En el primer día de marcha avanzamos menos de tres kilómetros.
Había calculado cinco. Incluso había dibujado un círculo alrededor de una estación de servicio donde podríamos pasar la noche. Al llegar al cruce anterior encontramos la calzada hundida y un camión atravesado sobre la única parte que queda firme. Yura consigue pasar por debajo. El carrito, no.
Desandar el camino nos lleva casi una hora.
Cuando encontramos un edificio donde dormir, Hana tiene una rozadura abierta debajo de la correa con la que carga a Sumi. La señora Ok se quita los zapatos con dificultad. Sus tobillos están hinchados y una costura le ha arrancado piel del talón.
Dabin mira el carrito.
—Si me ayudás, puedo caminar un poco más.
Ya lo intentó esa mañana. A los pocos pasos, el dolor le cambió la cara y estuvo a punto de caer sobre su hermana.
—Mañana vas a sostener el mapa —le digo—. Hoy necesito que me dejes revisar la rueda.
No parece conforme, pero aparta la manta.
Hay un alambre enredado en el eje. Me cuesta sacarlo con los dedos cansados. Dabin mantiene la rueda levantada mientras trabajo y me avisa cuando se mueve el apoyo.
La distancia que veo en la ventana ha bajado poco más de un kilómetro.
La cierro antes de que él levante la cabeza.
Durante los días siguientes aprendemos a medir de otra forma. Una calle con sombra puede ser mejor que una avenida despejada. Una casa con un patio de entrada fácil no sirve si la salida termina en un muro demasiado alto para el carrito. A veces tenemos que esperar horas hasta que los muertos dejan libre una intersección, y después recorrer de noche lo que no pudimos avanzar de día.
Antes de cada traslado, Yura y yo salimos a mirar el tramo siguiente. Ya no basta con encontrar un camino que podamos cruzar nosotras.
Un mediodía, la ruta de Sangil nos lleva hasta un paso bajo las vías del tren.
El agua llega al primer peldaño de la escalera peatonal. Desde arriba puedo ver la rampa del otro extremo y la luz reflejada sobre una baranda. No parece demasiado profundo.
—El carrito puede ir por el centro —digo.
Yura se agacha junto al borde.
—No vemos el piso.
Tiene razón. La tengo tan cerca de la boca, esa necesidad de decir que estamos perdiendo tiempo, que debo apretar los labios para no soltarla.
Buscamos la escalera de acceso a las vías. La reja está cerrada y detrás hay demasiados cuerpos moviéndose entre los vagones. Volver por donde vinimos nos obligaría a rodear varias manzanas; el puente que marcó Sangil más al sur ya no existe.
Regresamos al agua.
Mientras discuto con Yura dónde dejar las bolsas para probar el paso, una mano aparece debajo de la superficie.
Se cierra sobre el peldaño con lentitud. Después emerge una cabeza cubierta de una película verdosa. Tiene los labios hinchados y el pelo pegado a la frente. La boca se abre; el agua sale en un chorro turbio y algo blanco se mueve dentro, junto a la lengua.
Retrocedo antes de que alcance mi zapato.
Otro cuerpo golpea la baranda desde abajo.
En el centro del paso, donde yo quería empujar el carrito, se levanta una espalda. La camisa se deshace cuando el cadáver intenta ponerse de pie. Detrás de él aparecen dos cabezas más.
No puedo contar los que siguen debajo.
La señora Ok ya está alejando a los niños cuando me doy vuelta. Nadie espera a que dé una orden.
Nos retiramos por la misma calle y pasamos la tarde buscando un sitio donde cerrar una puerta. Esa noche marco el túnel en el mapa, despacio, hasta que el papel casi se rompe debajo del lápiz.
—Ya lo vimos —dice Yura.
Aflojo la mano.
—Lo marqué mal.
—Lo marcaste cinco veces.
Dejo el lápiz sobre el suelo. Ella me alcanza una taza de agua y espera a que beba antes de recoger el mapa.
El rodeo nos cuesta dos días.
Llegamos a la otra parte de las vías por una pasarela estrecha. Tenemos que desmontar una de las ruedas del carrito para hacerlo pasar por la puerta superior. Dabin cruza sentado entre Yura y yo, apoyando el peso sobre nuestros hombros; Sora lleva la muleta con una expresión tan seria que nadie le ofrece ayuda.
Cuando volvemos a montar la rueda, Jae pone el autito rojo en el suelo y lo hace recorrer la tabla junto al pie de Dabin.
—Este pasa por todos lados.
—Porque no tiene que llevarte a vos —responde Dabin.
Jae lo mira, ofendido, y guarda el juguete.
Es la primera discusión por algo pequeño que escucho en varios días.
Me quedo un momento junto al carrito, apretando una tuerca que ya está firme.
***
En el día trescientos cuarenta y nueve, la señora Ok deja caer una olla.
Estamos dentro de un local de reparación de electrodomésticos, lejos de la calle. El ruido no llega muy lejos, pero ella se queda mirando sus manos como si no las reconociera.
Me agacho a recogerla.
—Yo termino.
—Todavía puedo calentar agua.
—Ya sé. Dejame ayudarla.
Espera hasta que levanto la olla y entonces me muestra la mano derecha. Los dedos no se estiran del todo.
—Cuando hace frío es peor —dice—. Antes podía esperar a que pasara.
Ahora espera mientras caminamos.
