Soy un hombre simple. Trabajo, familia, nadie especial.
Tengo una esposa y un niño: Marcos, tiene 6 años, es inteligente, alegre, le gustan los Legos. Cada vez que puedo le compro uno en el puesto que está en frente de la oficina donde trabajo.
Mi trabajo no es nada importante, solo atiendo llamadas para solucionar problemas técnicos en los servicios de internet. No es el mejor trabajo de la vida, pero ayuda a pagar el arriendo y las necesidades básicas, y muy de vez en cuando alguna salida recreativa.
Mi esposa es una mujer especial. En nuestros mejores años, atenta y amorosa. Ya eso es un recuerdo lejano. Desde que emigramos hace dos años, las cosas han cambiado mucho. El cambio de estilo de vida nos golpeó muy fuerte. Ahora apenas nos vemos y ya casi ni hablamos.
Salgo muy temprano en la mañana. A esa hora la única vista que tengo es un jardín de luces rojas, y al llegar a casa es el mismo paisaje.
Ya tengo casi 40. Tantas horas sentado me han producido un dolor constante en la parte baja de la espalda y los hombros, pero no tengo opción, tengo que seguir adelante.
Hoy, sentado en mi cubículo, recibí una llamada de la policía. Me dieron la dirección de la comisaría, tenía que ir, me dijeron que era urgente.
Tomé un taxi, tardé casi 40 min. Al llegar me dieron la peor noticia: mi esposa y mi hijo habían sido arrollados por un auto y habían perdido la vida. Me llevaron en el hospital para el reconocimiento de los cuerpos.
La noche anterior había llegado muy tarde, igual que muchas noches antes. No llegué a darle las buenas noches a Marcos. Ese día salí muy temprano, igual que muchos días anteriores. Esa mañana pasé por su cuarto, lo vi desde la puerta en su cuarto oscuro.
También me fui sin despedirme de Martha. Esa mañana la vi dormida, ya era costumbre salir sin decirle nada.
Todo pasó muy rápido: velatorio, entierro. Aunque todo estaba pasando delante de mis ojos, mi mente no podía procesar nada. Estaba disociado. En algún momento no sentía nada, me sentía vacío. Hasta que en el entierro vi cómo cerraban el ataúd de mi hijo.
Ahí sentí que se formaba una grieta dentro de mí. Sentía todo y nada a la vez. Quería gritar pero no salían palabras de mi garganta. Esa noche llegué a la casa que alquilaba. No dormí.
Recordé una vez que estábamos en el parque de la ciudad, ese que queda cerca de la estación de tren. Martha había llevado una manta y unos sándwiches. Yo había salido del trabajo antes, algo que casi nunca hacía.
Marcos corría detrás de las palomas. Se reía con una risa que llenaba todo. Martha lo miraba desde la manta, con esa sonrisa suya que le iluminaba la cara. "No lo dejes acercarse mucho al agua", me dijo. "Ya sabes cómo es."
Me levanté y fui tras él. Lo alcancé justo cuando estaba a punto de meter los pies en la fuente. Lo cargué y lo levanté por los aires. "¡Otra vez, papá, otra vez!" Y lo volví a levantar. Y otra vez. Y otra vez. Hasta que Martha nos llamó porque los sándwiches se enfriaban.
Nos sentamos los tres en la manta. Marcos se sentó entre nosotros, con las piernas cruzadas. Martha me pasó un sándwich y me miró. "Estás cansado", dijo. "Sí", le dije. "Pero vale la pena."
Y era verdad. No me di cuenta en qué momento cambiamos tanto. No me di cuenta en qué momento dejamos de ser esos tres en la manta.
Recibí ayuda de mi hermana, que está en la misma ciudad que yo, y de algunos vecinos y amistades. Mis jefes también me apoyaron y me dieron algunos días de permiso.
Pasaba las noches despierto, con esa sensación de querer hacer muchas cosas pero a la vez con el peso de todas ellas encima.
Dos días después estuve sentado en la oficina de un oficial, realizando la denuncia. Pero nadie sabía nada. No había cámaras. Los testigos decían poco, y siempre lo mismo, sin detalles: un auto negro a alta velocidad, los arrolló y se fue a la fuga. Nada más.
