Mis ojos, exhaustos, ruegan cerrarse, el cuerpo se rindió a la fatiga. No puedo recordar el momento exacto en que las noches se volvieron interminables, sólo sé que ya no puedo ceder.
Miedo, cautela, sea cual fuese, el resultado es el mismo. Días o siglos de noches en constante vigilia. ¿Cómo bajar la guardia si el enemigo habita mis huesos? Espera, paciente, el instante en que mi cabeza repose, para desatar su vorágine, para burlarse de mí por cada humillación, para castigarme con saña por cada mala decisión.
No puedo engañarlo, mis secretos nunca están a salvo de su juicio. Mi cabeza nunca está a salvo del filo de su hacha.