Noche otra vez. Las últimas señales de vida activa a mi alrededor se apagan. El silencio avanza sobre mi cárcel de puertas abiertas, para recordarme, como una burla, que he quedado sola.
Mis sentidos sobreestimulados vaticinan que va a ser otra noche larga, bastante larga.
Deliro, veo cercano el límite de la cordura, pero no creo estar por cruzarlo aún.
Me siento frente a mi escritorio, resignada, a fingir tener algo que hacer, mientras un nudo en mi garganta crece, suprimiendo un quejido. Ya no por orgullo, sino por cansancio. Mis fuerzas se han desvanecido a lo largo de años de noches interminables. No me importaría que el mundo conociera mi dolor, pero no tengo voz para confesarlo.
Mí vitalidad se ha desgastado en una secuencia de malas decisiones, de besos equivocados, camas incorrectas y excesos que nunca supieron saciar mi sed.
El compromiso con la gente que me rodea es lo único que evita que me siente, rendida, a esperar el golpe certero que me permita descansar. No me queda aliento para llorar, estoy vacía por dentro. Mis acciones se sienten automáticas desde hace tiempo.
Todo lo que consigue la poca voluntad que me queda, es buscar melodías exactas que acompañen la eternidad de cada noche, que me hagan sentir comprendida, que me ayuden a comprenderme a mí misma.