.

Tampoco hubo nuevas lluvias de flechas.

Los esqueletos que quedaban detrás de nosotros avanzaban de forma desordenada, sin la coordinación que habían mostrado antes. Algunos corrían. Otros arrastraban las piernas o chocaban contra los cadáveres destruidos que cubrían el camino.

La muerte del nigromante había debilitado el control sobre ellos.

Aun así, seguían persiguiéndonos.

Los supervivientes respiraban cada vez con mayor dificultad.

Minho caminaba inclinado hacia un costado por el peso de la mujer que llevaba sobre la espalda. La participante que había perdido un ojo avanzaba sostenida entre dos personas, mientras otro hombre arrastraba la pierna herida dejando manchas de sangre sobre la tierra.

La distancia hasta las murallas disminuyó.

Mil metros.

Ochocientos.

Seiscientos.

Entonces escuché cuernos desde la ciudad.

Varias siluetas aparecieron sobre las almenas.

Los guardias improvisados habían visto nuestra situación.

Las puertas permanecieron cerradas, pero una pequeña entrada lateral se abrió y dejó salir a una formación reducida.

Primero avanzaron ciudadanos armados con escudos y lanzas recuperadas de los antiguos soldados.

Detrás de ellos aparecieron Mujin y Kwon.

Doyun subió a una plataforma de madera junto a la muralla, desde donde tenía una visión limpia de la llanura. Hejin se colocó cerca de la puerta con Jiwon y Eunbyeol.

—¡Son ellos! —gritó uno de los guardias.

Mujin levantó la espada.

—¡Formen un corredor!

Los ciudadanos se separaron en dos filas.

Clavaron la parte inferior de sus escudos en el suelo y apuntaron sus lanzas hacia el exterior, dejando un camino estrecho entre ellos.

Era una formación sencilla.

Pero suficiente.

Kwon corrió por delante.

—¡Puta madre, capitán! ¡Siempre volvés con menos gente de la que te llevaste!

—No me llevé a ninguno.

—Eso lo hace peor.

Doyun soltó una flecha.

El proyectil atravesó la cuenca ocular de un esqueleto y golpeó directamente la runa roja grabada dentro de su cráneo.

La luz se apagó.

El cuerpo se desarmó mientras corría.

Otra flecha impactó en las vértebras del cuello de una segunda criatura. El cráneo salió despedido y los huesos restantes cayeron sin control sobre la tierra.

—¡Sigan avanzando! —ordenó Eunbyeol—. ¡No se detengan dentro del corredor!

Los supervivientes reunieron las pocas fuerzas que les quedaban.

La primera línea de esqueletos llegó hasta nosotros.

Uno intentó clavar una lanza en Minho.

Intercepté el ataque y golpeé el lateral de su cráneo con la empuñadura. La mandíbula se desprendió, pero la criatura continuó moviéndose.

La espada descendió sobre su cuello.

La hoja rompió las vértebras cervicales y separó el cráneo del torso.

La magia que unía los huesos se disipó.

El resto del cuerpo cayó convertido en una pila desordenada.

Otro esqueleto avanzó desde la izquierda.

Mujin apareció frente a él y golpeó su escudo con la espada.

El impacto no cortó nada.

Simplemente destrozó el brazo que lo sostenía y quebró varias costillas.

La criatura intentó levantarse desde el suelo.

Mujin pisó su pecho y hundió la espada en la luz roja que brillaba entre las costillas.

El núcleo se rompió.

—¡Uno menos! —gritó.

—No los cuentes —respondí—. Mirá al frente.

Kwon se movía entre los esqueletos que intentaban llegar al corredor.

Sus cuchillos no buscaban carne inexistente.

Introducía las hojas entre las uniones de los huesos, separando las articulaciones de los hombros o rompiendo las runas grabadas en la base de los cráneos.

Uno levantó una espada contra él.

Kwon desvió la muñeca ósea, giró sobre sí mismo y clavó el cuchillo entre las primeras vértebras.

El cráneo cayó.

—Eso cuenta como uno —dijo.

