Me atengo, sin protesta, a no ahondar en sentimientos cuando esté frente a vos, a no buscar rozar tu mano cuando camines a mi lado. Me resigno a la distancia entre tus labios y los míos, a merodear la frontera entre ambos, sin intentar invadirla.
Pero me arde la necesidad de ser culpable de tus versos, de flotar en tu cabeza y decantar en tu pluma cada noche, que mi presencia te ronde hasta no dejarte más opción que plasmarme en papel y sellarme en tinta.
Acepto privar a mis dedos de tu tacto, pero no puedo evitar la ambición de inmortalizarme en tu lengua, ser musa compulsiva de tus palabras. Renuncio al deseo de estrecharte, pero anhelo, con mi alma y con mi sangre, habitar tu cuaderno, corporizarme en tus letras, rasgar de tu cabeza frases crudas, imperfectas, acechar tu inspiración como una condena, ineludible, inmortal.