Esa noche le envuelvo las manos con una tela tibia. Bomi se sienta a su lado con el recipiente de la planta entre las rodillas. Dos hojas pequeñas se inclinan hacia la puerta.
—Hoy no tomó —dice él.
La señora Ok le permite humedecer la tierra con lo que queda en su taza. Lo observa concentrarse y empieza a decirle que no eche todo; se detiene cuando el niño deja una parte sin que nadie se lo pida.
Más tarde, Yura viene a buscarme para hacer la primera guardia.
Nos sentamos detrás de una persiana agujereada. Podemos ver una franja de vereda y las piernas de un muerto que lleva casi una hora detenido frente a un poste.
—¿Qué decía la otra parte? —pregunta.
No necesito preguntarle a qué se refiere.
—Que tengo que llegar con al menos uno de ustedes.
Yura se queda quieta.
Escucho la respiración de Hana al otro lado del local, el pequeño ruido que hace Sumi antes de dormirse.
—¿Por qué no lo dijiste?
—Porque no quiero que ninguno piense que estoy eligiendo a quién llevar.
—Dabin ya lo piensa.
Me vuelvo hacia ella.
—No porque lo hayas dicho —añade—. Porque tiene que sentarse mientras nosotras empujamos.
Miro hacia la manta que cubre el carrito. Una mano del niño cuelga por el borde.
Yura apoya el mentón sobre las rodillas.
—¿Y qué hay después de la luz?
Le cuento lo que sé. El patio, el orbe, un día afuera mientras aquí transcurre un año. Las personas que entraron conmigo y las pruebas de las que todavía no conozco nada.
Me cuesta explicar la parte que viene después.
—El sistema hizo este lugar —digo—. No sé si lo inventó todo o si tomó algo que ya existía.
Yura mira la persiana.
—Mi casa existía.
No dice más durante un rato.
—Había una mancha en la cocina —continúa—. Arriba del calefón. Mi mamá decía que iba a pintarla y después ponía un repasador adelante cuando venía alguien. Como si nadie supiera que estaba ahí.
Tengo la boca seca.
—No sé cómo funciona, Yura.
Ella baja la vista hacia sus manos. La uña que llevaba pintada el día que nos conocimos hace tiempo que creció y se quebró. No queda nada del color verde.
—¿Hay chicos donde vivís?
—Sí.
Le hablo de Eunji y de Minjun. De cómo se sientan a la mesa, de las preguntas que hacen, de una manta que siempre termina en el suelo. Algunas cosas me vuelven con tanta claridad que necesito parar antes de poder seguir.
Yura escucha sin interrumpirme.
—Mina va a querer que le cuentes —dice al final.
No sé si está cambiando de tema por mí o por ella.
—¿Querés dormir? —le pregunto.
Niega con la cabeza.
Nos quedamos juntas hasta que el muerto de la vereda pierde el equilibrio y cae detrás del poste. Tarda varios intentos en levantarse. Ninguna se ríe.
***
Después del día trescientos cincuenta, el mapa empieza a llenarse de fechas junto a los lugares tachados.
Una avenida ocupada por una horda que no termina de pasar. Un edificio cuyo patio está lleno de cables caídos. Un acceso cerrado desde dentro por gente que nos escucha y decide no contestar.
Pasamos dos noches en el depósito de un mercado, esperando que Hana recupere fuerzas después de enfermarse del estómago. Se disculpa mientras le acerco agua. Después vuelve a disculparse cuando toma a Sumi y no consigue acomodarla sin ayuda.
—No hiciste nada —le digo.
Estoy empezando a reconocer cuánto tiempo perdemos pidiendo perdón por tener un cuerpo.
La comida deja de alcanzar antes de lo que calculamos. En un apartamento encontramos lentejas dentro de una bolsa cerrada; en otro, solo cáscaras vacías y una nota pegada en la heladera. Yura la lee mientras yo reviso los cajones.
«Nos fuimos con el vecino del tercero. Si llegás, buscá la camioneta blanca».
No hay fecha.
Yura dobla el papel y vuelve a colocarlo bajo el imán.
Esa tarde le contamos a Mina cómo es la casa donde vivimos afuera. Jae escucha desde el carrito, apoyado contra la pierna sana de Dabin. Bomi quiere saber si hay árboles y Sora pregunta cuántas camas tenemos.
Mina se queda pensando.
—¿Les dijiste que ibas a tardar tanto?
—Para ellos no va a ser tanto tiempo.
—Igual van a preguntar.
—Sí —digo—. Seguramente.
Señala la mochila donde llevo el cuaderno.
—Podés leerles lo que escribiste.
No respondo enseguida. No sé si voy a poder llevarlo.
—Puedo contarles algunas cosas.
—La del cumpleaños —dice Jae.
—Y que arreglé la rueda —añade Dabin.
Sora lo mira.
—Con Sangil.
Él asiente y se queda acariciando el borde de madera del carrito.
La señora Ok escucha desde la puerta. Tiene la manta alrededor de los hombros y sostiene el encendedor entre las palmas, esperando que sus dedos respondan lo suficiente para guardarlo.
El día trescientos sesenta y uno llegamos a una carretera desde la que se ve la otra orilla del río.
La distancia indicada por el sistema ha bajado a cuatro kilómetros.
Nos lleva otros tres días alcanzar el puente.
***
La columna de luz se levanta detrás de unos edificios bajos, al otro lado del río.