Pasaron los días. No hablé con nadie. Solo llamaba al oficial a cargo del caso, sin obtener respuesta. No vi a nadie más que al oficial en su oficina para que me dijera que aún no había avances en el caso.
Muchas veces, cuando me quedaba en casa, escuché que tocaban la puerta, pero no abría, no contestaba. No quería la compasión de nadie. Mi ánimo no me permitía hablar con nadie.
Siguieron pasando los días y dejé de asistir al trabajo. Mi mamá tuvo que viajar pero no la recibí. Me enteré por algunos mensajes de mi hermana. Me ha escrito todos los días desde el día del funeral. No he respondido a ninguno de sus mensajes.
Hoy me llegó un mensaje del arrendatario: "falta el pago". Fue lo único que dijo. No respondí.
He estado caminando por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, tratando de dejar el peso que me ahoga en cada paso que doy, pero solo consigo el efecto contrario. Los días pasan igual. Espero sin respuestas, sin noticias que me den consuelo. Nada.
Han pasado varias semanas. Ya no estoy trabajando. Me mudé a un cuarto más pequeño.
Cuando recibí la orden de desalojo, solo tomé algunas cosas, una foto familiar, y me fui. Con lo poco que tenía renté un cuarto. Pequeño, solo para mí. Mi hermana recogió mis cosas y las ha estado vendiendo poco a poco, el dinero de esas ventas me lo deposita y con eso he estado sobreviviendo.
Hoy pasó algo curioso. Viendo las redes sociales, vi un video grabado por un par de adolescentes. En él se veían a unas jovencitas bailando. De fondo, una mujer con un niño agarrado de la mano cruzando de una vereda a otra. De repente, un auto negro con franjas de taxi a toda velocidad.
Mi familia.
En cuanto lo vi, salí lo más rápido que pude a la jefatura. Hablé con el oficial, le mostré el video, pero la única respuesta que me dio fue que lo revisaría. Esa noche fue interminable. Vi una y otra vez el mismo video.
No daba crédito a lo que veía. ¿Cómo no pudo detenerse? ¿Cómo fue capaz?
Marcos tenía seis años, los había cumplido un mes antes. Le hicimos una fiesta modesta, nada extravagante. Su muñeco favorito era Spiderman. Imágenes del superhéroe adornaban el lugar.
Ese día tuve una discusión con Martha porque no pude llegar a tiempo para cantar el cumpleaños. Al terminar la fiesta, recogimos la sala en silencio. Traté de disculparme pero no sirvió de nada.
Martha trabajaba medio día en una cafetería. No ganaba mucho, pero ayudaba en algo con los gastos pequeños de la casa, y lo más importante: pasaba tiempo con Marcos.
Ahora esos recuerdos los siento tan lejos. Siento que desperdicié todo este tiempo. Si hubiese estado más tiempo con ellos, si quizás no hubiésemos tenido tantas peleas, quizás la historia sería diferente.
Antes no era así. Éramos felices. Cuando Marcos nació, lloré. Mi infancia fue difícil, llena de abuso y maltratos. Juré que mi hijo no pasaría por un escenario igual y haría a la mamá de mi hijo la mujer más feliz del mundo. Y me esforcé para que así fuera. Años más tarde el país cayó en crisis y tuvimos que emigrar. El cambio de cultura y el ambiente de aquí son muy diferentes. A los 6 meses ese cambio empezó a pasar factura. Y sí que lo pagué muy caro.
He estado yendo y viniendo de la jefatura constantemente, pero el caso sigue en investigación. No hay culpables. El video fue guardado como evidencia, pero nadie hace nada.
Ver ese video se convirtió en un mantra. Lo veía día y noche.
Un día vi un detalle. Si pausabas el video en el momento correcto, podías ver la placa del auto, borrosa, pero ahí estaba.
Harto de esperar por las autoridades, empecé a averiguar por mi cuenta.
Fue simple, en este país esos datos son públicos, basta con una búsqueda en la página gubernamental.
Al meter la placa en el registro vehicular de internet, me apareció un nombre y una dirección. Los datos completos: un Kia Rio 2023, placa BCE69I, a nombre de Augusto Molina.
