Capítulo 4: El hombre de una sola pregunta
"La patria no es un territorio, no es una bandera, no es un himno. La patria es el otro, y cuando el otro sufre, la patria duele."
25 de mayo de 2012 — Cristina Fernández de Kirchner
1
El hospital de alta complejidad de Nueva Filadelfia se llamaba Benjamin Rush, en honor al único médico que firmó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Era un pandemónium de ambulancias y vehículos militares que llegaban con heridos de ambos bandos.
Una hora antes, los soldados estadounidenses se habían rendido al comprender que el régimen iba a matar a todos los que fueran necesarios con tal de tomar el control de la mina y fábrica de coltán. Y los militares consideraban a los obreros más como compatriotas que como argentinos. Levantaron sus armas y se arrodillaron en la playa de estacionamiento. La bandera de los EE. UU. fue arriada y la de la Argentina junto a la del Imperio Libertario del Sur fue izada. Los obreros fueron reunidos frente a ellas y el general Carrizo les habló con un megáfono:
—Hoy nuestro Líder toma la decisión de retomar la soberanía absoluta de nuestra tierra. Los invasores serán deportados y su lugar de trabajo, nacionalizado. Mantendrán sus puestos de trabajo y sus prestaciones.
—¡Necesitamos médicos urgente, hay gente desangrándose y muriendo! —gritó una voz.
Pero el hombre fue golpeado por un soldado y solo se escuchó un quejido.
—Lo sabemos —continuó el militar—, pero ahora son traidores. Levantaron sus armas contra los representantes de los defensores de la patria. Por ahora, son enemigos. Deben jurar lealtad al Líder y al Imperio.
Un murmullo corrió entre los obreros arrodillados.
—Repitan conmigo —ordenó. Silencio—. ¡Juro ante la bandera que nos legó Belgrano!
Silencio... El militar los miró y asintió con la cabeza. Un soldado se acercó a los heridos y le disparó a uno ante los gritos de la mayoría. Uno intentó levantarse para atacar al verdugo, pero fue abatido sin miramientos.
—¡Juro ante la bandera que nos legó Belgrano!
Un murmullo casi ininteligible se elevó en la noche chaqueña. El militar se dio por satisfecho.
—¡Defender con la vida y todas mis fuerzas...!
Otra vez el murmullo.
—...a nuestra patria, sus instituciones y a su Líder!
Ya resignado, el murmullo se escuchó más fuerte.
—¡O JUREMOS CON GLORIA MORIR!
Los obreros no gritaron, pero ahora sí lo decían: más con odio que con furia.
Carrizo, que durante su discurso caminaba de un lado a otro, se detuvo, los miró, hizo un gesto de aprobación y llamó a su segundo:
—Que entren las ambulancias. Lleven en los camiones a los que puedan, que en el hospital decidan a quién se puede salvar y denles todos los insumos que necesiten. No somos animales.
2
Un día después de la toma de la fábrica.
El oficial de la policía chaqueña, Federico Ínsua, dormía en una cama, desmayado, con un suero en la mano derecha. Estaba sin camisa, lo que dejaba ver su cuerpo marcado y su pecho subir y bajar lentamente al respirar. Cuando abrió los ojos, sintió que mil alfileres se le clavaban en las pupilas; lo primero que experimentó fue un cosquilleo, como si miles de hormigas caminaran por su interior.
Luego de unos minutos, sus ojos se acostumbraron a la luz y allí los vio: dos soldados con su armadura Liberty Warrior y, sentado frente a él, un hombre de traje negro, camisa blanca y corbata negra. A pesar del ambo, se podía adivinar que tenía un cuerpo trabajado. No tenía nombre: le decían el "Activo N.º 10" sus subordinados y "El hombre de una sola pregunta". Era un interrogador del Ministerio de Propaganda, un analista del comportamiento no verbal encargado de estudiar científicamente las microexpresiones. Les hablaba y los hacía hablar hasta deducir la pregunta que los delataba. Estaba orgulloso de su trabajo, en especial de haber capturado a más de cien disidentes, y sentía que estar ahí, en medio de la selva chaqueña, entrevistando a un futuro colega, era una pérdida de tiempo.
Pero el Líder se lo había pedido personalmente. Le había puesto la mano en el hombro y, mirándolo a los ojos, le dijo: "Quiero saber si es leal, si fue contaminado. Faltaban tres años para su reinserción. Cuento con usted". Y él solo pudo asentir. Su inteligencia artificial, insertada en el parietal izquierdo, no funcionaba bien en esa selva, pero no la necesitaba. A primera vista, el policía era un hombre simple; cinco o siete comentarios le alcanzarían para descifrar su perfil.
—Lo que faltaba —dijo el policía—. ¿Para qué lo enviaron?
—Bien directo, me gusta —dijo el interrogador mientras tomaba una libreta y la abría donde tenía anotaciones—. ¿Sabe quién soy?
—Un interrogador. Querrá saber si sé algo de la fábrica y la resistencia. Todos los años viene uno diferente y nunca descubren nada. Ya no sé cuántas veces los acompañé al Impenetrable o a Campo del Cielo y nunca nada. Creo que solo son un fantasma que se inventaron para sentirse necesarios.
El interrogador lo miró y anotó: "Molesto".
—Sí, lo leí en su carpeta.
—¿Tengo una?
—Todos tienen una. En fin, no vine por eso, sino por otra cosa. Creo que debe saber que su vida cambiará radicalmente. Si bien vine a interrogarlo, también vine a revelarle una parte de su vida que desconoce. Empecemos.
El policía lo miró intrigado. El interrogador abrió una carpeta, pareció buscar unos datos y, a propósito, dejó ver la foto de una mujer. Luego la guardó y leyó. Vio en el policía cierta incomodidad y anotó: "La reconoció".