La veo desde una oficina en el segundo piso de una empresa de transportes. Hay un escritorio roto junto a la ventana y un calendario todavía abierto en un mes que ya no significa nada.
Debajo, el acceso al puente está cubierto de autos.
Entre ellos se mueven los muertos.
Los sigo con la mirada hasta perderlos bajo la estructura de un autobús atravesado. Más allá hay otros, amontonados alrededor de un camión cisterna que ha quedado inclinado contra la divisoria central. Algunos han subido sobre los capós. Otros permanecen atrapados en el interior de vehículos, golpeando las ventanillas cada vez que alguien pasa cerca.
No consigo ver un tramo vacío.
—¿Cuántos? —pregunta Yura.
No contesto enseguida.
—Demasiados.
Mira hacia la escalera, donde la señora Ok está sentada para recuperar el aire. Hana ha cerrado los ojos con Sumi dormida contra el pecho. Dabin se frota la pierna por encima de la manta.
El sistema marca el día trescientos sesenta y cuatro.
Nos queda hasta la noche siguiente.
Pasamos la tarde buscando otro cruce. La escalera de mantenimiento termina sobre una plataforma arrancada por la corriente. Hay una pasarela más abajo, pero le falta un tramo entero y las vigas que quedan no pueden sostener el carrito. Desde una terraza alcanzamos a ver el siguiente puente: una parte del tablero se hunde en el agua.
Cuando volvemos, Mina ha separado la comida que nos queda en montoncitos sobre una bolsa limpia.
—Así es más fácil —me explica.
La señora Ok no la corrige. La ayuda a contar.
Esa noche me despierto tres veces aunque todavía no me toca hacer guardia.
A la cuarta, Yura me pone una mano en el hombro.
—Ahora sí.
Me siento despacio. Por un instante, antes de recordar el río, creo que sigo en la guardería y que Geon está por volver de revisar la puerta.
El frío del suelo me termina de despertar.
***
No salimos al amanecer.
Primero hay que acercarse lo suficiente para mirar el paso junto a la baranda. Desde la oficina parece libre, pero los autos lo ocultan a partir del camión.
Yura y yo tardamos casi toda la mañana en llegar hasta un puesto de peaje. Nos movemos entre vehículos, esperando cada vez que una cabeza se levanta. Uno de los muertos lleva una correa enredada en el cuello. El perro del otro extremo es un montón de huesos y pelo atrapado bajo una rueda; cada vez que el cadáver tira, vuelve a caerse.
Junto a la baranda izquierda hay un carril de servicio elevado apenas sobre la calzada. El carrito puede pasar. Hay dos puntos donde tendremos que levantarlo para salvar escombros y, cerca del autobús, una puerta desprendida que estrecha el camino.
No alcanzo a ver si está encajada o simplemente apoyada.
Al otro lado del puente, una reja medio abierta separa la acera de la plaza donde se levanta la luz.
Podemos llegar.
El pensamiento dura hasta que miro otra vez hacia los muertos.
De regreso al edificio, le explico el recorrido al grupo sobre el mapa de Sangil. Dabin dibuja el carrito como un rectángulo y calcula con los dedos por dónde tendremos que levantarlo. Sora le señala una raya que yo no había visto: una escalera del acceso. Volvemos a revisar el camino por la rampa lateral.
Perdemos otra hora.
Después dos más, mientras una hilera de muertos baja del puente y nos obliga a permanecer dentro del edificio sin movernos.
Sumi empieza a llorar. Hana la mece contra el pecho, pero la bebé tiene hambre y calor bajo demasiadas capas. La señora Ok se arrodilla junto a ella y aparta con cuidado una punta de la manta.
—Despacio —le dice a Hana—. No la tapes más.
Nadie culpa a Sumi. Escuchamos el llanto y el arrastre de los pies afuera. Yo mantengo las dos manos sobre la barra hasta que los nudillos dejan de tener color.
La fila continúa de largo.
Cuando podemos salir, el cielo ya empieza a oscurecer.
Dejamos lo que no vamos a poder cargar. Algunas latas vacías, una manta demasiado pesada, ropa que nadie puede seguir usando. Bomi coloca la planta en el alféizar de la oficina, donde todavía llega un poco de luz.
—Acá llueve menos —le dice la señora Ok.
El niño le toca una hoja antes de dejar que lo tome de la mano.
Bajamos en silencio.
Llegar todos al peaje nos lleva mucho más que la primera vez.
Mina tiene que pasar agachada bajo la puerta abierta de una camioneta. Jae se engancha la mochila y empieza a tirar; Yura le sujeta las manos antes de que sacuda el vehículo. Dabin mantiene los dientes apretados cada vez que una rueda golpea un bache.
La señora Ok no puede seguir cargando su bolsa. Me la entrega sin protestar y eso me asusta más que si hubiera discutido.
El puente cruje bajo el viento. El agua golpea los pilares y, entre ambos sonidos, escucho cientos de mandíbulas moviéndose detrás de las ventanillas.
Nos refugiamos en la parte trasera de una cabina. Desde aquí podemos ver el carril junto a la baranda, pero también una camioneta volcada que impide llegar hasta él con el carrito. Durante la mañana pasamos por encima. Ahora hay que rodearla.
Yura se arrastra hasta el extremo y regresa sin levantarse.
—Tres —susurra—. Uno está debajo. Los otros dos, junto a la rueda.