Fui a ver al oficial que llevaba el caso. Me dijo que ese trabajo de investigación no me correspondía, que no interviniera. Si quería que el fiscal viera el archivo antes que otros casos, debería darles una colaboración.
¿Qué? ¿Cómo me pide un soborno cuando ese debería ser su trabajo?
¿Cómo puede ser esto posible? No hay justicia para el ciudadano de a pie y mucho menos si eres extranjero.
Cansado de esperar por las autoridades, yo mismo fui a la dirección.
Tenía algunas monedas, eso me bastó para llegar al sitio. Era un barrio con calles entrelazadas, cerca de la calle principal. Caminé algunos minutos revisando casa por casa hasta dar con la casa indicada.
Era una casa de color pastel, de dos pisos con unas ventanas que daban hacia la calle. En el primer piso tenía un garaje con paredes altas. Estuve ahí por horas.
Nadie entró, nadie salió.
Al anochecer salió una niña, del mismo tamaño que Marcos. Morena, con el cabello largo sujeto con una cola de caballo. Sentí la tentación de hablar con ella, pero preferí no hacerlo. Con mi aspecto, quizás me confundieran con un acosador.
Preferí esperar.
Esa noche dormí, si se le puede decir así, en una pequeña garita abandonada en la isla que separa los carriles de la calle principal.
Antes del amanecer, esperé sentado en la vereda enfrente de la casa.
En algún momento de la mañana salió una señora. Al regresar de la tienda, entró a su casa, pero al abrir la puerta alcancé a ver un taxi negro estacionado.
Sentí que el piso bajo mis pies desaparecía.
Quizás era, quizás no, quizás era casualidad. La mayoría de los taxis de la ciudad eran negros.
En los registros aparecía un auto negro. Estaba seguro de que había conseguido algo.
Esperé a salir de mi estado de euforia y al cabo de algunas horas me atreví a tocar.
Alguien respondió, preguntó quién era y por qué tocaba su puerta. Yo no sabía qué responder. Se me secó la boca, la voz me temblaba.
Como es costumbre aquí, las personas suelen llevarse los envases de gaseosa de la tiendita con la promesa de devolverlos. El día anterior la niña había comprado una gaseosa. A mí se me ocurrió decir:
"La señora de la bodega me mandó a buscar la botella donde Augusto".
Su respuesta: "Dile que se la llevó ahora".
Esa respuesta hizo que mi cabeza diera mil vueltas. Me sostuve de la pared para no caerme. Tuve varias arcadas pero no vomité. No había comido nada. Pero aun así ahí estaban, venían una tras otra.
No sabía qué hacer. Caminé hasta un pequeño parque. Me recosté a un árbol.
El odio estaba ahí, subía cada vez más y más hasta convertirse en furia.
Las autoridades no me harían caso de nuevo.
Yo tomaría mi propia justicia.
Pero ¿cómo hacerlo? La vida real no es como en las películas, que apareces de un lado a otro por arte de magia, los personajes no comen, tienen dinero infinito, y todo les sale de maravilla.
Aquí no hay un guión escrito. Necesitaba dinero para movilizarme. Lo poco que tenía ya no estaba.
Solo se me ocurrió una idea descabellada, pero ¿qué opción tenía?
Da igual, ya no tenía nada que perder.
Al llegar aquí, trabajé con unas personas en el rubro de las telecomunicaciones. Eran buenas personas pero tenían malos hábitos. Esa era su fachada. Detrás de eso todo era diferente: robos, estafas, asesinatos. Cuando me enteré de eso preferí renunciar, prefería estar alejado de problemas.
Nunca me gustó esa vida de delincuentes. Pero ahora estaba a punto de convertirme en uno.
Fui hasta el barrio donde vive mi antiguo jefe. Me costó mucho encontrarlo. A ese barrio no entra cualquiera preguntando por alguien.
Tuve que tener mucho cuidado. Además, mi aspecto no era el más favorable: tenía semanas sin afeitarme la barba, la ropa desgastada. Estaba irreconocible, pero no me detuve, y al cabo de un rato pude dar con él.
