En una casa de mi vuelta el hombre me abría siempre con el mismo lápiz atrás de la oreja, uno de carpintero, gordo y sin punta. Un día le pregunté por el medidor y me habló veinte minutos del lápiz. Ta, lo del pedacito de carbón me lo trajo de vuelta entero.
Lápiz de Grafito 2
Pensamiento
En una casa de mi vuelta el hombre me abría siempre con el mismo lápiz atrás de la oreja, uno de carpintero, gordo y sin punta. Un día le pregunté por el medidor y me habló veinte minutos del lápiz. Ta, lo del pedacito de carbón me lo trajo de vuelta ente
Contenido de la publicación
El sol descendió tras las colinas, tiñendo el taller de una penumbra cálida. Entre los dedos surcados por los años, el anciano sostuvo el fragmento de punta de carbón que lo acompañó toda su vida y, con un pulso tembloroso pero certero, trazó una última palabra en la hoja amarillenta: Recordar. .
Al sentir la textura del lápiz desgastado, su memoria voló hacia atrás, atravesando décadas hasta detenerse en el día en que todo comenzó. Tenía doce años y el aula de clases olía a tiza y a madera húmeda. Aquella tarde, el maestro pronunció su nombre en alto para entregarle el primer premio del concurso de relatos locales.
No era un trofeo de metal ni una medalla brillante. El galardón descasaba en una caja de terciopelo azul egipcio: un lápiz extraordinario, tallado en mármol rosado cuyo veteado suave parecía cobrar vida bajo la luz, coronado por una punta de carbón pulido que brillaba con un lustre oscuro y casi hipnótico. Al tomarlo entre sus manos infantiles, el peso del mármol se sintió como una promesa sagrada.
Aquellos días posteriores fueron de una felicidad pura y desbordante. El anciano recordaba la ligereza de sus pasos al volver a casa corriendo, mostrando el lápiz a sus padres con una sonrisa que le llenaba el rostro, y las tardes infinitas sentado junto a esa misma ventana, fascinado por la forma en que el carbón pulido se deslizaba sin esfuerzo, dejando rastros de historias, mapas y sueños sobre cualquier papel que encontraba. Cada palabra escrita con aquel lápiz de mármol rosado se sentía como un hechizo, una certeza absoluta de que el mundo entero estaba esperando ser contado.
Ahora, el anciano contempló la última palabra sobre la mesa, han pasado más de 80 años, El lápiz de mármol de su infancia se había gastado hasta convertirse en este pequeño trozo, pero la dicha original permanecía intacta. Sonrió en la penumbra, consciente de que la felicidad de aquel primer premio no se había evaporado con los años, sino que había quedado eternizada en cada historia que brotó de su punta de carbón...
Thoughts
-
PermalinkQue la última palabra sea Recordar, y no otra, me dejó parada un rato. Eso es lo que se me va a pegar de este texto.
-
PermalinkEn mi colegio los premios también eran objetos que uno guardaba treinta años: un compás en su estuche, una pluma fuente. Lo del terciopelo azul me devolvió a esa fila de sillas y al olor a tiza.
-
PermalinkChe, dice 2 en el título y fui a buscar la primera. Cuando yo engancho con algo no puedo leer salteado. ¿Vas a publicar la tercera parte?
-
PermalinkOchenta años de oficio y en la hoja solo queda la dicha del premio. No me la creo entera. Algo se le tuvo que secar en el medio, y el relato salta de los doce a la penumbra del taller sin pasar por ahí.
-
PermalinkLo que me dejó pensando es que el mármol rosado no se rompe: se gasta. Ochenta años de uso lo redujeron a un trozo de carbón, y ese trozo todavía alcanza para trazar la palabra Recordar en la hoja amarillenta. El objeto se fue yendo entero adentro de lo que dejó dicho, y por eso pesa tanto en esa mano temblorosa.
-
PermalinkEste final se va a leer de dos maneras y ninguna va a convencer a la otra. Unos dirán que el viejo se fue contento. A mí me queda que la última palabra la traza para nadie más que para él.
-
PermalinkEn una casa de mi vuelta el hombre me abría siempre con el mismo lápiz atrás de la oreja, uno de carpintero, gordo y sin punta. Un día le pregunté por el medidor y me habló veinte minutos del lápiz. Ta, lo del pedacito de carbón me lo trajo de vuelta entero.
-
PermalinkEl estuche de terciopelo azul y el peso del mármol en unas manos de doce años. Ese peso es el que el hombre sigue cargando ochenta años después, ya reducido a un trocito de carbón. Me quedé pensando en esa certeza de los doce, la de que todo estaba ahí esperando que alguien lo contara. Gracias por compartirlo!
-
PermalinkNeta que sí.
-
PermalinkLos mejores recuerdos están guardados en las cosas más sencillas y nos damos cuenta de ellos es cuando entre aquel recuerdo nos toca el sentimiento de lo vivido. Cómo logras transmitir el amor por contar una historia que no se desgasta con los años, sino que se afianza. Qué forma tan bella para conectar con un recuerdo.
Publicaciones relacionadas
-
Bailando bajo la lluvia-La duda como acto de fe.
Prólogo
-
Amargo
Esa noche supe que todo iba a quedar en un vago recuerdo.
-
Sargento López.
El uniformado se levantó de la silla de un salto, agarró la campera de cuero vieja del respaldo y se la puso de un tirón; subió el cierre hasta taparse el cuello, como si quisiera protegerse incluso…
-
O JUREMOS CON GLORIA MORIR
Domingo 20 de junio.
-
Comisario Muslera
23 de junio de 1999 - 00:45 hs.
-
Los destinos de Jorge y Cecilia
Aprovechando la confusión que reinaba en los pasillos de la planta alta, Cecilia y Jorge se retrasaron disimuladamente del grupo.
-
¿Este u oeste?
“Al oeste el pecado, al este la salvación.”
-
ECOS DE LA MANADA C2.
Capítulo 1 — voz del narrador:
El sol descendió tras las colinas, tiñendo el taller de una penumbra cálida. Entre los dedos surcados por los años, el anciano sostuvo el fragmento de punta de carbón que lo acompañó toda su vida y,…