Les dejo un viejo relato de terror que rescribi y cirregi para que sea mas fluido. Espero que les guste.
Soy un perro. Los humanos me dicen Ovejero Alemán, aunque no sé bien qué significa eso. El humano que cuido me llama Sansón; a el los otros humanos le dicen Doctor o Aníbal, dependiendo de la frecuencia con la que vienen.
No es un mal compañero. Solía pegarme con un trozo de cuero que sostiene sus ropas —no sé por qué los humanos se tapan el cuerpo—, pero una vez le gruñí y le mostré los dientes. Nunca volvió a hacerlo.
Su hembra era más cariñosa conmigo, pero se marchó. Cuando se despidió quiso llevarme con ella. Aníbal no la dejó. Desde entonces somos dos en mi manada.
No sé bien a qué se dedica mi compañero. Según Rosco, el gato que viene de noche a buscar sobras y conversar, le saca los cachorros a las humanas que no los quieren. Yo pensé que eran pollos raros cuando me los daba para comer.
Pero lo que voy a contar sucedió hace varios inviernos.
Era una noche de tormenta. El viento hacía temblar las ventanas y el cielo rugía; de vez en cuando todo se volvía blanco y durante un instante parecía de día.
Yo estaba acurrucado junto al sofá. Aníbal bebía y fumaba mirando su ventana cuentahistorias, donde humanos más chicos corrían, peleaban y vivían aventuras que nunca tenían olor a sangre.
Entonces golpearon la puerta.
Me puse de pie y levanté las orejas.
—¡Váyanse! —gritó mi compañero.
Una voz temblorosa respondió desde afuera:
—Abra, doctor. Es una emergencia.
—Vuelva mañana. Ya es tarde.
—Por favor, abra.
—¡Váyase o llamaré a la policía!
La puerta se abrió de golpe.
Entraron tres machos humanos y una hembra preñada. Con ellos entraron el viento y la lluvia.
Salté sobre uno de los hombres y le mordí el brazo. Él gritó. Lo miré a los ojos y, por un instante, dejé de estar allí.
Vi cientos de inviernos atrás.
No era un perro.
Era un lobo.
Tenía una flecha clavada en un costado y me costaba respirar. Aquel hombre se acercó, sacó la flecha y puso su mano sobre la herida. El dolor desapareció. Me incorporé y lo miré.
—Ve en paz —me dijo—. En el futuro me devolverás el favor.
El otro hombre que estaba con él también estaba allí.
—Miguel —lo llamó.
Entonces regresé.
Aflojé la mordida y me senté frente a él.
Me acarició la cabeza.
—Buen muchacho.
Aníbal se levantó del sofá.
—¡Qué guardián me resultaste! ¿Qué quieren?
Un hombre vestido como los que aparecen en las historias de la ventana respondió. Los otros lo llamaban Padre.
—Tiene que sacarle el engendro que crece en su vientre.
—Es de no creer —dijo Aníbal—. Dos matones, un sacerdote y una adolescente embarazada vienen a estas horas a exigirme que cometa un delito.
—No somos policía —dijo el hombre llamado Miguel.
Aníbal miró al Padre.
—¿Es suyo?
El otro hombre perdió la paciencia. Le apoyó en la cara la punta de un palo que tira piedras y fuego, como los que aparecen en la ventana cuentahistorias.
—No te lo estamos pidiendo.
—Para, Gabriel —dijo el Padre—. Le pagaremos el doble. Estos hombres tienen poca paciencia.
Aníbal refunfuñó y llevó al Padre y a la hembra a su lugar de trabajo. Los otros dos se quedaron junto a la puerta, con sus palos lanzapiedras apuntando hacia afuera.
Yo me senté a su lado y los escuché.
—¿El padrecito tiene la Daga de Megido? —preguntó Miguel.
—Sí. Espero que pueda hacerlo —contestó Gabriel.
—Tiene que clavársela. No es tan difícil.
El Padre los miró.
—No te olvides de que, aunque su cuerpo no esté formado, el mal ya vive en él. Y su poder también.
No entendí qué quería decir.
Pero ellos sí.
De pronto un perro extraño entró por una de las ventanas y rompió el vidrio. Después supe que eran chacales.
El animal levantó el cuero de su espalda y bajó el hocico casi hasta el piso. Se preparaba para saltar.
Saltó.
Yo también.
Le mordí el cuello y giré el cuerpo hasta sentir cómo mis dientes desgarraban la carne. Cayó sobre mí. La sangre era negra y amarga.
El chacal dejó de moverse.
Entonces se apagaron las luces.
El cielo volvió a rugir y durante un instante la casa se iluminó como si hubiera amanecido. Después llegó un silencio profundo.
Solo se escuchaban los gritos de la hembra.
La puerta se abrió.
Entraron muchos hombres.
Traían palos que tiraban fuego y piedras.
Miguel y Gabriel hicieron lo mismo.
La noche se llenó de gritos, golpes y sangre.
Yo mordí a un hombre. Luchó durante un rato. Después dejó de moverse.
Cuando todo terminó, Miguel y Gabriel estaban contra la pared. Sangraban por varios lugares.
Me acerqué a Miguel.
Lamí su rostro.
Me acarició.
—Entra —me dijo—. Si el feto no está, busca la daga y guárdala durante diez inviernos.
Tosió.
—Regresaré.
Después agregó:
—Y dejaré de respirar.
Miro a su compañero y le dijo.
-Te veo arriba. - y no respiro mas.
Entré.
Aníbal estaba muerto.
También el Padre.
También la mujer.
No entendí qué había pasado.
Tenían las sogas que dan energía a los aparatos enroscadas alrededor del cuello. No había olor a sangre.
La daga estaba tirada en el suelo.
El cachorro humano no estaba.
Tomé la daga y salí.
La escondí bajo un árbol, en el lugar donde, cuando era cachorro, Aníbal me llevaba a jugar con otros cachorros.
Ahora tengo otro compañero. Es un viejo humano que me encontró perdido y me aceptó.
A veces Miguel viene a verme en sueños.
Me dice que aguante.
Que regresará.
Que entonces podré dejar la daga.
Pero también tengo pesadillas con aquella noche.
Veo a uno de los hombres que entraron después de apagarse las luces. Lleva algo entre sus brazos.
Es el cachorro que todavía no había nacido.
Es grande.
Demasiado grande.
Su cuerpo no parece terminado. No tiene olor a cachorro.
El hombre corre bajo la lluvia.
Llega a un lugar donde hay otros hombres.
Lo meten en un frasco lleno de un líquido transparente.
Los hombres se reúnen alrededor.
Cantan.
Bailan.
Y el cachorro abre los ojos.
A veces mueve la boca.
Parece hablarles.
Nunca puedo escuchar qué dice.
Siempre me despierto antes.
Solo me queda esperar.
Que vuelva Miguel.
Y que algún día me libere de mi deber de cuidar la daga.