Espero a que termine de mirar a los niños.
—Sacamos primero los de afuera —le digo—. Después trabamos al otro.
No conseguimos hacerlo de inmediato. Cada vez que nos acercamos, otros muertos pasan junto a la camioneta. Tenemos que esperar con las piernas dobladas y las manos sobre el suelo frío. Sumi se despierta, toma leche y vuelve a dormirse. A la señora Ok se le escapa una tos dentro de la manga.
Cuando por fin queda un hueco, Yura me toca el brazo.
Nos movemos juntas.
El primero tiene una mano atrapada entre la rueda y el guardabarros. No puede girar del todo cuando levanto la barra. El hueso cede debajo de la oreja y el cuerpo se dobla contra la camioneta. Lo sujeto por la ropa para que no caiga sobre el metal.
Yura empuja al segundo hacia mí con el extremo de su arma. El muerto abre la boca; mi golpe le rompe los dientes delanteros, pero no lo detiene. Me aparto de sus manos, corrijo el apoyo y vuelvo a golpear. Esta vez el cráneo se abre sobre la ceja.
Debajo del vehículo, el tercero intenta salir arrastrándose. Le metemos una llanta desprendida sobre el brazo y regresamos por los demás antes de que logre soltarse.
Pasamos de uno en uno.
La señora Ok cierra los ojos cuando le toca cruzar junto a la mano que araña el suelo. Bomi va aferrado a su cuello. Abre la boca al ver los dedos y ella le acerca la cara al hombro.
—Mirame a mí, nene.
El carrito roza el costado de la camioneta. Yura y yo lo levantamos apenas, lo suficiente para pasar el eje. Dabin se queda inmóvil hasta que las ruedas vuelven a tocar la calzada.
La siguiente ventana aparece cuando me agacho junto a él.
[Tiempo restante: 00:18:40.]
Se me queda el aire detenido en la garganta.
Hemos llegado al borde del puente. La luz está a unos cuatrocientos metros y entre ella y nosotros hay más cuerpos de los que puedo apartar en una noche.
Yura sigue mi mirada hacia el espacio vacío.
—¿Cuánto?
Se lo digo al oído.
Su mano se cierra sobre la barra del carrito.
No pregunta por otro camino.
Miro el camión inclinado, los autos aplastados junto a la divisoria, la franja estrecha que recorre el lateral izquierdo. Los muertos se amontonan donde el autobús bloquea parte de la calzada. Si consigo llevarlos hacia el centro, los niños tendrán espacio para pasar por fuera.
—Yo voy por los autos —le digo a Yura—. Voy a llevarlos hacia el camión. Vos seguí por la baranda.
Ella mira los techos hundidos.
—¿Cómo volvés?
Señalo un auto blanco, más allá del autobús.
—Bajo de ese lado. Nos encontramos después.
—No vas a ver todos los que hay entre los autos.
—Ya sé.
Yura me aprieta el brazo, lo suficiente para que vuelva a mirarla.
—Si no podés seguir, me llamás.
Quiero decirle que no se detenga por mí. Ella debe verlo en mi cara, porque mueve la cabeza antes de que hable.
—No me hagas esperar a que te caigas.
Asiento.
Después me acerco a Mina.
—Vos llevás a Jae. No se separen de Hana.
La niña se acomoda la mochila rosa y busca la mano de su hermano.
Sora se coloca junto al carrito sin que tenga que indicárselo. La señora Ok ajusta a Bomi sobre la cadera. No le pregunto si puede cargarlo; veo cómo tiembla su brazo y pongo una mano debajo del niño mientras ella acomoda la manta.
—En cuanto pasemos el autobús, lo levanto yo —le digo.
Me mira un momento.
—Mirá dónde pisás.
Es lo último que me pide antes de que nos separemos.
***
El techo del primer auto se hunde debajo de mi pie.
Me agacho para recuperar el equilibrio. Al otro lado del vidrio, una cara se levanta hacia mí y golpea el parabrisas con la frente.
Empuño la barra.
El primer golpe contra la carrocería suena demasiado fuerte después de tantas horas intentando no hacer ruido.
Las cabezas más cercanas giran.
Vuelvo a golpear.
Un hombre sin mandíbula sale de entre dos vehículos. Detrás se incorpora una mujer a la que le falta un zapato. Otro cadáver tropieza con ellos y cae sobre el capó, pero sigue tirando hacia mí con las manos.
—¡Acá!
Mi voz se pierde bajo los primeros gemidos.
Salto al auto siguiente y casi resbalo sobre una capa de polvo húmedo. Clavo la barra contra el techo para sostenerme; el metal atraviesa la chapa y tarda un instante en salir.
Los muertos llegan hasta el primer auto cuando ya estoy bajando sobre el capó del segundo.
La horda empieza a moverse.
No toda al mismo tiempo. Primero los que me ven. Después los que chocan contra sus espaldas. El movimiento se extiende entre los vehículos, empujando cuerpos que estaban atrapados y abriendo huecos que vuelven a cerrarse enseguida.
Por el costado izquierdo distingo a Yura.
Hace una señal con el brazo y el carrito avanza.
Sigo hacia el camión.
Desde cerca es más alto de lo que parecía. La cabina está ladeada y uno de los escalones cuelga de una pieza torcida. Trepo usando la puerta como apoyo. Al apoyar la mano siento algo resbaloso y oscuro debajo de los dedos.