—Movete —le ordené.

Hejin terminó de formar un círculo mágico frente a la entrada.

Varias líneas azules recorrieron el suelo y se extendieron bajo los esqueletos más cercanos.

La magia no los quemó.

Alteró las conexiones que mantenían unidos sus cuerpos.

Cinco criaturas se desmontaron de golpe. Los brazos, piernas y costillas cayeron por separado, mientras sus cráneos permanecían unos segundos sobre la tierra con las luces rojas todavía encendidas.

Doyun destruyó los núcleos con tres disparos rápidos.

—¡Los heridos primero! —gritó Jiwon.

Dos guardias recibieron a Minho y bajaron de su espalda a la mujer.

Otros cargaron al hombre con la pierna herida.

Jiwon empezó a revisarlos incluso antes de que cruzaran la puerta.

—Este tiene una hemorragia. ¡Necesito vendas!

—¡No tenemos suficientes! —respondió un ciudadano.

—Entonces rompan ropa.

Eunbyeol continuaba dirigiendo la retirada.

—¡Primera fila, retrocedan tres pasos! ¡Segunda fila, mantengan las lanzas al frente!

Los ciudadanos obedecieron.

No eran soldados profesionales, pero entendían que perder la formación significaba permitir que los muertos llegaran hasta los heridos.

La llama azul de la ciudad comenzó a influir sobre los esqueletos.

A cien metros de la muralla, sus movimientos se hicieron más lentos.

A cincuenta, las runas de sus cráneos parpadearon.

A veinte, apenas podían avanzar.

Los últimos supervivientes atravesaron la entrada lateral.

Yo permanecí afuera junto a Mujin y Kwon.

—Entren —ordené.

—Primero vos —respondió Mujin.

—No es una discusión.

Kwon miró a los esqueletos detenidos frente a nosotros.

—Por una vez, estoy de acuerdo con él.

—Eso no mejora su argumento.

Retrocedimos hacia la puerta.

Un esqueleto consiguió levantar una lanza pese a la presión de la llama.

Le golpeé el codo.

La unión se quebró y el antebrazo cayó junto con el arma.

Después atravesé la runa de su frente.

La luz desapareció.

Entramos.

La puerta lateral se cerró detrás de nosotros.

Durante unos segundos, solo se escucharon respiraciones agitadas y órdenes médicas.

Los supervivientes estaban vivos.

No todos los que habían salido del santuario.

Pero los que quedaban habían conseguido llegar.

Entonces apareció una ventana frente a todos los participantes.

[Anuncio]

[Felicidades a los jugadores por resistir hasta este punto.]

[La condición final del segundo piso ha sido revelada.]

[Tiempo restante hasta el amanecer: 23 horas, 59 minutos, 59 segundos.]

La cifra comenzó a descender.

[23:59:58]

[23:59:57]

Kwon se dejó caer contra la muralla.

—Un día más.

—Un día no es poco —dijo Jiwon mientras presionaba una venda contra la herida de un superviviente.

Una segunda notificación apareció.

[Los Apóstoles de la Luna Muerta han iniciado la retirada.]

[Apóstoles retirados: 3.]

[Apóstoles que permanecen en el escenario: 1.]

Fruncí el ceño.

Tres de los cuatro nigromantes supervivientes habían escapado.

Eso significaba que habían abandonado sus santuarios, sus ejércitos o ambas cosas.

Pero uno había decidido quedarse.

—¿Por qué uno solo? —preguntó Hejin.

—Porque los otros tres no creen que valga la pena morir por este piso —respondí.

Mujin miró hacia la llanura.

—¿Y el que se quedó?

—O es el más leal...

Subí los escalones de la muralla.

—...o es el más peligroso.

Antes de que alguien respondiera, la piedra tembló bajo nuestros pies.

No fue un terremoto.

Era un ritmo.

Golpes constantes sobre la tierra.

Subimos hasta las almenas.

A lo lejos, bajo el resplandor rojizo de la luna, los muertos comenzaban a moverse.

No eran decenas de miles.

Pero tampoco unos pocos.

