En la torre más antigua del reino,
donde el invierno aprendió a rezar,
había un escritorio de piedra
que nadie se atrevía a tocar.
Sobre él dormía un pergamino,
amarillento por la edad,
y junto a él una pluma negra
que parecía esperar.
Dicen que perteneció a un escriba
que murió sin poder terminar
la historia de una doncella
que jamás pudo olvidar.
Una noche,
cuando las campanas
anunciaron la hora final,
el escriba regresó en silencio
desde algún lugar más allá.
Tomó la pluma entre sus dedos,
la acercó al pergamino ancestral,
y una gota roja descendió
antes de comenzar a escribir.
No era tinta.
Era memoria.
La primera letra apareció
como una herida sobre el papel;
la segunda habló de un castillo,
la tercera habló de él.
Después escribió sobre una dama
de ojos semejantes al mar,
sobre un amor que nació en invierno
y murió sin poder comenzar.
Escribió sobre promesas rotas,
sobre noches sin claridad,
sobre un caballero que esperaba
a alguien que nunca volvió jamás.
Cada palabra parecía pesarle,
cada verso le hacía temblar;
pero continuó escribiendo
sin detenerse a respirar.
La pluma dejó una línea roja
sobre el viejo pergamino gris.
Y entonces el escriba comprendió
que aquella historia no hablaba de ella.
Hablaba de él.
De sus años perdidos,
de su miedo a recordar,
de aquella antigua tristeza
que jamás pudo sepultar.
Afuera rugía el invierno,
los cuervos comenzaron a cantar;
dentro de la torre vacía
nadie se atrevía a entrar.
El escriba escribió una última frase
antes de dejar la pluma caer:
«Hay recuerdos que parecen muertos,
pero esperan ser escritos
para volver a nacer».
La vela se apagó.
La torre quedó en silencio.
Y cuando llegó la mañana,
el escriba ya no estaba allí.
Solo permanecía el pergamino,
abierto sobre la mesa de piedra,
con ochenta páginas vacías
esperando otra historia.
Y en la primera de ellas,
bajo la luz pálida del amanecer,
una palabra seguía brillando:
SANGRE.