El olor a combustible me llena la nariz.
Hay una mancha extendiéndose bajo el vehículo, entre basura y fragmentos de vidrio. No tengo tiempo para averiguar de dónde sale. Una mano me atrapa el tobillo antes de que consiga subir el otro pie.
Golpeo hacia abajo.
La barra da contra la muñeca, pero los dedos no se abren. Un segundo muerto se apoya sobre el primero, usando su espalda para acercarse. Tiene el cuello roto y la cabeza le cuelga de lado; aun así, encuentro sus dientes a la altura de mi rodilla.
Me tiro hacia arriba y siento la tela desgarrarse.
El dolor llega después.
Una presión brutal me atraviesa la pantorrilla. Miro hacia abajo justo cuando el muerto tira hacia atrás con un pedazo de mi pantalón y algo rojo entre los dientes.
Lo golpeo en la frente.
El cráneo se hunde, pero su peso me arranca otro grito antes de que caiga.
Mordida.
La palabra ocupa todo lo que puedo pensar durante un instante.
Aprieto la pierna contra el lateral del camión y me arrastro hasta quedar sobre la cabina. La sangre baja dentro del zapato. Intento apoyar el pie y una náusea me dobla sobre el metal.
Del otro lado, el carrito se detiene.
Una de las ruedas ha quedado trabada en el hueco junto a la puerta desprendida del autobús. Yura tira de la estructura. Sora empuja desde atrás. Dabin intenta ponerse de pie y su pierna cede antes de que pueda salir del asiento.
Un muerto cambia de dirección.
Después otro.
Han escuchado el golpe de la rueda y ahora avanzan por el borde del carril, hacia la cabeza de Sora.
Les grito. Golpeo la cabina. Ninguno vuelve a mirarme.
Yura levanta el arma, pero no puede sostener el carrito y defenderlos al mismo tiempo.
Sora se coloca delante de su hermano.
[Advertencia: peligro crítico para civiles bajo protección directa.]
[Berserker latente — A activado.]
El ardor de mi pierna se apaga de golpe.
No desaparece la herida. Veo la sangre seguir cayendo sobre la puerta del camión. Pero el cuerpo deja de pedirme que me detenga.
Salto.
Caigo sobre un capó, lo hundo con las rodillas y me impulso antes de sentir el golpe completo. El primer muerto gira cuando ya estoy encima. La barra le entra por la sien y sale arrastrando un pedazo de hueso. No consigo soltarla enseguida; el cuerpo tira hacia abajo y lo empujo con el pie hasta arrancar el arma.
El segundo llega a rozar el pelo de Sora.
Lo agarro del abrigo y lo lanzo contra la baranda. La espalda golpea primero, pero la cabeza vuelve hacia mí con la boca abierta. Le hundo la barra entre los dientes y empujo hasta sentir cómo cede el paladar.
La punta sale detrás de la oreja.
El cadáver se queda colgado del arma. Tiro para recuperarla y una hebra de carne se estira antes de romperse.
—¡Arriba! —grita Yura.
Doy un paso hacia otro muerto que sale junto al autobús.
—¡Seolhwa! ¡El carrito!
Escucho mi nombre como si viniera desde una habitación cerrada.
Yura está mirándome. Tiene una mano debajo del eje y la otra levantada hacia mí.
Puedo ver su boca moverse.
Arriba.
Suelto aire y me obligo a bajar los ojos.
Dabin.
Su pierna sigue doblada sobre la manta. Sora tiene los dedos atrapados alrededor del borde del asiento y no consigue dejar de temblar.
Me agacho.
Entre las dos levantamos el carrito por encima de la puerta. La rueda cae del otro lado con un golpe seco. Dabin grita, pero está a salvo del hueco y Yura vuelve a empujarlo antes de que yo enderece la espalda.
Un muerto se aferra a mi abrigo.
Le rompo los dedos contra el costado del autobús. Se desprenden dos uñas con trozos de piel y la mano vuelve a buscarme sin vacilar. Lo empujo por debajo de la barbilla y golpeo la cabeza contra el borde de una ventanilla rota.
Una vez.
El marco se dobla.
Otra.
El cráneo se abre y deja una mancha espesa sobre la carrocería.
Todavía levanto la barra para golpearlo de nuevo.
—¡Libre! —grita Yura.
El brazo se me queda arriba.
Miro el cuerpo. No se mueve.
Detrás de él vienen otros.
Bajo el arma y retrocedo hacia el carril. Cada paso se siente equivocado. Hay algo dentro de mí que quiere volver sobre ellos, abrirse camino hasta que nada siga intentando tocar a los niños.
Aprieto los dientes.
Tengo que mirar hacia donde van.
Mina pasa junto a mí con Jae de la mano. Hana lleva la cabeza inclinada sobre Sumi. Yura empuja el carrito más allá del auto blanco que le señalé desde el peaje.
Están llegando.
Me vuelvo para ayudar a la señora Ok.
El muerto cae desde el interior del autobús.
No lo veo salir de la ventana. Solo distingo una mano gris extendiéndose hacia Bomi y el movimiento de la anciana cuando gira para apartarlo.
El peso los derriba contra el borde de la calzada.
Bomi grita.
La boca del cadáver se cierra sobre el hombro de la señora Ok, muy cerca del cuello. La tela se hunde y después se abre con un sonido que escucho por encima de todos los demás.
