En otro universo
Capitulo 2
El Activo número 12
Provincia del Chaco. Nueva Filadelfia, Campos de Coltán. Procesadora Stanley — Año 2072.
En el 2035 se descubrieron inmensos yacimientos de coltán —abreviatura de columbita-tantalita— en el Chaco. Este mineral demostró tener una capacidad de retención de energía diez veces mayor a la del litio, en tamaños diez veces menores. La nueva nanotecnología a nivel global no sería posible sin él.
La multinacional Stanley compró el pueblo de Tres Isletas en el centro de la provincia y lo rebautizó como Nueva Filadelfia. La empresa no quería repetir lo sucedido en el Congo, lugar donde la ONU había vetado la comercialización del mineral por la eterna guerra civil que causaba su extracción. A casi quinientos dólares el gramo, Stanley quería asegurarse una dotación constante y pacífica para el futuro. Construyó un hospital de alta complejidad, tres escuelas, una universidad y otorgó becas a los mejores promedios para estudiar en Estados Unidos. Trajo cloacas, luz eléctrica, fibra óptica y, lo más importante, instaló la mina, la refinería y la fábrica de baterías, chips y componentes electrónicos. Le daban trabajo a casi toda la provincia; veinte mil personas vivían del coltán, directa o indirectamente, mientras la administración de la Coalición desfinanciba la tarea social del estado, las multinacionales ocupaban su lugar , ganándose la simpatía del pueblo.
Por eso, cuando el Líder firmó el decreto de expropiación de toda empresa extranjera para nacionalizarla y conformar sociedades mixtas con capitales locales, el pueblo entero se levantó. Eran como un país dentro de otro país: solo se aceptaban dólares y hasta tenían sus propias normativas.
La base de marines norteamericanos apostada allí contaba con mil efectivos, helicópteros de combate y armamento pesado. Cuando el intendente llegó con el delegado de los trabajadores —no era un sindicato, eso era casi un adorno en Nueva Filadelfia— y le pidió armas al general a cargo, se fundieron en un abrazo. La fuerza de defensa de la ciudad ascendió rápidamente a tres mil quinientos combatientes que se distribuyeron por todo el perímetro de la mina y la refinería.
La policía local, en cambio, se armó y esperó en la entrada del pueblo la llegada del enviado de Buenos Aires. El Regimiento 403 del Ejército Argentino no tardó en aparecer: veinticinco tanques, dos mil quinientos efectivos y cuatro helicópteros Cimarrón de apoyo, armados con bombas PEM (Pulso Electromagnético), capaces de freír cualquier circuito o escudo electrónico en kilómetros a la redonda. Los policías locales los vieron llegar y supieron que no venían a negociar.
El teniente Carrizo bajó de una unidad blindada de transporte. Su uniforme de combate Liberty Warriors —irónicamente "donado" décadas atrás por la embajada norteamericana— resplandecía en la oscuridad. Eran verdaderas armaduras de nano-kevlar con polímeros reactivos. Carrizo les hizo la venia a los policías y pidió hablar con el encargado.
Un joven oficial de unos veintitrés años dio un paso al frente. Era fornido, de casi un metro noventa, puro músculo y piel curtida por el sol chaqueño. El teniente lo miró y le pidió que se acercara. Cuando el muchacho lo hizo, el escáner de retina del visor táctico en el casco del teniente leyó su iris. Un cuadro de información con un sello de "CLASIFICADO" parpadeó en su HUD (Head-Up Display) interno. Una leyenda brilló en rojo: "COLABORACIÓN TOTAL".
Carrizo no sabía quién era ese policía, pero el nivel de autorización indicaba que era alguien vital para el Ministerio de Propaganda. Optó por no ser hostil. Se sacó el casco para mirarlo a los ojos y lo saludó con un leve cabeceo.
—Como sabrán —comenzó Carrizo—, el Líder decidió terminar con la ocupación y el saqueo de las potencias a nuestra patria. Para ello, se deben expropiar las empresas estratégicas, y esta mina y su fábrica lo son. Ningún trabajador se quedará en la calle y sus beneficios serán mantenidos hasta que la concesión pase a una empresa mixta argentina. Como gentileza a nuestros camaradas estadounidenses, se les permitirá marcharse con sus armas y en paz. Pero deben abandonar el predio ya mismo. Cuento con su colaboración.
El policía bajó la cabeza y, con un gesto negativo, contestó:
—¿Sabe cuándo llegó el agua potable a nuestro pueblo? En 1995. La luz eléctrica en 1998, el internet en 2005. Siempre fuimos olvidados por el Estado. Esa mina nos trajo no solo bienestar, también dignidad. Por la Ley del 2026, los trabajadores de las empresas norteamericanas son considerados ciudadanos estadounidenses, y este predio está protegido por la ley de embajadas; es considerado suelo extranjero. Si dispara una sola bala, será considerado un acto de guerra.
—Creo que no entendió —lo interrumpió el teniente, endureciendo el tono—. El Líder se pasa por los huevos las leyes internacionales. Acaba de reducir a átomos a un batallón, tres submarinos y dos corbetas británicas. ¿Qué cree que hará con estos hombres si deciden ir contra el gobierno central? Al alzar un arma contra nuestra bandera se convierten en traidores a la patria, y solo merecen la muerte.