—¿Sabe que es adoptado?
—Sí, lo sé. Me lo dijo mi padre.
—El teniente de Gendarmería Ariel Serrizuela y su esposa Anuncia Duarte.
—Sí.
—Estudió en el Instituto de Educación Superior de Formación Policial y Seguridad Pública de la Provincia del Chaco. Promedio sobresaliente. Su madre desapareció cuando usted tenía 17 años.
—Vaya al grano.
El interrogador lo miró un minuto, cerró la carpeta y escupió:
—Su padre fue un destacado combatiente contra el peronismo en la persecución y aniquilación de la guerrilla luego de su proscripción. Como premio, se le permitió "conservar" a su madre, una guerrillera confesa y reeducada en la ley del Imperio. Su madre fue esterilizada y reconvertida en los preceptos del nuevo gobierno y, luego de un seguimiento de cinco años, se le entregó un bebé para formar una familia.
Miró al policía, cuyo rostro era una máscara de piedra. "Está molesto, sigamos por acá", anotó.
—Pero debo decirle unas verdades que no sabía.
—Siga —dijo el policía.
Sin embargo, los recuerdos se le colaban entre la muralla que quería poner ante la voz del interrogador. Recordaba a su madre, los cumpleaños, el patio de su casa, subir a los árboles con amigos, la risa de ella en las caminatas por la selva. Intentaba concentrarse en la voz jovial y la risa cantarina de su madre. Apretaba los puños y ponía la mente en blanco.
—Okey, ahora viene lo duro —el policía no mostraba emoción—. Su madre no murió. Iba a ser ejecutada por traición; su padre la entregó. No sabemos cómo, pero burló la reeducación y huyó al Impenetrable.
—No sé de qué habla.
—Usted salía a caminar con su madre por la selva.
—Sí. Pasábamos unas horas.
—¿Horas? Según los partes de los guardaparques, la última vez fueron dos días.
—No recuerdo...
Pero sí lo hacía. Recordaba las largas caminatas y a su madre hablándole de otras épocas, de un país donde todos eran iguales, de un lugar donde podías ir adonde quisieras y no tenías que denunciar a nadie si no seguía las órdenes del gobierno. No lo comprendió en su momento, pero sus ojos se iluminaron. El interrogador lo vio y anotó: "Recuerdos felices".
—Retomando: su padre denunció a su madre por recaer en prácticas subversivas y, cuando iba a ser capturada, desapareció. Justo ahí comenzaron los ataques de la guerrilla.
Sacó un libro y lo abrió, dejando ver su tapa con una «M» cruzada por un fusil FAL y una lanza tacuara en forma de «V»: el símbolo de Montoneros. Montoneros Vence. El policía sufrió como un flashback: su madre leyendo un libro con ese símbolo, risas, una foto de ella de niña junto a Cristina Kirchner y el eslogan "La patria es el otro". Su cerebro daba vueltas: su madre poniéndole inyecciones, su madre hablando con indios tobas y mocovíes, su madre abrazándolo mientras lloraba, él dormido en la selva y su padre rescatándolo. Tiros. Fuego. Bombas...
—¡Oficial! ¡Oficial! ¡Oficial!
—Perdón...
"Reconoció el libro. Golpe final", anotó el interrogador. Levantó la vista y dijo:
—Una sola cosa más: usted es un supersoldado creado para una misión secreta. Su piel es de polímeros y, si quiere, no respira aire. En su lugar, utiliza un proceso de respiración anaeróbica o fermentación: toma la humedad del ambiente, decanta el agua directo a las células y posee regeneración espontánea. ¿Cómo cree que sobrevivió a una ojiva termobárica que consume todo el oxígeno en un radio de diez metros y desmembra a todo infeliz cercano?
—No...
—¡Claro que no lo sabe! —levantó la voz, sabiendo ya qué preguntar—. ¡Y sabe por qué no lo sabe!
—Yo no...
—¡Porque su madre lo programó! Dígame, ¿qué es la patria para usted?
—¿Qué...?
Estaba aturdido, mil imágenes se le aparecían: su mamá llevándolo a una cueva, su mamá con un hombre que usaba un metrónomo un aparato que marca un ritmo constante con un sonido de tic-tac para ayudar a relajar la mente y sincronizar la respiración, su madre leyendo el libro del FAL y la tacuara, y su madre repitiendo una frase como un mantra.
—¿QUÉ ES LA PATRIA PARA USTED? —estaba parado, mirándolo—. ¿Qué... es... la... patria... para... usted?
—La patria... —su madre riéndose—. La patria... —un abrazo y el sol colándose por la tupida fronda del Impenetrable—.
—¿Qué es...?
De pronto, su mente se clarificó; fue como si le sacaran una venda de los ojos. Miró al interrogador y dijo:
—La patria es el otro.
El Activo N.º 10 sacó su arma, pero las ventanas estallaron. Cuatro hombres entraron disparando; los soldados no tuvieron oportunidad. El policía intentó defenderse, pero lo inyectaron y se quedó semidormido. Nunca sintió cómo lo sacaron de su habitación a sangre y fuego. De los cuatro atacantes, solo dos salieron con vida, lo subieron a una camioneta y se perdieron en la selva. Lo único que recuerda es la sonrisa de su madre, más canosa y con más arrugas, diciéndole: "Todo va a estar bien".
La madre del policía miró a los sobrevivientes y preguntó:
—¿Lo dejaron vivo al interrogador?
—Sí —contestó uno de los hombres, sangrando por un hombro—. Lo pude matar, no sé por qué no nos dejaron hacerlo.
—Daniel y Ciro dijeron que debe estar vivo. Vamos a la base.
Y la camioneta se perdió en la noche.