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El Hábitat. Crónica de la epidemia zombie en Argentina

Moebius
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CAPITULO 1

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CAPITULO 1

CABRAL

​Sección 1: Día 380 del brote zombie en Argentina

El viento que soplaba sobre el techo de chapa del depósito principal olía a humo, a lluvia y a podrido.

​A lo largo del pretil de la gran nave industrial, Los Fusileros, hombres y mujeres permanecían tendidos cuerpo a tierra, alineados en una disciplina implacable. Cada fusilero contaba con su respectivo avistador a un costado: un ayudante agazapado con un cargador lleno listo en la mano izquierda y un fusil de repuesto a la derecha, instruido para realizar el cambio en segundos y no perder jamás la cadencia de tiro. Detrás de ellos, en la sombra de los tragaluces de policarbonato, un segundo grupo de relevo esperaba en cuclillas, listo para arrastrarse y ocupar el puesto del soldado que mostrara temblor en las manos o fatiga en el ojo visor.

​A 100 metros, el portón de entrada se movía haciendo sonar la cadena con la que había sido cerrado. No se veía un zombie, pero ellos sabían que estaban allí. Alrededor, rodeándolos. Decenas, cientos, miles estaban allí.

​Miles de cuerpos en descomposición se agolpaban uno al lado del otro; alguno se bamboleaba de un lado a otro. La mayoría solo estaba quieta, oteando el horizonte, con la cabeza levemente levantada como buscando un olor. Una masa compacta, aullante y a ciegas que empujaba con el peso muerto de toneladas de carne infectada.

​Las rejas metálicas de alta resistencia, reforzadas con vigas de acero y contenedores superpuestos, estaban preparadas para resistir la presión descomunal que en minutos deberían soportar. Los remaches del portón principal crujirían con chispazos de metal fatigado. El portón iba a ceder, como el alambre perimetral; lo sabían. Pero estaban preparados.

​En medio de ese silencio helado, roto solo por el chirriar de las cadenas, sonaron unas pisadas firmes sobre la escalera de servicio exterior.

​Las miradas de los tiradores de relevo se desviaron un segundo. Subiendo a la línea de fuego apareció la figura imponente de Cabral. No llevaba casco ni equipo táctico moderno. No se había querido poner la armadura rusa Ratnik; se la pondría cuando debieran limpiar El Hábitat, luego de concluida la lucha. Ahora lucía el uniforme histórico azul noche del Regimiento de Granaderos a Caballo, impecable dentro de la usura del tiempo, con las charreteras doradas brillando bajo el cielo plomizo. A su espalda, el sable de caballería se cruzaba con el plato de la bandolera. Porque era un símbolo. Y necesitaría toda la ayuda para levantar la moral.

​Avanzó con paso tranquilo entre los tiradores acostados hasta llegar al borde del pretil, donde su segundo al mando observaba la marea humana con los binoculares empapados en sudor. Cabral se paró firme a su lado, con las botas clavadas en el borde, ofreciéndose como un punto de referencia visual para todos los hombres en el techo.

​Observó el abismo de infectados que golpeaba el perímetro. Luego se giró hacia los tiradores que mantenían el ojo pegado a la mira telescópica.

​—Hoy, por una broma del destino, nos toca enfrentar a un enemigo que no sufre, no duerme, no se cansa... y solo nos quiere muertos —su voz no era un grito, sino un trueno grave que cortó el viento sobre la chapa—. Sé que tienen miedo. Yo lo tengo. Pero no a morir... sino a fallarle a las cinco mil almas que esperan abajo que las defendamos. Una vez, en el Liceo, me preguntaron qué era la Patria. Esa vez no supe bien qué decir. Hoy lo sé. No es solo esa bandera... Es este lugar. El Hábitat es nuestra casa, nuestro refugio y nuestra Patria. Nadie va a venir a destruirlo.

​Tomó un HT (Handy Talkie), apretó el botón lateral, miró a sus hombres y sintió una oleada de orgullo. Pensó un segundo en la enfermería... Volteó la cabeza y vio la línea perimetral hecha de containers. Tuvo un recuerdo por los caídos. Y dijo con voz decidida al HT:

​—Apágala...

​Cabral desenfundó su sable. El metal plateado rasgó el aire y apuntó directamente al abismo.

​—¡FUSILEROS! ¡PREPÁRENSE!