—Déjeme hablar con ellos una vez más. Evitemos un derramamiento de sangre entre hermanos...
Carrizo iba a negarse cuando una comunicación cifrada entró por su radio. Una voz metálica y autoritaria le ordenó que dejara que el policía lo intentara. El teniente, contrariado, aceptó a regañadientes.
Se subieron al jeep de la policía, seguidos de cerca por los transportes anfibios de tropas y los helicópteros, hasta llegar al portón de entrada del complejo. Mil quinientos metros de tierra árida separaban el alambre perimetral de las masivas estructuras de metal de la refinería. Cuando el jeep estacionó frente al portón, los dos mil quinientos soldados del ejército se aprestaron para el ataque. Arriba, los Cimarrón sobrevolaban la zona en círculos tácticos.
El policía tomó un megáfono y gritó:
—¡Paisa! Venga, tenemos que hablar. No sea cabeza dura.
Un hombrecito con camisa de trabajo manchada de aceite, un machete en la mano y un subfusil M-27 cruzado a la espalda, se acercó al portón. El sonido de las armas siendo amartilladas se multiplicó en la noche. Los marines estaban apostados en lo alto de los silos y en otros puntos estratégicos, apuntando sus láseres.
El policía miró al trabajador a los ojos, bajando el megáfono.
—Está fea la cosa, Paisa. Ríndanse. Estos soldados vinieron a matar, no a hablar. No sé qué milagro pasó que me dejaron acercarme.
—Sabés que trabajo en la mina desde los quince años —respondió el hombre, aferrándose al alambre—. Que mi hijo está estudiando en el norte, becado. Que la casa y todo lo que tengo se lo debo a la fábrica.
—No vas a perder nada, te lo garantizo.
—¿Voy a seguir cobrando en dólares? ¿Se me respeta la antigüedad, o vamos a terminar como los esclavos de las minas de Catamarca?
—Pero vas a estar vivo...
El policía no pudo terminar la frase. El inconfundible silbido de un misil rasgó el aire.
Todo se volvió luz, estruendo y dolor. El policía cayó volando hacia atrás. Mareado y con los oídos zumbando, alcanzó a ver cómo los helicópteros descargaban sus misiles sobre el perímetro. A unos metros, el cuerpo destrozado del Paisa humeaba sobre la tierra, inmóvil. Escuchó otro estruendo masivo, y la oscuridad lo envolvió por completo.
Buenos Aires, Casa Rosada. Búnker presidencial, a 500 metros de profundidad.
El Líder caminaba de un lado a otro. Miraba veinte pantallas simultáneas, supervisando cada acción que se desarrollaba en el país: las expropiaciones, las tomas de embajadas, la expulsión de espías y ciudadanos sospechosos. De pronto, en un monitor lateral, saltó una alarma. Se apoyó en el escritorio y le pidió al operador que pasara esa transmisión a la pantalla central.
Se veía la cámara corporal de un soldado grabando a un policía provincial que hablaba con un militar. El Líder pidió audio e identificación del sujeto. Un cartel parpadeó en la parte baja de la pantalla táctica:
ACTIVO N° 12. REINSERCIÓN: 2075.
Desde las sombras de la sala, una voz gruesa y rasposa rompió el silencio.
—Es uno de ellos.
—Sí, el Doce —asintió el Líder—. En tres años iba a ser reinsertado. Está verde todavía. Aunque, como vienen las cosas, vamos a necesitar a todos los activos operativos.
—Que esto le sirva de entrenamiento —sugirió el anciano, dando un paso hacia la luz—. Que aprenda que no podemos hablar con los traidores.
—Necesitamos a los trabajadores, el coltán es estratégico. ¿Tienen las tropas la munición M.I.A.? —preguntó el Líder al operador.
—Sí, señor. Munición con Información Agregada en línea. Los proyectiles corrigen su trayectoria basándose en el mapeo térmico para evitar daños a la infraestructura vital de la refinería.
—Dame las proyecciones —pidió el Líder. Leyó los datos que aparecieron en pantalla—. Bajas enemigas aceptables para asegurar la operación: 35%. Bajas propias estimadas: 10%. Es un margen aceptable.
—Dejalo que negocie... y cuando lo esté haciendo, atacá —insistió el anciano con frialdad—. Veremos de qué está hecho este Activo. Que le sirva de escarmiento.
—¿Te parece? —dudó el Líder.
La voz del anciano subió de tono, cargada de un rencor profundo y antiguo.
—Yo viví la Noche Infame. Vi lo que hizo el peronismo. Vi las masacres en los countries, cómo llenaban las piscinas de cadáveres y les prendían fuego. Vi el incendio de los diarios y de los canales de televisión. Los fusilamientos sumarios en la Plaza de Mayo de los que ellos llamaban traidores: periodistas, abogados, actores... hombres, mujeres y ancianos. No podés negociar con ellos. Debés mostrar que vas en serio. Y que el Activo aprenda también cómo se forja la lealtad.
El Líder miró los ojos inyectados en sangre del anciano. Asintió lentamente y se volvió hacia el operador de comunicaciones.
—General Carrizo, ordene a sus efectivos atacar.
Y la noche del Chaco se llenó de fuego y explosiones.
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