Oh, mi Señor, yo estoy acá,
ante Ti, desnudo de mentiras,
porque eres el único que me conoce
y no hay razón para fingir,
porque Tú sabes quién soy.
Aquí mi vida es mía,
por designio tuyo y por gracia.
No estoy aquí por el perdón,
sino para preguntar:
¿Merezco tu perdón
en primer lugar?
En mis momentos más oscuros
yo perdí la fe,
dejé de escuchar tus palabras
y me alejé del camino.
¿Merezco tu perdón?
¿Merezco estar en tu casa,
ante las miradas de tus legiones de ángeles,
bajo los ecos de las palabras de los santos
que siguieron el camino correcto?
He errado el buen camino,
paso a paso.
No he apreciado tus palabras,
no he sabido escuchar.
Pero ahora,
en tu casa,
estoy en calma total,
y mis sentimientos afloran
sin miedo y sin máscaras.
Por eso estoy aquí,
no para exigir tu perdón,
sino para preguntarte,
con todo lo que soy:
¿Puedo pedirte perdón?