Cuando el tiempo se anuda en la pupila muda del mediodía y se sientan los pasos de los viejos sembradores de silencio que regresan, cuando el sol ya es límite venoso que la rutina borra desde fuera y notrmos ascender sin amargura el pulso de la calma bajo el roce de un hueso, él se consumirá a solas.
El árbol obstinado crece como dura cáscara del ámbar, derrama silencios que son fichas sin peso sobre la arena. Los escribe, los alza en los altares de la memoria y es absurdo ser un incomprensible y por eso lo obligo a beber de mi dicha, volar en espiral, en la bajada de otro aliento que ahoga la distancia y se apaga quizás antes de mi retorno.