Me duele mirarte, Yoya querida,
verte tan frágil, tan lejos de ayer;
quisiera prestarte un poco de vida,
quitarte el dolor y verte volver.
Extraño tu voz, tu mirada tranquila,
esa forma tuya de hacerme sentir
que, aunque allá afuera el mundo dolía,
tenerte cerquita era suficiente para sonreír.
Hoy hay palabras que no puedes decir,
y tantas que yo quisiera escucharte;
me cuesta aceptar que estés así,
cuando lo que quiero es solo abrazarte.
Y si mis lágrimas pudieran curarte,
si mi amor pudiera aliviar tu dolor,
llenaría tus manos de besos y abrazos,
y haría de mi pecho tu respiración.
No sé qué decirle a mi propia tristeza,
ni cómo ser fuerte al verte sufrir;
porque hay dolores que no tienen nombre
y lágrimas que no saben salir.
Yoya, si pudieras mirar dentro de mí,
verías cuánto me duele este momento;
quisiera cambiarme por ti, aunque sea un instante,
para que descanses de tanto sufrimiento.
No sé qué traerán las horas que vienen,
ni tengo respuestas que calmen mi temor;
solo sé que aquí estoy, amándote siempre,
con el alma en las manos y llena de amor.
Y si hoy no puedes decirme que me quieres,
si tu voz se hace pequeña y cuesta escuchar,
yo recordaré todas las veces que me amaste,
porque hay cariños que ni el silencio puede borrar.
Para mi Yoya, con todo mi amor.
Ojalá pudiera abrazarte y hacer que nada te doliera.
Con todo mi amor,
—Athena