Único ser en pie cuando apenas clarea el alba. La jornada no comienza, aún ni siquiera termina.
Ojos secos, fotosensibles, pero en estado de plena alerta, a pesar de las horas de exigencia.
Vestigios de sangre ultramar contaminando los dedos, una pluma filosa cansada, libro aún abierto con páginas dobladas, bitácora fría, clínica, que guarda la perfecta disección de un entomólogo que fue su propio insecto en una noche particularmente larga.