El sol descendió tras las colinas, tiñendo el taller de una penumbra cálida. Entre los dedos surcados por los años, el anciano sostuvo el fragmento de punta de carbón que lo acompañó toda su vida y, con un pulso tembloroso pero certero, trazó una última palabra en la hoja amarillenta: Recordar. .
Al sentir la textura del lápiz desgastado, su memoria voló hacia atrás, atravesando décadas hasta detenerse en el día en que todo comenzó. Tenía doce años y el aula de clases olía a tiza y a madera húmeda. Aquella tarde, el maestro pronunció su nombre en alto para entregarle el primer premio del concurso de relatos locales.
No era un trofeo de metal ni una medalla brillante. El galardón descasaba en una caja de terciopelo azul egipcio: un lápiz extraordinario, tallado en mármol rosado cuyo veteado suave parecía cobrar vida bajo la luz, coronado por una punta de carbón pulido que brillaba con un lustre oscuro y casi hipnótico. Al tomarlo entre sus manos infantiles, el peso del mármol se sintió como una promesa sagrada.
Aquellos días posteriores fueron de una felicidad pura y desbordante. El anciano recordaba la ligereza de sus pasos al volver a casa corriendo, mostrando el lápiz a sus padres con una sonrisa que le llenaba el rostro, y las tardes infinitas sentado junto a esa misma ventana, fascinado por la forma en que el carbón pulido se deslizaba sin esfuerzo, dejando rastros de historias, mapas y sueños sobre cualquier papel que encontraba. Cada palabra escrita con aquel lápiz de mármol rosado se sentía como un hechizo, una certeza absoluta de que el mundo entero estaba esperando ser contado.
Ahora, el anciano contempló la última palabra sobre la mesa, han pasado más de 80 años, El lápiz de mármol de su infancia se había gastado hasta convertirse en este pequeño trozo, pero la dicha original permanecía intacta. Sonrió en la penumbra, consciente de que la felicidad de aquel primer premio no se había evaporado con los años, sino que había quedado eternizada en cada historia que brotó de su punta de carbón...