Aún recuerdo ese día, cuando encontré al abuelo muerto en su habitación. Lloré y me arrodille a su lado para después mirar a Michael y Lucía, mis hijos, ambos muy delgados por la falta de comida y lo único que puede fue llorar más fuerte.
—Mamá, ¿Por qué lloras? ¿El abuelito está bien?— Me preguntó Michael con esa inocencia propia de los niños.
—Sí, sí Mickey ¿Te asute? Perdóname mi niño—. Respondí secándome las lagrimas con tanta fuerza que me ardió en la piel del rostro. —¿Puedes ir a la cocina con Lucy?
Michael, tan dulce como siempre, asintió y le dio la mano a Lucía llevándosela de la habitación.
Cuando se fueron debi haber hecho la llamada para advertir el hallazgo del cadáver pero en su lugar revisé el ropero, ese que el abuelo siempre me había impedido abrir. No tenía mucho, eso pensé al principio al menos, se veía normal, ropa vieja, otra no tanto y una caja pequeña con lo que pensé serían los ahorros de su vida. Grande fue mi decepción al notar que no habían más de cincuenta mil pesos, suspiré y saque la caja del ropero. Cuando voltee vi una bolsa de farmacia, normal en adultos mayores y más en el abuelo, sonreí, la conocía bien, yo era la que iba una vez al mes a buscar sus medicamentos. Mi sonrisa no fue por el recuerdo de la compra, sino por el contenido de esa bolsa, rebusque bien y aunque me sienta terrible de admitirlo, suspiré aliviada, ahí estaba; una caja de parches de fentanilo, casi digo gracias al cielo pero después recuerdo que Dios no estaría de acuerdo con esto, lo sé y me avergüenza. Pero mis niños tienen que comer o morirán, como el abuelo.
Estoy desesperada, debí estudiar una carrera como lo dijo mamá pero los hijos siempre tenemos que desafiar a nuestros padres y creernos mejores ¿Verdad? Por eso acabé en la mierda, soy una prostituta. Mi, para nada, sofisticado trabajo me hizo conocer a mucha gente, entre ellos conocía a vendedores de drogas, por supuesto, son los clientes más amables cuando quieren.
Vendí esos parches a más de cuatrocientos cincuenta mil pesos, estuve feliz realmente, conseguí una cifra grande sin necesidad de sacarme la ropa. Esa noche Mickey, Lucy y yo cenamos bien.
Al día siguiente, cuando los niños estaban en el jardín busqué una pala y cuando la clave por primera vez en la tierra una lágrima corrió por mi mejilla, iba a hacerlo, enterraria al abuelo en el patio para que nadie sospeche de su muerte y yo pueda retirar más parches a su nombre de la farmacia, como normalmente sucedía.
Luego de un rato de excavación, cuando ya estaba por hacer la última palada sentí algo duro en la tierra, me arrodille y saque la caja, cuando la abrí había una pistola con dos balas únicamente, me sorprendi al inicio pero después miré al cielo, el abuelo me había contado de esto, me dijo que cuando yo era pequeña la había enterrado luego de verme jugar con ella estando cargada. Pero pensé que mentía.
—Abuelito, ¿Sigues protegiéndome aunque te estoy enterrado en tu propio patio?— pregunte bajando la mirada, no me atrevía a mirar para arriba ante tal pregunta.
Durante dos meses nadie preguntó por él. Ni siquiera la farmacéutica, sin embargo, yo ya tenia un problema, me quedaba solo una receta para los parches y no podía ir sola al médico, preguntaría por el abuelo. Pero por desgracia o por suerte, alguien arrancó de raíz mi problema, mamá. Llegó de sorpresa a la casa, al no encontrar al abuelo llamó a la policía con esa voz de víctima que solo ella puede hacer.
Me encerré en la habitación donde lo había encontrado, les di un beso en la frente a Mickey y a Lucy, luego disparé, dos veces. Una bala para cada uno de mis hijos. Sabía que iría a prisión y mi madre no los cuidaría, ella es así.
Prefiero que sea así, que ellos estén en el cielo con el abuelo a que mi pequeña se convierta, con el tiempo en otra como yo, una prostituta que le robó a su abuelo medicamentos y los vendió. Mi pequeño tal vez sería ese drogadicto que compraba las drogas a una prostituta.
Por eso estoy aquí, oficial, confesando mis delitos. Yo no lo ocultare, llévenme a una cárcel de una vez. Ojalá que las otras reclusas me asesinen a golpes en cuanto llegue, así moriré como ellos. Con la diferencia de que yo no iré al Reino de los Cielos, iré a un lugar mucho más oscuro, mucho más caliente y donde se condenara a mi alma por toda la eternidad.
M. Rodriguez