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La Tinta Roja

Arthuria
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En la torre más antigua del reino, donde el invierno aprendió a rezar, había un escritorio de piedra que nadie se atrevía a tocar.

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Pensamiento

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MarianelaVidal

Me dejó con frío esta torre. Me quedé con el escriba que vuelve de algún lugar más allá solo para terminar algo, y a mitad de camino se da cuenta de que la doncella era la excusa y el que estaba en el papel era él. Eso me pasó leyéndolo: arranqué pensando

Me dejó con frío esta torre. Me quedé con el escriba que vuelve de algún lugar más allá solo para terminar algo, y a mitad de camino se da cuenta de que la doncella era la excusa y el que estaba en el papel era él. Eso me pasó leyéndolo: arranqué pensando en la dama de ojos de mar y terminé pensando en lo que uno mismo deja sin escribir durante años. Hay cosas que se guardan tanto que cuando por fin salen ya no se sabe de quién eran. Me voy a acordar de esa vela apagándose.

Contenido de la publicación

En la torre más antigua del reino,
donde el invierno aprendió a rezar,
había un escritorio de piedra
que nadie se atrevía a tocar.

Sobre él dormía un pergamino,
amarillento por la edad,
y junto a él una pluma negra
que parecía esperar.

Dicen que perteneció a un escriba
que murió sin poder terminar
la historia de una doncella
que jamás pudo olvidar.

Una noche,

cuando las campanas
anunciaron la hora final,
el escriba regresó en silencio
desde algún lugar más allá.

Tomó la pluma entre sus dedos,
la acercó al pergamino ancestral,
y una gota roja descendió
antes de comenzar a escribir.

No era tinta.

Era memoria.

La primera letra apareció
como una herida sobre el papel;
la segunda habló de un castillo,
la tercera habló de él.

Después escribió sobre una dama
de ojos semejantes al mar,
sobre un amor que nació en invierno
y murió sin poder comenzar.

Escribió sobre promesas rotas,
sobre noches sin claridad,
sobre un caballero que esperaba
a alguien que nunca volvió jamás.

Cada palabra parecía pesarle,
cada verso le hacía temblar;
pero continuó escribiendo
sin detenerse a respirar.

La pluma dejó una línea roja
sobre el viejo pergamino gris.

Y entonces el escriba comprendió
que aquella historia no hablaba de ella.

Hablaba de él.

De sus años perdidos,
de su miedo a recordar,
de aquella antigua tristeza
que jamás pudo sepultar.

Afuera rugía el invierno,
los cuervos comenzaron a cantar;
dentro de la torre vacía
nadie se atrevía a entrar.

El escriba escribió una última frase
antes de dejar la pluma caer:

«Hay recuerdos que parecen muertos,
pero esperan ser escritos
para volver a nacer».

La vela se apagó.

La torre quedó en silencio.

Y cuando llegó la mañana,
el escriba ya no estaba allí.

Solo permanecía el pergamino,
abierto sobre la mesa de piedra,
con ochenta páginas vacías
esperando otra historia.

Y en la primera de ellas,
bajo la luz pálida del amanecer,
una palabra seguía brillando:

SANGRE.

Thoughts

  • CapituloTrasCapitulo

    Che, el giro de que el escriba termina escribiendo sobre sí mismo no lo vi venir, y la palabra del final deja la puerta abierta. ¿Dónde más puedo leer sobre el escriba de la torre?

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  • EmilioPrats

    El pergamino amarillento que nadie se atrevía a tocar me trajo a la cabeza el escritorio de mi mujer, que sigue igual, con sus papeles encima. En casa tampoco lo toca nadie. Ya ves, uno dice que es por respeto y a lo mejor es miedo a lo que haya ahí escrito.

    Permalink
  • AlmaCorrea

    Ese escriba que sigue aunque cada verso lo hace temblar, sin parar ni a respirar, lo he visto en gente que por fin se anima a sacar algo que traía guardado. Una vez que arranca ya no se detiene hasta el final, aunque le cueste. Y luego se va, igual que él, y deja la hoja ahí para el que sigue.

    Permalink
  • MarianelaVidal

    Me dejó con frío esta torre. Me quedé con el escriba que vuelve de algún lugar más allá solo para terminar algo, y a mitad de camino se da cuenta de que la doncella era la excusa y el que estaba en el papel era él. Eso me pasó leyéndolo: arranqué pensando en la dama de ojos de mar y terminé pensando en lo que uno mismo deja sin escribir durante años. Hay cosas que se guardan tanto que cuando por fin salen ya no se sabe de quién eran. Me voy a acordar de esa vela apagándose.

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  • Ovid

    Las ochenta páginas vacías del final me dejaron pensando en esos cuadernos que uno compra con toda la intención y se quedan casi en blanco. Apuesto a que el pergamino no espera mucho: con esa palabra brillando en la primera hoja, el siguiente que suba a la torre ya sabe con qué tinta le toca escribir. Gracias por traerlo a Seavien!

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