La sangre corre por su abrigo.
—¡Yura!
No sé si alcanzo a decir otra cosa.
Intento volver. Un cuerpo choca conmigo desde el costado y me aplasta contra el autobús. Le meto el antebrazo debajo de la mandíbula para apartar los dientes. La cabeza me golpea la mejilla y siento el borde de una muela cortarme por dentro.
La señora Ok empuja a Bomi hacia el carril.
El niño intenta aferrarse a su manga. Ella lo aparta otra vez, con la mano abierta sobre su pecho, y después se sujeta al brazo del muerto que sigue mordiendo.
Yura vuelve corriendo.
Levanta a Bomi por debajo de los brazos y retrocede con él apretado contra el cuerpo.
—¡Vení! —grita.
La señora Ok intenta mover una pierna.
No puede.
Otro cadáver ha caído sobre sus rodillas. Le arranca un pedazo del pantalón y hunde la cara contra el muslo. Ella abre la boca; el sonido sale entrecortado, casi sin aire.
Consigo apartar al muerto que me inmoviliza y le atravieso un ojo con la punta de la barra. El arma choca contra el fondo del cráneo y se tuerce cuando el cuerpo cae.
Tiro de ella sin dejar de mirar a la señora Ok.
Hay menos de diez metros entre nosotras.
También hay cuerpos llenando ese espacio, manos que ya se levantan hacia la espalda de Yura y una corriente oscura de combustible debajo de las ruedas del autobús.
La señora Ok mete los dedos en el bolsillo.
Reconozco el movimiento antes de ver el encendedor.
—No... —digo.
Mi voz no le llega.
Tiene sangre en la boca. La veo intentar abrir los dedos alrededor del pequeño objeto y pienso en la olla que dejó caer, en la tela tibia sobre sus nudillos, en Bomi esperando a que termine de encender una vela.
Esta vez consigue mover el pulgar.
Yura ya ha pasado el extremo del autobús cuando la llama aparece junto al suelo.
El fuego corre bajo la carrocería.
La señora Ok desaparece detrás de una espalda que empieza a arder. Una mano se levanta entre las llamas y no consigo saber de quién es.
El aire me golpea la cara.
Retrocedo por instinto. Una ventanilla revienta hacia afuera y los fragmentos me salpican el brazo y el cuello. El fuego se extiende alrededor del camión, encuentra la ropa de los muertos amontonados junto a las ruedas y trepa por ellos mientras siguen empujándose.
No se apartan del calor.
Algunos continúan viniendo hacia mí con la cara encendida, la piel despegándose en tiras y los ojos blancos detrás de una película que se contrae. Uno abre la boca. La lengua ennegrecida se mueve entre dientes descubiertos hasta la raíz.
Golpeo la rodilla para hacerlo caer y paso por su costado.
Tengo que llegar hasta ella.
El pensamiento me hace dar otro paso hacia el fuego.
Entonces oigo a Bomi.
Está gritando desde los brazos de Yura. La llama abuela. Una y otra vez, como si ella pudiera oírlo y saliera a buscarlo.
No veo a la señora Ok.
Solo fuego, cuerpos y un abrigo oscuro atrapado bajo una rueda.
Una ventana ocupa parte de mi visión.
[Civil asignado perdido.]
[Señora Ok: fallecida.]
[Estabilidad mental reducida.]
Se me dobla una rodilla.
El golpe contra la calzada casi no duele. La presión que llega después sí: un vacío brutal detrás del pecho, la sensación de que algo me arranca el aire mientras las voces se alejan.
Oigo su olla caer.
El sonido no está aquí.
Lo sé y aun así lo oigo otra vez.
Una mano me atrapa el zapato.
Miro hacia abajo. El muerto ha perdido las piernas bajo los demás y se arrastra dejando un rastro de vísceras oscuras. Tira de mi pie herido con los dos brazos, acercando la boca.
Le aplasto la cabeza contra el suelo.
El primer golpe parte la frente. El segundo hunde la cara entre los hombros. La barra se me resbala en las manos y tengo que volver a sujetarla más abajo, sobre una zona pegajosa de sangre.
Mina grita mi nombre.
Levanto la cabeza.
Están al otro lado del autobús. Yura ha dejado a Bomi con Hana y me espera junto al auto blanco, sin avanzar. Me señala el carril, el espacio por el que puedo llegar hasta ella.
Me pongo de pie.
Detrás de la señora Ok no queda nada que pueda sacar del fuego.
Delante de mí todavía están ellos.
Corro.
La activación empieza a ceder antes de que alcance a Yura.
Primero vuelve el peso de la barra. Después siento la pierna, abierta y caliente dentro del pantalón. El pie se me dobla al apoyar y solo consigo mantenerme de pie porque ella me atrapa del abrigo.
—Seguí —digo.
—Agarrate.
Me pasa un brazo por debajo del mío. Doy dos pasos apoyada en ella antes de encontrar una forma de pisar que no me haga caer.
Delante, Sora y Hana intentan mover el carrito. Bomi se aferra a la manta de la bebé sin dejar de llorar. El carril es tan estrecho que una rueda roza continuamente la baranda.
Apoyo una mano en el borde trasero y empujo.
El movimiento me arranca un gemido.
Dabin gira la cabeza.
—Estás sangrando.
—Mirá el camino —le pido—. Avisanos si hay algo en el piso.
Aprieta los labios y vuelve a mirar hacia adelante.