Aproximadamente ochocientos esqueletos avanzaban desde la llanura.

La mayoría eran soldados comunes armados con espadas, lanzas y escudos deteriorados. Entre ellos se distinguían varias decenas de arqueros, algunos jinetes esqueléticos y dos criaturas formadas por huesos de animales unidos mediante magia.

No era una fuerza capaz de aplastar la ciudad de inmediato.

Pero sí suficiente para mantenernos luchando durante horas.

Y, detrás de ellos, una figura caminaba lentamente.

Llevaba una túnica larga.

Sobre su cabeza flotaba un círculo rojo semejante a una luna incompleta.

El último apóstol.

Los esqueletos no avanzaban con la coordinación perfecta que habían mostrado antes. Muchos núcleos de control habían desaparecido cuando los otros nigromantes huyeron.

Sin embargo, la figura del fondo mantenía unida a la parte restante del ejército.

Hejin observó las pulsaciones de mana.

—Solo hay una señal principal.

—El apóstol que quedó está controlando a todos —dijo Eunbyeol.

Doyun entrecerró los ojos.

—¿A esta distancia?

—No directamente —respondí—. Debe conservar varios nodos secundarios entre las tropas.

Señalé el ejército.

Entre los esqueletos comunes había algunas figuras con cráneos más grandes y bastones de hueso. Una luz roja pulsaba dentro de sus cajas torácicas.

Cinco.

Quizá seis nodos.

Si los destruíamos, el control sobre el ejército se debilitaría.

Mujin sonrió mientras apoyaba la espada sobre el hombro.

—Ochocientos.

—No vas a pelear contra todos —dijo Eunbyeol.

—Podría intentarlo.

—Y morirías antes de llegar a cien.

—Qué poca confianza.

—Es una estimación objetiva.

Kwon señaló al apóstol.

—Supongo que tenemos que matar al de atrás.

—No inmediatamente —respondí.

La criatura esperaba que saliéramos tras él.

Había colocado el ejército entre nosotros y su posición para obligarnos a abandonar la protección de la llama.

Esta vez no debía perseguirlo.

No todavía.

Miré la muralla.

Las defensas estaban dañadas, pero seguían en pie.

La llama podía ralentizar a los muertos cuando se acercaran.

Los ciudadanos tenían lanzas, escudos y algunas armas de los antiguos soldados.

Nuestro grupo estaba cansado, aunque todavía podía combatir.

La amenaza era difícil.

Pero posible.

—No vamos a enfrentarlos en la llanura —dije—. Esperaremos a que entren en el alcance de la llama.

Eunbyeol asintió de inmediato.

—Los arqueros pueden atacar desde la muralla. Cuando los muertos pierdan velocidad, los lanceros defenderán las entradas.

—Hejin buscará los nodos mágicos —continué—. Doyun los destruirá.

El arquero observó las figuras entre el ejército.

—Necesitaré que se acerquen más.

—Se acercarán.

Miré a Mujin.

—Vos defenderás la puerta principal.

—Entendido.

—Kwon, te moverás por la muralla y eliminarás a cualquier criatura que consiga trepar.

—Eso suena aburrido.

—Es porque intento mantenerte vivo.

—Qué considerado.

—Jiwon organizará un puesto médico lejos de las zonas de impacto. Eunbyeol coordinará la defensa desde el campanario.

Ella frunció el ceño.

—Puedo quedarme en la muralla.

—Desde el campanario vas a ver toda la ciudad y el movimiento de la llama.

—Pero—

—Necesito que controles cuándo reforzar cada sector.

No parecía satisfecha.

Aun así, aceptó.

—Entendido.

Volví a mirar el ejército.

Los esqueletos continuaban avanzando.

Ochocientos muertos.

Un apóstol.

Cinco o seis nodos de control.

Veinticuatro horas hasta el amanecer.

No sería fácil.

Pero tampoco imposible.

El nigromante había elegido permanecer para acabar con nosotros.

Eso significaba que, por primera vez desde que entré al piso, no tendría que buscarlo.

Vendría directamente hacia mí.