Le conté mi historia y lo que quería. Me dio lo que le pedí. Era un hombre frío, amable para unas cosas pero para estos asuntos era un témpano de hielo. Solo me dijo: "Si crees poder hacerlo, hazlo".
Me dio un .38 con 6 balas, en buenas condiciones. Nunca había empuñado un arma. No sabía ni cómo agarrarla. Una clase rápida de cómo empuñar y apuntar me encaminó al descenso a mi propia oscuridad.
Tuve que darle un pago por el arma. Aún tenía conmigo mi anillo de bodas, oro 18k. Un lindo recuerdo de mi vida y mi posición económica en mi país natal, antes de que llegara el gobierno de turno y destruyera la economía, obligándonos a emigrar.
No perdí tiempo. Me fui hasta la casa de Augusto. Esperé hasta que fuera de madrugada y trepé un árbol que estaba afuera para caer en el garaje. Ahí me encontré con el auto negro, un Kia Rio con la placa BCE69I, el mismo del registro, aún con golpe en el parachoques, el capó y ambas puertas del lado derecho. No podía creerlo.
Me agaché y lloré abrazando mis piernas junto al auto. No fue nada escandaloso. Solo eran los últimos vestigios de dolor que brotaban de mi pecho.
La puerta hacia el interior de la casa estaba con llave. Esperé allí junto al auto hasta la mañana.
Antes del amanecer, escuché ruidos dentro de la casa, la voz de una mujer y la de un hombre.
¡Esperé!
Me metí debajo del auto. El tiempo pasó lento, muy lento. Hasta que la mujer salió de la casa con una de las niñas, dejando la puerta hacia la casa abierta.
Al cabo de un rato entré. Ahí estaba un hombre, sentado en un sofá viendo las noticias.
Me acerqué con cautela, lo golpeé con el arma en la cabeza lo más fuerte que pude. Él cayó confundido tratando de ver qué lo golpeó.
Intentó levantarse pero me le subí encima y lo golpeé hasta que perdió el conocimiento.
Guardé la pistola y empecé a sacarme las trenzas de los zapatos. Estaba improvisando. Fui sin un plan. Como pude, le até las manos, esperé a que despertara e hice que se sentara en una silla.
Me di cuenta de una herida en su hombro, profunda y mal curada, sin sutura, estaba sangrando de nuevo, pero no le di importancia. Apuntándolo, me moví por la sala buscando algo para sujetarlo de mejor manera.
Revisé un poco la sala. Vi fotos familiares: fotos de una boda, la fiesta de fin de año en el colegio de la hija menor, los cuatro en una playa.
Esa grieta en mi pecho se abrió más al darme cuenta de que él tenía algo que yo había perdido mucho antes del accidente. Eso me dio mucha más impotencia, rabia, ira.
Conseguí algunas cosas útiles. Lo aseguré y lo amordacé.
Le pregunté por la niña pequeña. Me dijo que estaba en la habitación del segundo piso.
Me quedé frente a él. Él estaba llorando, trataba de decir algo pero no le entendía por la mordaza.
Le pregunté si era el dueño del auto, asintió. También le pregunté si alguien más lo manejaba, negó con la cabeza. Ahí estaba la confirmación, era él, él había sido el causante de todo.
Así pasaron un par de horas, hasta que la niña bajó. Supuse que estaba durmiendo, bajó despeinada, y con cara adormilada, nada que ver con la niña con el cabello inmaculado que había visto la noche anterior. A ella también la senté en otra silla y la amordacé.
Una hora más tarde llegó la mujer con la otra hija, la mayor. Venían del mercado, estaban haciendo compras.
Cuando vieron la escena se quedaron en shock. No sabían cómo procesarla. Hice lo mismo con ellas. Ya cuando estaban todos amarrados, empecé a hablar.
Les conté mi historia: mi país natal, mi viaje, mi vida a partir de que llegué a este país, el día del accidente, el funeral, y cómo había llegado hasta ahí.
La esposa se dio cuenta enseguida del error que había cometido días antes cuando respondió por la botella.
Al quitarle la mordaza, habló apresuradamente. Me dijo que fue un accidente, que estaba escapando de un robo.