Yura aparta del carril a un muerto que intenta entrar entre dos autos. No consigue derribarlo; se limita a encajarlo contra una puerta y lo deja allí mientras pasamos. Yo levanto la barra cuando otro se acerca, pero ni siquiera tengo que golpearlo. Tropieza con el cuerpo anterior y cae al lado de la rueda.
Seguimos.
El incendio queda atrás. No alcanza a toda la horda. Escucho a los que vienen por la calzada y distingo movimiento entre los vehículos del tramo que nos falta.
La luz parece no acercarse nunca.
Mina se detiene frente a una mochila tirada. La aparta con el pie sin soltar a Jae y espera a que pase el carrito. Hana lleva una mano sobre la nuca de Sumi para que la cabeza no se sacuda con cada paso. Bomi tropieza, vuelve a levantarse y busca una manga que ya no está a su lado.
Quiero tomarlo en brazos.
No puedo ni cerrar bien la mano sobre el borde del carrito.
En la última parte del puente, una reja nos corta el paso.
Está abierta, tal como la vi desde el peaje, pero el hueco no alcanza para las ruedas. Empujo la hoja con el hombro. Algo raspa el suelo y la detiene.
Un bloque de cemento ha caído del marco. La base de la reja se ha doblado sobre él.
Yura mira hacia atrás.
Los muertos siguen viniendo.
—Saquen las bolsas —digo.
Sora empieza a hacerlo antes de que termine la frase. Hana pone a Sumi contra el pecho de Mina y sostiene la manta hasta asegurarse de que la niña puede abrazarla sentada. Después se arrodilla junto al carrito.
Dabin intenta levantarse.
—Esperá —le digo—. Vamos a ayudarte.
Entre Hana y Yura lo sacan del asiento. El niño grita cuando el pie toca el suelo y trata de esconder la cara contra el hombro de Hana. Ella lo sujeta con ambas manos y no lo deja caer.
Yo pongo la barra debajo de la rueda.
No tengo fuerza suficiente para levantar el carrito sola. Tampoco tiempo para enfadarme por eso. Llamo a Yura y esperamos a que Dabin se sostenga del otro lado antes de intentarlo juntas.
Lo inclinamos.
La parte delantera pasa. El eje trasero queda trabado contra el borde del marco y volvemos a empujar, resbalando sobre nuestras propias pisadas.
Al final, la rueda se desprende.
El carrito cae de costado al otro lado de la reja.
Sora suelta un ruido pequeño. Dabin lo mira desde los brazos de Hana.
No podemos repararlo.
Yura se coloca el brazo del niño alrededor del cuello. Yo me agacho del otro lado y hago lo mismo. Siento todo su peso cuando intentamos avanzar y el borde de mi herida vuelve a abrirse dentro del zapato.
No sé cómo vamos a llegar.
Dabin apoya la pierna sana.
Después vuelve a apoyarla.
Nos movemos así, entre los tres, hasta salir del puente.
Mina camina junto a Hana, que ha recuperado a Sumi. Jae trae la muleta arrastrando por el suelo. Sora vuelve por una bolsa y Yura le grita que la deje. La niña la suelta de inmediato y corre hasta su hermano.
El sistema vuelve a aparecer.
[Tiempo restante: 00:01:12.]
La luz se levanta en mitad de la plaza, detrás de una hilera de bancos.
Solo tenemos que atravesarla.
Bomi se cae a pocos pasos del primero. Jae se agacha a tirar de su brazo y no consigue levantarlo. Mina vuelve para ayudarlos; entre los dos lo ponen de pie y siguen con él en medio.
Veo sus espaldas entrar en la claridad.
Hana llega después. Sora cruza con la muleta y vuelve enseguida para sostener a Dabin por delante.
La última distancia la recorremos casi arrastrándonos.
El zapato herido se me queda atrás en algún punto. Ya no noto la piedra bajo ese pie. Tampoco consigo distinguir si la presión que me sube por la pierna viene del esfuerzo, de la sangre perdida o de la mordida.
Yura aprieta el brazo de Dabin sobre sus hombros.
—Un poco más.
No sé a cuál de los dos se lo dice.
Doy otro paso.
La luz me toca la cara.
***
Caemos juntos.
Primero Dabin, sobre las manos que Sora extiende para recibirlo. Después yo, de rodillas, con Yura todavía aferrada a mi manga.
El dolor ocupa todo mi cuerpo durante un segundo larguísimo.
Espero escuchar los muertos entrando detrás de nosotros.
No llegan.
Solo escucho a Sumi llorar y el aire que intentamos meter en nuestros pulmones.
Levanto la cabeza.
Mina se acerca con Jae. Hana está sentada junto al borde de la luz, balanceándose con la bebé contra el pecho. Sora abraza a su hermano y lo reta entre sollozos porque se está apoyando otra vez sobre la pierna herida.
Yura se queda a mi lado.
Bomi mira hacia el puente.
Los cuento sin mover los labios.
Ocho.
Vuelvo a empezar, como si pudiera haber dejado a alguien detrás de Hana o del banco que apenas se distingue entre la claridad.
Yura me toca la muñeca.
Dejo de contar.
Mina me rodea el cuello con los brazos. El contacto me hace cerrar los ojos; tengo vidrio en el hombro, sangre seca en el pelo y un temblor que no consigo detener.
Ella no se aparta.
—Llegamos —dice.
