Ora verdad que la inteligencia ya no tiene sangre, en la más simple tensión muscular cualquier cosa cede inconscientemente; se llena la gusanera de los edificios más abandonados, el mundo está atestado, a cualquier cosa dice: «Ya no tenemos necesidad de la luna». Es una barbaridad.
Una noche de octubre, en las orillas de Kibón, el conjurado Tiresias apareció con sus ropas de podrido tiempo y cuajada eternidad, señaló la engullida ciudad y sopló, de sus labios atestado de muerte, que la vida engendra algo.
—Esa carne y esa lengua, esa voz y esas manos no determinarán el espacio ni han de realizar su aprehensión; y en la vida ya no se tocará y no logrará abandonar su corteza, ya no pasará el sonido por los caminos —Dijo.
Nada justifica esta vergüenza.
Espiritualmente me destruyo.
Mi sensibilidad a ras del suelo, incompleta.
La verdad es oscura, ya no alcanza para nutrir mi pensamiento y poco falta para que salgan gusanos.
Debajo de los párpados da Dios una idea del vacío, la compulsión de haber nacido bajo el borroso velo tejido por la lluvia, ver desde las breves rendijas del pasado los espejismos que no condensaron.
Una mujer me preguntó si estaba bien. Me dejé llevar. La lluvia nos cubrió,en el primer escalón y en la hora primera. Inútil. Habrá de ser inútil, nuevamente, suspender la noche. Aunque se borren todos nuestros rastros, aunque la luna se pierda entre las lejanas constelaciones, porque se desgranarán las ramas del tiempo en dos instantes separados por el infinito, encontrándose como dos presencias en el curso del tiempo que nos devuelve.
Quedan escasos minutos para las doce.
Adiós, querida.