Nombró a sus hijas: Luna, la niña que había visto ir a la tienda, y Laura, la mayor. Escuché que su esposa se llamaba Lucía o Lorena, no recuerdo bien. Veía que movía los labios pero no lo escuchaba. Mi mente se quedó en el robo, escape... Mi mente divagó por un largo rato.
Una parte de mi subconsciente entendió que fue un accidente. Pude haberme detenido ahí, pero no lo hice. No quise.
Yo ya no tenía familia y él tampoco la tendría. No lo mataría porque hay castigos peores que la muerte. Yo estaba viviendo un infierno. Él también lo sentiría.
Le di a elegir: ¿cuál de las dos niñas debería morir, Luna o Laura? Si no elegía, las 3 morirían.
Él solo me pedía que lo matara a él, que su familia era inocente. Pero no le daría una salida fácil, no cuando yo había visto el infierno por su culpa.
En un momento de la discusión, entendió que vivir con la pérdida de una y la culpa sería mejor que vivir con la pérdida de las 3 mujeres y la culpa.
Vi en sus ojos cómo su mente se debatía.
Eligió el mal menor.
Así que eligió a Laura. Ella abrió los ojos enormemente, procesando la decisión de su padre, entendiendo que su propio padre la había entregado a su verdugo. Vi el miedo, la decepción, la súplica.
Algo en mi cabeza dio vueltas, no solo quería que sufriera, quería destruirlo. Pensé que quería proteger a Luna. Al ser la más pequeña, necesitaba más protección.
Luna tenía la edad de Marcos, y él ya no estaba conmigo. Me quitó lo que más amaba, así que yo también se lo quitaría a él.
Yo apunté y disparé. Pero no a Laura, sino a Luna. Él entendió enseguida que, aunque yo apreté el gatillo, él había matado a sus dos hijas.
La vi, pequeña, inerte, su camisa manchada de sangre, el cañón humeando, mi mano temblando.
Era la primera vez que disparaba un arma y lo había hecho para matar a una niña inocente.
Yo no sentí nada. Ni culpa, ni remordimiento. Me sentí más vacío que cuando brinqué el muro. Esperé un minuto, o tal vez una hora. No sé.
Salí. Los dejé ahí: Augusto mirando el cuerpo de Luna, los ojos de Laura llenos de un vacío que nunca se llenaría, Lucía o Lorena, no recuerdo bien, con la boca abierta en un grito que no salía.
Caminé. No sé cuánto tiempo ni qué distancia. Solo sé que ya era de noche cuando volví en mí.
Aún me quedaba algo de dinero. Ya no tenía lugar a donde ir, ni a quién buscar. Pagué un cuarto de hotel. Creo que era el peor de la ciudad: mal olor, moho en las paredes.
Me senté en el borde de la cama. Saqué la foto que había tomado cuando desalojé la casa, ya estaba arrugada, la vi por un largo momento.
En ella aparecíamos los tres. Recuerdo que Martha le pidió a un extraño que le tomara esa foto. Estábamos en un parque de diversiones, yo cargaba a Marcos y ella nos abrazaba a ambos. Su mirada un poco triste. Quizás por el peso de una vida poco satisfactoria.
Las lágrimas empezaron a correr por mi cara sucia, llena del polvo y hollín de la ciudad. La luz tenue filtrándose por las cortinas de la ventana, el ruido de los autos en la calle, el sonido del agua goteando en el lavamanos del baño.
Es inquietante.
Cerré los ojos. Sentí el frío del cañón de la pistola bajo mi mandíbula. Vi mi vida entera pasar por mis ojos: la imagen de una chica invitándome a salir luego de bailar en una fiesta, años después la boda con esa misma mujer, el nacimiento de Marcos, la primera vez que lo cargué, pequeño, frágil, hermoso.
Vi a Marcos la última vez que estuve en su cuarto. La poca luz que entraba me hizo ver que tenía el cabello largo. No había tenido tiempo de llevarlo al barbero. Pensé que esa semana debería llevarlo. Luego la puerta cerrándose en ese cuarto oscuro, con su silueta envuelta en sábanas. La puerta cerrándose.
Y lo último que escucho es un: bang.