Intento abrazarla. La mano se me queda a mitad de camino y es ella quien la toma para ponérsela sobre la espalda.
—Sí.
No puedo decir otra cosa.
Una ventana aparece detrás de su cabeza.
[Prueba individual completada.]
[Tiempo interior transcurrido: 365 días.]
[Tiempo exterior transcurrido: 1 día.]
[Civiles iniciales: 11.]
[Nacimientos durante la prueba: 1.]
[Civiles fallecidos: 4.]
[Civiles supervivientes: 8.]
[Resultado: completado.]
Mina se separa un poco para mirarme.
—¿Ya está?
Asiento.
Del otro lado de la luz, el puente pierde sus bordes. El fuego sigue ahí, pero no siento su calor. Los muertos avanzan sin llegar a nosotros, cada vez más borrosos.
Me llevo una mano a la bolsa.
Busco el cuaderno de Choi, las hojas donde anoté la comida, el mapa doblado de Sangil. Los dedos tropiezan con el llavero de Geon y lo aprieto hasta notar el plástico roto contra la palma.
Quiero sacar todo.
Mostrarles que lo traje. Que no quedó abandonado como las latas del peaje o los dibujos que tuvimos que dejar en la guardería.
La bolsa empieza a perder color.
Me quedo inmóvil.
Las costuras se vuelven transparentes antes de que consiga deshacer el nudo. Siento el llavero todavía un instante, pequeño y firme entre los dedos.
Después ya no.
—Seolhwa —dice Yura.
Levanto la mirada.
Ella tiene una mano sobre el hombro de Bomi. El niño se ha sentado junto a su pierna y sostiene el muñeco con el remiendo amarillo apretado contra el pecho. Mira la luz con la cara húmeda, esperando algo que no sé darle.
—¿Vamos a recordarnos cuando salgamos? —pregunta Yura.
La escuchan los demás.
Hana deja de balancearse. Dabin levanta la cabeza del hombro de Sora. Mina sigue sujetándome la manga.
Quisiera responder que sí con la misma facilidad con la que dije que teníamos que llegar todos.
No puedo.
No sé qué parte de ellos puede cruzar esa luz. No sé si, cuando yo abra los ojos, habrá una casa con una mancha encima del calefón o un camino donde Bomi pueda volver a plantar lo que dejó en la oficina.
—Yo voy a recordarlos —digo.
La voz me sale rota.
Yura baja la mirada hacia mis manos vacías.
—Sin el cuaderno también.
Asiento.
El borde de su zapatilla empieza a deshacerse.
Mina lo ve y aprieta más mi manga.
—Acordate de todos, ¿sí? También del doctor.
—De todos.
Sé sus nombres. No tengo que repetirlos para comprobarlo.
Recuerdo a Geon levantando la reja para que pasáramos. También lo recuerdo masticando a escondidas junto a la despensa y partiendo una galleta para Jae. Al doctor Choi, molesto porque nadie lo dejaba terminar de hablar, y agachado sobre una mano lastimada aunque perteneciera a alguien que acababa de hacernos daño.
Sangil dibujaba las calles con una letra pequeña. A veces se quedaba dormido con el lápiz entre los dedos y Dabin esperaba a que despertara para hacerle la siguiente pregunta.
La señora Ok siempre probaba la comida antes de servirla. Incluso cuando no había nada que pudiera agregarle. Incluso cuando todos sabíamos a qué iba a saber.
Quiero contarlo en voz alta.
Quiero que Bomi sepa que voy a recordar sus manos fuera del fuego.
Pero el niño ya se está volviendo transparente junto a la pierna de Yura. Muevo los labios y no consigo hacer salir las palabras.
Hana inclina la frente hasta tocar la de Sumi. La bebé estira una mano hacia su nariz, igual que hizo tantas mañanas mientras intentaba darle de comer. Dabin cierra los dedos alrededor de la mano de Sora y ella deja de discutir.
Jae levanta el autito rojo para mirarlo desaparecer.
Mina todavía está cerca.
—Cuando vuelvas a tu casa... —dice.
Tengo que inclinarme para escucharla.
—Cuidá a tus niños.
Quiero decirle que sí.
Que lo voy a intentar. Que voy a acordarme de darle de comer a la persona que diga que no tiene hambre, de mirar a quien se quede demasiado quieto, de escuchar cuando alguien me llame por mi nombre.
Abro la boca.
La mano de Mina deja de pesar sobre mi manga.
***
El suelo es blanco.
Tardo en entender por qué no tengo frío.
Mis zapatos están puestos. Los dos. La tela del pantalón cubre la pantorrilla sin ningún desgarro y, cuando la toco, los dedos encuentran piel entera debajo.
La barra ya no está.
Tampoco el guante remendado por Hana.
Mantengo la mano cerrada un momento, recordando la forma del llavero.
A mi alrededor hay voces. Una queja ahogada, alguien respirando demasiado rápido, el roce de una tela contra el suelo. Reconozco a mis compañeros antes de levantar la cabeza.
El señor Kim está a pocos pasos.
Quiero decirle que me faltan cuatro.
No encuentro la forma de empezar.
Abro las manos despacio y dejo que queden a los costados del cuerpo. Están limpias. Me cuesta mirarlas sin esperar que todavía haya sangre entre los dedos.
Entonces oigo a alguien moverse detrás de mí y me vuelvo por costumbre, buscando a los niños.