​2

Día 1 del brote zombie en Argentina

​El uniforme azul noche con las charreteras doradas ya no brillaba como en las ceremonias oficiales, pero en El Hábitat nadie ignoraba su presencia. Tenía remiendos de hilo de pescar en los puños, la tela gastada por el roce de los correajes y el barro seco pegado a las botas altas de cuero. Para los miles de sobrevivientes apiñados en los depósitos de Esteban Echeverría, ese hombre no era el cabo primero Javier Morales; era, simplemente, Cabral.

​Nacido en el campo correntino, en una tierra de silencio y trabajo duro, Javier había entrado al Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín no por carrera, sino por una devoción casi sagrada. Había pasado años firme como una estatua en los pasillos de Balcarce 50, viendo desfilar la miseria del poder político en tiempos de paz. Conocía los rostros, los vicios y la soberbia de los hombres que gobernaban el país antes de que el mundo se viniera abajo. Pero su misión no era defender a esos hombres, sino a lo que representaban. Eran las 6:55 y llegó para izar la bandera, como todos los días a las 7:00 de la mañana.

​Siete granaderos de custodia y un granadero músico salieron de la Casa Rosada y marcharon al compás de un redoblado de trompeta hasta el mástil exterior. Llevaban la bandera protegida en un arcón o contenedor especial. Cuando llegaron al mástil principal, cuatro soldados engancharon el pabellón nacional a la driza. Realizaron el saludo militar inicial con la vista fija en la bandera mientras ascendía, para hacer un segundo saludo al alcanzar el tope cuando la trompeta detuviera su sonido. Pero antes de que el granadero músico hiciera sonar la trompeta, un muerto vivo se le colgó del cuello, haciendo que un chorro de sangre saliera disparado al aire. Uno de los soldados quiso defenderse, pero tres zombies los atacaron. Tres sobrevivientes corrían entre gritos y disparos aislados hacia la Casa Rosada, la cual dejó de ser la sede del gobierno para transformarse en un matadero de mármol y cristal...

​El día del brote, la Casa de Gobierno se convirtió en una trampa. Ocurrió cuando la masa de infectados desbordó los vallados de la Plaza de Mayo y las órdenes de los mandos colapsaron en el pánico. Dentro había 20 granaderos con uniforme de fajina; tenían FAL. Estaban preparados para cualquier ataque terrorista, pero no para esto. Cuando el teniente Balbuena llegó con sus hombres a la entrada, le preguntó qué pasaba.

​—Un ataque —respondió agitado, pero tranquilo.

​Tenían un protocolo para seguir y el punto principal no era necesario: la presidenta Torres estaba en Bariloche junto a otros presidentes de la región en una cumbre del Mercosur. Ellos solo tenían que detener el ataque y evitar que tomaran la Casa de Gobierno. Los 20 soldados tomaron posición: rodilla en tierra, apuntando a la puerta principal. Se escuchaba el chirrido de las rejas caer y gritos de gente pidiendo que la dejaran entrar; después hubo silencio y luego un bramido gutural, como de bestias enloquecidas. La pesada puerta de entrada cedió y los granaderos dudaron. Uno gritó al ver entrar a los primeros atacantes:

​—¡Son civiles desarmados!

—¡Disparen! —gritó Balbuena.

​Pero fue tarde: decenas de zombies se abalanzaron contra ellos. Sonó algún disparo, pero nada pudieron hacer. Javier y dos de sus compañeros tomaron dos FAL y corrieron hacia el tercer subsuelo. Hicieron lo único que la disciplina les dictaba: defender la posición hasta que no quedó nadie a quien proteger. Acostumbrado a recorrer las tripas de la sede gubernamental, guió a su pequeña escuadra hacia las profundidades, bajando por los viejos túneles de ventilación y los desagües pluviales que se hundían bajo la ciudad.

​La travesía por las alcantarillas fue un descenso a las tinieblas. Con el agua pestilente a la cintura, escuchando los ecos amortiguados de las masacres que ocurrían en la superficie y combatiendo a ciegas contra los primeros infectados en la penumbra de los túneles, llegaron al pequeño muelle que daba a un canal hacia el Río de la Plata (vía de escape del presidente para eludir posibles misiles). El grupo logró salir a las orillas del río. De los tres que entraron a las sombras de la ciudad, solo dos alcanzaron la superficie. La marcha posterior a través de la noche del Conurbano destruido los terminó de templar en el horror. Llegaron medio corriendo, medio caminando agazapados, escapándole a los gritos y disparos.

