Durante años esperé que algo cambiara,
que llegara ese instante que todo aclarara;
que alguien apareciera, que algo sucediera,
y que la vida, por fin, como soñaba, me sorprendiera.
Esperé respuestas, señales y destinos,
puertas abiertas al final de los caminos;
esperé que el tiempo curara mis heridas
y me devolviera las cosas perdidas.
Hasta que una tarde, sin ninguna razón,
me cansé de esperar sentada al destino;
miré mis manos, miré el horizonte
y comprendí que aún tenía mi propio camino.
No necesitaba que alguien regresara,
ni que el pasado otra vez me abrazara;
no necesitaba que el mundo entendiera
todo aquello que mi alma por dentro escondiera.
Entonces empecé a vivir de otra manera,
sin preguntarle al futuro qué me espera;
aprendí a disfrutar lo que estaba presente
y a quererme un poco más, lentamente.
Dejé de perseguir lo que no me elegía,
de rogarle al tiempo que me devolviera alegría;
dejé de confundir paciencia con esperar
y entendí que también podía avanzar.
Descubrí que la vida no siempre avisa
cuando está a punto de cambiar nuestra historia;
a veces comienza con una pequeña sonrisa
y termina convirtiéndose en nuestra victoria.
Ya no necesito saber qué vendrá,
ni tener cada respuesta antes de caminar;
me basta saber que mientras respire
habrá nuevos motivos para continuar y sonreír.
Y qué extraño se siente mirar hacia atrás
y descubrir que ya no duele igual;
aquello que antes parecía el final
hoy es solamente una página más de mi historia personal.
Porque el día en que dejé de esperar
no llegó nadie para salvarme del miedo;
fui yo quien decidió levantarse y caminar,
fui yo quien volvió a creer en sus propios sueños.
Ahora sé que algunas cosas llegan tarde,
otras jamás llegan y está bien también;
porque no todo lo que el corazón aguarde
es necesariamente lo que necesita tener.
Y si mañana algo hermoso aparece,
lo recibiré sin miedo y sin ansiedad;
pero ya no esperaré que alguien me complete,
porque aprendí a encontrarme en mi propia libertad.
Quizá crecer sea exactamente eso:
dejar de esperar para comenzar a vivir;
soltar aquello que pesaba en el corazón
y aprender, por fin, a elegirme y sonreír.
Porque el día en que dejé de esperar,
descubrí que también podía comenzar;
que no necesitaba a nadie para avanzar,
porque dentro de mí siempre hubo un lugar
donde mis propios sueños podían despertar.
— Athena