Nos enseñaron a nombrar el cuerpo,
pero nadie explicó el idioma del alma.
Aprendimos que besar podía ser sencillo,
que desear era humano,
que enamorarse podía parecerse a una enfermedad
sin diagnóstico ni cura.
Pero nadie nos preparó
para el miedo de no ser suficientes,
para mirar nuestro reflejo
y preguntarnos quién demonios somos
cuando dejamos de actuar para los demás.
En los pasillos de aquella escuela
no solo crecían los cuerpos:
también crecían las dudas,
las inseguridades,
los secretos que uno escondía
detrás de una sonrisa demasiado ensayada.
Porque crecer no consiste solamente
en descubrir cómo funciona el deseo,
sino en descubrir
por qué necesitamos tanto ser queridos.
Hay quienes buscaban sexo
cuando en realidad buscaban compañía.
Quienes buscaban un beso
cuando necesitaban perdón.
Quienes decían “estoy bien”
porque admitir lo contrario
era demasiado parecido a desnudarse.
Y quizá esa fue la verdadera lección:
que el amor no siempre llega
para salvarnos,
a veces llega para mostrarnos
las partes de nosotros
que todavía no sabemos amar.
Que la amistad puede ser una forma de hogar.
Que pedir ayuda no nos hace débiles.
Que llorar frente a alguien
también puede ser una manera de confiar.
Nos enseñaron educación sexual,
pero terminamos aprendiendo
educación sentimental.
A comprender que el cuerpo cambia,
que el deseo confunde,
que el corazón contradice a la razón
y que crecer significa perder versiones de nosotros
que alguna vez juramos conservar para siempre.
Tal vez madurar
no sea tener todas las respuestas.
Tal vez sea aprender a vivir
con las preguntas
sin dejar que nos destruyan.
Porque al final,
todos somos estudiantes
de una asignatura que nadie domina:
cómo amar sin perdernos
intentando ser amados.