​Pararon en un kiosco cerrado, escalaron el techo y se colaron por la parte de atrás. Revisaron el pequeño reducto y estaba vacío. Se dejaron caer abatidos y exhaustos; tomaron unas botellas de agua y bebieron en silencio. Hasta que Matías, un tucumano de unos 30 años, rompió el silencio:

​—¿Qué fue eso? ¿Estamos bajo ataque? ¿Y los mandos?

—No sé, necesitamos una radio o una PC —le respondió Javier.

—Yo me voy a buscar a mi hermana a Quilmes. Vení y vemos qué hacemos; agarremos un auto y salgamos de acá mientras podamos...

—Andá. Yo voy allá, parece una fábrica. Quizás tengan internet y una PC —dijo señalando las luces de los reflectores del Centro Logístico que recortaban sus siluetas en la niebla de la Ruta 4.

​Tomaron provisiones, salieron del kiosco, se dieron un abrazo y el tucumano se perdió en la noche. Tardó 400 días en volverlo a ver.

3

​En la arquitectura industrial de El Hábitat, Cabral se transformó de inmediato en un mito viviente. Con el sable ceremonial adaptado para el silencio del combate cuerpo a cuerpo y un fusil FAL colgado al hombro, su figura patrullando el perímetro de contenedores funcionaba como un ancla psicológica para la población. Era la prueba viviente de que la República, o lo que fuera que hubiese quedado de ella, no se había extinguido del todo.

​Pero la carga del apodo pesaba. El Cabral de los libros de historia había dado la vida para salvar a su superior en San Lorenzo; Javier, en cambio, arrastraba la culpa del sobreviviente por cada civil que no pudo salvar en las escaleras de la Rosada.

​Para la cúpula política que intentaba reconstruir la burocracia desde la zona libre de la Ruta 40, Cabral era una herramienta indispensable de propaganda, pero también una amenaza latente. Javier le debía lealtad a la presidenta Torres pero no a las leyes de emergencia redactadas a contrarreloj. Tenia un misión, respondía a un código ético inquebrantable que no se doblaba ante la conveniencia logística. Y en una ciudad-fortaleza donde la frontera entre la disciplina y la tiranía era cada día más delgada, un soldado con la moral intacta y la devoción del pueblo resultaba el hombre más peligroso de todos.

Thoughts

  • novelaacuestas

    Me leí el capítulo de un tirón y lo que más me interesa es el salto: primero el día 380 con la línea de fuego armada y después el día 1 con la bandera a medio izar. Sabiendo ya que Cabral aguanta hasta el 380, el desastre de la Rosada se lee distinto, uno va mirando quién se salva y quién no. Los cuatrocientos días hasta reencontrar al tucumano son un hueco enorme. ¿La parte 2 arranca otra vez en el día 380 o se queda abajo, en los primeros días?

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  • libretanegra

    Uf, la Rosada.

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  • golpeSeco

    Cuando el soldado grita que son civiles desarmados ya se sabía que esa puerta no la sostenían. Medio segundo de duda y listo.

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  • cuento77

    Iba tranquila hasta que al granadero músico se le cuelga uno del cuello, ahí pegué un brinco. Se lo pasé al grupo y quedaron igual que yo.

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  • cuentistadebar

    La arenga la oigo entera, con el viento y la chapa de fondo. Lo de contestar veinte años después lo que le preguntaron en el Liceo es lo que más me suena a alguien de verdad hablando ahí arriba.

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  • RubenOrtega

    La parte del avistador agachado con el cargador en una mano y el fusil de repuesto en la otra está bien pensada. En una línea así lo primero que se rompe es el brazo del que carga: a la tercera hora ya nadie cambia en dos segundos y la cadencia se cae sola. Me suena que hay alguien detrás de esto que vio trabajar a una cuadrilla de verdad.

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  • Ovid

    El brote empieza a las 6:55, justo antes de que suene la trompeta y con la bandera a medio subir. Ese horario me hace pensar en lo raro que es que el mundo se caiga en un trámite de todos los días, uno que alguien hizo mil veces igual. Apuesto a que la escena del mástil la tenías antes que el resto del capítulo. Gracias por traerla acá!

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