Llegaste cuando nada esperaba,
sin aviso, sin rumbo, sin razón;
y algo que mi alma ignoraba
se quedó latiendo en mi corazón.
No sé si fue el tiempo o el destino,
si fue casualidad o equivocación;
solo sé que al cruzarse el camino
quedó tu sombra en mi imaginación.
No hubo promesas que romper,
ni palabras que pudieran jurar;
solo una historia difícil de entender
que aprendió en silencio a comenzar.
Quizá nunca debió suceder,
quizá jamás debió despertar;
hay sentimientos que, al nacer,
ya saben que no pueden durar.
Por eso escondo lo que siento
detrás de versos sin dirección;
le doy refugio al pensamiento
y silencio a cada emoción.
Que nadie pregunte de dónde viene
esta nostalgia que sabe sonreír;
hay secretos que el alma sostiene
porque decirlos sería destruir.
Y si algún día el destino pregunta
por aquello que no pudo ser,
diré que fue una historia difunta
que jamás aprendió a desaparecer.
Porque hay algo que no tiene nombre,
ni principio, ni final, ni lugar;
algo que vive lejos de los hombres
y que nadie podrá descifrar.
Tal vez fue un error, tal vez un milagro,
tal vez solo una ilusión fugaz;
pero entre todo lo que yo callo,
hay algo que no se va jamás.
No sé qué fuimos, ni qué seremos,
ni qué quiso el destino escribir;
solo sé que mientras nos perdemos,
hay una parte que insiste en existir.
Y así seguirá, sin ser pronunciado,
sin dueño, sin fecha, sin explicación;
como un secreto cuidadosamente guardado
en la habitación más oscura del corazón.
— Athena