Había mañanas en que solo saber que ella iba a estar
bajo el mismo techo
me hacía abrir los ojos con otra gana.
El colegio era el mismo de siempre:
pasillos largos, pupitres rayados,
el olor a lonchera y a piso recién trapeado.
Pero desde que ella existía en ese lugar,
todo parecía tener un centro.
Ella era la calma dentro del movimiento.
La pausa dentro de la prisa.
Hermosa de una forma que no pedía nada:
sonrisa ladeada hacia la izquierda,
esa que solo salía cuando algo le daba risa de verdad.
Se acomodaba el flequillo con el dorso de la mano
sin mirarse en ningún cristal.
Y cuando leía, se mordía el labio inferior
con una concentración tan limpia
que me daba vergüenza estar mirándola tanto.
Yo la amaba en los contrastes.
La amaba en lo cerca y en lo imposible.
En lo que mostraba y en lo que guardaba.
La amaba cuando hablaba con otras
y yo me quedaba callado,
como un cuaderno cerrado
en una mochila llena de cosas que no importaban.
A veces inventaba que se me había olvidado un lápiz
solo para volver al salón
y cruzármela de frente.
O me quedaba unos segundos más junto a los casilleros
fingiendo buscar una llave
mientras ella pasaba a mi lado
sin saber que yo estaba contando
cada paso que daba.
Hasta que un viernes,
cuando ya casi todos se habían ido
y el salón se iba quedando vacío,
la vi salir con prisa
y dejar su libro de literatura
solo, olvidado,
sobre el pupitre de la tercera fila.
Esperé.
Esperé a que el último compañero recogiera su mochila,
a que el profesor apagara la luz
y cerrara la puerta.
El salón quedó en penumbra.
Un hilo de sol entraba por la ventana del fondo
y caía justo sobre el libro,
como si quisiera señalarlo.
Lo tomé con las dos manos.
Estaba un poco gastado en las esquinas,
con el nombre escrito en letra chiquita y ordenada.
Lo abrí despacio.
Entre las páginas donde ella había dejado
un ticket de autobús como marcador,
deslicé la carta doblada:
«No sé si algún día leas esto.
Solo sé que desde el primer día
que te vi caminar por el patio
algo en mí se quedó mirándote.
No espero nada.
Solo quería que supieras
que existes de una forma
que a mí me importa.»
Cerré el libro.
Lo dejé exactamente donde estaba.
Y salí sin mirar atrás,
aunque por dentro
todo yo se había quedado ahí,
sentado en ese pupitre vacío,
esperando un milagro
que quizás nunca iba a llegar.
Al día siguiente llegué más temprano.
El patio todavía brillaba por el riego.
Ella apareció poco después,
con los audífonos puestos
y la mochila colgando de un hombro.
Subió las escaleras sin apuro.
Entró al salón.
Lo encontró.
Desde el pasillo la vi abrir el libro.
Primero con una ceja apenas levantada.
Después con los ojos un poco más abiertos.
Y al final…
una sonrisa pequeña,
casi privada,
como si se estuviera guardando un secreto
que todavía no sabía si quería compartir.
Esa tarde se me hizo larga.
Cada vez que el teléfono vibraba
era un mensaje del grupo o una notificación tonta.
Empecé a pensar que quizás se había reído
y había tirado la carta.
O peor: que se la había mostrado a alguien
y ahora yo era solo el chico raro
que escribía cosas en libros ajenos.
Y entonces,
cuando ya guardaba las cosas
y el salón volvía a quedarse solo,
el teléfono vibró de verdad.
Un mensaje corto.
Sin adornos.
Sin prisa.
«Hola, qué tal…
soy la chica a la que le escribiste.»
Me quedé mirando la pantalla
hasta que las letras se me desenfocaron un poco.
No fue euforia.
Fue algo más quieto y más hondo.
Como cuando después de mucho tiempo
por fin puedes soltar el aire
que ni siquiera sabías que estabas conteniendo.
Y por primera vez
el colegio entero
se sintió distinto.
No más grande.
No más pequeño.
Solo… posible.
Le escribí apasionado: «¿Cómo te llamas?».
Ella me respondió: «Nataniel, es un gusto».
Y mi corazón quedó flechado,
balbuceando su nombre una y otra vez,
como si al decirlo pudiera tocarla.
Y así, entre un mensaje y un temblor,
empezó a escribirse
la más hermosa de las historias.