El que dejó un silencio de miedo,
cálido como un sol de invierno,
impredecible como un mar durmiendo.
De rodillas y sintiendo
un recuerdo de dos ojos que imaginaban juegos,
golpecitos de unas manos frías sobre un pecho con sueños,
del abandono a la amarga noche...
No te envalentones sin quererlo.
Del agridulce paisaje temía.
Con vos no hay salida, decidiste un día,
ahuyentar el sufrimiento; pero lo que se sabía, no decías.
Había un patético y torpe intento desde aquel día,
vengativo de tu tierna agonía.
Al fantasma de tu vida pedile que no te persiga,
antes de que se vuelva cobardía el veneno que escondías
y dejes de ser el que me protegía.